Credo de un reaccionario

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I

No tengo reparo alguno en proclamar que soy un reaccionario. Siento un profundo orgullo por ello. No encuentro mayor virtud en mirar anhelante hacia un futuro desconocido, que en rememorar con nostalgia los valores conocidos y acreditados de tiempos pasados.

El término reaccionario, tal como yo lo entiendo, no pretende hacer referencia a un conjunto de ideas definido e inmutable. Representa una actitud mental. Como reaccionario, siento desagrado y me opongo a la mentalidad y modas de la época en la que me veo obligado a vivir, y deseo ver restaurado el espíritu que tuvo su más extraordinaria encarnación en períodos pretéritos. El hecho de que el término «reaccionario» se aplique como epíteto de fascista u otras marcas del catálogo del hombre moderno, hacia quienes un verdadero reaccionario sólo siente desprecio, no es asunto mío.

Como reaccionario honesto, rechazo en esencia el nazismo, el fascismo, el comunismo y todas las demás ideologías relacionadas que son, en verdad, la reductio ad absurdum de las denominadas democracia y poder de la multitud. Me aparto de disparatadas suposiciones como el gobierno de la mayoría y el «hocus pocus» parlamentario; del falso liberalismo materialista de la Escuela de Manchester y del también falso conservadurismo de los grandes banqueros e industriales. Aborrezco el centralismo y la uniformidad de la vida en manada, el estúpido y vulgar espíritu del racismo, y el capitalismo privado tanto como el capitalismo de estado (socialismo) que tanto han contribuido a la ruina paulatina de nuestra civilización en los últimos dos siglos. El reaccionario auténtico, en nuestros días, es un rebelde en contra de los dogmas dominantes y un «radical», por su empeño en llegar hasta la raíz de las cosas.

Yo, personalmente, soy un reaccionario de la fe cristiana tradicional, con un punto de vista liberal, y propensión hacia lo rural. Aun cuando tantos a mi alrededor rinden culto a lo «nuevo», yo respeto los usos e instituciones que se han desarrollado orgánicamente a lo largo de amplios espacios de tiempo. Los períodos que precedieron a las dos grandes tormentas —la Edad Media y el Renacimiento, que acabaron con la Reforma; y el siglo XVIII, que terminó con la Revolución francesa— son ricos en formas e ideas de importancia imperecedera. La universalidad de un Nicolás de Cusa o de un Alberto Magno, la gloria de la Catedral de Chartres o el Barroco austríaco, la inspiración de figuras como María Teresa, Pascal, George Washington o Leibnitz me fascinan más que los tres «hombres comunes» de nuestro tiempo —Mussolini, Stalin y Hitler—, el impecable esplendor democrático de unos grandes almacenes, o el vacío espiritual de los mítines comunistas y fascistas magnetizados por fervientes agitadores de muchedumbres.

Las notas introductorias a esta decadencia de la civilización fueron escritas por Martín Lutero, quien adoraba a la nación, exaltaba al estado y maldecía a los judíos; por aquel bárbaro de sangre real que desde el trono inglés suplantó el espíritu católico de su país con un provincianismo paralizante; por el primer «moderno», el genovés que negó la base de toda libertad filosófica, el libre albedrío; y por el otro genovés que predicó el retorno a la jungla y a un idílico barbarismo. Estos cuatro caballeros —Lutero, Enrique VIII, Calvino y Rousseau— no fueron sino los precursores de ulteriores eventos fatídicos. El desastre fue completo cuando en la Revolución francesa, ante el eterno dilema entre libertad e igualdad, se escogió la igualdad. La guillotina o los magistrados de Estrasburgo, que decretaron la demolición de la aguja de la catedral por sobrepasar el nivel igualitario de los demás edificios, son símbolos eternos de la modernidad y el «progreso» perverso.

La ordenación de las masas en mayorías con ideas idénticas y que odian de manera uniforme a todos aquellos que se atreven a ser diferentes, es el producto actual de aquellas varias revueltas. Sacerdotes y judíos, aristócratas y mendigos, genios e imbéciles, los no conformistas en política y los exploradores de la filosofía; todos ellos estaban, y siguen estando, en la lista de sospechosos. El rebaño gobierna hoy en casi todas partes valiéndose de diversos medios y detrás de una gran variedad de etiquetas. Esta tiranía es a la que yo me opongo.

II

Como reaccionario, creo en la libertad, pero no en la igualdad. La única igualdad que puedo aceptar es la igualdad espiritual de dos recién nacidos, sin importar su color, su raza o el credo de sus padres. No acepto por tanto el igualitarismo de los «demócratas», ni las artificiosas divisiones de los racistas, ni las distinciones de clase de los comunistas y esnobs.

Los seres humanos son únicos. Deberían tener la oportunidad de desarrollar su personalidad individual —y ello implica responsabilidad, sufrimiento, soledad—. No sólo me gusta el fundamento de la monarquía, sino que me gustan todas las personas que están coronadas. Y existen toda suerte de coronas, pero la más noble de ellas está compuesta de espinas. El hombre moderno —este dócil, «cooperativo» y urbanizado animal— no es del gusto de un reaccionario.

Creo en la familia, en la jerarquía natural dentro de la familia, y en el abismo natural existente entre los sexos. Adoro a los ancianos llenos de dignidad y a los padres orgullosos, pero también a los niños valientes y honrados. En una jerarquía, el miembro más bajo es funcionalmente tan importante como el más alto. Y el abismo entre hombres y mujeres lo contemplo como algo bueno; no existe mérito alguno en construir un puente sobre un simple charco.

Me gusta que la gente tenga propiedades. No soy del todo entusiasta con el modelo de individuo desarraigado que vive en un bloque de pisos con un número de la seguridad social como distinción principal. Detesto el capitalismo que concentra la propiedad en manos de unos pocos tanto como el socialismo que pretende transferirla a una inexistente colectividad: la hidra con un millón de cabezas pero sin alma, la sociedad. Me gusta que la gente tenga su propia vivienda, sus propios terrenos, sus propios criterios que les empujen a actuar de forma independiente. Temo a la manada: al 51 por ciento que votaron a Hitler y Hugenberg; a la turba estruendosa que apoyó El Terror en Francia; y al 55 por ciento de blancos en los Estados del Sur que mantuvieron al 45 por ciento de negros «en su sitio» con ayuda de antorchas y sogas.

Me asustan las masas, cualesquiera que sean, compuestas de hombres temerosos de ser únicos, de ser personas; preocupados más por la seguridad que por la libertad; y con más miedo a sus vecinos o a su «comunidad» que a Dios y a sus conciencias. Estas son las personas que demandan no sólo igualdad, sino también identidad. Sospechan de cualquiera que viva o piense diferente. Les gustaría verse rodeados tan solo de «chicos normales»: su arquetípico ciudadano ideal encarnado en el rechte Kerle alemán, los ordinary, decent chaps ingleses o los regular guys americanos. El hombre moderno parece tener un solo deseo: que todo sea moldeado a su propia imagen y semejanza; detesta la personalidad y anhela la completa asimilación. Aquello que no consigue igualar, no duda en extirparlo. Toda nuestra era está marcada por un inmenso sistema de elementos igualadores y asimiladores que comprende escuelas, agencias de publicidad, cuarteles, manufacturas industriales, y periódicos, libros e ideas producidos en masa. El aspecto más tenebroso de este proceso puede verse en el ostracismo social practicado contra las minorías en las democracias pseudoliberales; en los mataderos humanos y campos de concentración de las naciones totalitarias superdemocráticas; y en los interminables flujos de refugiados sin hogar que vagan sin rumbo por todo el mundo. El hombre común, rebajado a mero agregado de una colectividad, cualquiera que sea dicha colectividad, es un ser despiadado y carente por completo de generosidad.

La libertad, al fin y al cabo, es un ideal aristocrático. En Washington, justo en frente de la Casa Blanca, en Jackson Square, hay un maravilloso símbolo: el monumento al primer americano «igualitarista» (Andrew Jackson) rodeado por las estatuas de cuatro nobles europeos que acudieron a América a luchar por la libertad y no por la identidad —el noble polaco Tadeusz Kościuszko, el Barón von Steuben, el Conde de Rochambeau y el Marqués de Lafayette—. El Barón de Kalb fue conmemorado en otro lugar; y el Conde Pulaski da nombre a una autopista en Nueva Jersey y tiene una estatua en Savannah. Pulaski fue el único general muerto en el Gran Levantamiento de los Whigs Americanos (la Guerra de Independencia). Nosotros los reaccionarios —lo sepamos o no— somos todos whigs. Nuestra tradición en los países angloparlantes descansa en la Magna Charta, que sólo el ignorante tildaría de «democrática».

No le tengo ningún aprecio al «liberalismo» del siglo diecinueve con su burdo materialismo y su creencia pagana en la «supervivencia de los más fuertes»; esto es, de los menos escrupulosos. Para las condiciones europeas abogo naturalmente por la monarquía, que se caracteriza por ser suprarracial y supranacional. De hecho, no sólo las instituciones libres sobrevivieron mejor en las monarquías del noroeste de Europa que en el republicano corazón del continente, sino que en el área étnicamente mixta del centro y este de Europa deberían ser preferibles monarcas de origen extranjero, y con mujeres, madres, hijos e hijas también extranjeros, antes que «líderes» políticos que pertenezcan con pasión a específicas nacionalidades, clases o partidos.

Me siento más libre bajo un hombre que no es la elección de nadie, que bajo el elegido por una mayoría que sigue ciegamente sus sobrexcitadas emociones. Voltaire tenía más posibilidades de influir en las cortes de París, Potsdam o Petersburgo de las que un Dawson, un Sorokin, un Ferrero o un Bernanos tienen para influenciar a las «democráticas» masas. Los monarcas europeos no desmerecen intelectual y moralmente con respecto a sus epígonos republicanos con sombrero de copa. Ciertamente, los borbones salen favorecidos de la comparación con los políticos de las tres repúblicas francesas. Y los führers de la era totalitaria han sido a menudo más «brillantes» y exitosos por tener menos escrúpulos. Respaldados por plebiscitos efectuados con suma meticulosidad, se sienten justificados para entregarse a carnicerías que ningún Borbón, Habsburgo o Hohenzollern se hubiera arriesgado a llevar a cabo. Platón nos dijo hace más de dos mil años que la democracia degenera de manera inevitable en dictadura, y de Tocqueville lo reafirmó en 1835. Muchos imbéciles a ambos lados del Atlántico continúan confundiendo democracia con liberalismo, dos elementos que pueden, o no, coexistir. Una «prohibición» respaldada por el 51 por ciento del electorado puede ser democrática por completo, pero es difícil que sea liberal.

III

Lo que nosotros los reaccionarios anhelamos es la libertad y la diversidad. Incluso creemos que en la diversidad estriba una peculiar fortaleza. San Esteban, rey de Hungría, le dijo a su hijo: Unius linguae uniusque moris regnum imbecille et fragile est («El reino con una lengua y costumbres únicas es débil y frágil»). Esto se opone a la superstición demototalitaria de nuestra época sobre la uniformidad. Los fascistas italianos, que destruyeron en su país todas las instituciones culturales de los no italianos, tuvieron como imitadores a los más sofisticados y progresistas tecnócratas que clamaron, una vez que esta guerra llegó a América, por la confiscación de toda la prensa en lengua extranjera.

Como reaccionario, me gustan los patriotas que tienen entusiasmo por su patria, la tierra de sus padres; y siento antipatía por los nacionalistas que exaltan la lengua y la sangre. El reaccionario defiende la idea de tierra y libertad, pero se opone al complejo de sangre e igualdad.

Como reaccionario, mantengo puntos de vista definidos, así como opiniones provisionales. «En lo imprescindible, unidad; en lo dudoso, libertad; y en todo, caridad» sería un hermoso programa reaccionario. Si yo considero que algo es cierto, desecho cualquier opinión diferente. Pero discrepo con algunos eclesiásticos medievales o con los conservadores miopes que creen que el error puede ser combatido a través de la fuerza. Cualquier intento meticuloso de suprimir el error a través de medios artificiales (siempre dirigidos contra personas, nunca contra la idea en sí) acaba por convertir a la verdad en algo desagradable, penoso y poco atractivo. Como reaccionario, respeto a cualquier persona que con coraje y sinceridad mantiene posturas erróneas por seguir a su conciencia. Tengo mucho más respeto por un fanático anarquista catalán, un judío ortodoxo, un calvinista recio o un ferviente derviche que por un pseudoliberal humanitarista con una secreta veneración por el omnipotente estado. Un auténtico reaccionario es un hombre de fe absoluta y generosidad absoluta: concilia el dogma con la libertad.

Como reaccionario, me gustaría ver como se materializan en este país muchas de las ideas antidemocráticas de los Padres Fundadores. De hecho, pocos escritores europeos enfrentaron con más vehemencia a los demócratas que Madison, Hamilton, Marshall, John Adams o incluso Jefferson, quien se decantaba por una aristocracia de mérito y en absoluto defendía un gobierno del pueblo. Aunque el centralismo de Hamilton era básicamente de izquierdas, y ni aquí en América ni en Europa debería prevalecer. Lo que necesitamos a ambos lados del Atlántico se trata más bien de una cuestión de actitud personal. El colectivismo y la megalomanía son el enemigo. El granjero Schmidt de Hindelang, por ejemplo, debería antes que nada estar orgulloso de ser el cabeza de su familia y el señor de su granja, y luego de ser un habitante de Hindelang. Después de una reflexión más profunda, tendría que encontrar el orgullo de ser campesino del valle de Algovia y también de ser bávaro. Su «germanidad» sería una unión mística en el mismo horizonte de sus pensamientos. Pero la tendencia moderna es establecer la jerarquía de lealtades de forma justo opuesta. El énfasis nazi en los noventa millones de alemanes, el énfasis soviético en «las masas», o la costumbre de identificar «más grande» con «mejor», ponen de manifiesto nuestra degradación moderna a través del enaltecimiento de la cantidad y el desdén hacia el ser humano y la singularidad de cada persona.

Sostengo que el estado, los negocios, la industria…son los grandes esclavistas de nuestro tiempo. Fulano «el ciudadano» trabaja, como su antepasado espiritual el siervo medieval, un día y medio a la semana para su arrendador. De cuatro jornadas de trabajo semanales entrega al menos una a la corporación que le alquila su residencia. Si dejara de hacerlo resultaría desposeído, una amenaza desconocida para un villano del siglo trece. En la fábrica trabaja como un esclavo (a diferencia del trabajador de un gremio) para inversores desconocidos y líderes sindicales corruptos, si es que no lo hace, como en la URSS, para el Leviatán combinado del estado y la sociedad. Los trabajadores deberían poseer los medios de producción; no hay ninguna razón en la tierra por la que no deberían ser propietarios de las fábricas en sentido literal o mantener todas las acciones distribuidas de alguna manera entre ellos. Un lugar de trabajo actual podría ser una comunidad viva tanto como lo era un taller medieval.

Me gustan las personas libres, pueblos que son con frecuencia «atrasados», como los tiroleses, los suizos montañeses, los escoceses, los navarros, los vascos, los recios campesinos de los Balcanes, o los kurdos. Ellos escaparon del mal de la servidumbre en la Edad Media y del aún peor mal de la urbanización en los tiempos modernos. Son muy reaccionarios, conservadores y amantes de la libertad. Se pueden permitir ser conservadores porque su cultura no está ligada a los tiempos modernos; sienten que merece la pena conservar lo que ya tienen. El conservador urbano, por otra parte, no es nada más que un «progresista» inhibido.

Creo en un hombre de excelencia, un hombre de deber en oposición al «hombre común» cuya única fuerza reside en los números, cuya manifestación política consiste en la sumisión a «convicciones» prefabricadas o a «líderes» que, a diferencia de los «gobernantes», no se diferencian de las masas sino que personifican todos sus peores rasgos.

Hoy, un puñado de genuinos reaccionarios se llevan la peor parte de la guerra contra el superprogresismo en su manifestación totalitaria. Saben que la democracia como fuerza no puede lidiar con los totalitarismos; las formas embrionarias no pueden tener éxito contra sus manifestaciones más maduras. Platón, de Tocqueville, Donoso Cortés, Burckhardt, todos ellos eran conscientes de esto. La democracia progresista y el pseudoliberalismo se asemejan a los girondinos, son la situación previa al terror.

Entre este puñado se encuentran Winston Churchill y el Conde von Galen, el Conde Preysing y von Faulhaber, Niemoller y Georges Bernanos, Giraud y d’Ormesson, el Conde Teleki, Calvo Sotelo, Schuschnigg y Edgar Jung. Ninguno de ellos hizo concesiones a la perversidad de las expresiones modernas de los girondinos o del Terror. Vivos o muertos no capitularán. Ellos no creen —y no necesariamente tienen que creer— en un grandioso tiempo pasado enfrentado al perfecto nuevo futuro tan en boga, pero han entendido la penosa situación presente como el desarrollo de errores pasados que resultan catastróficos. Se encuentran aislados por las sospechas que se ciernen sobre ellos. Se les considera unos aguafiestas por no adherirse al panegírico universal del progreso. Se han vuelto duros y apasionados. Alzarán sus estandartes hasta su misma muerte, y sus estandartes son muy antiguos, muy gloriosos, y muy honorables.

*Publicado en julio de 1943, bajo el seudónimo de Francis Stuart Campbell

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