Por un nuevo libertario

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[Este discurso se pronunció en la Universidad Mises 2017]

Saludos a todos en la conferencia Corax 2017 y saludos también a la audiencia aquí en nuestra Universidad Mises anual. Como podéis ver, ambos eventos se están produciendo simultáneamente, así que no puedo estar con vosotros en persona esta tarde. Pero agradezco mucho haber sido invitado a hablar por Sofia y Martin e indudablemente habría estado con vosotros en Malta cualquier otra semana. Y admiro a Sofia y Martin por tener el valor de abandonar Suecia y empezar esta nueva aventura en Malta, que por lo que me dicen no solo es más cálida, sino también mucho más razonable.

Hoy me gustaría hablar de los libertarios, más que del propio libertarismo. Y os pediría que considerarais si los libertarios han perdido el rumbo.

El título “Por un nuevo libertario” juega, espero de que forma evidente, con el título del famoso libro de Murray Rothbard Por una nueva libertad. Es un libro poco valorado, tal vez menos conocido que La ética de la libertad. Muchos autores tienen un ego tal como para llamar a sus libros “un manifiesto”, pero pocos libros realmente hacen honor a un título tan resonante. Este libro sí.

Me encanta esta cita de Murray: “así que el libertarismo es una filosofía en busca de una política”. Me pregunto si hoy cambiaría esta frase si pudiera ver en qué se ha convertido la rama de la “política pública” del libertarismo. Tal vez debería haber escrito “el libertarismo es una filosofía en busca de mejores libertarios”.

También elegí este título para señalar algo tan importante como que no necesitamos un “nuevo libertarismo” o algo así de grandioso. Gracias a los grandes pensadores que vinieron antes de nosotros y siguen entre nosotros, no tenemos que hacer el trabajo duro, lo que es una buena noticia, ya que no muchos de nosotros somos lo bastante inteligentes como para ofrecer una nueva teoría. Todos podemos servir encantados como vendedores de ideas de segunda mano.

A veces los libertarios caen en la trampa de necesitar algo nuevo, algo a lo que podríamos llamar una trampa de modernidad. Se ha puesto de moda imaginar que la tecnología crea un nuevo paradigma, una nueva “tercera vía” que haría obsoleto al gobierno sin la necesidad de un cambio intelectual. La era digital es tan igualitaria, tan democrática y tan descentralizada que resultaría imposible que nos controlaran los estados, jerárquicos de por sí. El libre flujo de información haría inevitable el libre flujo de bienes y servicios, al tiempo que desenmascararía tiranías que ya no podrían ocultar la verdad a sus ciudadanos.

Aunque sin duda me gustaría que fuera verdad, no estoy seguro de ello. Me parece que los estados están pasando de nacionales a supranacionales, que el globalismo en la práctica significa más control centralizado por un cártel emergente de estado aliados como la UE (y sus ONG cómplices), por no mencionar las llamadas a la convergencia de los bancos centrales bajo una organización global como el FMI. Deberíamos sospechar de la noción determinista de que hay un curso inevitable de la historia humana.

Y aunque todos nos beneficiemos de las maravillas del progreso tecnológico y demos especialmente la bienvenida a la tecnología que hace más difícil que nos gobierne el estado (por ejemplo, bitcoin o Uber o el cifrado de información) deberíamos recordar que los avances en la tecnología también hacen que a los gobiernos les sea más fácil espiar, controlar e incluso matar a la gente bajo su control.

Así que sospecho que mientras continúen existiendo los seres humanos, su obstinada tendencia a formar gobiernos seguirá siendo un problema. La alternativa entre organizar los asuntos humanos por medios económicos o medios políticos no desapareció con la imprenta, ni con la revolución industrial, ni con la electricidad, ni con ningún número de enormes mejoras tecnológicas. Así que no podemos suponer una liberación mediante la revolución digital.

No, la concepción de la libertad de Rothbard se ha mantenido bastante bien a lo largo de casi medio siglo. Los seres humanos son soberanos sobre sus cuerpos y mentes, es decir, sobre sí mismos. De esto se deduce el necesario corolario de los derechos de propiedad, lo que significa que las personas tienen un derecho válido a los productos de sus cuerpos y mentes: axiomáticamente sabemos que los seres humanos tienen que actuar para sobrevivir. De los derechos de autopropiedad y propiedad llegamos a una teoría de cuándo es permisible la fuerza, que es en defensa propia. Y estas ideas de autopropiedad, derechos de propiedad y no agresión tendrían que aplicarse a todos, incluso cuando se junta un grupo y se llama a sí mismo “gobierno”. Como los gobiernos por definición usan la fuerza (o amenazan con la fuerza) de muchas maneras que no pueden definirse como defensa propia, son inválidos bajo el paradigma rothbardiano.

Es una teoría bella, sencilla y lógica. Y por supuesto al menos un grado de los tres elementos (libertad individual, derechos de propiedad y alguna concepción del derecho que proteja ambos) es necesario y ha de estar presente para el progreso humano real. Ya sé, ya sé, los esclavos construyeron las pirámides, aunque los egiptólogos nos digan otra cosa, y los científicos soviéticos no eran libres y aun así fabricaron bombas nucleares, probablemente para evitar un viaje a Siberia. Pero en la mayoría de los casos es verdad lo que sabemos: libertad y progreso humanos están ligados inextricablemente.

Así que tenemos esta fantástica e irrefutable teoría rothbardiana de la libertad. Pero no basta. Y Murray era inflexible en esto. Fue el primero en destacar la importancia de las personas y el activismo, no solo de las ideas y la educación. ¿Pero qué tipo de personas y qué tipo de activismo? Esa era la pregunta en tiempos de Rothbard y sigue siendo la pregunta hoy.

       I.            Apreciar que la libertad está de acuerdo con la naturaleza humana

Si hay un punto esencial que deberíamos recordar es que la libertad es natural y orgánica y está de acuerdo con la acción humana. No hace falta un “hombre nuevo”. Aun así, los libertarios tienden la mala tendencia a caer en el utopismo, en retratar a la libertad como algo evolucionado y una nueva era. En este sentido pueden recordar mucho a los progresistas: La libertad funcionará cuando los seres humanos finalmente abandonen su terquedad sobre las antiguas ideas acerca de la familia y la tribu, se conviertan en librepensadores puramente racionales (siempre son lo contrario), rechacen la mitología de la religión y la de fe y renuncien a sus alianzas étnicas o nacionalistas o culturales pasadas de moda a favor del nuevo credo híperindividualista. Necesitamos que la gente abandone sus patrones sexuales y valores burgueses pasados de moda, salvo el materialismo. Porque es sobre todo al libertario arquetípico se le presenta como un actor económico casi sin alma, alguien que renunciaría a todo y se mudaría mañana a Singapur para ganar 20.000$ más en la economía gig.

Bueno, resulta que los seres humanos no son realmente así. Son tan frágiles y falibles y jerárquicos e irracionales y suspicaces y similares a rebaños como un grupo de héroes como Hank Rearden. De hecho, Rothbard habla justamente acerca de esto en su sección sobre estrategia libertaria al final de Por una nueva libertad. Nos recuerda que son los utópicos progresistas los que creen que el hombre no tiene naturaleza y es “infinitamente maleable”. Piensan que el hombre puede perfeccionarse, convirtiéndose en el servidor ideal del Nuevo Orden.

Pero los libertarios creen en el libre albedrío, señala. La gente se moldea sí misma. Y por tanto es una tontería esperar algún cambio drástico que se ajuste a la estructura que preferimos. Esperamos que la gente actúe moralmente, creemos que la libertad proporciona los incentivos correctos para la mejora moral. Pero no confiamos en esto para hacer que funcione la libertad. De hecho, solo el libertarismo acepta los seres humanos como son, aquí mismo y ahora. Es en este sentido en el que Rothbard ve la libertad como “eminentemente realista”, la “única teoría que es realmente coherente con la naturaleza del hombre y el mundo”.

Así que entendamos (y vendamos) la libertad como una aproximación profundamente pragmática para organizar la sociedad, una que resuelve problemas y conflictos empleando las mejores soluciones privadas y voluntarias disponibles. Rechacemos las grandes visiones y utopías para lo que siempre será un mundo desordenado e imperfecto. Mejor, no perfecto, tendría que ser nuestro lema.

    II.            Aceptar en lugar de rechazar las instituciones de la sociedad civil

Mi segundo punto se refiere a la propia sociedad civil. Porque como libertarios aceptamos con entusiasmo los mercados, hemos cometido durante décadas el desastroso error de mostrarnos hostiles a la familia, a la religión, a la tradición, a la cultura y a las instituciones cívicas o sociales, en otras palabras, hostiles a la propia sociedad civil.

Lo que es extraño, si lo pensamos. La sociedad civil proporciona los mismos mecanismos que necesitamos para organizar la sociedad sin el estado. Y ateniéndonos a lo que dice Rothbard acerca de la libertad y la naturaleza humana, la sociedad civil se organiza orgánicamente, sin fuerza. Los seres humanos quieren ser parte de algo más grande que ellos mismos. ¿Por qué los libertarios no entienden esto?

Apenas hace falta decir que la familia ha sido siempre la primera línea de defensa contra el estado y la fuente más importante de lealtad principal (o lealtad dividida, desde la perspectiva de los políticos). En relación con nuestros antepasados y nuestra preocupación por nuestra progenie, forma una unidad en la que el estado no es el personaje principal. La familia conforma nuestro entorno primario y por tanto más formativo y, al menos como ideal, la familia proporciona tanto apoyo material como emocional. Las familias felices existen.

Pero el gobierno nos quiere atomizados, solitarios, rotos, vulnerables, dependientes y desconectados. Así que, por supuesto, tratar de romper las familias llevándose a los hijos tan pronto como le es posible, adoctrinándolos en escuelas estatales, utilizando los programas sociales como cuña, utilizando el código fiscal como cuña, desanimando el matrimonio y las familias numerosas, desanimando en la práctica todo tipo de intimidad que no esté sometidas al escrutinio público, animando al divorcio, etcétera, etcétera.

Todo esto puede sonar a cosas de la derecha, pero no lo hace mentira.

Queremos familias fuertes, queremos familias de élite, queremos familias ricas que no teman al gobierno. Queremos grandes familias extensas a la que la gente pueda recurrir en tiempos de problemas. Y una nota práctica adicional: suponiendo que aproximadamente el 10% de la población estadounidense fuera razonablemente partidaria de la libertad, estaríamos hablando de aproximadamente 32 millones de personas. Imagina así cada una de ellas tuviera tres hijos, ¡Crearíamos un ejército de 100 millones de personas!

La religión forma otra importante línea de defensa contra el estado. En realidad, no puede entenderse la historia del hombre sin entender el papel de la religión. Incluso hoy altos porcentajes de personas en Occidente creen en Dios, independientemente de su observancia religiosa real. Y creer en una deidad de por sí desafía de la omnisciencia y el estatus del estado. Repito, la religión aparece como un potencial rival para la lealtad del individuo y tiene una tendencia molesta a reaparecer sin que importe cuánto traten de suprimirla los gobiernos autoritarios.

Más allá de la familia y la de fe, hay un número infinito de instituciones estatales que ofrecen comunidades para casi cualquier interés concebible. Todas ellas, desde los negocios a las organizaciones sociales y cívicas, sirven para la función civilizadora de organizar a la gente sin un poder estatal.

Dejadme que señale algo importante: es razonable creer que una sociedad más libertaria sería menos libertina y más conservadora culturalmente, por la sencilla razón de que al ir disminuyendo en importancia y poder del estado, las instituciones suprimidas hace tiempo de la sociedad civil crecerían en importancia y poder. Y en una sociedad más libertaria, es más difícil imponer sobre otros los costes de las elecciones propias de estilo de vida. Sí confías en la familia o la iglesia o la caridad para que te ayude, es posible que impongan algunas condiciones a esa ayuda.

Os aseguro que no estoy interesado ni enjuicio vuestras creencias personales o preferencias de estilo de vida y tampoco Murray Rothbard. Y por supuesto el libertarismo de por sí no tiene nada que decir acerca de cómo vive uno. Pero sigue siendo verdad que la sociedad civil debería ser alabada por los libertarios a cada momento. Creer otra cosa es ignorar lo que realmente quieren los seres humanos y lo que realmente hacen, que es crear comunidades. Hay una palabra para la gente que no cree en nada: ni en el gobierno, ni en la familia, ni en Dios, ni en la sociedad, ni en la moralidad, ni en la civilización. Y esa palabra es nihilista, no libertario.

 III.            El universalismo político no es el objetivo

Mi último comentario se refiere a la terca tendencia de los libertarios a defender algún tipo de disposición política universal. En la medida en que haya un fin político para los libertarios, este sería permitir a las personas vivir como les parezca apropiado. El objetivo político es la autodeterminación, buscando reducir el tamaño, ámbito y poder del estado. Pero la idea de los principios libertarios universales se mezcla con la idea de una política libertaria universal. Vive y deja vivir fue remplazado por la noción de una doctrina libertaria universal, a menudo unida a un elemento cultural.

Y debido a esto los libertarios a menudo caen en la trampa de sonar como conservadores y progresistas que se imaginan a sí mismos cualificados para dictar disposiciones políticas en todos los lugares de la tierra. ¿Pero quién es un libertario para decir a otros países que hacer? ¿Nuestro objetivo político no debería ser una autodeterminación radical, no valores universales?

Ya es bastante malo escuchar a neoconservadores en televisión hablando acerca de lo que es mejor para siria o Irak o Corea del norte o Rusia desde sus confortables sillones occidentales. Pero todavía es peor escuchar esto a libertarios en Reason. Es un error, tanto político como táctico.

La doctrina universalista es algo así: el voto democrático es el derecho político sagrado en un mundo postmonárquico. Genera socialdemocracias con fuertes redes de seguridad, capitalismo regulado, protecciones legales para mujeres y minorías y normas ampliamente aceptadas con respecto a asuntos sociales. Las concepciones occidentales de los derechos civiles se aplican ahora en todas partes y con la tecnología podemos superar las viejas fronteras de los estados nación.

Las variedades son ligeramente diferentes: los liberales de izquierda destacan un estado administrativo supranacional con el que trabajar (“un gobierno mundial”), mientras que los conservadores se centran en planes comerciales gestionados globalmente y en “exportar la democracia”. Pero ambos bandos dedicaron el siglo XX a insistir en que sus disposiciones políticas preferidas son aplicables en todos los lugares e inevitables en todos los lugares.

Esta narrativa no favorece a los libertarios. El universalismo proporciona las bases filosóficas para el globalismo, pero el globalismo no es libertad: por el contrario, amenaza con crear niveles completamente nuevos de gobierno. Y el universalismo no es derecho natural: en realidad va a menudo directamente en contra de la naturaleza humana y la (verdadera) diversidad humana.

Es más, resulta que hay muy pocas cosas en las que estamos realmente de acuerdo de una manera universal. Ni el gobierno, ni los derechos, ni el papel de la religión, ni la inmigración, ni el capitalismo, ni el neoliberalismo. Lo hemos pasado mal mucho tiempo para obtener el respeto por la libertad individual y los derechos de propiedad en Occidente, donde tenemos una fuerte tradición del derecho común.

Aun así, los libertarios están ocupados promoviendo el universalismo, incluso cuando el mundo se mueve en dirección contraria. Trump y el Bréxit pusieron en jaque la narrativa globalista.  El nacionalismo está en auge en toda Europa, obligando a la UE a defenderse, existen movimientos de secesión e independencia en Escocia, en Cataluña, en Bélgica, en Andalucía, incluso en California. El federalismo y los derechos de los estados son repentinamente populares entre los progresistas en EEUU. El mundo quiere desesperadamente dar la espalda a Washington y Bruselas y la ONU y el FMI y todas las instituciones globalistas. La gente normal huele las ratas.

Deberíamos aprovechar esto.

La Meca no es París, un irlandés no es un aborigen, un budista no es un rastafari, una madre de clase media no es un ruso. ¿Nuestro objetivo es convencerlos a todos para que se conviertan en completos rothbardianos? ¿Deberían los libertarios preocuparse por el matrimonio gay en Arabia Saudita o insistir sobre los mismos acuerdos fronterizos para Brownsville, Texas, y Monaco? ¿Deberíamos manifestarnos a favor de leyes para portar armas al estilo de Texas en Francia, para impedir el próximo Bataclan?

¿No sería mejor dedicarse a defender la descentralización política, la secesión y la subsidiariedad? En otras palabras, ¿deberíamos dejar que Malta sea maltesa?

Ludwig von Mises Rechazaba el universalismo y veía la autodeterminación como el máximo fin político. Murray Rothbard defendía las naciones orgánicas independizándose de las naciones políticas en una de las últimas cosas que escribió: un artículo titulado “Naciones por consentimiento”.

En otras palabras, la autodeterminación es el objetivo político final. Es la vía a la libertad, aunque sea imperfecta. Un mundo de siete mil millones de personas autogobernadas sería lo ideal, pero si no se llega a eso deberíamos preferir Liechtenstein a Alemania y Luxemburgo a Inglaterra. Deberíamos preferir los derechos de los estados a la federalización en EEUU y deberíamos alegrarnos por la ruptura de la UE. Deberíamos apoyar movimientos secesionistas en lugares como Cataluña y Escocia y California. Deberíamos estar a favor del control local sobre legislaturas lejanas y cuerpos administrativos y por tanto rechazar acuerdos comerciales multilaterales. Deberíamos, en resumen, preferir lo pequeño a lo grande en lo que se refiere al gobierno.

La descentralización, la secesión, la subsidiariedad y la anulación son todos mecanismos que nos acercan a nuestro objetivo político de la autodeterminación. Insistir en disposiciones políticas universales es un enorme error táctico para los libertarios. Somos libertarios precisamente porque no sabemos lo que es mejor para 7.500 millones de personas en el mundo.

¿Por qué deberíais luchar?

Para terminar, mencionaré un intercambio de correos electrónicos que tuve recientemente con el bloguer Bionic Mosquito. ¡Si no leéis a Bionic Mosquito ya estáis tardando!

Le hice la misma pregunta hipotética que tengo para vosotros: ¿por qué lucharías? La respuesta a esta pregunta nos dijo mucho acerca de sobre qué tendrían que preocuparse los libertarios.

Con esto me refiero a por qué lucharíais físicamente, cuando hacerlo pudiera suponer lesiones graves o muerte. O arresto y prisión, o la pérdida de vuestro hogar, vuestro dinero y vuestras posesiones.

Estoy seguro de que todos lucharíamos por nuestras personas físicas si fuéramos atacados, o por nuestras familias si fueran atacadas. Podríamos luchar por amigos cercanos. Y tal vez incluso por nuestros vecinos. En realidad, nos gustaría pensar que defenderíamos a un completo extraño bajo algunas circunstancias, por ejemplo, a una anciana atracada.

Y probablemente lucharíamos por nuestros pueblos y comunidades si fueran invadidos físicamente por una fuerza exterior, aunque no conozcamos personalmente a todas las personas de nuestros pueblos y comunidades.

También podríamos luchar por la propiedad, tal vez no tan fieramente. Indudablemente protegeríamos nuestras casas, pero eso se debe a la gente que las habitan. ¿Qué pasa con los automóviles? ¿Os enfrentaríais físicamente a un ladrón armado que se lo estuviera llevando? ¿O le dejaríais irse y no os arriesgaríais a morir o lesionaros solo por salvar vuestro automóvil? ¿Qué pasa con vuestra cartera? ¿Qué pasa con alguien que os roba el 40% de vuestra renta, como hacen muchos gobiernos? ¿Tomaríais las armas para impedirlo?

Probablemente no deberíamos luchar por el bitcoin o por la neutralidad de la red o por el aumento en los impuestos a ganancias de capital, por cierto.

¿Qué pasa con una abstracción, como luchar por “vuestro país” o la libertad o vuestra religión? Aquí es donde las cosas se hacen menos convincentes. Mucha gente ha luchado y luchará por esas abstracciones. Pero si preguntáis a los soldados os dirán que en el fragor de la batalla en realidad están luchando por sus compañeros, para proteger a los hombres en sus unidades y para cumplir un sentido personal del deber.

En otras palabras, sangre y tierra y Dios y nación siguen importando a la gente. Los libertarios ignoran esto bajo riesgo de irrelevancia.

Muchas gracias.


El artículo original se encuentra aquí.

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