Ludwig von Mises y el significado del verdadero liberalismo

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Liberalismo se ha convertido en una de las palabras más ampliamente abusadas y mal utilizadas en el léxico político estadounidense. Representa, dicen algunos, el “pensamiento progresista” político, basado en el objetivo de la “justicia social” por medio de una mayor “justicia redistributiva” para todos. Otros declaran que representa el relativismo moral, el paternalismo político, el libertinaje gubernamental, y tan sólo otra palabra para “socialismo.” Perdido en todo esto se encuentra el hecho de que históricamente “liberalismo” significó, y continúa significando para algunos, la libertad individual, la propiedad privada, la libre empresa y la regla imparcial de la ley, bajo un gobierno constitucionalmente limitado.

Una de las voces más grandes durante los últimos cien años, que apoyara el sentido original del liberalismo, fue el economista austriaco, Ludwig von Mises (1881-1973). Este año marca el nonagésimo aniversario de la publicación de un caso conciso, claro y convincente para entender a la verdadera sociedad liberal, su libro de 1927, Liberalismo (La Tradición Clásica).

Cuando Mises lo escribió en 1927, la posterioridad de la Primera Guerra Mundial había visto el triunfo del comunismo en Rusia, el surgimiento del fascismo en Italia y el ascenso de un movimiento racista y nacionalista en Alemania, que llegaría al poder en 1933 por medio de Adolfo Hitler y el partido nacional-socialista (nazi).

Liberalismo clásico versus el socialismo y el nacionalismo

El comunismo, el fascismo y el nazismo todos eran la culminación de las tendencias políticas y económicas colectivistas que se habían arraigado en las décadas previas a la Primera Guerra Mundial. Fueron lanzadas al mundo en el caos político y los cataclismos sociales que sumieron a gran parte de Europa durante y después de la “Gran Guerra”, como se le llegó a llamar.

Las décadas de la mitad del siglo XIX fueron generalmente una época en que surgió y triunfó el liberalismo “clásico”, como se le ha llegado a llamar. Era la época del reemplazo de reyes absolutos, ya fuera por monarcas restringidos constitucionalmente o por formas republicanas de gobierno. Del final de la esclavitud de humanos y un movimiento creciente por la igualdad de derechos y el trato para todos bajo una regla imparcial de la ley. De la liberación de la actividad económica de la mano pesada de regulaciones extensas e intrusivas del gobierno, de controles o prohibiciones sobre manufacturas, mercadeo y venta de casi todos los bienes y servicios y de su reemplazo por una relativa libertad de empresa y comercio. Fue también de un intento por prevenir o limitar el inicio de guerras y del grado de daño y destrucción en caso de que se se dieran.

Pero, en las últimas décadas del siglo XIX y en la primera década del XX, nuevas ideas políticas y económicas surgieron a la luz en forma de socialismo y de nacionalismo. El socialista rechazó las libertades “burguesas” del liberalismo clásico -libertad de expresión, de prensa, de asociación voluntaria, de la empresa privada y de la participación de la ciudadanía en el proceso electoral democrático- como libertades “falsas.”

La libertad “verdadera” requería que “el trabajador,” como “clase social,” derribara la explotación por “propietarios capitalistas” de los medios de producción y que la sustituyera por un gobierno planificador centralizado y una redistribuida igualdad del ingreso.

También, los nacionalistas rechazaron al liberalismo filosófico y económico. Dijeron que el liberalismo se equivocaba al enfatizar la unicidad y la libertad del individuo. Que los individuos sólo existían como parte de la etnicidad nacional, lingüística o grupo racial al cual pertenecían y que sólo podían tener una identidad significativa en términos de ellas.

Los socialistas insistieron en que la historia del mundo había sido un conflicto inescapable entre clases sociales, que sólo podía terminar con la victoria de los “trabajadores” sobre los capitalistas dueños de la propiedad. Los nacionalistas dijeron que las “naciones” eran lo auténtico y que los individuos eran tan sólo elementos temporales de ellas. Los eternos conflictos de vida eran entre estados-naciones peleando por la supremacía política y económica en el mundo, ante lo cual el individuo se debía sacrificar. (Ver mi artículo, “Before Modern Collectivism: the Rise and Fall of Classical Liberalism” [Antes del Colectivismo Moderno: el Surgimiento y la Caída del Liberalismo Clásico]).

El liberalismo como sistema de comercio pacífico y de cooperación humana

Ese fue el contexto histórico en el que Mises publicó en 1927 su defensa del liberalismo clásico y su énfasis en el individualismo, los mercados libres y la mejor social. En lugar de las premisas iniciales de los colectivistas, de que conflictos inescapables entre los hombres en términos de “clases sociales,” nacionalidad, raza o grupos de intereses, Mises insistió en que la razón y la experiencia demostraban que todos los hombres podían asociarse en paz, a fin de mejorar sus mutuos intereses materiales y culturales.

La clave para ello era un entendimiento y aprecio de los beneficio de una división del trabajo. Por medio de la especialización y el intercambio, la raza humana tiene la capacidad de levantarse a sí misma, tanto de la pobreza como de la guerra. Los seres humanos se convierten en socios de un proceso en común de cooperación social, en vez de ser antagonistas, en donde cada cual intenta gobernar sobre el otro y saquearlo. En efecto, todo lo que damos a entender por una civilización moderna y de comodidades y oportunidades materiales y culturales que se le ofrecen al hombre, se debe a los beneficios altamente productivos y a las ventajas hechas posibles por una división del trabajo. Los hombres han aprendido a colaborar pacíficamente en la arena de un intercambio competitivo en el mercado.

Por supuesto, la fuerza política colectivista puede ser impuesta, en cambio de la “recompensa” basada en el mercado y las ganancias que se obtienen y la “penalización” por pérdidas financieras, al guiar a la gente a una cooperación competitiva pacífica. No obstante, los costos de aquella sustitución son extremadamente altos, expuso Mises. Primero, porque los hombres están menos motivados a esforzarse más, con inteligencia e industria, al obligárseles a trabajar bajo el látigo de la servidumbre y la obligación. Así, la sociedad pierde lo que, con sus esfuerzos e invención libres, podía haber producido.

Segundo, los seres humanos se ven forzados a ajustarse a los valores y objetivos de aquellos que están al mando. Así, pierden la libertad de proseguir sus propios fines, sin tener la certeza de que aquellos que los gobiernan saben mejor qué es lo que a los seres humanos les brinda felicidad y sentido en la vida.

Y, tercero, la planificación socialista centralizada y la intervención política en el mercado, respectivamente, suprimen o distorsionan el funcionamiento de la cooperación social. Un sistema sostenido y extendido de especialización para la mejoría mutua es sólo posible bajo un conjunto único de instituciones sociales y económicas.

El cálculo económico bajo el capitalismo liberal

Sin la propiedad privada de los medios de producción, es imposible la coordinación de la infinidad de acciones individuales en la división del trabajo. En efecto, el análisis de Mises acerca de la “imposibilidad” de un orden socialista, que sea capaz de igualar la eficiencia y la productividad de una economía de libre mercado, fue la base para su estatura y reputación como uno de los economistas más originales de su época. Fue también el elemento central de su libro previo, El Socialismo: Análisis Económico y Sociológico, publicado originalmente en 1922.

En Liberalismo (La Tradición Clásica), Mises, una vez más, clara y persuasivamente explicó que la propiedad privada y el intercambio en el mercado competitivo permiten la formación de precios, tanto para bienes de consumo como para factores de producción, expresados en el denominador común de un medio de cambio –el dinero. Con base en esos precios monetarios, los empresarios se pueden involucrar en el cálculo económico que determine los costos relativos y la rentabilidad de líneas de producción alternativas.

Sin esos precios generados en el mercado, no habría una forma racional de asignar los recursos entre usos que compiten entre sí, a fin de asegurar que los bienes que sean más altamente valorados por el público que los adquiere, sean producidos de la manera menos costosa y, por tanto, en la forma más económica. El cálculo económico, demostró Mises, garantiza que los medios escasos disponibles sirven mejor a los miembros de la sociedad.

Tal racionalidad en el uso de los medios para satisfacer los fines es imposible en un sistema comprensivo de planificación central socialista. ¿Cómo, preguntó Mises, bajo su control central saben los planificadores socialistas cuáles son los mejores usos de sus recursos a los que se deberían dedicar, sin que tales precios no hayan sido generados bajo un sistema de mercado? Sin una propiedad privada de los medios de producción no habría nada (legalmente) que comprar o vender. Sin la habilidad de comprar y vender, no habría pujas ni ofrecimientos y, por tanto, no habría negociaciones acerca de los términos de intercambio entre compradores y vendedores compitiendo entre sí.

Sin el regateo de la competencia del mercado, no habría términos de intercambio que puedan ser acordados. Sin términos de intercambio que se puedan acordar, no hay precios del mercado. Y, sin precios de mercado, ¿cómo harán los planificadores centrales para conocer los costos de oportunidad y, por tanto, los usos más valorados a los que se podrían o deberían aplicar estos recursos? Con la abolición de la propiedad privada, y por tanto del intercambio y los precios del mercado, los planificadores centrales carecerían de las herramientas institucionales e informativas necesarias para determinar qué producir y cómo hacerlo, a fin de minimizar el desperdicio y la ineficiencia.

El intervencionismo gubernamental no es un buen sustituto para el capitalismo competitivo

Al mismo tiempo, Mises demostró las inconsistencias inherentes a cualquier sistema de intervención política paulatina en la economía de mercado. Los controles de precios y las restricciones a la producción en la toma de decisiones empresariales, dan lugar a distorsiones y desbalances en las relaciones de oferta y demanda. También, restringen el uso más eficiente de los recursos para servir a los consumidores.

El político intervencionista se queda con la opción, ya sea de introducir nuevos controles o regulaciones en un intento por compensar esas distorsiones y desbalances, o bien derogar los controles y regulaciones intervencionistas ya existentes y permitir que, de nuevo, el mercado sea libre y competitivo. El camino de un conjunto de intervenciones paulatinas después del otro, entraña una lógica del crecimiento de la intrusión gubernamental en el mercado; eventualmente resultaría en que toda la economía cae en manos de la administración gubernamental. Así, el intervencionismo aplicado consistentemente conduce a un socialismo a través de una base incremental.

Tanto el socialismo como el intervencionismo son, respectivamente, sustitutos inviables e inestables del capitalismo. El liberal clásico defiende la propiedad privada y la economía de libre mercado precisamente porque es el único sistema de cooperación social que brinda una amplia laxitud para la libertad y de libre elección para todos los miembros de la sociedad, al tiempo que genera los medios institucionales para coordinar las acciones de miles de millones de personas, de la forma económicamente más racional.

El liberalismo clásico, la libertad y la democracia

La defensa de Mises del liberalismo clásico contra estas formas diversas de colectivismo, no estaba limitada “tan sólo” a los beneficios económicos de la propiedad privada. La propiedad también le brinda al hombre la libertad personal. La propiedad le da al individuo una arena de autonomía, en la cual él puede cultivar y vivir su propia concepción de una vida buena y significativa.

También, para su existencia le protege de la dependencia en el estado; por medio de sus propios esfuerzos y del intercambio voluntario con otros hombres libres, no se haya sujeto a ninguna autoridad política absoluta que le dicte las condiciones de su vida. Para estar seguras, la libertad y la propiedad requieren de la paz. La violencia y el fraude deben ser ilegalizados, para que cada hombre tome ventaja plena de lo que sugieren sus intereses y talentos como las vías más beneficiosas en el logro de sus objetivos, en una asociación consensuada con otros.

El ideal liberal clásico también enfatiza la importancia de la igualdad ante la ley, explicó Mises. Sólo cuando se eliminan el privilegio y el favoritismo político, puede cada hombre tener la holgura para usar sus conocimientos y talentos propios en formas que le beneficien a él y, también, trascienden por medio de transacciones voluntarias en el mercado, de forma que mejora a la sociedad como un todo.

Esto significa que una sociedad liberal es una que acepta que la desigualdad del ingreso y de la riqueza es inseparable de la libertad individual. Dada la diversidad de habilidades, naturales y adquiridas, e inclinaciones volitivas de los hombres, las recompensas obtenidas por las personas en el mercado serán naturalmente desiguales.

No puede ser de otra manera, si es que no se desea que disminuyan e incluso que se sofoquen los incentivos que mueven a los hombres a esforzarse más, en formas creativas y productivas.

Por tanto, el papel del gobierno en la sociedad liberal clásica es respetar y proteger los derechos de cada individuo a su vida, libertad y propiedad. El significado de la democracia, desde el punto de vista de Mises, no es que las mayorías siempre están en lo correcto o que no deberían de limitárselas en cuanto a lo que pueden hacer a las minorías, por medio del uso del poder político. Un gobierno electo y representativo es un medio para cambiar a quién sea que tenga el cargo político, sin tener que recurrir a la revolución o a la guerra civil. Es un instrumento institucional para mantener la paz social.

Para Mises era claro a partir de la experiencia con el comunismo y el fascismo, así como de las muchas tiranías de épocas pasadas, de que sin democracias las preguntas de quien gobernará, por cuánto tiempo y para qué propósito, serían reducidas a la fuerza bruta y al poder dictatorial. La razón y la persuasión deberían ser los métodos que el hombre usa en sus relaciones con otros -tanto en el mercado como en las arenas sociales y políticas- y no la bala o la bayoneta.

En su libro acerca del liberalismo clásico, Mises lamenta el hecho de que la gente está muy deseosa de recurrir al poder del estado, para imponer sus puntos de vista acerca de la conducta y moralidad personal, cada vez que sus congéneres se alejan de su propia concepción de lo “bueno,” lo “virtuoso,” y de lo “correcto.” Dijo con desaliento,

“La propensión de nuestros contemporáneos de exigir la prohibición autoritaria tan pronto que algo no les complace… muestra qué tan profundamente engranado permanece el espíritu de servilismo dentro de ellos… Un hombre libre debe ser capaz de sobrellevarlo cuando sus congéneres actúan de manera diferente a lo que él considera como apropiado. Debe liberarse por sí mismo del hábito, de que tan pronto que algo no le parece, llama a la policía.”

Entonces, ¿qué debería guiar nuestra política social al definir los límites de la acción gubernamental? Mises era un utilitario quien afirmaba que las leyes y las instituciones deberían ser juzgadas tan sólo por el estándar de si, y en qué grado, ellas fomentan el objetivo de la cooperación social pacífica. La sociedad es el medio más importante por el cual los hombres están en capacidad de perseguir los fines que les dan sentido a sus vidas.

Su defensa de la democracia y de límites constitucionales a los poderes del gobierno, se basaron en el juicio razonado de que la historia ha demostrado, en demasiadas ocasiones, que acudir a medios no democráticos y “extra-constitucionales” ha conducido a la violencia, la represión, la abrogación de las libertades civiles y económicas y a la ruptura del respeto por la ley y el orden legal, lo cual destruye la estabilidad en el largo plazo de la sociedad.

Las ganancias y beneficios aparentes de un “hombre fuerte” y “medidas de emergencia” en tiempos de crisis presuntas siempre han tendido a generar costos y pérdidas de libertad y de prosperidad en el largo plazo, que más que sobrepasan la supuesta estabilidad, orden y seguridad del “corto plazo,” que prometen tales métodos.

El liberalismo clásico y la paz internacional

Los beneficios de la cooperación social por medio de la división del trabajo basada en el mercado, argumentó Mises, no se limitan a las fronteras de un país. Las ganancias del comercio por medio de la especialización se extienden a todas las esquinas del globo. Por lo tanto, el ideal liberal clásico es inherentemente cosmopolita.

Desde el punto de vista de Mises, el nacionalismo agresivo no sólo amenaza con traer la muerte y la destrucción por medio de la guerra y la conquista, sino que, también, niega a todos los hombres la posibilidad de beneficiarse con el comercio productivo a imponerse barreras al comercio y diversas restricciones al libre movimiento de bienes, capital y personas de un país hacia otro. La prosperidad y el progreso se ven artificialmente restringidos a estar dentro de las fronteras.

Ello perversamente puede crear las condiciones para la guerra y la conquista, en el tanto en que algunas naciones concluyan que la única forma de obtener los bienes y recursos disponibles en otra nación, lo es por medio de la invasión y la violencia. Elimínense todas las barreras y restricciones comerciales para el libre movimiento de bienes, capital y hombres y limítense los gobiernos a asegurar la vida, libertad y propiedad de cada individuo, y habrá sido removida la mayor parte de los motivos y tensiones que pueden conducir a la guerra.

Mises también sugirió que muchas de las bases para las guerras civiles y la violencia étnica serían eliminadas si se reconociera el derecho a la auto-determinación al definirse las fronteras entre países. Mises tuvo mucho cuidado al explicar que por “auto-determinación” él no daba a entender que todos aquellos que pertenecen a una raza, etnia, lengua o grupo religioso, han de ser obligados a un mismo estado-nación. Claramente afirmó que él daba a entender el derecho de la auto-determinación individual por medio de un plebiscito. Esto es, si los individuos en un pueblo o región o distrito votan para unirse a otra nación, o desean formar la propia como un país independiente, ellos deberían estar en libertad de así hacerlo.

Por supuesto que aun así podrían existir minorías dentro de esos pueblos, regiones o distritos, que preferirían continuar siendo parte del país al que originalmente pertenecieron o que habrían preferido unirse a un país diferente. No obstante, cuán imperfecta puede ser la auto-determinación, al menos potencialmente reduciría una buena cantidad de las tensiones étnicas, religiosas o lingüísticas. La única solución duradera, dijo Mises, es reducir el involucramiento gubernamental en esas funciones limitadas liberales clásicas, de forma que el estado no pueda usarse para causar daño o desventaja a cualquier individuo o grupo en sociedad, para beneficio de otros. (Ver mi artículo, “Self-Determination and Individual Choice in a Post-Brexit World” [“Auto-Determinación y Elección Individual en un Mundo Post-Brexit.])

El liberalismo clásico y el bien social

Finalmente, Mises también discutió la pregunta, ¿para beneficio de quién en la sociedad dice algo el liberalismo clásico? A diferencia de virtualmente todos los otros movimientos ideológicos y políticos, el liberalismo es una filosofía social del bien común. Tanto en el momento en que Mises escribió Liberalismo, como ahora, los movimientos y partidos políticos, a menudo, acuden a la retórica del bien común y del bienestar general, pero, de hecho, sus objetivos son el uso del poder del gobierno para beneficio de algunos grupos, a expensas de otros.
Las regulaciones gubernamentales, los programs redistributivos de bienestar, las restricciones al comercio y los subsidios, las políticas tributarias y la manipulación monetaria se usan para otorgar ganancias y empleos privilegiados a grupos de intereses especiales, que desean posiciones en la sociedad que son incapaces de obtener en un mercado competitivo y abierto. Naturalmente de ahí se derivan la corrupción, la hipocresía y la falta de respeto por la ley, así como la privación de las libertades de otros.

Lo que el liberalismo ofrece como ideal y como meta de la política pública, declaró Mises, es una igualdad de los derechos individuales para todos, bajo la regla de la ley, con ningún privilegio ni favores. Habla por y defiende la libertad de cada individuo y, por tanto, es la voz de la libertad para todos. Quiere que cada persona sea libre de dedicarse por sí misma a la persecución de sus propias metas y propósitos, de forma que él y otros se beneficien con sus talentos y habilidades, por medio de transacciones pacíficas en el mercado. El liberalismo clásico quiere la eliminación de la intervención gubernamental en los asuntos humanos, de forma que el poder político no sea aplicado abusivamente a expensas de alguien en la sociedad.

Mises no dejaba de estar al tanto del poder de la políticas de grupos especiales de interés y de la dificultad para oponerse a la influencia concentrada de tales grupos, en los salones del poder político. Pero, insistía en que el poder último en la sociedad yacía en el poder de las ideas. Son las ideas las que mueven al hombre a la acción, las que hacen que desnuden sus pechos en las barricadas o que los envalentonen para oponerse a políticas erradas y a que resistan incluso a los intereses creados más poderosos. Son las ideas las que han logrado todas las victorias que han sido ganadas por la libertad a través de los siglos.

Ni el engaño político ni el compromiso político pueden lograr la libertad. Sólo el poder de las ideas, claramente establecidas y presentadas francamente, pues lograrla. Esto es lo que descuella de las páginas del libro de Mises Liberalismo y lo convierte en una de las fuentes perdurables del caso en favor de la libertad.

El valor perdurable del liberalismo de Mises

Cuando Mises publico Liberalismo en 1927, el comunismo y el fascismo parecían ser fuerzas irresistibles en el mundo. Desde ese entonces, su fuego ideológico se ha venido extinguiendo a la luz de lo que ellos crearon y ante la falta de voluntad de las personas para vivir bajo su yugo. A pesar de ello, muchas de las críticas al mercado libre continúan sirviendo como razones para intrusiones del estado intervencionista de bienestar en cada una de las esquinas de la sociedad. Y muchos de los argumentos contemporáneos elevados contra la libertad individual y la libre empresa, a menudo recuerdan las críticas elevadas contra los mercados libres y el libre comercio por los nacionalistas y los socialistas europeos de aquellos años entre las dos Guerras Mundiales.

Los argumentos de Mises en Liberalismo a favor de la libertad individual y la economía de mercado, desde hace noventa años, al igual que en sus muchos otros escritos, incluyendo Socialismo (1922), Crítica del Intervencionismo (1929), La Acción Humana (1949), Planificación para la Libertad (1952) y sus docenas de otros artículos y ensayos acerca del tema de la libertad económica y política, continúan siendo válidos y permanecen siendo relevantes para nuestros tiempos en el siglo XXI. Es lo que convierte en un clásico a su brillante libro Liberalismo, uno que es tan importante ahora como cuando lo escribió originalmente, hace nueve décadas.


Traducido por Jorge Corrales Quesada, el artículo original se encuentra aquí.

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