La guerra, la paz y el estado

0

[The Standard, Abril de 1963, pp. 2-5; 15-16]

El movimiento libertario ha sido reprendido por William F. Buckley, Jr., por no utilizar su “inteligencia estratégica” al enfrentarse a los grandes problemas de nuestro tiempo. Realmente hemos tendido demasiado a “dedicar nuestros atareados pequeños seminarios a si hay que desmunicipalizar o no la recogida de basuras” (como ha escrito desdeñosamente Buckley), mientras ignorábamos y dejábamos de aplicar teoría libertaria al problema más vital de nuestros tiempos: la guerra y la paz. Hay un sentido en el que los libertarios han sido utópicos en lugar de estratégicos en su pensamiento, con una tendencia a independizar el sistema ideal que buscamos de las realidades del mundo del que vivimos. En resumen, demasiados entre nosotros hemos separado teoría y práctica y nos hemos contentado con sostener la sociedad pura libertaria como un ideal abstracto o para algún tiempo remotamente futuro, mientras que en el mundo concreto de hoy seguimos la línea ortodoxa “conservadora” sin pensarlo. Para vivir la libertad, para empezar la lucha estratégica dura pero esencial de cambiar el mundo insatisfactorio de hoy en dirección a nuestros ideales, debemos darnos cuenta y demostrar al mundo que la teoría libertaria puede rotundamente ocuparse de todos los problemas cruciales del mundo. Ocupándonos de estos problemas, podemos demostrar que el libertarismo no es solo un bello ideal eufórico, sino un cuerpo bien pensado de verdades que nos permite adoptar nuestra postura y tratar todos los problemas de nuestro tiempo.

Así que usemos desde ya nuestra inteligencia estratégica. Aunque, cuando vea el resultado, es posible que Mr. Buckley hubiera deseado que nos hubiéramos mantenido en el mundo de la recogida de basuras. Creemos una teoría libertaria de la guerra y la paz.

El axioma fundamental de la teoría libertaria es quien nadie puede amenazar o cometer violencia (“agredir”) contra la persona o propiedad de otro hombre. Solo puede emplearse violencia contra el hombre que cometa dicha violencia; es decir, solo defensivamente contra la violencia agresiva de otro.[1]

En resumen, no puede emplearse ninguna violencia contra un no agresor. He aquí la norma fundamental a partir de la cual puede deducirse todo el corpus de la teoría libertaria.[2]

Dejemos aparte el problema más complejo del Estado durante un momento y consideremos simplemente las relaciones entre personas “privadas”. Jones descubre que su propiedad o él mismo están siendo invadidos, agredidos por Smith. Es legítimo que Jones, como hemos visto, repela esta invasión con violencia defensiva propia. Pero ahora llegamos a una cuestión más complicada: ¿tiene derecho Jones a cometer violencia contra terceras partes inocentes como corolario de su defensa legítima contra Smith? Para el libertario, la respuesta debe ser claramente que no. Recordemos que la norma que prohíbe la violencia contra las personas o propiedades de hombres inocentes es absoluta: se mantiene independientemente de los motivos objetivos para la agresión. Es erróneo y criminal violar la propiedad o la persona de otro, aunque uno sea Robin Hood, o se esté muriendo de hambre, o lo haga para salvar a su familia, o se esté defendiendo contra el ataque de un tercero. Podemos entender y simpatizar con los motivos en muchos de estos casos y situaciones extremas. Podemos mitigar posteriormente la culpabilidad si el delincuente es enjuiciado para ser castigado, pero no podemos eludir el juicio de que esta agresión sigue siendo una acción criminal, que la víctima tiene todo el derecho a repeler, con violencia si es necesario. En resumen, A agrede a B porque C está amenazando o agrediendo a A. Podemos entender la “mayor” culpabilidad de C en todo este procedimiento, pero debemos seguir calificando esta agresión como una acción criminal que B tiene derecho a repeler con violencia.

Para ser más concreto, si Jones descubre que Smith le está robando su propiedad, tiene derecho a repelerlo y tratar de capturarlo, pero no tiene ningún derecho a repelerlo bombardeando un edificio y matando a personas inocentes o a capturarlo disparando con una ametralladora sobre un grupo de gente inocente. Si hace esto, es tan agresor criminal como Smith (o más).

La aplicación a los problemas de la guerra y la paz ya va quedando en evidencia. Pues aunque la guerra en su sentido más estricto es un conflicto entre Estados, en un sentido más amplio podemos definirla como el estallido de violencia abierta entre personas o grupos de personas. Si Smith y un grupo de sus secuaces agrede a Jones y Jones y sus guardaespaldas persiguen a la banda de Smith hasta su guarida, podemos alabar a Jones en esta tarea y nosotros, y otros en la sociedad interesados en repeler las agresiones, podemos contribuir financiera o personalmente a la causa de Jones. Pero Jones no tiene ningún derecho, ninguno más que Smith, a agredir a nadie más en el curso de su “guerra justa”: a robar la propiedad de otros para financiar su propósito, a reclutar forzosamente a otros para su cuadrilla mediante el uso de la violencia o a matar a otros en el curso de su intento de capturar las fuerzas de Smith. Si Jones hiciera cualquiera de estas cosas, se convertiría en un delincuente tan completamente como Smith y también se convertiría en objeto de cualquier sanción que se inflija hará la criminalidad. De hecho, si el delito de Smith fuera el robo y Jones tuviera que usar reclutamiento forzoso para atraparle o matar a otros en la persecución, Jones se convertiría en un delincuente mayor que Smith, pues esos delitos contra otra persona como la esclavitud y el asesinato son indudablemente mucho peores que el robo. (Pues mientras que el robo daña la extensión de la persona de otro, la esclavización daña y el asesinato elimina esa misma personalidad).

Supongamos que Jones, en el curso de su “guerra justa” contra los estragos de Smith, debe matar a unas pocas personas inocentes y supongamos que proclama, en defensa de este asesinato, que estaba sencillamente actuando siguiendo el lema “Dadme libertad o dadme muerte”. Lo absurdo de esta “defensa” debería ser inmediatamente evidente, pues de lo que se trata es de si estaba dispuesto a matar a otra gente en busca de su fin legítimo. Pues Jones estaba en realidad actuando sobre un lema completamente indefendible: “Dadme libertad o dadles muerte”, indudablemente un grito de batalla mucho menos noble.[3]

La actitud libertaria básica hacia la guerra debe por tanto ser: es legítimo usar violencia contra delincuentes en defensa de los derechos de personas y propiedades y es completamente inadmisible violar los derechos de otras personas inocentes. La guerra, por tanto, solo es adecuada cuando el ejercicio de la violencia se limita rigurosamente a los delincuentes individuales. Podemos juzgar nosotros mismos cuántas guerras o conflictos en la historia han cumplido este criterio.

Se ha sostenido a menudo, y especialmente por los conservadores, que el desarrollo de terribles armas modernas de asesinato en masa (armas nucleares, cohetes, guerras de gérmenes, etc.) es solo una diferencia de grado en lugar de tipo frente a las armas más sencillas de una época anterior. Por supuesto, una respuesta a esto es que cuando el grado es el número de vidas humanas, la diferencia es muy grande.[4] Pero otra respuesta que el libertario está particularmente dotado para dar es que mientras que el arco y las flechas e incluso al rifle pueden dirigirse, si hay voluntad, contra delincuentes reales, las armas nucleares modernas no pueden hacerlo. Hay una diferencia esencial de tipo. Por supuesto, el arco y las flechas podrían usarse para propósitos agresivos, pero también pueden usarse solo contra agresores. Las armas nucleares, incluso las bombas aéreas “convencionales”, no pueden. Estas armas son de por sí instrumentos de destrucción masiva indiscriminada. (La única excepción sería el caso extremadamente rebuscado de que un grupo de gente estuviera compuesto solo por delincuentes habitando una enorme área geográfica). Por tanto, debemos concluir que el uso de armas nucleares o similares o su amenaza es un pecado y un delito contra la humanidad para el cual no puede haber justificación.

Por eso ya no se sostiene el viejo tópico de que no son las armas sino la voluntad usarlas lo que importa para asuntos de guerra y paz. Pues precisamente lo característico de las armas modernas es que no pueden usarse selectivamente, no pueden usarse de una forma libertaria. Por tanto, su misma existencia debe condenarse y el desarme nuclear se convierte en un bien a perseguir por sí mismo. Y si usáramos realmente nuestra inteligencia estratégica, veríamos que ese desarme no solo es bueno, sino el mayor bien político que podemos buscar en el mundo moderno. Pues igual que el asesinato es un delito más horrible contra otro hombre que el hurto, el asesinato masivo (de hecho, un asesinato tan extenso como para amenazar la civilización humana y la propia supervivencia humana) es el peor delito que un hombre puede cometer. Y ese delito es ahora inminente. Y la eliminación de la aniquilación masiva es mucho más importante, en realidad, que la desmunicipalización de la recogida de basuras, por muy importante que pueda ser. ¿O es que los libertarios van a indignarse con razón por los controles de precios o el impuesto de la renta y sin embargo encogerse de hombros o incluso defender positivamente el máximo delito del asesinato masivo?

¡Si la guerra nuclear es totalmente ilegítima incluso para personas defendiéndose contra un ataque criminal, cuánto más lo será la guerra nuclear o incluso “convencional” entre estados!

Es el momento de incluir al Estado en esta explicación. El Estado es un grupo de personas que han conseguido adquirir un monopolio virtual del uso de la violencia a lo largo de un área territorial concreta. En concreto, ha adquirido un monopolio de la violencia agresiva, pues los estados en general reconocen el derecho de las personas a usar la violencia (aunque no contra los estados, por supuesto) en defensa propia.[5] El Estado usa luego este monopolio para ejercer poder sobre los habitantes del área y disfrutar de los frutos materiales de ese poder. Así que el Estado es la única organización la sociedad que obtiene regular y abiertamente sus ingresos monetarios mediante el uso de violencia agresiva: todos los demás individuos y organizaciones (excepto si el estado les delega ese derecho) solo pueden obtener riqueza mediante producción pacífica e intercambios voluntarios de sus respectivos productos. Este uso de la violencia para obtener su ingreso (llamado “impuestos”) es la piedra angular del poder estatal. Sobre esta base, el estado erige una mayor estructura de poder sobre las personas en su territorio, regulándolas, sancionando a los críticos, subvencionando a sus favoritos, etc. El Estado también se preocupa de arrogarse el monopolio obligatorio de varios servicios críticos que necesita la sociedad, manteniendo así a la gente en dependencia del Estado para servicios claves, manteniendo el control de puestos vitales de mando en la sociedad y también alimentando entre el público el mito de que solo el estado puede proveer estos bienes y servicios. Así que el estado tiene cuidado de monopolizar los servicios policiales y judiciales, la propiedad de carreteras y calles, la oferta monetaria y el servicio postal y monopolizar o controlar en la práctica la educación, los servicios públicos, el transporte y la radio y la televisión.

Ahora, como el estado se arroga el monopolio de la violencia sobre un área territorial, mientras sus expolios y extorsiones no sufran resistencia, se dice que hay “paz” en el área, ya que la única violencia es unidireccional, dirigida por el estado contra el pueblo. El conflicto abierto dentro del área solo aparece en el caso de “revoluciones”, en las que el pueblo se resiste al uso del poder estatal contra él. Tanto el caso tranquilo del estado sin resistencia como el caso de la revolución abierta pueden calificarse como “violencia vertical”: violencia del estado contra su gente o viceversa.

En el mundo moderno, cada área territorial está gobernada por una organización estatal, pero hay varios estados desperdigados sobre la tierra, cada uno con un monopolio de violencia sobre su propio territorio. No existe ningún superestado con un monopolio de la violencia sobre el mundo entero y por tanto existe un estado de “anarquía” de los diversos estados. (Por cierto, que siempre ha sido una fuente de maravilla para este escritor cómo los mismos conservadores que denuncian como lunática cualquier propuesta de eliminar un monopolio de la violencia sobre un territorio concreto y por tanto de dejar a las personas privadas sin un jefe supremo, deberían ser igualmente insistentes sobre dejar a los estados sin un jefe supremo que resuelva las disputas entre ellos. Lo primero se denuncia siempre como un “anarquismo alocado”, lo segundo se alaba por preservar la independencia y la “soberanía nacional” frente a un “gobierno mundial”). Y así, salvo por las revoluciones, que se producen solo esporádicamente, la violencia abierta y el conflicto con dos bandos en el mundo tiene lugar entre dos o más estados, es decir, en lo que se llama “guerra internacional” (o “violencia horizontal”).

Ahora bien, hay diferencias cruciales y vitales entre la guerra entre estados por un lado y las revoluciones contra el Estado o los conflictos entre personas privadas por el otro. Una diferencia vital es el cambio de geografía. En una revolución, el conflicto tiene lugar dentro de la misma área geográfica: tanto los secuaces del estado como los revolucionarios habitan el mismo territorio. La guerra entre estados, por el contrario, tiene lugar entre dos grupos, teniendo cada uno un monopolio sobre su propia área geográfica, es decir, tiene lugar entre habitantes de distintos territorios. A partir de esta diferencia se producen varias consecuencias importantes: (1) en la guerra entre estados el ámbito o del uso de armas modernas de destrucción es mucho mayor. Pues si la “escalada” de armamento en un conflicto interterritorial se hace demasiado grande, ambos bandos se destruirán a sí mismos con las armas dirigidas contra el otro. Ni un grupo revolucionario, ni ningún Estado que combata la revolución, por ejemplo, pueden usar armas nucleares contra el otro. Pero, por el contrario, cuando las partes en guerra habitan distintas áreas territoriales, el ámbito del armamento moderno se convierte en enorme y todo el arsenal de devastación masiva puede entrar en juego. Una segunda consecuencia (2) es que, Mientras que es posible que los revolucionarios puedan precisar sus objetivos y limitarlos a sus enemigos estatales y así evitar agredir a gente inocente, la precisión es mucho menos posible en una guerra entre estados.[6] Esto es verdad incluso con las armas antiguas y, por supuesto, con las armas modernas no puede haber ninguna precisión. Además, (3) como cada estado puede movilizar a todo el pueblo y los recursos de su territorio, el otro estado pasa a considerar a todos los ciudadanos del país adversario al menos temporalmente como sus enemigos y a tratarlos de acuerdo con ello, extendiendo la guerra hasta ellos. Así que todas las consecuencias de la guerra entre territorios hacen casi inevitable que la guerra entre estados implique agresión por cada bando contra los ciudadanos inocentes (los individuos privados) del otro. Esto se convierte inevitablemente en absoluto con las armas modernas de destrucción masiva.

Si un atributo distintivo de la guerra entre estados es la interterritorialidad, otro atributo único deriva del hecho de que cada estado vive de los impuestos de sus súbditos. Por tanto, cualquier guerra contra otro estado implica el aumento y extensión de la presión fiscal sobre su propio pueblo.[7] Los conflictos entre individuos privados pueden plantearse y financiarse voluntariamente, y normalmente es así, por las partes afectadas. Las revoluciones pueden ser, y a menudo son, financiadas y peleadas por contribuciones voluntarias de la gente. Pero las guerras estatales solo pueden iniciarse mediante agresión contra el contribuyente.

Por tanto, todas las guerras estatales implican una mayor agresión contra los contribuyentes del propio Estado y casi todas las guerras estatales (todas, en las guerras modernas) implican la máxima agresión (asesinato) contra los civiles inocentes gobernados por el Estado enemigo. Por otro lado, las revoluciones generalmente se financian voluntariamente y pueden precisar su violencia en los gobernantes estatales y los conflictos privados pueden limitar su violencia a los delincuentes reales. Así que el libertario debe concluir que mientras que las revoluciones y conflictos privados pueden ser legítimos, las guerras estatales deben condenarse siempre.

Muchos libertarios objetan como sigue: “Aunque nosotros también deploramos el uso de los impuestos para la guerra y el monopolio estatal del servicio de defensa, tenemos que reconocer que existen estas condiciones y, mientras existan, debemos apoyar al Estado en guerras justas de defensa”. La respuesta a esto sería la siguiente: “Sí, como decís, por desgracia los estados existen, teniendo cada uno un monopolio de la violencia sobre su área territorial”. ¿Cuál debería entonces es la actitud libertaria hacía conflictos entre estos estados? El libertario debería decir, en realidad, al Estado: “Vale, existes, pero mientras existas al menos limita a tus actividades al área que monopolizas”. En resumen, al libertario interesa reducir tanto como sea posible el área de agresión del estado contra todos los individuos privados. La única manera de hacer esto, en asuntos internacionales, es que la gente de cada país presione a su propio Estado para que límite sus actividades al área que monopoliza y no agreda a otros estados monopolistas. En resumen, el objetivo del libertario es limitar cualquier Estado existente a un grado tan pequeño de invasión de la persona y la propiedad como sea posible. Y esto significa evitar totalmente la guerra. La gente de cada estado debería presionar a “sus” respectivos estados para que nos ataquen entre si y, si estalla un conflicto, a negociar la paz o declarar un alto el fuego tan rápido como sea físicamente posible.

Supongamos que tenemos además esa rareza: un caso inusualmente claro en que el estado está tratando realmente de defender la propiedad de uno de sus ciudadanos. Un ciudadano del país A viaja o invierte en el país B y luego el Estado B agrede a esta persona o confisca su propiedad. Indudablemente, argumentaría a nuestro crítico libertario, hay un caso claro en el que el Estado A debería amenazar o emprender una guerra contra el Estado B para defender la propiedad de “su” ciudadano. El argumento continúa diciendo que como el estado ha asumido para sí mismo el monopolio de la defensa de sus ciudadanos tiene entonces la obligación de ir a la guerra en nombre de cualquier ciudadano y los libertarios una obligación de apoyar esta guerra como justa.

Pero de nuevo se trata de que cada Estado tiene un monopolio de la violencia y, por tanto, de la defensa solo sobre su área territorial. No tiene ese monopolio: de hecho no tiene ningún poder en absoluto sobre ninguna otra área geográfica. Por tanto, si un habitante del país A debe mudarse o invertir en el país B, el libertario debe argumentar que así corre sus riesgos con el estado monopolista del país B y sería inmoral y criminal que el Estado A gravara a la gente en el país A y matara a numerosos inocentes en el país B para defender la propiedad del viajero o inversor.[8]

Debería señalarse además que no hay defensa contra las armas nucleares (la única “defensa” actual es la amenaza de aniquilación mutua) y, por tanto, que el Estado no puede realizar ningún tipo de función defensiva mientras existan estas armas.

Así que el objetivo libertario debería ser, independientemente de las causas concretas de cualquier conflicto, presionar a los estados para que no inicien guerras contra otros estados y, si se iniciara una guerra, presionarlos para que pidan la paz y negocien un alto el fuego y un tratado de paz tan rápido como sea posible. Este objetivo, por cierto, está consagrado el derecho internacional de los siglos XVIII y XIX, es decir, el ideal de que ningún estado podría agredir el territorio de otro: en resumen, la “coexistencia pacífica” de estados.[9]

Supongamos, sin embargo, que, a pesar de la posición libertaria, ha empezado la guerra y los estados que están guerreando no están negociando una paz. ¿Cuál debería ser entonces la postura libertaria? Está claro que reducir el ámbito del ataque a civiles inocentes tanto como sea posible. El derecho internacional pasado de moda tenía dos dispositivos excelentes para esto: las “leyes de la guerra” y las “leyes de neutralidad” o “derechos de los neutrales”. Las leyes de neutralidad están pensadas para mantener cualquier guerra que estalle limitada a los propios estados en guerra, sin agresión contra los estados ni particularmente contra los pueblos de las demás naciones. De ahí la importancia de aquellos principios estadounidenses antiguos y ahora olvidados como el de “libertad de los mares” o limitaciones severas sobre los derechos de los estados en guerra de bloquear el comercio neutral con el país enemigo. En resumen, el libertario trata de inducir a los estados neutrales a permanecer neutrales en cualquier conflicto interestatal y a inducir a los estados en guerra a respetar completamente los derechos de los ciudadanos neutrales. Las “leyes de guerra” están pensadas para limitar tanto como sea posible el ataque a los derechos de los civiles de los respectivos países en guerra por parte de sus estados. Como decía el jurista británico F.J.P. Veale:

El principio fundamental de este código era que las hostilidades entre pueblos civilizados deben limitarse a las fuerzas armadas realmente implicadas. (…) Establece una distinción entre combatientes y no combatientes, indicando que la única tarea de los combatientes es luchar entre sí y, consecuentemente, que los no combatientes deben ser excluidos del ámbito de las operaciones militares.[10]

En la forma modificada de prohibir el bombardeo de todas las ciudades que no estén en la línea de frente, esta norma se mantuvo en las guerras de Europa Occidental en siglos recientes hasta que Gran Bretaña inició el bombardeo estratégico civiles en la Segunda Guerra Mundial. Por supuesto, ahora todo el concepto apenas se recuerda, ya que la misma naturaleza de la guerra nuclear se basa en la aniquilación de civiles.

Al condenar todas las guerras, independientemente del motivo, el libertario sabe que es posible que haya diversos grados de culpabilidad entre los estados en cualquier guerra concreta. Pero la consideración esencial para el libertario es la condena de la participación de cualquier Estado en una guerra. Por tanto ,su política es la de ejercer presión sobre todos los estados para que no empiecen una guerra, para que detengan las que hayan empezado y para reducir el ámbito de cualquier guerra persistente para no dañar a los civiles de ambos bandos o de ninguno.

Un corolario olvidado de la política libertaria de coexistencia pacífica de los estados es la rigurosa abstención de cualquier ayuda exterior, es decir, una política de no intervención entre estados (= “aislacionismo” = “neutralismo”). Pues cualquier ayuda dada por el Estado A al Estado B (1) aumenta la presión fiscal contra el pueblo del país A y (2) agrava la represión del Estado B de su propio pueblo. Si hay grupos revolucionarios en el país B, entonces la ayuda exterior intensifica esta represión todavía más. Incluso la ayuda exterior a un grupo revolucionario en B (más defendible porque se dirige a un grupo voluntario que se opone a un Estado en lugar de a un Estado oprimiendo al pueblo) debe condenarse por (como mínimo) agravar la agresión fiscal en el interior.

Veamos cómo se aplica la teoría libertaria al problema del imperialismo, que puede definirse como la agresión del Estado A sobre el pueblo del país B y el consiguiente mantenimiento de este gobierno extranjero. La revolución por parte del pueblo B contra el gobierno imperialista de A es sin duda legítima, suponiendo de nuevo que el fuego revolucionario se dirija solo contra los gobernantes. Se ha sostenido a menudo (incluso por libertarios) que debería apoyarse el imperialismo occidental sobre los países subdesarrollados, al ser más respetuoso con los derechos de propiedad de lo que sería cualquier gobierno nativo que lo sucediera. La primera réplica es que juzgar lo que podría seguir al status quo es algo puramente especulativo, mientras que el gobierno imperialista existente es completamente real y culpable. Además, el libertario empieza en este caso centrándose en el extremo equivocado: en el supuesto beneficio del imperialismo para el nativo. Debería, por el contrario, concentrarse primero del contribuyente occidental, que se ve multado y obligado a pagar las guerras de conquista y luego el mantenimiento de la burocracia imperial. Con solo esta razón el libertario debe condenar el imperialismo.[11]

¿La oposición a toda guerra significa que el libertario no puede nunca consentir el cambio, que está condenando al mundo a un sostenimiento permanente de regímenes injustos? Indudablemente no. Por ejemplo, supongamos que el hipotético estado de “Waldavia” ha atacado “Ruritania” y se ha anexionado la parte occidental del país. Los ruritanos occidentales ahora ansían reunirse con sus hermanos ruritanos. ¿Cómo van a lograr esto? Por supuesto, existe la vía de la negociación pacífica entre las dos potencias, pero supongamos que los imperialistas waldavianos se resisten a ello. O los libertarios waldavianos pueden presionar a su gobierno para que abandone su conquista en nombre de la justicia. Pero supongamos que esto tampoco funciona. ¿Qué pasa entonces? Debemos seguir manteniendo la ilegitimidad de Ruritania de empezar una guerra contra Waldavia. Las vías legítimas son (1) levantamientos revolucionarios por el pueblo oprimido de los ruritanos occidentales y (2) ayuda de grupos privados ruritanos (o igualmente de amigos de la causa ruritana en otros países) a los rebeldes occidentales, ya sea en forma de equipo o de personal voluntario.[12]

Hemos visto a lo largo de nuestra explicación de la importancia crucial, en cualquier programa libertario actual de paz, de la eliminación de los métodos modernos de aniquilación masiva. Estas armas, contra las cuales no puede haber ninguna defensa, aseguran la máxima agresión contra los civiles en cualquier conflicto, con la clara posibilidad de destrucción de la civilización e incluso de la propia raza humana. La máxima prioridad en cualquier programa libertario debe ser por tanto presionar a todos los estados para que acuerden un desarme general y completo hasta niveles policiales, con un enfoque particular sobre el desarme nuclear. En resumen, si vamos a usar nuestra inteligencia estratégica, debemos concluir que el desmantelamiento de la mayor amenaza a la que nunca se han enfrentado la vida y la libertad de la raza humana es de hecho mucho más importante que la desmunicipalización del servicio de basuras.

No podemos dejar nuestro tema sin decir al menos en unas palabras acerca de la tiranía nacional que es el acompañante inevitable de la guerra. El gran Randolph Bourne se dio cuenta de que “la guerra es la salud del estado”.[13] Es en la guerra cuando el estado se muestra tal y como es: aumentando en poder, en número, en orgullo, en dominio absoluto sobre la economía y la sociedad. La sociedad se convierte en un rebaño, buscando matar a sus supuestos enemigos, arrancando y suprimiendo toda disensión ante el esfuerzo bélico oficial, traicionando encantada la verdad por un supuesto interés público. La sociedad se convierte en un campo armado, con los valores y la moral (como dijo una vez Albert Jay Nock) de un “ejército en marcha”.

El mito básico que permite al Estado desatar la guerra es el embuste de que la guerra es una defensa por el Estado de sus ciudadanos. Por supuesto, los hechos son precisamente los contrarios. Pues si la guerra es la salud del Estado, también es su mayor peligro. Un estado solo puede “morir” siendo derrotado en la guerra o en una revolución. Por tanto, en la guerra el Estado moviliza frenéticamente al pueblo para que luche por él contra otro Estado, bajo el pretexto de que está luchando por ellos. Pero todo esto no debería ser ninguna sorpresa: lo vemos en otros aspectos de la vida. ¿Qué tipos de delitos persigue y castiga más intensamente el Estado: aquellos contra los ciudadanos privados o aquellos contra él mismo? Los delitos más graves en el lenguaje del Estado invariablemente no son invasiones de las personas y las propiedades, sino peligros para su propia existencia: por ejemplo, traición, deserción de un soldado ante el enemigo, no inscribirse en el servicio militar, conspiración para derrocar al gobierno. El asesinato se persigue anárquicamente, salvo que la víctima sea un policía o, Gott soll hüten, un jefe de estado asesinado; no pagar una deuda privada es algo a lo que casi se anima, pero la evasión del impuesto sobre la renta se castiga con una gran severidad; falsificar el dinero del estado se persigue mucho más intensamente que falsificar cheques privados, etc. Todas estas evidencias demuestran que el estado está mucho más interesado en conservar su propio poder que en defender los derechos de los ciudadanos privados.

Unas palabras finales acerca del servicio militar: de todas las maneras en las que la guerra aumenta el Estado, tal vez esta sea la más flagrante y la más despótica. El hecho más sorprendente acerca del servicio militar es lo absurdo de los argumentos planteados a su favor. Un hombre debe ser reclutado para defender su libertad (¿o la de algún otro?) contra un Estado malvado más allá de las fronteras. ¿Defender su libertad? ¿Cómo? ¿Siendo incluido por la fuerza en un ejército cuya misma razón de ser es la supresión de la libertad, el pisoteo de todas las libertades de la persona, la deshumanización calculada y brutal del soldado y su transformación en una máquina eficaz de matar al capricho de su “oficial al mando”?[14] ¿Es posible concebir que un estado extranjero le haga algo peor que lo que le está haciendo ahora “su” ejército en su supuesto beneficio? ¿Quién está ahí, oh Señor, para defenderle de sus “defensores”?


El artículo original se encuentra aquí.

 

[1] Hay algunos libertarios que irían incluso más allá y dirían que nadie debería emplear violencia ni siquiera en defenderse contra la violencia. Sin embargo, incluso esos tolstoianos o “pacifistas absolutos” concederían el derecho del defensor a emplear violencia defensiva y se limitarían a pedirle que no ejercitara ese derecho. Por tanto, no están en desacuerdo con nuestra proposición. De la misma manera, un defensor libertario de la templanza no discutiría el derecho de un hombre a beber alcohol, solo su sabiduría a la hora de ejercitar ese derecho.

[2] No trataremos de justificar aquí este axioma. La mayoría de los libertarios e incluso los conservadores están familiarizados con la norma e incluso la defienden: el problema no es tanto llegar a la norma como seguir sin miedo y coherentemente sus numerosas y a menudo asombrosas implicaciones.

[3] O por usar otro famoso lema antipacifista, la pregunta no es si “deberíamos estar dispuestos a usar fuerza para impedir la violación de nuestra hermana”, sino si, para impedir esa violación, estamos dispuestos a matar a gente inocente y tal vez incluso a la propia hermana.

[4] William Buckley y otros conservadores han propuesto la curiosa doctrina moral de que no es peor matar a millones que matar a un solo hombre. Es verdad que el hombre que haga esto es un asesino, pero sin duda supone una enorme diferencia cuántas personas mata. Podemos verlo planteando así el problema: después de un hombre ya ha matado a una persona, ¿supone alguna diferencia el que deje de matar ahora o continúe con su conducta y mate a más docenas de personas más? Es evidente que sí.

[5] El profesor Robert L. Cunningham ha definido al estado como la institución con “un monopolio de la iniciación de coacción física directa”. O, como dijo de manera similar aunque más cáusticamente, Albert Jay Nock: “El Estado reclama y ejercita el monopolio del delito. (…) Prohíbe el asesinato privado, pero él mismo organiza asesinatos a una escala colosal. Castiga el robo privado, pero él mismo pone sus manos faltas de escrúpulos sobre cualquier cosa que desea”.

[6] Un ejemplo destacado de precisión de los revolucionarios fue la práctica invariable del IRA, en sus últimos años, de asegurarse de atacar solo tropas británicas y propiedades del gobierno británico y de que no se hiriera a ningún civil irlandés inocente. Por supuesto, una revolución guerrillera no apoyada por la mayoría del pueblo es mucho más probable que agreda a los civiles.

[7] Si se objetara que una guerra podría teóricamente ser financiada por un Estado rebajando sus gastos no bélicos, la respuesta sostiene por tanto que los impuestos siguen siendo mayores de los que podrían ser sin el efecto bélico. Además, la pretensión de este artículo es que los libertarios deberían oponerse a los gastos públicos sea cual sea el campo, bélico o no bélico.

[8] Hay otra consideración que se aplica más bien a la defensa “interior” dentro del territorio un estado: cuanto menos pueda defender el estado con éxito a los habitantes de su área contra el ataque de delincuentes, más aprenderán estos habitantes acerca de la ineficacia de las operaciones estatales y más probable será que recurran a métodos no estatales de defensa. El fracaso del estado en la defensa tiene, por tanto, valor educativo para la gente.

[9] El derecho internacional mencionado en este artículo es el derecho libertario pasado de moda como había aparecido voluntariamente en siglos anteriores y no tiene nada que ver con el aumento estatista moderno de la “seguridad colectiva”. La seguridad colectiva obliga a un escalamiento máximo de toda guerra local a una guerra a nivel mundial, precisamente lo contrario del objetivo libertario de reducir el ámbito de cualquier guerra tanto como sea posible.

[10] F.J.P. Veale, Advance to Barbarism (Appleton, Wis.: C.C. Nelson, 1953), p. 58.

[11] Dos cosas más acerca del imperialismo occidental: primero, su gobierno no es ni cercanamente tan liberal o benevolente como les gusta creer a muchos libertarios. Los únicos derechos de propiedad respetados son los de los europeos: los nativos descubren que sus mejores terrenos les han sido robados por los imperialistas y que su mano de obra se ha visto obligada con violencia a trabajar en las enormes propiedades adquiridas mediante este robo. Segundo, otro mito sostiene que la “diplomacia de las cañoneras” del cambio de siglo fue una heroica acción libertaria en defensa de los derechos de propiedad de los inversores occidentales en países subdesarrollados. Aparte de nuestros reparos anteriores contra ir más allá de cualquier área territorial monopolizada por el Estado, se olvida que la mayoría de los movimientos de cañoneras fueron en defensa, no de inversiones privadas, sino de tenedores occidentales de bonos públicos. Las potencias occidentales obligaron a los gobiernos más pequeños a aumentar su agresión fiscal sobre sus propios pueblos, para pagar a los tenedores extranjeros de bonos. No hay manera de imaginar que esto fuera una acción a favor de la propiedad privada, todo lo contrario.

[12] La rama tolstoiana del movimiento libertario podría pedir a los ruritanos occidentales que realizaran una revolución no violenta, por ejemplo, huelgas fiscales, boicots, rechazo en masa a obedecer órdenes del gobierno o una huelga general, especialmente en fábricas de armas. Cf. el trabajo del tolstoiano revolucionario, Bartelemy De Ligt, The Conquest of Violence: An Essay On War and Revolution (Nueva York: Dutton, 1938).

[13] Ver  Randolph Bourne, “Unfinished Fragment on the State”, en Untimely Papers (Nueva York: B.W: Huebsch, 1919).

[14] Para la antigua burla militarista lanzada contra el pacifista: “¿Usarías la fuerza para impedir la violación de tu hermana?”, la respuesta apropiada es: “¿Violarías a tu hermana si te lo ordenara tu oficial al mando?”

Print Friendly, PDF & Email
Biblioteca Mises
Centro de documentación internacional.
Contenido libre