Tres tesoros nacionales: Hazlitt, Hutt y Rothbard

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[Nota de Rockwell de 2007: Escribí este artículo por encargo en 1986. Alababa la obra de Rothbard, Hazlitt y Hutt. Los tres economistas estaban vivos, pero estaban muy lamentablemente olvidados en ese momento. Hoy sus libros se venden y su influencia es realmente amplia. No se ha publicado antes en línea]

Para la mayoría de los estadounidenses, los economistas no vienen inmediatamente a la mente como tesoros, no digamos como tesoros nacionales. Ya sea haciendo predicciones matemáticas arrogantes y mentirosas, llenando las cabezas de los estudiantes universitarios con ideas equivocadas keynesianas y socialistas o dando una cobertura teórica a la inflación, los impuestos, la regulación y el gasto estatales, el economista típico no es un amigo de la libertad.

Pero todo esto es una perversión de la ciencia pura de la economía ejemplificada por la Escuela Austriaca y su mayor exponente, Ludwig von Mises. El profesor Mises no fue solo la mayor fuerza creativa de la economía del siglo XX, sino que fue también un radiante defensor de la libertad.

Hay una costumbre japonesa de calificar a los triunfadores como tesoros nacionales vivientes. Scott Stanley, de Conservative Digest, me pidió que nombrarán nuestros tres tesoros nacionales vivientes en economía. Le dije que tres hombres destacan como grandes economistas en la tradición misesiana: Henry Hazlitt, W.H. Hutt y Murray N. Rothbard.

Henry Hazlitt

La carrera de Henry Hazlitt como economista y periodista se extiende durante más de siete décadas. Maestro destacado de la economía de la libertad, realizó trabajo teórico innovador que hizo accesibles para todos las ideas de la economía austriaca de libre mercado. Uno de los economistas más citables de todos los tiempos, su escritura es brillante. Y su estilo claro y vivaz (como su compromiso con la libertad) parece hacerse cada vez más fuerte con el paso de los años

Uno de sus principales logros es la magistral La economía en una lección, escrita en 1946. Este pequeño libro ha educado a millones (en ocho idiomas distintos) en una comprensión del libre mercado y la economía austriaca. Destruye los argumentos de socialistas e intervencionistas al explicar la verdad. Aunque se escribió hace más de 40 años, sigue sin haber una mejor manera de empezar a aprender buena economía. Pero el libro ha sido evitado por la mayoría de los economistas.

Y no sorprende. Si se hubiera seguido a Hazlitt, los políticos intervencionistas y sus guardaespaldas intelectuales en el mundo académico estarían en el paro. Por si no bastara con que desafiara al establishment económico, su impenetrable alegato a favor del libre mercado es accesible para el hombre corriente y eso es un anatema para ellos. Echad un ojo a cualquier número de una revista económica importante y sabréis por qué el libro de Hazlitt es considerado herético. No porque no tenga sentido, sino porque lo tiene; no porque no sea lógico, sino porque lo es; no porque no sea fiel a la realidad, sino porque lo es. Traducid su jerga al inglés y descubrimos que la mayoría de los economistas empiezan con axiomas como “supongamos que todo el mundo sabe todo” o “nadie sabe nada” o “la gente nunca cambia de idea” o “todos los bienes son idénticos”. A los hombres y las mujeres se les quita su individualidad para hacerlos ajustarse a modelos mecanicistas y la economía se ve como estática, o en el mejor de los casos como una serie de estados estáticos cambiantes, sin desarrollar de los procesos de cambio. Las deducciones a partir de dichos axiomas deben ser falsas, por supuesto.

Hazlitt, como Mises, empieza suponiendo que las personas actúan, que lo hacen con un propósito y que, al ir cambiando las condiciones, cambian sus planes. No hace ninguna diferencia entre “microeconomía” y macroeconomía”, términos usados comúnmente para dar la impresión de que son aplicables a toda la economía principios y leyes distintos de los que se aplican a los individuos. Así que, aunque puede estar justificado hablar acerca de acción intencionada, decisiones marginales y valoraciones subjetivas a nivel individual, esto no tiene ninguna relevancia para los macrogestores en el gobierno.

Pero Hazlitt es un individualista metodológico y por tanto se da cuenta de que la economía debe analizarse desde el punto de vista de la acción individual. La mayoría de los economistas son notorios justificadores de la legislación de intereses especiales, porque ignoran lo que dice tan elocuentemente Hazlitt en La economía en una lección: los efectos invisibles y a largo plazo de la política pública. Para Hazlitt, como economista de la Escuela Austriaca, “la economía consiste en mirar no únicamente a lo inmediato, sino a los efectos a largo plazo de cualquier acción o política; consiste en buscar las consecuencias de esa política no solo para un grupo, sino para todos los grupos”.

Por ejemplo, la inflación de la oferta monetaria del banco central rebaja los tipos de interés inicialmente, pero lleva a largo plazo a tipos de interés más altos y poder adquisitivo más bajo, por no hablar de los ciclos económicos de auge y declive. La inflación puede beneficiar al gobierno y a aquellos que obtengan primero el nuevo dinero, pero daña a todos los demás.

Aunque es un erudito formidable, Hazlitt no hizo carrera en una universidad. Era un periodista de quien H.L. Mencken dijo una vez: “es uno de los pocos economistas en la historia humana que puede realmente escribir”. Nacido en 1894, Hazlitt empezó a trabajar en 1913 como reportero para el Wall Street Journal. Fue también redactor de editoriales para el New York Times y columnista en Newsweek.

Muy joven, Hazlitt leyó a los economistas austriacos Carl Menger, Eugen von Böhm-Bawerk y Philip Wicksteed. Pero su principal influencia fue Ludwig von Mises. Y en 1940 Hazlitt ayudó (con el veterano Lawrence Fertig) a recaudar fondos para conseguir un trabajo para Mises en la Universidad de Nueva York. En un momento o en el que todo marxista e historicista europeo de segunda clase estaba obteniendo una cátedra en Harvard o Princeton, Mises era rechazado por las universidades de EEUU por “dogmático”, “intransigente” y “derechista”. Finalmente, Hazlitt y Fertig consiguieron convencer a la NYU (en la que Fertig era administrador) para permitir a Mises enseñar como profesor visitante no remunerado.

Mises y Hazlitt y se convirtieron en amigos íntimos y posteriormente preparó la publicación de Gobierno omnipotente, Teoría e historia, Burocracia y la monumental La acción humana de Mises en la Yale University Press.

Durante los años de Hazlitt en el New York Times, escribió acerca de los problemas que derivarían de los acuerdos monetarios de Bretton Woods diseñados por Keynes. (Sus agudos editoriales se recogen en From Bretton Woods to World Inflation [1983].) Bretton Woods, al que los economistas del lado de la oferta inicial miran erróneamente atrás con nostalgia, garantizaba (como predecía Hazlitt) un mundo de inflación de papel moneda. También nos dio el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, todavía grandes financiadores del estatismo.

Como ha argumentado Hazlitt, solo un verdadero patrón oro, con el dólar redimible en oro nacionalmente y también internacionalmente, puede considerarse una moneda fuerte. E instituciones como el FMI y el Banco Mundial solo benefician a los intereses de gobiernos y bancos a costa del contribuyente estadounidense y de los pobres en otros países.

Otra obra maestra de Hazlitt es  Failure of the “New Economics” (1959). En ella Hazlitt producía lo que nadie más había intentado nunca: una refutación línea por línea de la teoría general de Keynes. El libro es un destrozo paciente y meticuloso de las mentiras, contradicciones y pensamiento confuso de Keynes.

Un hombre del Renacimiento en la tradición de Mises, su producción incluye 25 libros (sobre economía, filosofía, política, historia) más una novela y cientos de columnas y artículos persuasivos.

El sistema de Bretton Woods sí se vino abajo, por supuesto, como había predicho Hazlitt. Pero cuando, muchos años antes, el editor del New York Times le pidió que cambiara de postura y apoyara el falso patrón oro de Keynes, renunció antes de hacerlo. Ese acto de valentía y principios ejemplifica toda su vida.

W.H. Hutt

Es posible que un estudiante de economía desarrolle toda su carrera universitaria sin escuchar ni una sola vez el nombre de William H. Hutt. Aun así, su erudición, valentía y persistente apego a la verdad económica hacen de él un héroe.

Hutt, ahora profesor visitante en la Universidad de Dallas, ha trabajado silenciosamente y con pocas aclamaciones durante más de 60 años. Es responsable de grandes innovaciones en teoría económica, una docena de libros y cientos de artículos. Entre sus obras más importantes están La contratación colectiva (1930), El economista y la política (1936), Economics of the Colour Bar (1964), The Strike-Threat System (1973) y A Rehabilitation of Say’s Law (1975).

Nacido en 1899, Hutt se graduó en la London School of Economics. Publicó su primer artículo académico importante en 1926, refutando la acusación de que la Revolución Industrial empobreció a los trabajadores, cuando en realidad aumentó drásticamente su nivel de vida. Continuaría convirtiéndose en el gran defensor de la gente trabajadora y el opositor erudito de su enemigo: los sindicatos.

Se habían escrito muchos libros acerca de los sindicatos, normalmente desde una perspectiva izquierdista, pero no se había desarrollado nunca una teoría completa de la negociación colectiva. Hutt lo hizo cuando enseñaba en la Universidad de Ciudad del Cabo, en Sudáfrica. En su La contratación colectiva, que fue calificada como “brillante” por Ludwig von Mises, Hutt reventaba el mito todavía común de que hay un enfrentamiento natural entre los intereses de la mano de obra y la dirección, una versión disfrazada de la teoría de la explotación de Karl Marx. Por contrario, decía Hutt, el libre mercado trae armonía. Solo la intervención pública (como leyes que favorezcan a los sindicatos contra los empresarios y los trabajadores no sindicalizados) crea conflicto.

Hutt también demostraba que la negociación colectiva y otras actividades sindicales rebajan los salarios para los trabajadores no sindicalizados y los pobres. Demostraba lo mucho mejor que estarían todos los países si se prohibieran las actividades sindicales patrocinadas por gobierno.

Al contrario que “liberales” y socialistas, Hutt apreciaba que la estructura salarial de igual sindicalización es destructiva. Pagar a todos lo mismo, independientemente de su contribución, destruye el incentivo para mejorar. Es asimismo un opositor justificado de la violencia endémica de los sindicatos y ha demostrado que esta es necesariamente una parte integral de su funcionamiento. Por supuesto, estas ideas no se vendían bien en la década de 1930. Pero eso nunca estorbó a Hutt. Se enfrentó a otro ídolo estatista: J.M. Keynes. Mientras hazlitt estaba luchando contra el keynesianismo en EEUU, Hutt estaba haciendo lo mismo en el mundo británico.

El economista y la política se publicó en el mismo año que la Teoría General de Keynes, 1936. El libro de Hutt ya estaba en pruebas de texto cuando apareció el libro de Keynes, pero insertó una advertencia acerca de los peligros del keynesianismo. En el libro, Hutt trataba de explicar por qué el evidentemente superior mercado libre estaba bajo ataque y por qué los economistas gozaban de tal desprestigio. El problema, decía, era que ni los economistas ni el público entendían la naturaleza y efecto de la competencia ni que solo una competencia sin limitaciones protege el interés General contra el gobierno y sus intereses. En “An Interview with W.H. Hutt”. Hutt decía que, lejos de ser una fuerza destructiva, la competencia es el “único principio de coordinación en un mundo complejo” y el mayor liberador de los pobres, una clase que marxistas y keynesianos afirman amar, pero que solo consiguen aumentar.

A finales de la década de 1930, Hutt también desveló su concepto de “soberanía del consumidor”, que influyó en Luwig von Mises. En el mercado libre, decía Hutt, los consumidores tienen derecho a comprar o no comprar, y por tanto los productores desempeñan un papel a su servicio. La única vía para el éxito en un mercado libre es que el productor sirva al consumidor. En una economía estatista, los consumidores no tienen voz, los productores no saben qué producir y agradar a los políticos se convierte en la vía a las riquezas.

En 1939, Hutt lanzó otro golpe contra el keynesianismo con la Theory of Idle Resources, que destrozaba la teoría del desempleo de Keynes. Keynes había entendido de forma totalmente incorrecta cómo se asignan los recursos económicos. Hutt demostraba que un recurso como el trabajo solo puede estar ocioso mediante una intervención pública que aumente su precio por encima de lo que puede permitirse la comunidad, a la vista de otras demandas. Por eso los salarios mínimos y los sindicatos son tan destructivos: inhiben la flexibilidad en el precio de la mano de obra. Con mercados laborales completamente libres (es decir, sin intervención pública o control sindical), todo desempleo es voluntario.

Tal vez un trabajador quiera dedicar tiempo a buscar otro trabajo o esté esperando por un salario superior. Decir que el desempleo en los mercados laborales y libres no es voluntario, demostraba concluyentemente Hutt, es decir que todos los deseos humanos están satisfechos, lo que equivale a negar que existe la escasez. Con esta observación, Hutt destruía la justificación de la política laboral de macrogestión y de cualquier programa público para “salvar empleos”.

No satisfecho con atacar al keynesianismo, en 1964 Hutt escribió la primera crítica detallada del apartheid racial en Economics of the Colour Bar, criticando el socialismo e intervencionismo favorable a los sindicatos del gobierno sudafricano, que daba una oportunidad al comunismo. Salvo que el mercado se librara de la intervención estatal, demostraba, habría un baño de sangre y una destrucción de la libertad de todos. Suplicaba para que se diera a los negros una oportunidad de poseer sus propios negocios y de buscar y realizar cualquier trabajo que fueran capaces de hacer, sin discriminación estatal.

Hutt demostraba que el apartheid económico de Sudáfrica estaba pensado en buena medida para proteger a los miembros blancos sindicados frente a la competencia negra. El libre mercado, decía, ofrece la única esperanza a las minorías y los desaventajados y para una sociedad libre en Sudáfrica. Los controles públicos solo benefician a los intereses especiales en busca de botín. Economics of the Colour Bar (que anticipaba el análisis de raza y gobierno de Walter Williams) es un triunfo de la unión de teoría y política. Esto es algo que la mayoría los economistas desdeñan como “poco académico”. Pero Hutt no ocultaba su deseo de influir en la opinión pública a favor del laissez faire. Por esto se le prohibió trabajar en Sudáfrica.

Como escribió Ludwig von Mises, W.H. Hutt “se encuentra entre los principales economistas de nuestra época”. El que no esté clasificado como tal por la ortodoxia solo demuestra sus deficiencias, no resta en modo alguno sus magníficos logros y valentía.

Murray N. Rothbard

Ludwig von Mises fue el mejor economista y defensor de la libertad del siglo XX. En erudición y pasión por la libertad, su verdadero heredero es Murray N. Rothbard.

Rothbard nació en Nueva York en 1926. Se doctoró en la Universidad de Columbia y estudió durante más de diez años con Mises en la Universidad de Nueva York. Sin embargo, su grado estuvo retrasado durante años y estuvo a punto de no recibirlo debido a una intervención sin precedentes de un miembro de la facultad.

La tesis de Rothbard (The Panic of 1819) mostraba cómo del Banco de los Estados Unidos, el antecesor de la Reserva Federal, causó la primera de presión estadounidense. Este ofendido profesor, Arthur Burns, posteriormente presidente de la Reserva Federal con Nixon, se horrorizó por la postura de Rothbard en contra del banco central y a favor del patrón oro.

Rothbard acabó consiguiendo su doctorado y empezó a escribir para la libertaria Volker Fund en Nueva York. Como su gran maestro Mises, las opiniones de Rothbard le impidieron conseguir un puesto de enseñante en una gran universidad estadounidense. Finalmente fue contratado por el politécnico de Brooklyn, una escuela de ingeniería sin grados en economía, en el que su departamento estaba lleno de keynesianos y marxistas.

Trabajó allí, en una oficina oscura y sucia en el sótano, hasta 1986, cuando (gracias al empresario de libre mercado S.J. Hall) se le ofreció una cátedra distinguida de economía en la Universidad de Nevada, Las Vegas.

Pero esta falta de una base académica de prestigio no impidió a Rothbard, igual que pasó con Hazlitt, Hutt o Mises, llegar a una amplia audiencia de intelectuales, estudiantes y público en general. Rothbard es el autor de cientos de artículos innovadores de investigación y de 16 libros, incluyendo El hombre la economía y el estado (1962), America’s Great Depression (1963), Poder y mercado (1970), Por una nueva libertad (1973), Conceived in Liberty (1976), La ética de la libertad (1982) y El misterio de la banca (1983).

En America’s Great Depression, una historia revisionista acreditada de esa debacle económica, Rothbard usa la teoría austriaca del ciclo económico para demostrar que la inflación de la Reserva Federal creó el auge de los años veinte y el declive de los años treinta. Los continuos ataques al mercado por parte de Hoover y FDR (en forma de leyes de cierres de fábricas, impuestos, intervención agrícola, controles de precios y demás) impidieron una liquidación de las malas inversiones realizadas durante el auge y prolongaron y profundizaron la depresión. Este libro también contiene la explicación más clara y convincente de la teoría austriaca del ciclo económico para los estudiantes. Tanto The Panic of 1819 como America’s Great Depression usan herramientas teóricas tomadas de la gran tradición de la economía austriaca, incluyendo la teoría del desarrollo de las instituciones monetarias de Carl Menger, la teoría del capital y la teoría de la preferencia temporal del interés de Eugen von Böhm-Bawerk y la metodología y la teoría del ciclo económico de Mises. Rothbard resolvía varios problemas teóricos en cada uno y los entremezclaba para crear un modelo praxeológico formal. Tuvo éxito no solo a la hora de explicar las fluctuaciones cíclicas causadas por la intervención del banco central, sino también al crear el alegato a favor del patrón moneda de oro, sin banco central, con una reserva 100% y laissez faire.

Después de la magistral integración de Rothbard, los economistas ya no podían desdeñar las recesiones y depresiones como una parte “inevitable” de la economía de mercado. Por el contrario, está claro que las causa la inflación del banco central y la correspondiente distorsión de los tipos de interés, las malas inversiones de capital, el robo del ahorro y los aumentos de precio que conlleva. El gobierno, del que el banco central es solo un brazo, es el origen real de los ciclos económicos.

Aunque sigue practicándose casi universalmente dentro de la organización industrial y la teoría de precios neoclásicas, Rothbard refuta la falacia de independizar los precios de monopolio de los precios competitivos. La distinción entre los dos solo existe en el mundo de los modelos de precios neoclásicos, en el que los empresarios cargan precios cada vez más altos en la porción inelástica de la curva de demanda de los consumidores. Pero estos modelos estáticos no tienen nada que ver con el proceso dinámico del mercado. Rothbard demostraba que una economía libre tiene solo un tipo de precio: el precio del mercado libre, destruyendo así toda la justificación neoclásica y keynesiana de las políticas antitrust.

Los monopolios existen, demuestra Rothbard, pero solo cuando el gobierno erige una barrera de entrada en el mercado concediendo alguna empresa o sector un privilegio especial. Los monopolios reales incluidos son los admitidos, como correos, los algo ocultos como las empresas de energía eléctrica y, el peor de todos, el menos cuestionado, la Reserva Federal.

En 1956, Rothbard realizó el primer avance formidable campo de la utilidad del bienestar desde la revolución marginal de la década de 1870 con su artículo “Hacia una reconstrucción de la economía de la utilidad y del bienestar”. Partiendo de la obra de Menger, demostraba que la utilidad es algo que solo podemos conocer observando las preferencias individuales reveladas a través de la acción humana. La utilidad, un concepto estrictamente ordinal y subjetivo, no puede agregarse y por tanto no puede haber una utilidad total. Esta idea elimina los fundamentos de la mayoría de la teoría moderna de la utilidad y el bienestar social, que, aunque lo oculte, normalmente se basa en comparaciones interpersonales de utilidad subjetiva.

Los avances de Rothbard no solo afectan a la teoría pura de la utilidad y el bienestar, sino también a las políticas tan a menudo justificadas por los modelos neoclásicos de bienestar: redistribución de la riqueza, impuestos progresivos y planificación estatal. Cuando las personas son libres de comerciar y demostrar sus preferencias subjetivas sin interferencia del gobierno, cada parte espera beneficiarse del intercambio, pues, si no, no intercambiarían desde el principio. Así que Rothbard deduce que los mercados libres maximizan la utilidad y el bienestar, mientras que la intervención pública, por el mismo hecho de que está obligando a la gente a comportarse de maneras en las que no lo haría, no puede sino disminuir la utilidad y el bienestar.

Fueron estos fundamentos los que permitieron a Rothbard integrar una teoría rigurosa de los derechos de propiedad con una teoría científica de la economía. Hoy, otros dentro de la Escuela de Chicago están tratando de hacer lo mismo mediante estudios de derecho, ética y medios para la optimización de la utilidad. Pero hasta que no acepten la teoría de la utilidad y el bienestar como la enseña Rothbard y basen su análisis en la lógica pura de la acción no tendrán éxito.

En su gran obra El hombre, la economía y el estado, Rothbard proporciona una defensa rigurosa de la ciencia económica. Es un tratado que cubre toda la materia y es la última de esas grandes obras. En él, clara y lógicamente, Rothbard deduce toda la economía a partir de sus primeros principios. Es un tour-de-force sin igual en la economía moderna.

En su Poder y mercado (originalmente parte de El hombre, la economía y el estado), desarrolló una crítica completa de la coacción del gobierno. Desarrolla tres útiles categorías de intervención: autista, binaria y triangular. La intervención autista impide que una persona ejercite control sobre su propia persona o propiedad, como pasa con el homicidio o las infracciones de la libre expresión. La intervención binaria obliga a un intercambio entre dos partes, como en un asalto en una carretera o los impuestos de la renta. Finalmente está la triangular, en la que el gobierno obliga a dos personas a realizar un intercambio o a no hacerlo, como en el control de rentas o los salarios mínimos. Indica cuidadosamente los malos aspectos de toda posible intervención en la economía, refuta las objeciones morales contra el mercado y desarrolla la primera y única crítica praxeológica de todos los tipos de impuestos, demostrando que los impuestos no son nunca neutrales.

Rothbard también abrió un nuevo campo al atacar las estadísticas del gobierno. Como al gobierno le falta el conocimiento generado por el mercado, debe recoger millones de estadísticas para planificar la economía, lo que, por supuesto, es incapaz de hacer en último término. Entre las estadísticas menos favoritas de Rothbard está el “déficit comercial”, que solo se considera un problema porque el gobierno mantiene las cifras. Gracias a Dios, ha señalado, no se mantienen estadísticas comerciales sobre Manhattan y Brooklyn. “En otro caso oiríamos gritar a los políticos de Brooklyn sobre el peligroso déficit comercial con Manhattan”.

Otra estadística que le disgusta es el PIB. La cifra cuenta los pagos sociales y todo el resto de gasto público como “productividad”. Su propia alternativa, el RPP o Remanente del Producto Privado (para los productores) muestra un retrato más claro al restar el gasto público de la economía. También ha creado (con el profesor Joseph Salerno) una alternativa austriaca a las estadísticas de oferta monetaria de la Reserva Federal, que se crearon sin ninguna consideración por la coherencia teórica. No solo es un economista brillante, sino también un maestro de la historia política narrativa, como demuestra su historia colonial de Estados Unidos en cuatro tomos, Conceived in Liberty, y un gran filósofo en la tradición individualista, como demuestra en La ética de la libertad. Su proyecto actual es una enorme historia del pensamiento económico desde una perspectiva austriaca que va desde los griegos antiguos hasta la actualidad. A juzgar por los capítulos hasta el momento, será el mayor estudio de este tipo nunca escrito.

Rothbard es un escritor con una energía singular, cuyas palabras relucen en la página. Como Mises, ha inspirado a millones con su visión de la sociedad libre. En el mundo académico, donde la devoción por los principios es tan popular como Washington, ha llevado la antorcha del misesianismo puro.

Tres gigantes

Como Mises, estos tres gigantes exhiben una extraordinaria capacidad, valentía, amabilidad personal y adhesión inflexible a los principios. En una época en la que la búsqueda de botín de la norma entre los políticos (gubernamentales y académicos) Hazlitt, Hutt y Rothbard han mantenido en alto el pabellón de la verdad y la libertad. Han afrontado inmensas presiones para retirarse, pero nunca han dudado. Hoy siguen trabajando y extendiendo la investigación sobre la libertad. A pesar de las barreras a las que sean enfrentan el pasado, hoy se está extendiendo su influencia. Y continuará siendo así. En su lucha por la libertad y el libre mercado, tienen un activo que el otro bando no puede igualar: la verdad.


El artículo original se encuentra aquí.

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