El mito del Estado liberal del siglo XIX

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1. El mito fundador del liberalismo clásico / libertarismo

Cuando se habla de «liberalismo clásico», lo más común es que la gente dirija sus pensamientos hacia el siglo XIX y el supuesto Estado liberal de entonces. La mera lectura del título de un libro como el de Paulo Bonavides, «Del estado liberal al estado social», puede llevar a que algunos consideren confirmado el hecho de que el liberalismo clásico triunfó en el siglo XIX, pero fue sustituido en el siglo XX por el estado social y los nuevos derechos sociales. Pero, ¿es correcta esta forma de ver el proceso histórico? Queriéndolo o no, los liberales clásicos y/o libertarios tienen como su mito fundador el siglo XIX. Es verdad que el liberalismo ya tenía exponentes antes de ese siglo, como John Locke, Adam Smith e Immanuel Kant, pero el siglo XIX fue el tiempo en que el liberalismo clásico ganó una apasionada defensa por intermedio de la economía política clásica, al mismo tiempo que muchos cuestionamientos al liberalismo pueden ser sacados de las páginas de ese siglo, por ejemplo, por qué la situación de los trabajadores en los inicios de la revolución industrial ha sido precaria (para patrones modernos). Nuestro mito fundador es el siglo XIX. Sin embargo, al mismo tiempo, es profundamente incorrecto pensar que el triunfo del proyecto libertario sea un retorno al siglo XIX. Algunas personas, equivocadamente, piensan que basta retirar los aumentos de elementos intervencionistas y asistenciales que el Estado ganó en el siglo XX para que tengamos de vuelta el modelo de Estado deseado por los liberales clásicos. Para esa idea, basta con apagar el siglo XX casi entero (o al menos el siglo XX después de la Gran Depresión) y, de repente, el liberalismo clásico sería el modelo vigente. Esto es un equívoco. El liberalismo clásico no fue el status quo del siglo XIX, aunque fue una fuerza conjunta para hacer avanzar muchas reformas interesantes en el orden legal de varios países en la época. Al contrario, el liberalismo clásico era más para la oposición y, dependiendo de cómo se lo defina, para parte de la izquierda de la época. Los Estados y/o gobiernos pro-burguesía no eran liberales clásicos o libertarios. Es esa la historia que deseo contar aquí.

2. El siglo XIX visto por liberales clásicos de la época

Hay algunas formas de hacer esa relectura de la historia, a fin de entender lo que el siglo XIX realmente representó en términos políticos, y cuáles fueron las reacciones liberales clásicas al mismo. Me centraré en una forma más directa de hacerlo: buscar saber cómo los prominentes liberales clásicos de la época visualizaron su propia época. Antes de comenzar a hacerlo, es importante aclarar que el denominado “socialismo utópico”, apodo conferido al mismo por Karl Marx, y que Diogo Costa prefiere denominar “socialismo experimental”, estaba próximo políticamente al liberalismo clásico. En el caso de algunos pensadores socialistas no marxistas, ni siquiera la distinción cabe: el socialismo de ellos era una radicalización anarquista del liberalismo clásico, como Tucker menciona expresamente en ” Socialismo de Estado y anarquismo: En qué coindicen y en qué difieren ” (1888). Una importante muestra de ello es que Frédéric Bastiat, bastión del liberalismo clásico francés, tenía muchos eslabones en común con Pierre Joseph Proudhon, el anarquista mutualista: según el comentario de Roderick Long a la controversia entre los dos acerca de los intereses, ambos defendían un orden social voluntario basada en la propiedad individual y libre cambio, se oponían a la intervención coercitiva en el mercado y eran intensamente críticos del Estado, habiendo sido aliados legislativos frecuentes cuando estuvieron en la Asamblea Nacional, ambos sentados a la izquierda, tras la revolución de 1848, aunque pudieran discrepar sobre las formas de propiedad individual que eran legítimas y qué tipos de intercambios eran genuinamente voluntarios (LONG, sin fecha).

Thomas Hodgskin fue uno de esos “socialistas experimentales” o “socialistas libertarios”, considerado erróneamente un “socialista ricardiano”, cuando en realidad era un liberal clásico radical. Él tenía algunas cosas interesantes que decir sobre su tiempo: en un trabajo en dos volúmenes escrito en 1820, «Travels in the North of Germany», criticó la ineficiencia de los proyectos gubernamentales en un país que él consideraba más gobernado que Inglaterra, que sería Alemania, y criticó la veneración por los ‘grandes hombres’ en la política (SMITH, George H., 29/05/2012). Más tarde, en 1825, escribió «Labour Defended Agains the Claims of Capital», que fue elogiado incluso por Karl Marx. En este trabajo, Hodgskin criticó las leyes que prohibían la formación de sindicatos y la negociación colectiva, que dejaban injustamente a los trabajadores en desventaja y, según él, un mercado libre llevaría a que el trabajador recibiera el producto integral de su trabajo (SMITH, George H 5/6/2012). Bueno, sólo por esa mordaz crítica social a su tiempo, resulta obvio que él no consideraba su sociedad aún como libre. En 1827, publicó «Popular Political Economy», en donde defendió que todas las medidas legislativas relativas a la producción de riqueza, al igual que las Corn Laws y otras restricciones al comercio, no hacían más que beneficiar a algunas personas en detrimento de otras, ya que la actividad legislativa no puede aumentar la riqueza, sino sólo cambiar su distribución, sacando de una clase para dar a la otra (SMITH, George H., 12/6/2012). Es importante percibir que el siglo XIX conoció una teoría liberal clásica de la explotación de clase, que fue anterior a la propia teoría de clases marxista. El historiador Ralph Raico tiene un interesante aporte en ese sentido en su artículo «Clasical Liberal Roots of the Marxist Doctrine of Clases», que explica con detalle esas ideas y sus autores de la época. No explicaré en detalle este artículo aquí, pero lo dejaré en las referencias, para facilitar su consulta. Pero el artículo muestra, por ejemplo, que el propio Jean-Baptiste Say apuntuaba que incluso las clases productivas de la sociedad (en contraposición a la aristocracia improductiva) tenían intereses individuales que las llevarían a perseguir ayuda de la autoridad gubernamental para evitar los efectos de la competencia, y que el cuerpo legislativo tenía gran dificultad en resistir a esas demandas importunas por privilegios, una vez que los solicitantes usaban el hecho de que realizaban una actividad productiva para alegar que sus ganancias serían ganancias para las clases trabajadoras y para la nación (RAICO, 14) / 6/2006). Se nota que Say apuntó eso en 1815, demostrando la debilidad del aparato legislativo para resistir a esas demandas de miembros de la clase burguesa.

Otro importante socialista experimental, mutualista, y liberal clásico radical, fue el estadounidense Benjamin Tucker. En su artículo «Socialismo de Estado y anarquismo: en qué coindicen y en qué difieren» (1888), defiende que el error marxista se encuentra en querer acabar con los monopolios erigiendo un único monopolio del estado para gestionar toda actividad económica. Tucker consideraba esto un grave error y, por el contrario, defendía que el estado era controlado por la clase capitalista para impedir la libre competencia del lado del capital, mientras mantenía la libre competencia irrestricta del lado del trabajo:

« [Proudhon y Warren] veían en la competencia el gran nivelador de precios al costo de producción del trabajo. En esto coincidieron con los economistas políticos. La pregunta que se presentó entonces era por qué los precios no caían al costo del trabajo; donde hay cualquier espacio para rentas adquiridas de otra forma además del trabajo; en suma, por qué el usuario, el receptor de intereses, el alquiler y el beneficio, existe. La respuesta se encontraba en la presente competencia unilateral. Se descubrió que el capital había manipulado la legislación de forma que la competencia ilimitada sólo estaba permitida en la oferta de trabajo productivo, manteniendo así los salarios por debajo del punto del hambre, o tan cerca de él como fuera posible; que una gran porción de competencia está permitida en la oferta de trabajo distributivo, o en el trabajo de las clases mercantiles, manteniendo así, no los precios de los bienes, sino los beneficios de los mercaderes sobre ellos por debajo del punto en que salarios equitativos se aproximan al trabajo de los mercaderes ; pero que casi ninguna competencia está permitida en la oferta de capital, de la ayuda del cual tanto el trabajo productivo como el distributivo dependen para completar sus logros, manteniendo así la tasa de interés sobre el derecho y sobre los alquileres de residencias y de tierras en un punto tan alto en cuanto a las necesidades de las personas pueden soportar. Al descubrir esto, Warren y Proudhon acusaron a los economistas políticos de tener miedo a las propias doctrinas. El hombre de Manchester fue acusado de inconsistencia. Ellos creían en la libertad de competir con el trabajador para reducir los salarios, pero no en la libertad de competir con el capitalista para reducir su usura. Laissez faire era un gran condimento para la gansa, el trabajo, pero era un condimento malo para el ganso, el capital. (TUCKER, 1888, traducción de Erick Vasconcelos)»

Tucker apuntaba a cuatro monopolios creados y mantenidos por la clase capitalista que comandaba el Estado: el de la moneda, «que consiste en un privilegio dado por el gobierno a ciertos individuos, o a individuos poseedores de ciertos tipos de propiedad, de emitir medios circulantes»; de la tierra, que «consiste en la protección del gobierno de títulos de tierra que no se basan en la ocupación personal y en el cultivo»; de las tarifas, «que consiste en incentivar la producción a altos precios y bajo condiciones desfavorables infligiendo la pena de tasación sobre aquellos que producen a precios bajos y bajo condiciones favorables»; y el de las patentes, «que consiste en proteger a los inventores ya los autores contra la competencia por un período lo suficientemente largo que les permita extraer a las personas una recompensa enorme más allá de la medida de trabajo de sus servicios» (TUCKER, 1888). El punto más importante a destacar sobre Tucker es que el contexto inmediato de que está hablando es el de Estados Unidos. En vez de considerar a los Estados Unidos del siglo XIX un paraíso libertario, él está diciendo que la clase capitalista comanda la supuesta democracia de EEUU y que crea monopolios del capital, mientras que alienta la competencia del trabajo, para precarizar la situación de la clase trabajadora en su ¡propio provecho!

Otro liberal clásico notable, esta vez un francés, fue Gustave de Molinari. En 1848 escribió su “La utopía de la libertad: carta a los socialistas”, destacando que los socialistas y los economistas liberales tenían el mismo propósito: una sociedad con abundancia y justicia. Molinari aquí intenta convencer a los socialistas de que la libertad del trabajo no es dañina al trabajador, relatando que, antes de la introducción del trabajo libre a finales del siglo XVIII, lo que se ve es «una historia de miseria más intensa y de una desigualdad más profunda que la que nos aflige hoy en día», sin embargo, destaca, «a lo largo de ese gran período de sufrimiento, ¿cuál era el clamor de la multitud? ¿Qué era pedido por los cautivos de Egipto, por los esclavos de Espartaco, por los campesinos de la Edad Media y más tarde por los trabajadores oprimidos por las corporaciones y gremios? ¡Ellos reclamaban la libertad!» (MOLINARI, 1848, traducción de Erick Vasconcelos) La conclusión de Molinari en esa carta es que, si aún no alcanzamos la sociedad de abundancia anhelada, el problema no es de la libertad, sino del estado pretérito de servidumbre, y que la introducción de la libertad ha mejorado la vida de las masas. Su trecho final es un tanto ambiguo: «Ustedes no pueden, por lo tanto, sin ser culpables de un grosero anacronismo, culpar a la libertad de los males que afligían a las clases trabajadoras antes del [17] 89; ¿es con mayor justicia que ustedes imputan a aquellos que subyugaron a los trabajadores desde entonces? El examen de esta cuestión me los reservo para una carta futura.» Molinari parece estar dispuesto a discutir lo que ocurrió después del decreto de la libertad de trabajo en Francia, una nueva subyugación, pero que trataría de ello en otro momento. La traducción hecha por Erick Vasconcelos contiene notas colocadas por Roderick Long. La nota después del texto afirma que Molinari, que había escrito la carta anónimamente, reconoció su autoría en su libro de 1899, La Societé Future, donde escribió:

«Este llamamiento, el cual incidentalmente lleva la marca de la inocencia confiada de la juventud, fue, como los acontecimientos demostraron, totalmente prematuro. No se escuchó, pero se debe permitir tener esperanza de que se oiga algún día y que el socialismo, contribuyendo a los economistas sus fuerzas contingentes, los ayudará a superar la resistencia de aquellos intereses egoístas y ciegos que se plantean más allá de la necesaria transformación de la organización política y económica que han dejado de adaptarse a las condiciones de la existencia presentes de las sociedades.»

Aquí Molinari está hablando más claramente: hay intereses egoístas y ciegos que impiden la transformación del orden social, y que los socialistas podrían haber ayudado a los economistas liberales a superar la resistencia propiciada por tales intereses. Por desgracia, no pude encontrar el texto original para esa cita, pero según Gary Galles, en el texto Remembering Gustave de Molinari, Molinari también escribió contra el «aparato destructivo del Estado civilizado», con el ejemplo de la Revolución Francesa, cuya promesa era la de establecer un régimen de libertad y prosperidad, pero que acabó en la reconstitución y en el agravamiento del viejo régimen para el lucro de las nuevas clases gobernantes, aumentando la servidumbre y cargas (GALLES, 3/5/2005). ¡Es muy claro aquí que está hablando de la clase burguesa francesa! También Ralph Raico nos trae esa información, en el artículo “Neither the Wars Nor the Leaders Were Great”, donde puntualiza que, en un libro suyo de 1789 sobre la revolución francesa, Molinari defendió que Francia estaba caminando gradualmente hacia la reforma liberal a finales del siglo XVIII, pero que la revolución francesa interrumpió este proceso, sustituyéndolo por una expansión sin precedentes del poder del Estado y la generación de la guerra; más aún, Molinari argumentaba que los partidos autoproclamados liberales del siglo XIX eran máquinas de explotación de la sociedad por las nuevas y victoriosas clases medias predatorias, que se beneficiaban de tarifas, contratos gubernamentales, subsidios estatales para ferrocarriles y otras industrias, actividad bancaria patrocinada por el Estado y una legión de empleos disponibles en una burocracia estatal en expansión (RAICO, 29/03/2011). En el último trabajo de Molinari, en 1911, Molinari se volvió al análisis de la Guerra Civil Americana, considerando que, en lugar de una simple cruzada humanitaria para liberar a los esclavos, la guerra que arruinó los estados conquistados permitió que los plutócratas del Norte, que manipulaban el juego político por detrás, alcanzaran sus objetivos: la imposición de un proteccionismo vicioso que llevó al régimen de consorcios y produjo a los multimillonarios (RAICO, 29/03/2011). Está claro que para Gustave de Molinari, el siglo XIX francés fue dominado por una plutocracia burguesa insidiosa, en colusión de diversas formas con la máquina estatal, ¡y la plutocracia estadounidense habría sido la responsable del régimen proteccionista de aquel país que posibilitó la producción de los multimillonarios norteamericanos!

Franz Openheimmer fue un socialista libertario alemán que defendía el libre mercado, habiendo escrito un libro sobre sociología fundamental del Estado, el The State, en 1920. A pesar de no estar propiamente en el siglo XIX, su libro habla de la evolución del Estado y comenta el estado que sucedió el estado feudal, que él denomina de Estado Constitucional, de modo que es útil para los fines aquí propuestos. Openheimmer alega que existen dos medios para ganarse la vida: 1) los medios políticos: apropiación forzada del trabajo de los demás; 2) los medios económicos: por su propio trabajo y por el cambio del fruto de su trabajo con el fruto del trabajo de otras personas. (OPENHEIMMER, 1920) El Estado sería, por excelencia, el desarrollo claro de la posibilidad de ganar la vida por intermedio de los medios políticos, explotando el trabajo ajeno en provecho del grupo que controla el Estado, y eso sólo sería revertido en lo que él creía ser la victoria final de los «medios económicos» sobre los «medios políticos»: un estado de «libre ciudadanía», cuya forma externa será el Estado Constitucional, pero cuyo contenido será el autogobierno de la sociedad, sin explotación política. Pero la «libre ciudadanía» ya habría sido alcanzada en el siglo XIX, ¿o incluso a inicios del XX? Para Openheimmer, el Estado constitucional, que sucedió al Estado feudal, trajo como importante novedad el funcionalismo público ‘independiente’, sin embargo, ese funcionalismo está de muchas maneras vinculado a la clase dominante y sujeto a fuertes presiones de intereses económicos, por ejemplo, en Alemania; por otro lado, a pesar de estar inicialmente aliada con las clases más bajas, la burguesía acabó por volver a una lucha reaccionaria contra el proletariado, y se sirve para ello, al menos parcialmente, de un pseudoliberalismo (OPENHEIMMER, 1920).

Volviendo al siglo XIX, nos toca hablar del liberal clásico estadounidense William Graham Sumner. Para él, la democracia americana era el cuerpo político más vulnerable al control por la plutocracia. En 1913 publicó dos ensayos, Definitions of Democracy and Plutocracy y The Conflict of Plutocracy and Democracy. En el primero, él define plutocracia como la forma política en que la fuerza controladora real es la riqueza, puntualiza que la historia reciente de los estados civilizados de Europa Occidental ha presentado el avance rápido y constante de la plutocracia y que el desarrollo industrial del mundo moderno abre muchas las brechas para conectar la industria al poder político, a través de sociedades anónimas, corporaciones, concesiones, contratos públicos, entre otras formas, de maneras nuevas y en gran magnitud. Sumner señala que está apuntando a fuerzas y tendencias, y hay que tener cuidado en exagerar su influencia en el momento actual, sin embargo, es importante reconocer que la plutocracia es la forma de energía política conocida por nosotros más sórdida y que sus motivos, procesos, código y sanciones son infinitamente corruptoras de todas las instituciones que deben preservar y proteger a la sociedad. (SUMNER, 1913) En el segundo ensayo mencionado, él define un plutócrata como un hombre que, poseyendo capital y disponiendo de un poder derivado, dispone de él políticamente, en vez de industrialmente, que contrata lobistas, y opera sobre el mercado a través de la legislación, del monopolio artificial y de privilegios legislativos, creando empleos y erigiendo combinaciones que son mitad política y mitad industrial, y con amplia experiencia en los vicios industriales, gastando su ingenio en el «conocimiento de los hombres» y en las tácticas del lobby, en lugar de mejorar los procesos de producción. (SUMNER, 1913) Sumner también considera que la democracia es especialmente vulnerable a la plutocracia, teniendo en vista la naturaleza de la organización partidista y la vulnerabilidad de la masa desorganizada, y muchas veces sin muchos conocimientos, del pueblo. Para detener el avance de la plutocracia, hay que minimizar grandemente las relaciones del Estado con la industria, porque, habiendo tal relación, todo interés industrial será forzado a emplear en mayor o menor escala métodos plutocráticos. Así concluye que laissez-faire, en lugar de lo que aparenta ser en las discusiones rutinarias, en realidad se dirige al núcleo de la moral, política y economía política de las cuestiones públicas más importantes de su tiempo. (SUMNER, 1913) En 1883, Sumner ya hablaba contra la plutocracia, en su What Social Clases Owe to Each Other, donde él considera que los plutócratas estaban tratando de hacer lo mismo que los generales, nobles y sacerdotes habían hecho en el pasado: hacerse con el poder del estado para curvar el derecho de los demás para provecho propio y, por lo tanto, estamos lidiando con los mismos antiguos enemigos, los vicios y pasiones de la naturaleza humana. (SUMNER, 1883) De esa forma, Sumner considera que esos nuevos enemigos deben ser combatidos como los viejos lo fueron: por intermedio de instituciones y garantías, que protejan adecuadamente la libertad civil. Las viejas garantías constitucionales tenían como objetivo al rey y nobles, y nuevas garantías necesitaban ser inventadas para atribuir a la riqueza aquella responsabilidad sin la cual ningún poder es consistente con libertad. De hecho, él no tiene una idea muy clara, en este ensayo, de qué garantías serían estas, pero menciona un juicio verdaderamente independiente, y organizaciones de la sociedad civil actuantes, de modo que concluye que, del lado de la maquinaria política, no hay para la esperanza, pero que, del lado de las garantías constitucionales y de la acción independiente de hombres libres que se auto-gobiernan, sí hay mucha esperanza. (SUMNER, 1883) En 1876, en el ensayo Protectionism twenty years after, Sumner también comentó, con ocasión de la votación de una tarifa aduanera, que era posible percibir el gran poder de los intereses protegidos en el congreso, y que los Estados Unidos estaban claramente gobernados por una combinación ingeniosa de aquellos intereses especiales que lograron el control de la maquinaria del gobierno y que tienen el control del personal del gobierno en tal extensión que es casi imposible romper con el sistema. (SUMNER, 1883)

Como último nombre que quiero citar, me gustaría dar el nombre de uno que, además de las palabras, contribuyó con sus acciones (y con la reacción gubernamental a sus acciones) para evidenciar lo que estoy defendiendo aquí: Lysander Spooner. Spooner era un ‘socialista’ libertario, pro libre mercado y anarquista individualista norteamericano. Escribió importantes ensayos a favor de un liberalismo radical, como A Defence for Fugitive Slaves, against the Acts of Congress of February 12, 1793, and September 18, 1850? (1850), An Essay on the Trial by Jury (1852), The Unconstitutionality of Slavery (1860) e incluso defendió en el ensayo Poverty: Its ilegal causa y legal cure, (1846), que la pobreza era causada por estándares legales incorrectos con respecto a la moneda y las deudas, impidiendo que el mercado y el trabajo fueran fuentes de riqueza para las clases trabajadoras. Otro ensayo digno de mención es el The Unconstitutionality of the Laws of Congress, prohibiting Private Mails (1844), donde él defiende que era inconstitucional el monopolio de los correos por parte del sistema postal estadounidense. Pero no sólo se limitó a criticar dicho monopolio perjudicial para el pueblo americano, sino que él mismo resolvió abrir una empresa de correos suya, denominada «American Letter Mail Company», cobrando valores mucho menores que el que cobró el departamento gubernamental en 1844. ¿Qué creen que el supuesto estado liberal de los Estados Unidos hizo? ¿Reconoció que la libre iniciativa es quién debería, literalmente, «entregar las cartas» en el negocio de correos? Todo lo contrario, el gobierno se decidió a cerrar la empresa de Spooner. Como Spooner era letrado en Derecho, logró sostener una batalla judicial y obtener incluso algunas victorias temporales. Mientras tanto, el sistema de correos del gobierno se vio obligado a bajar sus precios. Sin embargo, en 1851, el congreso aprobó una ley que protegía el monopolio del gobierno en la distribución de cartas, lo que logró forzar a Spooner a salir del negocio. (GOODYEAR, 1981) Si la evidencia que presenté sobre los otros liberales clásicos y socialistas favorables al libre mercado ya demostraban que el estado liberal del siglo XIX es un mito y una farsa, la historia de Lysander Spooner reduce esa idea al absurdo.

3. Conclusión
Mucho más se puede decir sobre la falsa noción de considerar el estado del siglo XIX un triunfo del liberalismo clásico: las restricciones al movimiento de la fuerza de trabajo inglesa al inicio de la revolución industrial; la explotación de la mano de obra infantil en la revolución industrial inglesa a través de los reformatorios estatales para huérfanos bajo el régimen de las Poor Laws; el surgimiento del imperialismo tras una «extraña depresión económica», en la que el trabajador urbano estaba mejorando de vida y esa «depresión» era sólo de los beneficios y de los intereses, teniendo en vista un período de mayor libre comercio entre 1848 y 1870, y en el caso de que se tratara de una «guerra civil». El proteccionismo y las guerras imperialistas; la «conquista de mercados» por los países imperialistas, con la subyugación y destitución de los pueblos colonizados; partidos políticos que defendían el proteccionismo y el inflacionismo en los Estados Unidos, etc. Sin embargo, creo que los ejemplos de aquellos liberales clásicos y liberales radicales «socialistas”», y el modo en que interpretaban la época en que estaban viviendo, demuestran que es falaz pensar que el liberalismo clásico triunfó en el siglo XIX. Lo que se percibe en su discurso es que, tanto en Europa, en los Estados Unidos (el país con tradición más afectada al liberalismo y la libre empresa), el siglo XIX se considera como un predominio de un siglo de avance de la plutocracia el gobierno, perjudicando la fruición, por los ciudadanos, de la igualdad de libertades civiles y de competencia económica. Las formas en que esa plutocracia burguesa actuaba iban desde las más obvias, como tarifas proteccionistas, hasta las menos obvias, como contratos públicos y la influencia sobre la burocracia y sobre los partidos políticos, por corrupción o lobby. Todo ello conspiraba contra la libertad civil y económica, haciendo que el aparato legal vigente, por la vulnerabilidad de su estructura jurídico-política, estuviera al servicio de las clases burguesas dominantes, muchas veces actuando, en la expresión de Sumner, de modo «mitad político, mitad industrial.» Por supuesto que los liberales clásicos abrazaban el hecho de que el «camino económico» para liberar a la humanidad de la pobreza y la opresión había quedado claro después del fin del estado feudal y absolutista, sin embargo, todavía había explotación política por medio de las relaciones entre el estado la industria, a costa de la población, en especial del hombre común, fuera en el país o en el exterior. Algunos liberales radicalizaron el discurso y defendieron la abolición total del estado, ya que, a pesar de todos los avances, el estado aún estaba dominado por las clases dominantes, y por una plutocracia insidiosa. Otros liberales, dentro de los cuales destaco a William Graham Sumner, defendían nuevas formas de garantías constitucionales y organizaciones voluntarias de la sociedad civil para combatir esa amenaza de la plutocracia.

Sin embargo, para los liberales que querían la reforma constitucional del siglo XIX, este siglo no disponía de la «tecnología jurídica» apta para el propósito de preservar la verdadera libertad individual, civil y económica, así como la ausencia de privilegios para cualquier clase. Pero con el advenimiento de la Escuela de Friburgo y el Ordoliberalismo alemán después de la Primera Guerra Mundial, es posible percibir que un trabajo más intenso entre los liberales europeos surgió, en el sentido de encontrar medios legales para garantizar un verdadero orden de mercado, luchando contra la «Precarización» del estado en relación con las maniobras de las clases con poder económico. Creo que actualmente tenemos el «instrumental jurídico» apto para crear modelos de gobierno realmente liberales clásicos, por intermedio de la Teoría de la Elección Pública, en especial a través de la competencia intraestatal, de la constitucionalización de la libertad económica y de la descentralización política, que podrían impedir efectivamente que el estado pueda conectarse con la industria y el poder económico y garantizar amplias libertades civiles y económicas para sus ciudadanos. (Por otra parte, a mi juicio, la Teoría de la elección pública es el respaldo científico a la teoría de clases liberal clásica, que se alcanza por la simple aplicación de los métodos de la economía al estudio del comportamiento y de las estructuras políticas). Espero que tal instrumental pueda ser puesto cada vez más en práctica y de forma consistente, y que aquella agenda «neoliberal» de gestión política de la liberalización de mercado, que ya tuve la oportunidad de criticar otras veces aquí en el blog, sea abandonada completamente. Así, el liberalismo clásico no es un retorno al siglo XIX y el siglo XIX no conoció el triunfo del liberalismo clásico, sino el avance de la plutocracia burguesa. No fue un siglo de todo mal, pero podría haber sido mucho mejor. El liberalismo clásico fue y es un proyecto de liberación sociopolítica de la humanidad en relación con la dominación política y la pobreza, a través del derribamiento de barreras al intercambio voluntario y honesto entre las personas, para mejorar sus vidas pacíficamente, siendo, en cierta medida, oposición de izquierda durante el siglo XIX, y opositor de la plutocracia burguesa/industrialista/imperialista.

Referencias
BONAVIDES, Paulo. Del Estado Liberal al Estado Social. São Paulo: Malheiros Editores, 2004.
LONG, Roderick. El Bastiat-Proudhon Debate sobre el interés (1849-1850) – Comentario.
RAICO, Ralph. (En inglés). El 14/6/2006 Este artículo es extraído del capítulo 5 del libro Requiem for Marx
MOLINARI, Gustave de. La Utopía de la Libertad: Carta a los Socialistas, en 1848. Traducción de Erick Vasconcelos
GALLES, Gary. Recordando a Gustave de Molinari. El 03/05/2005
OPENHEIMMER, Franz. The State. En 1920
SUMNER, William Graham. Definitions of Democracy and Plutocracy. En 1913
SUMNER, William Graham. The Conflict of Plutocracy and Democracy. En 1913
SUMNER, William Graham. What Social Classes Owe to Each Other. En 1883
SUMNER, William Graham. Protectionism Twenty Years Later. En 1876
SPOONER, Lysander. A Defence for Fugitive Slaves, against the acts of the Congress de febrero 12, 1793, y 18 de septiembre de 1850. En 1850
SPOONER, Lysander. An Essay on the Trial by Jury. En 1852
SPOONER, Lysander. The Unconstitutionality of Slavery. En 1860
SPOONER, Lysander. Poverty: It’s Illegal Causes and Legal Cures. Parte Primera. En 1846
GOODYEAR, Lucille J. Spooner vs. U.S. Postal System. En: American Legion Magazine, En enero de 1981
HOBSBAWN, Eric. La Era de los Imperios – 1875-1914. Traducción: Sieni Maria Campos y Yolanda Steidel de Toledo. Revisión técnica: Maria Celia Paoli. Río de Janeiro: Paz y Tierra, 1998.

El original se encuentra aquí.

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