El comercio y el auge de la libertad

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[Discurso pronunciado en la conferencia del Instituto Mises sobre “La historia de la libertad”]

No es una exageración decir que el comercio es la piedra angular de la civilización moderna. Pues, como decía Murray Rothbard: “La economía de mercado es una gran celosía en todo el mundo, en la que cada persona, cada región, cada país, produce lo que se le da mejor, aquello en lo que es más relativamente eficiente e intercambia ese, producto por los bienes y servicios de otros. Sin la división del trabajo y el comercio basado en esa división, todo el mundo moriría de hambre. Las restricciones coactivas al comercio (como el proteccionismo) perjudican, limitan y destruyen el comercio, fuente de vida y prosperidad”.[1]

Los seres humanos no pueden ser verdaderamente libres si no tienen un alto grado de libertad económica: la libertad para colaborar y coordinar planes con otras personas de literalmente todo el mundo. Eso es lo que dice el famoso artículo de Leonard Read, “Yo, el lápiz”, que describe cómo para fabricar algo tan banal como un lapicero corriente se requiere la cooperación y colaboración de miles de personas de todo el mundo, todos los cuales tienen un conocimiento muy específico (de “tiempo y lugar”, como lo llamaba Mises) que les permite ayudar en la fabricación y venta de lápices. Por supuesto, lo mismo vale para prácticamente todo lo demás que se produce.

Sin libertad económica (la libertad de ganarse la vida para uno mismo y su familia), las personas están destinadas a convertirse en meros pupilos del estado. Así que todo intento del estado de interferir con el comercio es un intento de negarnos nuestra libertad, empobrecernos y convertirnos en siervos modernos.

Mises creía que el comercio o intercambio es “la relación social fundamental” que “hila la relación que una a los hombres en una sociedad”.[2] El hombre “sirve para ser servido” en cualquier relación comercial en el mercado libre.[3] Mises también distinguía entre dos tipos de cooperación social: cooperación en virtud de contratos y coordinación privados y cooperación en virtud de órdenes y subordinación o “hegemonía”.[4] El primer tipo de coordinación es simétrico y mutuamente ventajoso, mientras que el segundo es asimétrico: hay alguien que ordena y alguien que obedece y los que obedecen son meros peones en las acciones de los que ordenan. Cuando las personas se convierten en meros peones de sus gobernantes no puede decirse que sean libres. Por supuesto, este es el tipo de “cooperación” que existe en las manos del estado.

La civilización occidental (como otras civilizaciones avanzadas) es el resultado de “logros de hombres que han cooperado de acuerdo con el patrón de la coordinación contractual”.[5] El estado contractual está dirigido por conceptos como el derecho natural a la vida, la libertad y la propiedad y el gobierno bajo el estado de derecho. Por el contrario, la “sociedad hegemónica” es una sociedad que no respeta los derechos naturales o el estado de derecho. Lo que importa son las normas, directivas y regulaciones emitidas por dictadores, ya se les llame “reyes” o “congresistas”. Estas directivas pueden cambiar diariamente y los pupilos del estado deben obedecerlas. Como escribía Mises: “Los pupilos solo tienen una libertad: la de obedecer sin hacer preguntas”.[6]

El comercio implica el intercambio de títulos de propiedad. Las restricciones al libre comercio son por tanto un ataque contra la misma propiedad privada y no “únicamente” un asunto de “política comercial”. Por eso grandes liberales clásicos como Frédéric Bastiat dedicaron muchos años de sus vidas a defender el libre comercio. Bastiat entendía tan bien como cualquier otro que una vez se acepta el proteccionismo, ninguna propiedad queda a salvo de multitud de otros actos gubernamentales de robo. Para Bastiat, proteccionismo y comunismo eran esencialmente la misma filosofía.

Desde hace mucho tiempo, los liberales clásicos han entendido que el libre comercio es el medio más importante para disminuir la probabilidad de una guerra. Y nada es más destructivo para la libertad humana que la guerra. La guerra lleva siempre a un aumento permanente del estado (y a una reducción de la libertad humana) independientemente de quién gane. En vísperas de la Revolución Francesa, muchos filósofos creían que la democracia pondría fin a la guerra, pues se pensaba que las guerras se libraban solo para engrandecer y enriquecer a los gobernantes de Europa. La sustitución del despotismo real por el gobierno representativo se suponía que acabaría con la guerra de una vez por todas, pues al pueblo no le interesa la adquisición territorial mediante la conquista. Sin embargo, los franceses demostraron enseguida que esta teoría era errónea, pues bajo el liderazgo de Napoleón “adoptaron los métodos más despiadados de expansión y anexión sin límites”.

Así que la salvaguarda contra la guerra no es la democracia, sino el libre comercio, como apreciaban los liberales (clásicos) británicos. Para Richard Cobden y John Bright, los líderes de la Escuela Manchesterista, el libre comercio (tanto interna como exteriormente) era un requisito necesario para la conservación de la paz. Pues en un mundo de comercio y cooperación social no hay incentivos para la guerra y la conquista. Es la interferencia del gobierno con el libre comercio la fuente de conflictos internacionales. De hecho, los bloqueos navales que restringen el comercio con acciones definitivas de guerra y lo han sido durante siglos. A lo largo de la historia, las restricciones al comercio han demostrado ser empobrecedoras y han instigado acciones de guerra motivadas por adquisición territorial y saqueo como alternativas al intercambio pacífico como medio de mejorar los niveles de vida.

No es una coincidencia que la reunión de 1999 de la Organización Mundial del Comercio (una camarilla de burócratas, políticos y cabilderos a favor del comercio controlado por el gobierno) se caracterizara por disturbios, manifestaciones y violencia durante una semana. Siempre que se politiza el comercio, el resultado es inevitablemente un conflicto que acaba llevando muy a menudo a la agresión militar.

Mises resumía la relación entre libre comercio y paz de la forma más elocuente cuando señalaba:

Lo que distingue al hombre de los animales es la percepción de las ventajas que pueden derivar de la cooperación bajo la división del trabajo. El hombre contiene su instinto innato de agresión para cooperar con otros seres humanos. Cuanto más quiera mejorar su bienestar material, más debe expandir el sistema de división del trabajo. Concomitantemente, debe restringir cada vez más la esfera en la que recurre a la acción militar. (…) Esa es la filosofía de laissez faire de Manchester.[7]

Como decía a menudo Frédéric Bastiat, si los bienes no pueden cruzar fronteras, los ejércitos lo harán. Esta es una filosofía quintaesencialmente estadounidense en el sentido de que fue la postura asumida por George Washington, Thomas Jefferson y Thomas Paine, entre otros. “Una política exterior basada en el comercio”, escribía Paine en “Common sense”, garantizaría para Estados Unidos “la paz y la amistad” del continente y le permitiría “estrechar las manos con el mundo y comerciar en cualquier mercado”.[8] Paine (el filósofo de la Revolución Americana) creía que el libre comercio “atemperaría la  mentalidad humana”, haría que la gente “se conociera y entendiera” y tendría un “efecto civilizador” para todos los implicados en él.[9] El comercio se veía como “un sistema pacífico, actuando para unir a la humanidad y haciendo a las naciones, así como a las personas, útiles entre sí. (…) La guerra nunca puede interesar a una nación comerciante”.[10]

George Washington evidentemente estaba de acuerdo. “La armonía y la interrelación liberal con todas las naciones están recomendadas por la política, la humanidad y el interés”, decía en su discurso de despedida del 19 de septiembre de 1796.[11] Nuestra política comercial “debería ser igual e imparcial, ni buscando ni concediendo favores exclusivos o preferencias, consultando el curso natural de las cosas, diversificando por medios educados las corrientes del comercio, pero sin obligar a nada”.[12]

La eterna lucha entre libertad y mercantilismo

El periodo de la historia que va del siglo XV a mediados del XVIII fue una era de crecimiento en el comercio mundial y la invención y de instituciones apropiadas para el comercio. Las innovaciones tecnológicas en la navegación, como el barco de tres mástiles, llevaron a los mercaderes de Europa a los rincones más lejanos de América y Asia. Esta enorme expansión del comercio facilitó enormemente la división mundial del trabajo, una mayor especialización y los beneficios de la ventaja comparativa.[13]

Pero siempre que avanza la libertad humana, como pasó con el crecimiento del comercio, se amenaza el poder del estado. Así que los estados hicieron, como ahora, todo lo posible por restringir el comercio. Es contra el sistema de restricciones del comercio y otras interferencias gubernamentales en el libre mercado, conocidas como mercantilismo, a los que Adam Smith atacaba en La riqueza de las naciones. Como ha escrito Rothbard:

El mercantilismo, que llegó a su culminación en la Europa de los siglos XVII y XVIII, era un sistema que empleaba falacias económicas para construir una estructura de poder estatal imperial, así como subvenciones especiales y privilegios monopolistas a personas o grupos favorecidos por el estado. Así, el mercantilismo sostenía que el gobierno debía estimular las exportaciones y desanimar las importaciones.[14]

Los liberales clásicos libraron una guerra ideológica contra el mercantilismo durante los siglos XVIII y XIX y lograron algunas victorias importantes para la libertad. Los “fisiócratas” franceses, liderados por el Dr. Francois Quesnay, un médico que se interesó por asuntos económicos (en un momento en el que los “médicos” sangraban a sus pacientes con sanguijuelas y en el que “cirugía” significaba amputación de extremidades) fueron bastante influyentes desde la década de 1750 a la de 1770 y estuvieron entre los primeros pensadores de laissez faire que atacaban con desprecio la propaganda mercantilista y reclamaban una libertad completa para el comercio nacional e internacional. Su postura se basaba en una buena economía, así como en nociones lockeanas de derechos naturales. Quesnay escribió que “Todo hombre tiene un derecho natural al libre ejercicio de sus facultades, siempre que no las emplee para dañarse a sí mismo o a otros”.[15]

Cuando se convirtió en ministro de finanzas de Francia en 1774, Anne Robert Jacques Turgot, un precursor de la Escuela Austriaca, decretó la libertad de importación y exportación del grano como primer acto oficial.

Aproximadamente al mismo tiempo, Adam Smith estaba defendiendo el comercio sobre bases morales y económicas al enunciar su doctrina de cómo el libre comercio era parte del sistema de “justicia natural”. Una de las maneras en que lo hacía era defendiendo a los contrabandistas y la acción de contrabando como medio de eludir las restricciones mercantilistas al comercio. Los contrabandistas, explicaba Smith, realizaban una “labor productiva” que servía a sus semejantes (es decir, consumidores), mientras que si era atrapado y enjuiciado por el gobierno su capital era “absorbido, o bien como ingreso del estado, o bien del recaudador”, lo que es un uso “improductivo (…) con una disminución del capital general de la sociedad”.[16]

La Escuela de Manchester

A pesar de los poderosos argumentos a favor del libre comercio ofrecidos por Quesnay, Smith, David Ricardo y otros, Inglaterra (y otros países de Europa) sufrieron las políticas comerciales proteccionistas en la primera mitad del siglo XIX. Pero esta situación se invirtió debido a los esfuerzos heroicos y brillantes de lo que iba a conocerse como la “Escuela de Manchester”, liderada por dos empresarios británicos, John Bright y Richard Cobden. Gracias a Bright y Cobden, Gran Bretaña alcanzó un libre comercio completo en 1850.

El público británico era saqueado por las “leyes del grano” mercantilistas que imponían cuotas estrictas de importación sobre los alimentos. Las leyes beneficiaban a los apoyos políticos del gobierno, que se dedicaban a la agricultura, a costa de precios mucho más altos en los alimentos, lo que era especialmente dañino para los pobres. Bright y Cobden crearon la Liga contra las Leyes del Grano en 1839 y la convirtieron en una maquinaria política bien engrasada con apoyo masivo, distribuyendo literalmente millones de panfletos, albergando conferencias y reuniones en todo el país, realizando cientos de discursos y publicando su propio periódico, The League.[17]

La hambruna irlandesa de la patata de 1845 generó grandes presiones para derogar las leyes del grano, lo que se logró el 25 de junio de 1846. A esta le siguió la eliminación de todos los demás impuestos a la importación y empezó un periodo de libre comercio británico de 70 años. Richard Cobden también influyó en impulsar el tratado anglo-francés de 1860, que rebajó los aranceles franceses y ayudó a poner ese país en la vía hacia un comercio más libre.

El gran Bastiat

Desde su casa en Mugron, Francia, Frédéric Bastiat creo él solo un movimiento librecambista en su propio país que acabaría extendiéndose por toda Europa. Bastiat era un granjero noble que había heredado la propiedad familiar. Era un lector voraz y dedicó muchos años a educarse en el liberalismo clásico y en prácticamente cualquier otro campo sobre el que podía obtener información. Después de unos 20 años de intensa preparación intelectual, Bastiat empezó a derramar artículos y libros (en la década de 1840). Su libro Sofismas económicos es hasta ahora probablemente la mejor defensa de libre comercio nunca publicada. Su segundo libro, Armonías económicas, vino en seguida, al tiempo que Bastiat publicaba revistas y periódicos por toda Francia. Su obra fue tan popular e influyente que fue traducida inmediatamente al inglés, el español, el italiano y el alemán.

Debido a la enorme influencia de Bastiat, las asociaciones librecambistas, que seguían el modelo que este había creado en Francia y era similar al creado por su amigo Richard Cobden en Inglaterra, empezaron a florecer en Bélgica, Italia, Suecia, Prusia y Alemania.

Para Bastiat, el colectivismo en todas sus formas era inmoral, así como destructivo económicamente.

El colectivismo constituye “saqueo legal” y argumentar contra el derecho (natural) a la propiedad privada sería similar a argumentar que el robo y esclavitud son “morales”. La protección de la propiedad privada es la única función legítima del gobierno, escribía Bastiat, y por eso las restricciones al comercio (y todos los demás planes mercantilistas) deberían condenarse. El libre comercio “es una cuestión de derecho, de justicia, de orden público, de propiedad. Porque el privilegio, bajo cualquier forma en que se manifieste, implica la negación o el desprecio de los derechos de propiedad”. Y “el derecho de propiedad, una vez debilitado de una manera, sería atacado pronto en miles de formas diferentes”.[18]

La lucha contra el mercantilismo en Estados Unidos

No hay un ejemplo más claro de cómo las restricciones al comercio son el enemigo de la libertad que la Revolución Americana. En el siglo XVII, todos los estados europeos practicaban la política del mercantilismo. Inglaterra impuso una serie de leyes de comercio y navegación a sus colonias en América y otros lugares que abarcaban tres principios: 1) Todo comercio entre Inglaterra y sus colonias debía ser realizado en navíos ingleses (o construidos por ingleses) propiedad de súbditos ingleses y con tripulación inglesa; 2) Todas las importaciones europeas a las colonias debían “atracar en las costas de Inglaterra antes de ser enviadas a las colonias, de forma que se les pudieran gravar con aranceles adicionales y 3) Ciertos productos de la colonias debían exportarse a Inglaterra y solo a Inglaterra.

Además, a los colonos se les prohibía comerciar con Asia debido al monopolio otorgado por el estado la Compañía de las Indias Orientales. Había impuestos a la importación sobre todas las importaciones coloniales en Inglaterra.

Después de la Guerra de los Siete Años (conocida en América como la Guerra Franco-India), las enormes posesiones de terrenos de Inglaterra (Canadá, India, Norteamérica hasta el Mississippi, la mayoría de las Indias Occidentales) se hicieron muy caras de administrar y controlar. Consecuentemente, las leyes de comercio y navegación se hicieron todavía más opresivas, lo que impuso graves penurias sobre los colonos americanos y ayudó a iniciar la revolución.[19]

Después de la Revolución Americana, las restricciones comerciales estuvieron a punto de causar que los estados de Nueva Inglaterra (que sufrieron desproporcionadamente por las restricciones) se independizaran de la Unión. En 1807, Thomas Jefferson era presidente e Inglaterra estaba de nuevo en guerra con Francia. Inglaterra declaró que “defendería a sus marineros allí donde se encuentren”, lo que incluía los barcos de EEUU. Después de que un barco de guerra británico capturara el USS Chesapeake cerca de Hampton Roads, Virginia, Jefferson impuso un embargo comercial que hacía ilegal todo el comercio internacional. Después de que Jefferson dejara el cargo, su sucesor, James Madison, impuso una “ley de aplicación” que permitía la incautación, al estilo de la guerra contra las drogas, de bienes que se sospechara que estuvieran destinados a la exportación.

Esto radicalizó a los secesionistas de Nueva Inglaterra, que habían estado maquinando para independizarse desde que Jefferson fue elegido y que emitieron una declaración pública recordando a la nación que “la Constitución de EEUU fue un tratado de alianza y confederación” y que el gobierno central no era más que una asociación de los estados. Consecuentemente, “siempre que sus provisiones [es decir, las de la Constitución] sean violadas o se aparte de sus principios originales una mayoría de los estados o sus pueblos, ya no es un instrumento eficaz, por lo que cualquier estado tiene libertad, por el espíritu de ese contrato, para abandonar la unión”.[20]

El parlamento de Massachusetts condenó formalmente el embargo, reclamó su derogación por el Congreso y declaró que “no era legalmente obligatorio”. En otras palabras, el parlamento de Massachusetts “anuló” la ley. Madison se vio obligado a acabar con el embargo en marzo de 1809.

Siempre ha habido algunos hombres en Estados Unidos que han querido traer aquí el sistema mercantilista británico porque era destructivo de la libertad. Es decir, imaginaban ser los “comandantes” del sistema y sus principales beneficiarios. Como observara John Taylor of Caroline, estos hombres “incluían a Hamilton y los federalistas y luego a los políticos de la Era de los Buenos Sentimientos en la década de 1820, que acabaron convirtiéndose en whigs”.[21] Estos hombres “pretendían traer el sistema británico a América, junto con su deuda nacional, corrupción política y partido cortesano”.[22]

Taylor, un notorio antifederalista, criticó toda su vida el mercantilismo y expuso sus críticas en su libro de 1822, Tyranny Unmasked. Como Bastiat, Taylor veía el proteccionismo como un ataque a la propiedad privada que era diametralmente opuesto a la libertad por la que habían luchado y muerto los revolucionarios americanos. La tiranía que Taylor buscaba “desenmascarar” era la colección de fábulas y mentiras que habían ideado los mercantilistas para promover su sistema de saqueo. Si se observan las políticas mercantilistas de Inglaterra, escribía Taylor, “Nunca se ha descubierto un modo igual de enriquecer al partido del gobierno y empobrecer al pueblo”.[23] Escribía sobre las “conexiones indisolubles” tanto entre “la libertad de industria y la prosperidad nacional” y también, “entre el sufrimiento nacional y los aranceles protectores, los saqueos, los privilegios exclusivos y los altos impuestos”.[24] Los primeros producen felicidad nacional, mientras que los segundos producen miseria nacional, según Taylor. Al señalar lo absurdo de la autarquía económica Taylor preguntaba:

Si Alabama no produce nada más que algodón, ¿debería ese estado seleccionar esta especie para trabajar esa materia prima? ¿puede comer, beber y cabalgar su algodón? ¿Puede transformarlo en herramientas, queso, pescado, ron, vino, azúcar y té? (…) ¿No es Georgia un mercado para fabricantes y Rhode Island un mercado para el algodón, debido a la división del trabajo?[25]

Muchos de los argumentos de Taylor fueron adoptados y extendidos por el gran estadista de Carolina del Sur, John C. Calhoun, durante la disputa acerca del “arancel abominable” de 1828, que votó por anular una convención política en ese estado. El enfrentamiento entre Carolina del Sur, que dependía enormemente de las importaciones, como la mayoría del Sur, y el gobierno federal sobre el arancel abominable casi lleva a la secesión unos treinta años antes de la Guerra de Secesión. El gobierno federal se echó atrás y redujo el tipo del arancel en 1833.

Los fabricantes del Norte que querían imponer el mercantilismo de estilo británico en EEUU no renunciaron, sin embargo: formaron el Partido Whig de Estados Unidos, que defendía tres planes mercantilistas: proteccionismo, bienestar corporativo para ellos y un banco central que pagara todo. Desde 1832 a 1861, los whigs, liderados por Henry Clay y, luego, por Abraham Lincoln, lucharos poderosamente en la arena política por traer el mercantilismo del siglo XVII a Estados Unidos.[26]

El Partido Whig desapareció en 1852, pero lo whig se limitaron a empezar a llamarse republicanos. El arancel era la pieza central del programa electoral de 1860 del Partido Republicano, como lo había sido del mismo grupo de intereses económicos norteños que se hicieron llamar “whigs” durante los treinta años anteriores.

En 1857, el nivel de los aranceles se había reducido a su nivel más bajo desde 1815, según Frank Taussig en su clásico Tariff History of the United States.[27] Pero cuando los republicanos controlaron la Casa Blanca y los demócratas del Sur abandonaron el Congreso, los republicanos hicieron lo que, como antiguos whigs, habían ansiado hacer desde hacía décadas: dedicarse al frenesí proteccionista. En su primer discurso de toma de posesión, Lincoln decía que no tenía ninguna intención de alterar la esclavitud en los estados sureños y que, aunque la tuviera, no había base constitucional para hacerlo. Pero, en lo que se refería al arancel, prometía una invasión militar si no se recaudaban los ingresos arancelarios. Al contrario que Andrew Jackson, no retrocedería ante los anuladores del arancel de Carolina del Sur.

En 1862, el tipo medio del arancel había aumentado hasta el 47,06%, el nivel más alto de siempre, incluso más alto que el arancel abominable. Estos tipos altos duraron hasta décadas después de la guerra.

En el siglo XIX, los periódicos estaban formalmente asociados con un partido político u otro y muchos de los periódicos del Partido Republicano en 1860 reclamaban abiertamente una invasión militar de los puertos del Sur para evitar que adoptaran el librecambismo, que estaba escrito en la Constitución Confederada de 1861. El 12 de marzo de 1861, por ejemplo, el New York Post defendía que la marina de EEUU “aboliera todos los puertos de entrada” en el Sur.[28] El 2 de abril de 1861, el Newark (NJ) Daily Advertiser advertía ominosamente que los sureños habían “aparentemente acogido en su seno la doctrina liberal y popular del librecambismo” y que el librecambismo “debe funcionar con un serio perjuicio para el Norte”, ya que “el comercio se desviará en buena parte a las ciudades del Sur”. El “principal instigador” de “los problemas actuales”, Carolina del Sur, des hace mucho ha estado “preparando el camino para la adopción del libre comercio” y debe ser detenida “cerrando los puertos” mediante fuerza militar.[29]

Como he mencionado antes, en 1860 la propia Inglaterra se había trasladado completamente al libre comercio, Francia había reducido radicalmente sus tipos arancelarios ese mismo año y el movimiento librecambista de Bastiat estaba extendiéndose por toda Europa. Solo los estados norteños de Estados Unidos se aferraban resueltamente al mercantilismo del siglo XVII.

Después de la guerra, los intereses de las manufacturas del Norte que financiaban y controlaban el Partido Republicano (es decir, los antiguos whigs) tenían un control firme y “dieron paso a un largo periodo de altos aranceles. Con el arancel de 1897, la protección alcanzó un nivel medio del 57%”.[30] Este saqueo político continuó durante unos cincuenta años después de la guerra, momento en el que la competencia internacional obligó a bajar moderadamente los tipos arancelarios. En 1913, el tipo arancelario medio en EEUU había disminuido hasta el 29%.

Pero la misma camarilla de fabricantes del Norte reclamaba “protección” y persistió hasta que la obtuvo cuando Herbert Hoover firmó el arancel Smoot-Hawley, que aumentaba el tipo arancelario medio sobre más de 800 cosas de vuelta al 59,1%.[31] El arancel Smoot-Hawley engendró una guerra comercial internacional que generó una reducción de aproximadamente el 50% en las exportaciones totales de Estados Unidos entre 1929 y 1932.[32] Los resultados inevitables fueron la pobreza y la miseria. Aún peor, el gobierno respondió a estos problemas de su propia creación con un aumento masivo en la intervención pública, que solo produjo todavía más pobreza y miseria y privó a los estadounidenses de cada vez más libertades.

Conclusiones

Desde el siglo XVII, todos los grandes liberales clásicos han defendido el libre comercio y se han opuesto a las restricciones comerciales. Las restricciones comerciales son un ataque a la institución de la propiedad privada. Interfieren con la división internacional del trabajo que es el origen de nuestra prosperidad y no son más que un acto de robo. Como remarcaba Murray Rothbard:

El impulso del proteccionismo no viene de teorías absurdas, sino de la búsqueda de privilegios especiales coactivos y de la restricción del comercio a costa de los competidores eficientes y los consumidores. En el grupo de intereses especiales que usan el proceso político para reprimir y saquear a los demás, los proteccionistas están entre los más venerados. Es hora de que nos los quitemos de encima de una vez y los tratemos con la adecuada indignación que tanto merecen.[33]


El artículo original se encuentra aquí.

 

[1] Murray Rothbard, “Protectionism and the Destruction of Prosperity”.

[2] Ludwig von Mises, Human Action: A Treatise on Economics, Scholar’s Edition, (Auburn, Ala: Mises Institute, 1998), p. 195. [La acción humana]

[3] Ibíd.

[4] Ibíd. p. 196.

[5] Ibíd., p. 198.

[6] Ibíd., p. 199.

[7] Ibíd., p. 827.

[8] Thomas Paine, Common Sense, p. 20, en Philip S. Foner, Complete Writings of Thomas Paine (Nueva York: 1954).

[9] Ibíd.

[10] Ibíd.

[11] W.B. Allen, editor, George Washington: A Collection (Indianapolis: LibertyClassics, 1988), p. 525.

[12] Ibíd.

[13] Nathan Rosenberg y L.E. Birdzell, Jr., How the West Grew Rich (Nueva York: BasicBooks, 1986), pp. 71-112.

[14] Murray Rothbard, “Mercantilism: A Lesson for Our Times?”, en su libro, The Logic of Action II (Cheltanham, UK: Edward Elgar, 1997), p. 43.

[15] Citado en Henry Higgs, The Physiocrats (Nueva York: Langland Press, 1952), p. 45.

[16] Adam Smith, An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations (Nueva York: Oxford University Press, 1976), p. 898. [La riqueza de las naciones].

[17] Nick Elliott, “John Bright: Voice of Victorian Liberalism”, en Burton W. Folsom, Jr., editor, The Industrial Revolution and Free Trade (Irvington, NY: Foundation for Economic Education, 1996), p. 28.

[18] Frederic Bastiat, Selected Essays on Political Economy, George B. de Huszar, ed. (Irvington, NY: Foundation for Economic Education, 1995), p. 111.

[19] Samuel Eliot Morison, Henry Steele Commager y William Leuchtenburg, The Growth of the American Republic (Nueva York: Oxford University Press, 1980), pp. 112-125.

[20] James Banner, To the Hartford Convention: The Federalists and the Origins of Party Politics in Massachusetts, 1789-1815 (Nueva York: Alfred A. Knopf, 1970), p. 301.

[21] John Taylor, Tyranny Unmasked (Indianapolis: Liberty Fund, 1992), p. xvi.

[22] Ibíd.

[23] Ibíd., p. 11.

[24] Ibíd., p. 19.

[25] Ibíd., p. 24.

[26] Michael F. Holt, The Rise and Fall of the American Whig Party (Nueva York: Oxford University Press, 1990.

[27] Frank Taussig, A Tariff History of the United States (Nueva York: Putnam, 1931), p. 157.

[28] Howard Perkins, Northern Editorials on Secession (Gloucester, MA: Peter Smith, 1964), p. 600.

[29] Ibíd., p. 602.

[30] Wilson Brown y Jan Hogendorn, International Economics (Nueva York: Addison-Wesley, 1994), p. 188.

[31] Ibíd., p. 192.

[32] Ibíd., p. 193.

[33] Rothbard, “Protectionism”.

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