Hoppe, el libertarismo y la alt-right

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Aparentemente, Hoppe sigue llevando la línea paleo en lo que respecta al avance del libertarianismo. Soy cada vez más escéptico de esta idea dado que la mayoría de los derechistas parecen ser primero tribalistas-nacionalistas y/o culturalistas tradicionalistas, y son libertarios, en el mejor de los casos, en un lejano segundo lugar (o tercero, cuarto, o ninguno en absoluto). Cuanto más popular se ha vuelto la alt-right/alt-lite, más se ha alejado del libertarianismo. Por supuesto, yo también estoy cada vez más escéptico de la capacidad de que cualquier tipo de anarquismo serio emerja desde la Izquierda, así como se da que la mayoría de los anarquistas de izquierda son izquierdistas primero y anarquistas segundo (o tercero, cuarto, o no lo son en lo absoluto).

— Keith Preston

Bastante comentado ha sido el discurso “Libertarismo y Derecha Alternativa. En busca de una estrategia libertaria para el cambio social“, pronunciado por Hans-Hermann Hoppe en la XII reunión anual de la Property and Freedom Society, en Bodrum, Turquía, el pasado 17 de Septiembre), sobre todo por la contingencia ideológica a la que apela el discurso, es decir, a la interacción entre el libertarismo y la derecha alternativa.

Fiel a su estilo desenfadado y sin remordimientos, Hoppe comienza su discurso exponiendo una síntesis de la posición libertaria en el mundo tal como es, alejado de las abstracciones y los idealismos que convierten al libertarianismo regularmente en una doctrina tan elevada e inalcanzable que pareciera ser sólo propia de una élite perfecta e intocable, volviendo a la idea libertaria en algo irrealizable e incognoscible. Hoppe , entonces, pasa a hablar de la propiedad privada y cómo ésta es esencial para mantener la paz en un mundo de escasez, donde es el primer propietario de un recurso el que puede obtener poder sobre él sin necesidad de conflicto, mientras que, en los casos distintos, el conflicto no sólo no es evitado, sino que, contrariamente al propósito mismo de las normas, se vuelve ineludible y permanente:

Si quieres vivir en paz con otras personas y evitar todos los enfrentamientos físicos y, en caso que estos choques ocurran, tratar de resolverlos pacíficamente, entonces debes ser un anarquista o, más precisamente, un anarquista de propiedad privada, un anarco-capitalista o un defensor de una sociedad de derecho privado.

Luego arremete contra los libertarios que defienden los derechos que están fuera de la esfera de la propiedad privada, pues los considera apologistas de la antítesis de la propiedad privada porque demandan algo del individuo en contra de su voluntad. Para que una voluntad generalizada de una sociedad sea una realidad incluso a pesar del individuo, debe ser arrebatada parte de la voluntad de los individuos.

Acto seguido, los dardos de Hoppe apuntan a las masas antifascistas que han acusado a Murray Rothbard, el prócer del libertarianismo, de fascista, racista, reaccionario, sexista, xenófobo, etc., y da cuenta que él, Hoppe, ha heredado las acusaciones a Rothbard. Una especie de heredero de los calificativos destinados a Rothbard.

Entrando a la temática principal del discurso, Hoppe relata a grandes rasgos cómo surge la derecha alternativa y cómo algunas figuras prominentes del movimiento aparecen en algunas conferencias y eventos libertarios, y a su vez cómo su nombre es mencionado en eventos alt-right (lo que ha llevado el nombre de Hoppe a la boca del SPLC). También hace mención al apoyo que tuvo Donald Trump por parte de la derecha alternativa durante su campaña, para después ponerse ésta en contra del ahora presidente Trump por ser otro presidente belicista más.

Hans-Hermann Hoppe realiza una crítica bastante acertada a la heterogeneidad y al difuso encuadre ideológico (en cuanto a objetivos) de la alt-right, no sin mencionar sus invitaciones a personajes líderes de la alt-right a los eventos libertarios, con quienes comparte su desdén por grupos como Students for Liberty y su desdén por la visión ultrateórica que tienen los falsos libertarios respecto de la realidad. Mientras esos libertarios serían teoría [política] sin psicología ni sociología, la derecha alternativa sería psicología y sociología sin teoría [política].

Hoppe identifica que, ya que la derecha alternativa no es monolítica sino que amplia y con objetivos diversos, hay un sector de la alt-right que tiene claras tendencias libertarias (razón por la cual invita a dichas personalidades a los eventos libertarios), y hace incluso un reconocimiento al sector por su apoyo a instancias libertarias:

Todos los alt-righters que han aparecido aquí, por ejemplo, han estado familiarizados con Rothbard y su trabajo, mientras que el candidato presidencial más reciente del Partido Libertario nunca había oído hablar del nombre de Rothbard, y todos ellos fueron simpatizantes de Ron Paul durante su campaña principal para la nominación como candidato presidencial del Partido Republicano, mientras que muchos autoproclamados libertarios atacaron y trataron de difamar a Ron Paul por sus supuestamente “racistas” opiniones.

Esta realidad no monolítica de la alt-right provoca que exista un sector de ésta presente incompatibilidades con el libertarianismo: mientras que la oposición a la inmigración  indiscriminada y carente de selección es algo compatible con las ideas libertarias de libertad de asociación y oposición a la integración forzada, el estatismo, el proteccionismo económico y aranceles protectores serían ideas contrarias al libertarismo y la prosperidad humana. Probablemente, el caso más emblemático del alejamiento ideológico con el libertarismo sea Richard Spencer, quien en algún momento tenía fuertes tendencias libertarias. La decepción de Hoppe con Spencer se debe a que éste último ha priorizado el identitarismo por sobre el libertarismo, logrando aceptar la idea de un socialismo para gente blanca, algo quizás chocante para el corazón libertario, pero no incoherente con el identitarismo, que pone a la identidad étnica y racial por encima de todo, surgiendo incluso la posibilidad de un nacionalismo blanco estrictamente homogéneo pero con tendencias de izquierda (véase Izquierda Alternativa, Nacionalismo Blanco de la Costa Oeste).

Si bien esta diversificación no-“derechista” sino que netamente identitaria provoca el rechazo de visceral de Hoppe, tampoco llama a descartar a la derecha alternativa ya que ve en ésta una aproximación a responder preguntas anteriormente sin respuestas, por ejemplo,

cómo mantener un orden social libertario y cómo llegar a tal orden a partir del actual y decididamente no libertario status quo.

La alt-right se ha acercado a las respuestas a través del sentido común, es decir, a partir de la observación simple de la realidad alejada de los marcos ideológicos que han terminado por nublar la visión de las demás ideologías influenciadas por la propaganda igualitarista e izquierdista, incluyendo al libertarismo. La alt-right ha sabido sacar a la luz lo que estuvo durante décadas tapado por la Izquierda.

Hoppe retoma las preguntas que había hecho en un principio, y se cuestiona cómo mantener el orden social libertario, que para algunos se resume en respetar el NAP, que por lo general es entendido desde la hipotética situación donde la gente vive alejada entre sí, lo que, al decir verdad, hace que el NAP signifique bastante poco y que sea poco útil. El tema es cuando la distancia es insuficiente, es decir, cuando en tu mismo barrio tienes vecinos indeseables. Probablemente no sean vecinos que disparen hacia tu casa y quizás no te agredan como persona y tampoco atenten contra la propiedad, sin embargo, su propia forma de ser podría ser malviviente, es decir, una molestia a nivel cultural.

Las manifestaciones de odiosidades desprendidas de la convivencia multirracial, multiétnica y multicultural no son casuales ni tampoco provienen de la ignorancia o del mero prejuicio (que también sería proveniente de la ignorancia), como muchos quisieran creer o hacer creer. Por lo general, más allá de la barrera del desconocimiento respecto del prójimo con la que el mundo globalizado ha tenido que lidiar como resultado de los desplazamientos masivos de personas, también existe una respuesta odiosa natural y lógica ante la convivencia que no es armónica. Odiosidades que surgen sin violarse el NAP, por lo que es un jaque a coherencia de algunos libertarios. Greg Johnson entrega un ejemplo bastante gráfico en su “Confessions of a reluctant hater”:

Hace un año, yo habría colocado a los polinésicos en la lista de pueblos contra los que yo no tenía nada. Pero no tenía ningún contacto directo con ellos. Ocurrió que varias familias de Samoa o Tonga se mudaron a unos pocos edificios más abajo. Pensaba que eran estéticamente poco atractivos: grandes, marrones, híbridos de australoides y mongoloides que fácilmente tienden a engordar, pero parecían bastante agradables al principio. Entonces comencé a notar ciertas diferencias molestas.

Por ejemplo, aunque su higiene personal no parezca problemática —aunque no me he acercado lo suficiente para confirmar aquello—, en otros aspectos son gente indescriptiblemente sucia. Son aficionados a socializar ruidosamente y a comer juntos al aire libre. Eso ya es bastante malo, pero días más tarde, el suelo todavía estaba sucio, no sólo con basura y juguetes sino también con la comida desechada. Después de su última comida al aire libre, el arrendador tuvo que pagarle a unos mexicanos para que limpiaran lo que habían dejado. Luego de otra comida al aire libre, encontré un montículo de pescado podrido, hirviendo de moscas y gusanos, vertidos en el patio de un vecino. Por supuesto esta clase de comportamiento no sería un problema en Tonga o Samoa, donde es probablemente aceptado por todos, pero aquí es asqueroso e irrespetuoso, para no mencionar el potencial riesgo para la salud.[1]

Hoppe señala algo que parece obvio para aquéllos cercanos a la alt-right:

La cohabitación pacífica de vecinos y de personas en contacto directo con los demás en algún territorio —un orden social tranquilo y amigable— requiere también de un común en la cultura: de la lengua, la religión, la costumbre y las convenciones. Puede haber una coexistencia pacífica de diferentes culturas en territorios distantes, físicamente separados, pero el multiculturalismo, la heterogeneidad cultural, no pueden existir en el mismo lugar y territorio sin conducir a la disminución de la confianza social, el aumento de la tensión y, en última instancia, el clamor por un “hombre fuerte” y la destrucción de cualquier cosa que se asemeje a un orden social libertario.

Lo anterior parece ser algo básico para la convivencia, no obstante, es algo que a muchos libertarios les supone un quebradero de cabeza pues significa ser inconsecuentes, porque rompería con el trato igualitario dado a los individuos, como también rompería con el individualismo metodológico cuya observancia en algunos casos pareciera estar aferrada con religiosa devoción puesto que se tiende a creer que todo lo que está fuera de él correspondería a colectivismo.

Hoppe va más allá y no sólo hace referencia a que la comunidad debe ser monocultural, sino también debería procurarse la mantención de un espacio libre de “vecinos que defiendan abiertamente al comunismo, socialismo, sindicalismo o la democracia en cualquiera de sus formas”. Incluso, hace gala de su humor y menciona que todos estos individuos deben ser, de acuerdo al meme hoppeano, “físicamente removidos” por la violencia si fuese necesario, pues de lo contrario esto conduciría a la antítesis del orden social libertario. Arremetiendo contra el igualitarismo filosófico pero también el práctico, el pensador —a través de insights derechistas, o de sentido común, mejor dicho— se pregunta cómo moverse desde el status quo a este orden social libertario, cuestionando de paso la idea de la igualdad contrastándola con la realidad observable, donde no existiría un “mal vecino” si los seres humanos fueran, en esencia, iguales. Los “liberal-lala-libertarios” tienden a creer que terminarán ganando sobre la violencia y los malos vecinos con la fuerza de sus argumentos, que a la larga serán comprendidos por aquéllos que hacen insoportable la convivencia.

Haciendo referencia a los “NOs” de Jeffrey Tucker cuando se habla sobre la libertad (1. no ser beligerantes; 2. no presumir el odio a la libertad; 3. no asumir metas diferentes; 4 no presumir ignorancia; 5. no considerar a nadie como un enemigo), junto con cuestionar al autor de dichos “NOs” por ser absolutamente inconsecuente con sus propias palabras (recordar el incidente Tucker vs Spencer, donde este último fue expulsado por Tucker de la International Students For Liberty Conference, acusándolo de “fascista”[2]), cuestiona estos “NOs” por ser inocentes y estar guiados para tratar con personas que surgieron espontáneamente y no tienen historia, situación que no ocurre regularmente. Es ahí, en el campo de la realidad, donde el libertarianismo de Derecha y la Derecha Alternativa se encuentran, concordando que la diferencia existe, que ésta importa, que la libertad y el orden social libertario son ideas impensables en algunos lugares del mundo y, yendo aún más lejos,

que es esencialmente sólo en Occidente, en los países de Europa occidental y central y las tierras colonizadas por su pueblo, que la idea de la libertad está tan profundamente arraigada que estos enemigos todavía pueden ser desafiados abiertamente.

La línea que traspasa Hoppe en este punto es una de la que muchos prefieren desentenderse: aquélla donde se acepta que la libertad está íntimamente relacionada con Occidente y con los pueblos (es decir, las naciones y etnias) occidentales. Esto es importante, pues no es suficiente vivir solamente dentro de las fronteras de la hegemonía política y cultural occidental, sino que es la pertenencia a sus pueblos (como hecho étnico) lo que marca la pauta en el respeto cultural hacia la libertad. Así, sería más probable que, a la larga, colonizadores europeos occidentales creen sociedades donde se guarde el respeto por la libertad en la tierra que colonicen (fuera de Europa), antes que, por ejemplo, colonizadores sirios, congoleños o pakistaníes creen comunidades que respeten la libertad dentro del espacio de Occidente.

Los principales enemigos de la libertad serían los componentes del aparato estatal y en particular el “estado profundo”, es decir, la red de servidores públicos que actúan en forma paralela al mandato central para la consecución de sus propios intereses. Si pudiéramos dar un ejemplo de la televisión, Varys y Littlefinger de la serie Game of Thrones actuarían como el deep state que ayuda a mantener las estructuras del reino más allá de la voluntad de los reyes. En segundo y tercer lugar, los otros enemigos de la libertad serían los “edúcratas” y los medios de comunicación masivos, es decir, aquellos intelectuales que son los encargados de mantener la hegemonía cultural, los secuestradores de la mentalidad de las masas para el libre avance ideológico de sus tendencias. Pese a lo ampliamente usado del término, estos “edúcratas” estarían más allá del denominado “marxismo cultural”, promoviendo ideas que justifican la visión neocon del mundo, en otras palabras, el brazo fuerte de la democracia intervencionista interior y exterior. Mientras que el “marxismo cultural” (nombre un tanto sesgado para denominar al humanismo totalitario, i.e., la dictadura de lo políticamente correcto) subvertiría ciertos valores, los edúcratas echarían mano de éstos sólo con fines utilitarios, pues la élite (el Estado, las grandes empresas y los grandes bancos) no tiene intereses valóricos, sino de poder y dominio.

Hoppe critica la excesiva valoración y atención del libertarianismo respecto de lo económico y la escasa comprensión y valoración del aspecto cultural en las relaciones sociales, y profundiza en la estructura de dominación. Refiriéndose a Pat Buchanan y a lo que éste identificó como una guerra cultural sistemática, Hoppe señala que la estructura de poder busca atomizar todos los vínculos sociales orgánicos —que los libertarios tienden a rechazar por considerarlos colectivistas— como familias, comunidades, grupos y naciones genealógicamente relacionadas para lograr el avance de la dominación. Esta guerra cultural es parecida a lo que Jack Donovan denomina como “Imperio de la Nada”[3] en su libro Becoming A Barbarian, que corresponde a una nada, de un gran borrón que ha pasado a ser ocupado por compañías, negocios, multinacionales y personas que día a día se mueven por el culto a Mammón.

Así, el bienestar público y la seguridad social se han transformado en un arma democrática para debilitar los lazos orgánicos, fortaleciendo al estado mientras que el poder de la comunidad es disminuido. Los grupos minoritarios, mediante la victimización, también son instrumentalizados por el Estado para la pulverización del poder de las comunidades y vecindades. ¿Y el problema de los “malos vecinos”? Ni siquiera ha sido evitado ni resuelto por el Estado, sino que ha sido promovido e intensificado por éste. La integración social forzada es utilizada, a través de la inversión de todos los valores, para disolver las fortalezas comunitarias que brinda la homogeneidad cultural, destruyendo así toda barrera que impida el avance del igualitarismo y la democracia — divide y vencerás.

Entonces el rescate de la libertad debe realizarse a través de las figuras de fortaleza que la psicología de la Izquierda detesta, como señaló Theodore Kaczynski en su Industrial Society and its Future: lo blanco, lo occidental, lo capitalista, lo cis-género.

Difiero con Hoppe respecto de la estrategia a seguir para el rescate de la libertad: él considera que la estrategia del cambio social de Hayek —el chorreo cultural que proviene desde las élites hasta terminar en las masas— es fundamentalmente irrealista, y que la estrategia libertaria para el cambio debería ser una populista, es decir, apelar a las masas, saltándose a las élites intelectuales. Sin embargo, Hoppe recurre a estas estrategias populistas para llegar a las víctimas blancas pues, en el caso de Estados Unidos y Europa, éstas son mayoritarias y están en desventaja frente a la instrumentalización de las minorías. Para el caso del Cono Sur, esta estrategia tendría que ser distinta, ya que el apelar a las masas mixtas que serían finalmente el público objetivo del mensaje populista, tarde o temprano podría significar un peligroso aumento del riesgo sobre la continuidad de la hegemonía cultural occidental (ya que la sociedad  no sólo carece de unidad, sino que la alta valoración de la libertad sólo se da en una parte minoritaria de esta sociedad carente de homogeneidad) —léase: El concepto de lo político, de Carl Schmitt.

Notas

[1] https://www.counter-currents.com/2010/10/confessions-of-a-reluctant-hater/

[2] http://www.washingtonexaminer.com/libertarians-clash-with-richard-spencer-in-dc/article/2615263

[3] https://pancriollismo.com/2017/08/19/el-imperio-de-la-nada/

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