Mises y Hayek diferenciados

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[Review of Austrian Economics, 6(2), 1993, pp. 113-146]

[A Man of Principle: Essays in Honor of Hans F. Sennholz · John W. Robbins y Mark Spangler, eds. · Grove City, Pennsylvania: Grove City College Press, 1992]

Un importante factor contribuyente en el resurgimiento de la economía austriaca en la década de 1970 fue la aparición de un puñado de artículos que dirigieron la atención de la profesión económica hacia las características distintivas de la tradición de la teorización económica fundada por Carl Menger.[1] Probablemente el más influyente de estos artículos fue escrito por el eminente investigador de Walras, William Jaffé, y titulado “Menger, Jevons and Walras dehomogenized”.[2] En este artículo, Jaffé argumentaba convincentemente que los tres fundadores del marginalismo, cuyas contribuciones hasta ese momento habían tendido a confundirse debido a un foco exclusivo en sus descubrimientos contemporáneos del principio marginal, iniciaron cada uno una tradición independiente y distinta del método y el análisis económicos. Tomadas en conjunción con la concesión en 1974 del premio Nobel de economía a F. A. Hayek y las conferencias de investigadores sobre economía austriaca realizadas anualmente entre 1974 y 1976, este artículo y los otros mencionados antes ampliaron y reforzaron el reconocimiento de un interés por la economía austriaca contemporánea como alternativa al paradigma neoclásico prevaleciente.

Pero la tradición mengeriana se desarrolló en direcciones muy distintas por sus brillantes seguidores Eugen von Böhm-Bawerk y Friedrich von Wieser y por sus propios alumnos y seguidores. Sin necesidad de explicar este desarrollo doctrinal con detalle, baste con decir que hoy el término “economía austriaca” se usa para designar dos paradigmas muy diferentes. Uno deriva de Wieser y puede llamarse el paradigma “hayekiano”, porque representa un desarrollo y sistematización de las opiniones sostenidas por F. A. Hayek, un alumno de Wieser en la Universidad de Viena. Aunque todavía no se ha reconocido de forma general por parte los austriacos, la influencia de Wieser sobre Hayek fue considerable y se revela especialmente en los primeros trabajos de este último sobre la teoría de la imputación, que buscan reivindicar la postura de Wieser (frente a la de Böhm-Bawerk-Mises) de que el problema de la imputación debe resolverse dentro del contexto de una economía sin intercambios sometida al control de una única voluntad capaz de alguna manera de calcular utilizando el valor (subjetivo) como la “forma aritmética de la utilidad”.[3] El paradigma hayekiano destaca la fragmentación del conocimiento y su dispersión entre la multitud de consumidores y productores individuales como el problema principal de la cooperación social y económica y considera el sistema de precios del mercado como el medio por el cual se descubre y comunica dicho conocimiento disperso a los que toman las decisiones relevantes en el proceso de producción.[4]

El otro paradigma es el paradigma “misesiano”, llamado así porque Ludwig von Mises fue el primero en exponerlo sistemáticamente. Este paradigma representa un desarrollo del pensamiento de Böhm-Bawerk y se centra en el cálculo monetario utilizando precios reales de mercado como condición previa necesaria para la asignación racional de recursos dentro de un sistema económico que muestra especialización y división del trabajo.[5]

Por desgracia, la mayoría de quienes actualmente se consideran a sí mismos como “economistas austriacos” no han percibido las diferencias considerables entre estos dos paradigmas, y como Mises fue la principal influencia sobre los primeros escritos de Hayek sobre la teoría del ciclo económico y el cálculo socialista, la manifestación más importante de este defecto es la tendencia a atribuir a Mises posturas originadas por Hayek o desarrolladas independientemente por quienes trabajan dentro del paradigma hayekiano. Esta tendencia se refuerza por lo que podría llamarse la “presunción whig”, que inexplicablemente sigue prevaleciendo entre muchos austriacos, a pesar de la publicación del libro de Thomas Kuhn hace tres décadas, de que como Hayek “vino después” de Mises debe haber incorporado en su propia obra todo lo valioso de su predecesor.[6] El resultado es que la atención se ha desviado del paradigma misesiano y quienes tratan de profundizar en él y extenderlo han encontrado cada vez más difícil obtener reconocimiento para sus propios esfuerzos o canalizar los intereses y esfuerzos de investigadores austriacos más jóvenes hacia este trabajo. Por eso actualmente existe una necesidad acuciante, especialmente para los misesianos, de asumir la tarea de una diferenciación doctrinal valiente y completa entre Hayek y Mises.

La evidencia de esta necesidad se presenta en algunas de las contribuciones a este Festschrift en honor de Hans Sennholz (paradójicamente, un alumno de Mises cuyos escritos sobre la mayoría de los temas entran completamente dentro del paradigma misesiano). Aunque este libro contiene en muchos trabajos informativos, instructivos o inspirador es de personas que han estado ligadas al Dr. Sennholz en diversos ámbitos o que se han visto profundamente influidos por sus prodigiosos y profundos escritos sobre un amplio rango de temas político-económicos, me interesan principalmente un puñado de contribuciones de economistas austriacos académicos. En lugar de ofrecer un análisis crítico de estos trabajos, me limitaré a demostrar que, en cada caso, el autor imputa a Mises un apoyo implícito o explícito o la autoría de una o más posturas originadas por Hayek o basadas en una visión hayekiana del proceso de precios del mercado.

Empezaré con la contribución de Israel M. Kirzner titulada “Human Action, Freedom and Economic Science” (pp. 241-49), que trata sobre la evolución de su propia comprensión del concepto misesiano de la acción humana desde la publicación de su primer libro en 1960[7] a 1991, el año en que se completó el ensayo que revisamos. En este ensayo, Kirzner rechaza explícitamente la posición que adoptaba en el último capítulo de su libro de 1960 en la que el elemento definitorio de la acción humana es el “propósito” considerado estrechamente como expresado en la economización y la decisión y que toda la estructura de la economía misesiana, incluyendo su esbozo del proceso dinámico del mercado, puede deducirse lógicamente de la idea del “poder de la razón para guiar el comportamiento con un propósito” (p. 224). Kirzner nos informa ahora que ha llegado entender que su anterior comprensión de la postura de mises es “inadecuada”, porque solo puede generar conclusiones acerca de “decisiones tomadas en situaciones concretas” y por tanto es incapaz de analizar “esos procesos sistemáticos del mercado que son tan esenciales para la economía misesiana” (p. 224).

Aunque Kirzner sigue atribuyendo un papel central al concepto de propósito en su reinterpretación de Mises, es un concepto privado de referencias explícitas a la economización y la decisión y completamente redefinido en términos de alerta y descubrimiento. Así, para Kirzner, “el propósito o de la acción humana (…) es la clave esencial para el descubrimiento por los agentes de que en realidad no están en las ‘situaciones concretas’ que habían asumido hasta ahora que eran relevantes” y es el “propósito el que define e identifica la acción humana consciente” que motiva “la alerta ante el mundo dinámico en el que vivimos” (pp. 245, 247). Estos atributos esenciales de propósito se resumen en otro lugar por parte de Kirzner en la declaración de que “la acción humana con un propósito implica una postura alerta hacia el descubrimiento de oportunidades hasta ahora no percibidas y su explotación”.[8] Es verdad que, al proponer esta definición, no es intención de Kirzner ignorar completamente en el aspecto de propósito que se expresa en la decisión humana.[9] Sin embargo no ofrece ningún argumento que establezca una relación lógica entre estos dos aspectos de propósito y se limita a afirmar una “propensión” predominante propia de la acción humana “para olfatear oportunidades que estén a la vuelta de la esquina”, “para descubrir lo que es útil”, “para estar alerta ante las oportunidades”, “para advertir lo que puede ser útil”, etc. Con este procedimiento, Kirzner espera proporcionar una base praxeológica para la tendencia empírica del proceso de mercado hacia el equilibrio que alega Hayek.[10] Así que Kirzner rechaza lo que llama “cualquier patrón de maximización asignativa” o “toma estática de decisiones”, es decir, decisión, como una expresión trivial de propósito que es incapaz de ilustrar las tendencias equilibradoras del proceso dinámico del mercado. En su lugar propone “descubrimiento”, es decir, “la propensión emprendedora del hombre para descubrir cambios que puedan redundar en su beneficio”, como el distintivo de la acción humana con un propósito (p. 245).

Es importante reiterar en este punto que Kirzner no está criticando la concepción de Mises de comportamiento con un propósito, sino su propio error anterior en comprender completamente esta concepción, imputando así a Mises el origen de la perspectiva de descubrimiento que Kirzner ha desarrollado tan elegantemente en sus trabajos posteriores. Así que cuando se enfrenta a la pregunta de por qué Mises apoyaba aparentemente su interpretación anterior errónea de su postura escribiendo un prólogo laudatorio a su libro de 1960, Kirzner responde que Mises no “articula explícitamente” las ideas generadas por esta perspectiva y por tanto es posible que hubiera creído que lo que estaba implícito en su propia postura estaba también implícito en la “exposición superficial” de Kirzner de esa postura. O, alternativamente e incluso menos probablemente, Kirzner especula que el propio Mises puede no haber sido consciente de estas implicaciones trascendentales de su propio pensamiento (p. 249, n. 1).

Sin embargo, me gustaría sugerir que la explicación más sencilla y plausible para el prólogo sin censuras de Mises es la correcta: El último capítulo de Kirzner daba una explicación completa y adecuada de lo que Mises sabía que era su propio “punto de vista económica”, cuyo elemento central Mises caracterizaba repetida y explícitamente como la acción humana con un propósito y describible en términos de decisión y de asignación eficiente de recursos escasos. Además, contrariamente a la idea de Kirzner, Mises sí tuvo realmente éxito en deducir de esta noción restringida de comportamiento con un propósito teoremas catalácticos relevantes para el análisis del proceso dinámico del mercado. Antes de argumentar este punto, demostraré que el énfasis de Kirzner en el descubrimiento como la esencia del propósito le hace incapaz de contar con el proceso de decisión y, en último término, con la misma existencia del hombre que actúa.

Para Mises, la acción humana, ya sea aislada o incluyendo intercambio monetario, está siempre motivada por el deseo del actor de mejorar su bienestar y consiste en elegir entre empleos alternativos de recursos cuyos resultados futuros necesariamente no se conocen con seguridad. Como el proceso de elección implica necesariamente incertidumbre (elección y acción serían evidentemente inútiles en un mundo en el que los seres humanos estuvieran predestinados a resistir una secuencia rígidamente intercambiable de eventos futuros conocidos con perfecta certidumbre), el requisito previo para cualquier acción concreta de elección es la adquisición de conocimiento, a través de experiencia directa o de otras fuentes de información, acerca de los acontecimientos y las circunstancias prevalecientes del pasado reciente que puedan ser relevantes para formular una “comprensión” de las condiciones futuras que puedan impactar las acciones bajo consideración. Por ejemplo, si el actor está eligiendo entre inversiones alternativas de recursos para producir bienes destinados a venderse en el mercado., la información sobre procesos “actuales”, es decir, los precios conocidos del pasado cercano, además del conocimiento cualitativo con respecto a las condiciones técnicas de producción más recientes y las condiciones que subyacen en las demandas de los consumidores, es una guía casi indispensable para prever condiciones futuras del mercado. Solo sobre la base de ese conocimiento y previsiones el actor es capaz de evaluar y estimar los precios futuros de los diversos productos que entran en sus cálculos de beneficio monetario. Estos cálculos permiten su clasificación de las inversiones alternativas bajo consideración, lo que a su vez le permite asignar deliberada y eficientemente sus recursos en el momento de la decisión.

Así que, para Mises, el momento de la decisión coincide con la aparición de una escala de valor que es la razón de ser y la consumación de las actividades previas de “descubrimiento” del actor y que proporciona el marco para un comportamiento deliberado. Elección y acción solo pueden concebirse ocurriendo dentro de esa “situación concreta”. Contrariamente a la interpretación posterior de Mises por Kirzner, el descubrimiento no puede servir como núcleo del axioma central en un sistema praxeológico, precisamente porque no hay posibilidad de inferir de él el requisito previo de la “situación concreta” en el momento de la decisión. Quien está buscando siempre “descubrir cambios que se han producido” en esta situación no pueden actuar nunca sobre esos descubrimientos, porque es incapaz de crear el marco para una elección. En la nueva interpretación de Kirzner, por tanto, el homo agens misesiano se ha transformado en homo quarens, un buscador perpetuo y desorientado de nuevo conocimiento que siempre es incapaz  tenerlo en cuenta para mejorar su bienestar: una sombra que se ha despegado del tiempo (prexológico), sin tener existencia en lo que Mises llama el “presente real”, esa secuencia interminable de “situaciones concretas” que crea la evaluación emprendedora deliberada de la experiencia pasada y la previsión del futuro y en la que se inicia toda acción y se vive toda vida humana.[11]

Hemos establecido así que, según Mises, el “descubrimiento” está lógicamente implícito en el mismo concepto de elección y no tiene que plantearse como una faceta independiente del propósito humano y, además, que la propensión a descubrir nuevas oportunidades, cuando se analiza aisladamente como la característica esencial o predominante del propósito es incapaz de generar ninguna proposición con sentido acerca de la acción humana, por no mencionar el proceso del mercado. O, en otras palabras, desde la perspectiva de la praxeología misesiana, la recogida de información empresarial y la previsión no son nunca actividades autónomas y de flujo libre que expresen directamente un propósito, sino que están rígidamente gobernadas por las exigencias de elegir bajo incertidumbre. En mi interpretación, por tanto, es una distorsión importante de la opinión de Mises decir con Kirzner que es el elemento del descubrimiento en la acción humana en lugar de la “racionalidad maximizadora” el que “dirige el mercado” (p. 247). Para Mises, es el hecho de que el empresario desea asignar eficientemente sus recursos al servicio de su objetivo de maximizar el beneficio (y, en último término, la utilidad) que dirige tanto su búsqueda de la comprensión de las condiciones futuras del mercado como cuando esta búsqueda culmina en la elección deliberada de procesos de producción, el proceso dinámico del mercado.

¿Pero qué pasa con la afirmación de Kirzner de que un sistema teórico derivado de un concepto de propósito al que le falta una dimensión descubridora independiente es incapaz de dilucidar “aquellos procesos dinámicos a través de los cuales el mercado absorbe y responde a cambios exógenos” y que es esencial para la economía misesiana (p. 245)? De hecho, la cataláctica misesiana es exactamente la extensión de las implicaciones del comportamiento intencionado llevado a cabo por personas que perciben los beneficios de la especialización y el intercambio descritos por la ley de la ventaja comparativa y cuyas actividades productivas están dirigidas por el cálculo económico a satisfacer demandas previstas de los consumidores de la manera más barata posible. Para Mises, una de las funciones más importantes del proceso del mercado es proporcionar los datos numéricos con sentido, los precios monetarios, que se usan para esos cálculos económicos. Estos cálculos de beneficio monetario permiten a cada productor discernir y elegir intencionadamente ese patrón de uso para sus recursos que le permita maximizar su satisfacción en la participación en el proceso de intercambio. Debido a la complejidad de las interrelaciones técnicas entre los factores de producción y las innumerables posibilidades de su uso y combinación dentro de una economía que usa capital, sin la capacidad de calcular, los productores, no importa cuánto conocimiento cualitativo de los datos económicos descubran o dispongan, nunca serían capaces de usar dicho conocimiento en busca de sus propósitos y abandonarían la cooperación social bajo la división del trabajo como medio para mejorar su bienestar.[12] Así que separar elección de descubrimiento, lejos de dilucidar la naturaleza y funcionamiento del proceso dinámico del mercado, genera la condición bajo la cual deja de funcionar.

Tras haber relacionado el comportamiento individual intencionado con el proceso del mercado a través de la teoría del cálculo monetario, Mises formulaba a continuación su teoría cataláctica, basada en la teoría de precios de Böhm-Bawerk y su propia teoría del promotor-emprendedor para analizar el funcionamiento de este proceso. Para argumentar que la visión de Kirzner del proceso de mercado tiene mucho más en común con Hayek que con Mises, permitidme que enumere brevemente las características más destacadas de la comprensión de Mises del proceso dinámico del mercado como resultado de acciones calculables.

Me centro primero en las características de los precios que genera el proceso del mercado y sirven como datos para el cálculo económico. Son precios obtenidos o, en otras palabras, son el resultado real del proceso histórico del mercado en cada momento del tiempo y están determinados por las escalas de valor de los pares marginales en cada mercado. Por tanto, son también precios de liquidación del mercado cuyo establecimiento coincide con una situación momentánea, a la que Mises llama “estado natural de reposo” (ENR),[13] en el que ningún participante en el mercado, a partir de su clasificación de utilidad marginal de bienes y dinero y su conocimiento de los precios prevalecientes, puede mejorar su bienestar participando en más intercambios. Sin embargo, a pesar de su carácter como precios de liquidación del mercado, también son precios de desequilibrio. Así que, como consecuencia de errores inevitables de previsión empresarial y estimación de precios bajo incertidumbre, la mayoría de los bienes se venden a precios que no se adecúan a sus costes monetarios de producción, generando así beneficios y pérdidas generalizados a los productores. Tampoco la ley de precio único para materias primas y la ley asociada pero más amplia de la igualdad espacial absoluta del poder adquisitivo del dinero se cumplen en el ENR, porque las condiciones del mercado están cambiando continuamente, mientras que la información de cada negociador acerca de las condiciones está necesariamente incompleta y los procesos de arbitraje no funcionan instantáneamente.[14]

Segundo, para Mises el proceso de mercado está abierto y es emprendedor. Es abierto porque los continuos cambios exógenos en los datos económicos le impiden llegar a un equilibrio a largo plazo o lo que Mises llama un “estado final de reposo” (EFR), en el que todos los precios de las materias primas y el poder adquisitivo del dinero sufren un arbitraje perfecto, está ausente la tenencia especulativa de derechos sobre materias primas y se han erradicado completamente las pérdidas y ganancias.[15] El EFR es un constructo imaginario que permite al economista aislar y describir toda la secuencia de ajuste, incluyendo la reorientación consumidora de tiempo de la estructura de producción, que deriva de un cambio concreto en los datos económicos. En el análisis del EFR, el economista empieza con un EFR inicial, introduce una alteración en los datos, es decir, en gustos, tecnología, oferta monetaria, etc. y luego sigue los pasos con los que el mercado se ajusta a un nuevo EFR, manteniendo entretanto un rígido supuesto ceteris paribus. A partir de este análisis puede deducirse que la reasignación de recursos de procesos de producción menos rentables a más rentables coincide con una mejora en la satisfacción de los deseos de los consumidores.

O el economista puede emplear el análisis EFR para demostrar que, si en algún momento cesaran todos los cambios adicionales en los datos económicos, los procesos de ajuste que funcionan actualmente en respuesta a cambios pasados acabarían culminando en un EFR y, si no aparecieran otros cambios, en un estado de actividad robótica repetida o “economía de rotación constante” (ERC), en el que la incertidumbre, el emprendimiento y la demanda de un medio de intercambio son eliminados y la mismas condiciones de decisión y acción desparecen. Este último modo de emplear el análisis el análisis es eficaz para ilustrar que en cualquier momento todo comportamiento intencionado a alcanzar un estado óptimo de satisfacción tiende a establecer un estado de inacción. Lo que impide la aparición de ese estado en el interminable cambio en medios y fines de la acción. Así, desde el punto de vista de la cataláctica misesiana, declarar que el mercado se “equilibra” nunca puede querer decir que el proceso del mercado progrese realmente hacia un equilibrio concreto a largo plazo en tiempo histórico o de calendario. Puede significar que las reasignaciones de recursos productivos asumidas por empresarios tratando de explotar oportunidades previstas de beneficio (siempre y cuando se aprecien esos beneficios) generen un estado relativamente mejorado de satisfacción de deseos de consumidores. O puede significar que el complejo de decisiones y acciones autónomas pero coordinadas que constituyen el proceso del mercado, en cualquier momento histórico, se dirige a establecer un estado óptimo de satisfacción del consumidor y acabaría en ese estado en ausencia de más cambios en los datos.

Pero, a pesar de su utilidad, el análisis EFR nunca fue entendido por Mises como una forma de proporcionar una comprensión de la función del emprendedor o “promotor” cuyas actividades hacen que el proceso abierto del mercado se desarrolle realmente en el tiempo. Para Mises, el concepto de promotor va más allá de la categoría  del emprendedor puro derivado del axioma de la acción y su constructo implica conocimiento de un dato fundamental del análisis cataláctico: el que algunas personas están más dotadas que otras para anticiparse y ajustarse al cambio.[16] Dentro del contexto del proceso misesiano del mercado, los promotores-emprendedores son quienes buscan lucrarse promoviendo activamente el cambio. No se contentan con ajustar pasivamente sus actividades catalácticas a cambios previsibles o a cambios que ya se han producido en otras circunstancias. Por el contrario, consideran el propio cambio como una oportunidad para mejorar sus propias condiciones y tratar de anticiparlas y explotarlas agresivamente. El proceso real del mercado es por tanto emprendedor en el sentido de que está dirigido por una clase de personas identificables, aunque siempre cambiantes, cuyas actividades productivas están dirigidas por el cálculo monetario basado en una previsión intencionada y perpetua de un futuro incierto y cambiante.[17] Como se ha señalado antes, los precios usados en dicho cálculo son los precios previstos en el futuro, es decir, los precios anticipados a producirse en momentos futuros de un proceso abierto del mercado que nunca dejarán de estar sacudidos por cambios en los datos económicos. Debería destacarse que estos precios no son los mismos precios que aparecen en el curso de proceso ceteris paribus o “sistemático” (como lo llama Kirzner) del mercado pregresando suavemente hacia el EFR.

Tercero y finalmente, Mises concibe el proceso del mercado como coordinativo, “la esencia de la coordinación de todos los elementos de oferta y demanda”.[18] Esto significa que la estructura de los precios advertidos (en desequilibrio), que aparece constantemente en curso del proceso del mercado y cuyos elementos se emplean para el cálculo monetario, lleva a cabo la indispensable función de liquidar todos los mercados y, en el proceso, coordinar los empleos y combinaciones productivos de todos los recursos entre sí y con las preferencias anticipadas de los consumidores. Esa “coordinación de precios”, al asegurar que los recursos escasos están garantizados para los empresarios que ofrezcan precios más altos también asegura que prevalece en cada momento la “ley de los costes” de Böhm-Bawerk, es decir, que la constelación de los precios de recursos que aparece en un mercado sin restricciones legales siempre refleja la circunstancia de que los recursos existentes se dedican a sus usos más valiosos determinados por la evaluación empresarial de futuros precios de producción.[19] Debería advertirse que, como concepto aplicable al mundo real de incertidumbre y cambio, la coordinación misesiana de precios es congruente con la retención especulativa de mano de obra y otros recursos en la producción actual e previsión de la posterior aparición o descubrimiento usos más valiosos.[20] Aunque esas actividades especulativas pueden modificar la forma de las curvas momentáneas de oferta y demanda y las valoraciones de los pares marginales en los mercados afectados, no quieren en modo alguno alterar la cualidad coordinadora del proceso de mercado.[21]

Desde la perspectiva misesiana, la coordinación de precios es por tanto la misma esencia del mercado y un atributo necesario para su existencia real. Como tal, es un concepto ex post. En ausencia de coordinación de precios,, por ejemplo, en un régimen de control total de precios, la asignación de recursos escasos dentro del sistema social de satisfacción de deseos se convierte en privado de sentido y caótico. El concepto de equilibrado, por otro lado, es un concepto ex ante que expresa un reconocimiento de que los emprendedores, respondiendo al atractivo de los beneficios monetarios, tratan de prever y eliminar los desajustes que aparecen constantemente entre medios y fines y que su éxito en hacerlo culminaría en un estado de satisfacción óptima, es decir, de inacción. Por tanto, el equilibrado supone una coordinación de precios de la misma manera que, en un proceso no social de satisfacción del deseo individual, la asignación intencionada de recursos supone la existencia de una escala unitaria de valor por medio de la cual pueden evaluarse y clasificarse los recursos de una manera sensata.[22]

Dejadme comparar esta interpretación de la visión de Mises del proceso del mercado que se deduce del axioma del comportamiento intencionado con la interpretación kirzneriana que atribuye la postura axiomática en el sistema praxeológico de Mises a la proposición de que los individuos tienen una propensión a descubrir cambios que ya se han producido en sus situaciones concretas. En esta última interpretación, Mises no ve y mercado como un proceso abierto, como un complejo entrelazado de procesos históricos de ajuste en diversos estados de desarrollo que se influyen mutuamente, un proceso que está constantemente cambiando de dirección en respuesta a nuevos cambios en los datos y en realidad nunca se aproxima temporalmente a un estado de descanso de inactividad finales. Más bien, la interpretación kirzneriana destaca el mercado como un proceso “sistemático”, que realmente progresa hacia el equilibrio mediante una creciente coordinación de los planes de los participantes del mercado. El objetivo último de este proceso, la coordinación perfecta de los planes individuales, es un atributo del estado final de equilibrio. Pero esa “coordinación de planes” está a un mundo del concepto de coordinación de precios esbozado antes. Este último concepto, como he argumentado, se refiere a una coordinación apreciada de todos los planes de compra y venta de personas dispares y contingentes subyaciendo las curvas de oferta y demanda del mercado, que realmente existen en cualquier momento dado en un mundo cambiante e incierto. La coordinación de planes, por otro lado, describe una situación imaginaria en la que autómatas repiten interminablemente un patrón constante y perfecto, una situación que equivale a la adaptación perfecta de los elementos entre sí en una fábrica completamente robotizada.

En realidad, la perspectiva de descubrimiento de Kirzner no se origina en el concepto de Mises de la acción humana, sino en la concepción de Hayek del mercado como un medio para diseminar el conocimiento que guía sistemáticamente a quienes, descentralizada e inicialmente ignorantes, toman las decisiones para una completa coordinación ex ante de sus diversos planes de producción y consumo.[23] Pero como la coordinación de planes ex ante solo puede lograrse en el equilibrio a largo plazo (es una condición que define dicho equilibrio), como tanto Hayek como Kirzner reconocen, este último se ve obligado a cambiar su enfoque analítico del proceso abierto del mercado del mundo real a un hipotético proceso de mercado que se genera por una ignorancia inicial entre los participantes del mercado del rango completo de oportunidades de intercambio que permite la configuración prevaleciente y fija de los datos económicos y que por tanto debe acabar en un EFR.

Con la posibilidad de cambio exógeno y verdadera incertidumbre eliminada así de su ámbito, el análisis de Kirzner del proceso del mercado no tiene ningún uso para el concepto del promotor-emprendedor dinámico que está perpetuamente previendo y evaluando el futuro en búsqueda de oportunidades anticipadas de beneficio. El proceso del mercado se caracteriza ahora como dirigido hacia su objetivo fijo y final de una coordinación perfecta de planes por parte de descubridores-emprendedores alerta ante “cambios que se han producido en sus propias situaciones de mercado”, es decir, ante discrepancias que aparecen contemporáneamente entre los precios del mismo bien disponible en distintos lugares o en distintas formas (productos virtuales, es decir, recursos y productos reales). En estas condiciones casi estáticas, la producción pierde su dimensión temporal y puede concebirse como un asunto de puro arbitraje, es decir, de compra y venta simultánea del mismo bien en mercados espacialmente dispersos. Solo bajo estas circunstancias, en las que los productores pueden ser calificados como arbitrajistas, puede ser verdad la proposición hayekiana de que la información acerca de los precios del pasado inmediato sustituye al conocimiento cualitativo detallado de condiciones pasadas y futuras del mercado a la hora de dirigir el proceso de producción. Al actuar los productores-arbitrajistas para explotar discrepancias recién descubiertas entre los precios que prevalecen en entradas y salidas, disminuye apreciablemente la ignorancia de oportunidades mutuamente beneficiosas de intercambio entre los participantes del mercado, se coordinan progresivamente los planes de compra y venta de las personas (en el sentido ex ante) y los precios se dirigen sistemáticamente hacia sus valores finales de equilibrio.

Una vez eliminamos la suposición de una ausencia de cambio exógeno al analizar el proceso del mercado, las caracterizaciones de Kirzner del emprendedor como un descubridor alerta de oportunidades existentes, del proceso del mercado como un medio para la coordinación de planes y de los precios percibidos como un sustitutivo del conocimiento cualitativo acerca de los datos económicos, caen todos por tierra. Y esto es lo que deberíamos hacer también interpretando a Mises, porque este no emplea esos supuestos para analizar la función del emprendedor o deducir conclusiones acerca del proceso dinámico del mercado. Como he señalado antes, para Mises el análisis del EFR, que utiliza este supuesto, es principalmente útil para demostrar que las consecuencias de un cambio en los datos económicos no se limitan al ajuste inicial del precio al mercado, sino que también implican ajustes a más largo plazo en la asignación de recursos y la estructura de producción.

Hayek, por el contrario, incluso en sus primeros escritos sobre teoría del ciclo económico, en los que estaba mucho más bajo la influencia de Mises, concebía la economía realmente alejándose y volviendo rápidamente hacia un “estado estático” bajo el impacto de los cambios en los datos. Así, en Teoría monetaria y ciclo económico, por ejemplo, Hayek escribía que “Pues hasta aquí, al menos mientras no están funcionando las influencias monetarias, tenemos que asumir que el precio que los empresarios esperan que resulte de un cambio en la demanda o de un cambio en las condiciones de producción coincidirá más o menos con el precio de equilibrio. Pues el empresario (…) generalmente estará en disposición de estimar el precio que se producirá después de que hayan tenido lugar los cambios [es decir, en el nuevo EFR].[24]

Aunque en escritos posteriores Hayek destacaba que el estado de equilibrio y la coordinación ex ante de planes es “una construcción que hay que admitir como ficticia” que nunca se observará en el mundo real, seguía insistiendo en que la eficiencia del proceso económico se mediría por su proximidad observada a dicho estado. Consecuentemente, en La teoría pura del capital argumentaba que la “justificación” del concepto de equilibrio “no es que nos permita explicar por qué las condiciones reales deberían en algún grado aproximarse a un estado de equilibrio, pero esa observación demuestra que lo hacen hasta un cierto punto muy aproximado y que el funcionamiento del sistema económica existente dependerá del grado en que se aproxime a esa condición”.[25] Al afirmar la “tendencia” de los precios del mercado a ajustarse a sus niveles de equilibrio, Hayek indica claramente que considera que el mercado histórico opera normalmente muy cerca del estado de equilibrio. Así que define “tendencia” en los siguientes términos: “Un fenómeno concreto puede tender a [aproximarse a] una cierta magnitud si en un gran número de casos puede esperarse que esté bastante cerca de esa magnitud, aunque no haya ninguna razón para esperar que realmente la alcance, por muy largo que sea el tiempo permitido para el ajuste”.[26]

De hecho, como señala Hayek, para que los precios cumplan con sus funciones de diseminación de conocimiento y coordinación de planes, la economía debe subsistir en un estado de lo que yo llamaría “equilibrio próximo”, en el que los precios percibidos son siempre indicadores bastante buenos de precios futuros. Hayek escribe:

La acción económica de éxito [o el cumplimiento de las expectativas que la impulsan] depende en buena parte de la aproximación correcta de los precios futuros. Estas predicciones se basarán en los precios actuales y sus tendencias. (…) De hecho, la función de los precios es precisamente comunicar tan rápidamente como sea posible las señales de los cambios que las personas no pueden conocer, pero a los que deben ajustar sus planes. Este sistema funciona porque la totalidad de los precios actuales es una indicación bastante fiable de cuáles serán probablemente los precios en el futuro.[27]

Kirzner evidentemente rechaza el concepto hayekiano del equilibrio próximo como una descripción realista del funcionamiento de la economía de mercado, argumentando que “el mercado está en un estado continuo de flujo y nunca está en estado de equilibrio ni cerca de él”. Continúa argumentando que “la capa [endógena] de cambio, que consiste en tendencias equilibradoras sistemáticas (que nunca consiguen completarse completamente antes de verse interrumpidas por nuevos cambios exógenos) es responsable del grado de eficiencia asignativa y el potencial crecimiento que muestran las economías de mercado”.[28] Pero si es así, Kirzner debe concluir lógicamente, algo que no hace, que las economías de mercado no son muy eficientes en absoluto, porque él ya ha argumentado que el proceso del mercado nunca avanzada demasiado hacia el estado idealmente eficiente de la coordinación perfecta del planes.[29] Aparte de esto, en la teoría de Kirzner del descubridor-emprendedor cuyas actividades dirigen sistemáticamente los precios del mercado hacia su configuración de equilibrio, puede considerarse como un intento de liberar a la noción de Hayek de eficiencia cataláctica como la coordinación ex ante de planes descentralizados de su dependencia del supuesto vago e insostenible del equilibrio próximo como estado normal de la economía histórica del mercado. Sin embargo, el propio intento de Kirzner invoca implícitamente las ideas de periodos durmientes, que separan sucesivas sacudidas exógenas y durante los cuales los cambios equilibradores endógenos tienen tiempo para desarrollarse en cierto grado.

Pero no hay más justificación en la obra de Mises para la idea de Kirzner del equilibrio en tiempo real que para el equilibrio próximo hayekiano. Como destacaba Mises, es imposible determinar y sugerir con algún sentido que la economía real esté más cerca del EFR y que por tanto se manifieste una coordinación superior de planes y una mayor eficacia asignativa en un momento del tiempo que en un momento anterior. Para Mises cada momento que pasa introduce nuevos cambios exógenos en el sistema que afectan y reorientan el proceso presente del mercado hacia un nuevo EFR. Como consecuencia, puede decirse muy poco acerca del progreso de cualquiera de un grupo de procesos de ajustes individuales que componen el proceso del mercado. De hecho, la misma idea de un único proceso compartimentalizado de ajuste no es más que una ficción analítica útil que permite al economista dar sentido a los fenómenos abrumadoramente complejos del proceso unitario del mercado. En palabras de Mises: “Los diversos procesos de ajuste en realidad no están aislados. Sincronizadamente, un número indefinido de ellos sigue su camino, sus rutas se entrelazan y se influyen mutuamente entre sí. Desenredar esta intrincada trama y observar la cadena de acciones y reacciones puesta en marcha por un cambio concreto de los datos es una tarea difícil para la comprensión del historiador y los resultados son en su mayor parte magros y cuestionables”.[30]

En la interpretación alternativa de la opinión de Mises sobre el proceso del mercado que he estado exponiendo, la noción de eficiencia asignativa no tiene nada que ver con el criterio hayekiano de coordinación de planes. Más bien deriva del análisis de los principios de un comportamiento intencionado. Así, desde el punto de vista ex ante, la economía de mercado es perfectamente eficiente, porque las decisiones empresariales basadas en el cálculo monetario siempre generan evaluaciones y asignaciones de recursos en estricta concordancia con las preferencias anticipadas del consumidor, de la misma manera en que las decisiones de un actor individual producen un patrón de uso de recursos que refleja su clasificación de valoración de satisfacciones esperadas. Así la ley de costes de Böhm-Bawerk, según la cual el precio monetario de todos y cada uno de los recursos siempre se corresponde con el menos valorado de sus empleos para el cual su cantidad disponible basta, es decir, su producto ingreso marginal esperado, es el equivalente cataláctico perfecto de la ley de la utilidad marginal que gobierna el intercambio autista. Lejos de ser trivial, este concepto de eficiencia ex ante es indispensable para distinguir la economía no intervenida de mercado de otros métodos concebibles de organizar la cooperación social bajo una división del trabajo. Así que una economía industrial completamente planificada centralizadamente es imposible de llevarse a cabo, porque, en ausencia de intercambio real de factores productivos y precios genuinos de los factores, los planificadores son incapaces de evaluar el coste y por tanto de asignar intencionada o eficientemente los recursos existentes bajo su control de acuerdo con al menos su propia escala conocida de valoración de fines.

El criterio del bienestar social que está implícito en la cataláctica misesiana es por tanto el de “eficiencia de Böhm-Bawerk”, que destaca el papel del cálculo monetario en permitir a los individuos evaluar y asignar racionalmente los medios a su disposición cuando persiguen sus objetivos a través de la acción social, es decir, la acción que hace uso del intercambio voluntario y la división social del trabajo para alcanzar sus objetivos. Mientras que la eficiencia de Pareto y su variante de coordinación de planes de Hayek-Kirzner presenta patrones inalcanzables (porque se basan en información y previsión perfectas) para evaluar los resultados sociales del proceso de decisión, la eficiencia de Böhm-Bawerk invoca un patrón ideal asequible, es decir, la asignación eficiente ex ante de recursos por una persona que elige bajo incertidumbre e indica el funcionamiento coordinado cotidiano de la economía que se produce cuando se cumplen las condiciones previas institucionales del cálculo monetario y, por tanto, de la acción social racional. Jugadas bajo este criterio, las previsiones erróneas y malas inversiones que a veces caracterizan las decisiones empresariales no son una prueba en contra de la eficiencia del mercado del mundo real: el mercado es eficiente porque permite a las personas calcular y por tanto tomar decisiones con sentido para apropiarse de los grandes beneficios descritos por la ley de la ventaja comparativa y no porque generen una certidumbre absoluta o aproximada acerca de los resultados de estas decisiones (que, en todo caso, es algo que también niegan los que eligen la autarquía). En resumen, el mercado no intervenido es socialmente eficiente porque proporciona el incentivo para la acción social estableciendo un nexo fuerte entre productor y consumidor y que da una influencia completa a la decisión del consumidor a la hora de determinar la asignación de los recursos.[31] Por otro lado, cualquier intervención coactiva en el mercado, que necesariamente distorsiona o anula su intrincado nexo calculador que coordina las preferencias del consumidor y las decisiones de los empresarios, genera de inmediato una asignación menos eficiente los recursos, es decir, una que no refleja completa y exclusivamente las preferencias anticipadas de los participantes en la división social del trabajo y rebaja el bienestar social. Podemos concluir por tanto que todo acto de intervención rebaja sin ambages el bienestar social.[32]

Con respecto a la eficiencia ex post, la economía de mercado está de nuevo en completa armonía con la economía autárquica, con los errores y las ineficiencias empresariales en la producción, producto inevitable de la incertidumbre y el cambio. Sin embargo, la economía de mercado sí encarna un proceso que funciona para minimizar esos errores de ineficiencias. Este es el que Mises llamaba el “proceso selectivo”, que está funcionando continua y presentemente en todo momento a través de los beneficios y pérdidas monetarias, erradicando del mercado a los empresarios relativamente menos astutos y menos eficientes, al tiempo que transfiere el poder para elegir los mejores usos y combinaciones técnicas de recursos productivos a los empresarios más previsores y técnicamente eficientes.[33]

En la interpretación kirzneriana no hay una distinción clara ni con sentido establecida entre la eficiencia ex ante y ex post, porque el emprendedor como homo quaerens nunca se enfrenta al momento de la decisión, que le implicaría en la asignación intencionada de recursos o “economización robbinsiana”. Tampoco, por la misma razón, el proceso histórico del mercado puede en esta interpretación poseer un medio para eliminar sistemáticamente a los empresarios con menos éxito y pasar el control de los procesos productivos a los de más éxito. Sin sufrir nunca la carga de la necesidad de elegir, los descubridores-empresarios nunca necesitan poner en riesgo de pérdida ningún recurso al decidir aprovechar una oportunidad de beneficio. Al criticar la expresión “toma de decisiones” que se había puesto de moda junto con otra jerga tecnocrática en la década de 1950, Mises señalaba que la expresión está “pensada para desviar la atención del hecho de que lo que importa no es sencillamente tomar una decisión sino tomar la mejor decisión posible. Esto significa: actuar de tal manera que ningún fin menos urgentemente deseado deba ser satisfecho si su satisfacción impide el logro del fin más urgentemente deseado”.[34] Dada la evidente importancia que mises atribuye a la decisión intencionada en su praxeología y cataláctica, es difícil entender que hubiera aceptado una interpretación de su visión del proceso de mercado que asigna el papel central a un empresario que no elige.

Tal vez una de las consecuencias más desafortunadas de la igualación del pensamiento de Mises y de Hayek se manifiesta en la tendencia común de los actuales economistas austriacos a reformular todo su programa de investigación siguiendo una frase dicha por Hayek, atribuyendo sin crítica un apoyo de Mises a ese programa. La frase a la que me refiero es al comentario a menudo citado de Hayek de que “probablemente no sea una exageración decir que todo avance importante en teoría económica durante los últimos cien años fue un paso adelante en la aplicación coherente del subjetivismo”.[35] Sin embargo, para Mises, el objetivo de la investigación teórica en la economía no era sencillamente “extender el subjetivismo”, sino descubrir el enlace esencial entre el ámbito subjetivo del propósito y la valoración individuales y el proceso social de precios que proporciona los datos objetivos para el cálculo económico. Según Mises, ese empeño debe empezar con “ese brillante logro de los economistas clásicos (…) esencialmente una teoría de la acción calculadora” y luego ampliarse hasta “un sistema que trate todas las decisiones humanas, una teoría general de la acción”.[36] En otro lugar, Mises escribía que “oferta y demanda son solo los eslabones de una cadena de fenómenos, en uno de cuyos extremos hay (…) una manifestación visible en el mercado, mientras que el otro está enraizado profundamente en la mente humana”.[37] Una indicación adicional de que Mises creía que la tarea de la economía moderna era la de explicar la relación entre el propósito individual y los fundamentos catalácticos subjetivos de la sociedad es la carta de Mises a Hayek en la que le explica a que no estaba inicialmente decidido si titular a su obra maestra como La acción humana o Cooperación social.

La contribución de Richard M. Ebeling al libro Variations on the Demand for Money Theme: Ludwig von Mises and Some Twentieth-Century Views (pp. 127-138) sirve como ejemplo de esta confusión de programas de investigación. Ebeling da una muy buena explicación de las diferencias esenciales entre la aproximación del balance de caja de Mises para la demanda de dinero, que deriva de Carl Menger, y la aproximación del balance de caja de Cambridge formulado en los escritos de A. C. Pigou y tomado de la “tradición oral” que había iniciado Alfred Marshall. Ebeling procede luego analizar las aproximaciones macroeconómicas neokeynesianas y monetaristas desde la perspectiva de la aproximación metodológicamente individualista de Mises, criticando la tendencia tanto de los monetaristas como de los keynesianos a argumentar en términos de estabilidad o inestabilidad de la demanda agregada de dinero. Por desgracia, en su crítica, Ebeling tira al niño de la demanda de dinero con el agua sucia de la estabilidad, argumentando que “desde la perspectiva de Mises, es inapropiado hablar acerca de la demanda de dinero y su estabilidad” y que “hablar de la ‘demanda agregada de dinero de la comunidad’ no solo es metodológicamente incoherente, sino incompleto analíticamente” (pp. 135, 137).

Sin embargo, contrariamente a la afirmación de Ebeling, Mises sí sostenía que las demandas individuales de balances de caja podían y debían agregarse en un plan general de demanda de dinero en el mercado. Así, mientras advertía que la investigación sobre la demanda de dinero no podría “empezar con la demanda de dinero de la comunidad”, aceptaba íntegramente la legitimidad de agregar las demandas individuales en una demanda social, declarando que “La demanda de dinero de la comunidad económica no es sino la suma de las demandas de dinero de los agentes económicos individuales que la componen”.[38] Aunque ese agregado aparentemente inocuo de cantidades homogéneas pueda muy bien violar algún canon no escrito en del paradigma “objetivista” hayekiano, Mises claramente apreciaba que sin referencia a la demanda y la oferta de dinero sería imposible llevar a cabo el núcleo de su propio programa de investigación: integrar la teoría del valor y la teoría monetaria para conseguir la explicación de la estructura unificada de los precios monetarios cuya existencia es el sine qua non para el cálculo económico y la asignación intencionada de recursos dentro del marco de una economía basada en la división del trabajo.

En apoyo de la interpretación contraria a la agregación, Ebeling aduce sobre las ideas de Mises que: (1) el poder adquisitivo del dinero no es un precio único, sino una matriz de cantidades alternativas de los diversos bienes que la unidad monetaria reclama a cambio y (2) los cambios en la oferta de dinero nunca afectan a los elementos de esta matriz de poder adquisitivo de forma simultánea y equiproporcional y por tanto generan invariablemente redistribuciones permanentes de renta y riqueza real (p. 136). Pero, como apreciaba claramente Mises, estas ideas importantes que establecían la no neutralidad del dinero no son relevantes para la cuestión de si los planes de demanda de dinero pueden de agregarse apropiadamente o no entre individuos; más bien hablan del tema de la forma de la curva de demanda agregada del dinero, llegando a la conclusión de que dicha curva nunca puede ser rectangularmente hiperbólica.[39]

Mientras que la reticencia a ampliar el concepto de una demanda social para el dinero no puede atribuirse propiamente a Mises, puede detectarse en los primeros trabajos de Hayek sobre la teoría del ciclo económico. Así, en Teoría monetaria y ciclo económico, Hayek critica a Menger y Mises por “ incluir en la teoría del valor del dinero todas las influencias del dinero sobre los precios”.[40] En la práctica, Hayek está reprochando a Mises en particular por tratar de proporcionar un análisis integrado de las variaciones en la oferta de dinero en términos tanto de sus efectos sistemáticos sobre los precios relativos como de sus efectos sobre el nivel de los precios generales, en lugar de concentrarse solo en el otro tipo de análisis al que Hayek consideraba “la tarea mucho más importante” de la teoría monetaria.[41] En Precios y producción, Hayek va incluso más allá hasta animar a la apreciación por parte los teóricos monetarios de “lo superfluo del concepto de un valor general del dinero, concebido como el aspecto inverso de cierto nivel de precios”. Continúa escribiendo que el tipo de teoría monetaria cuyo desarrollo estaba buscando “ya no sería una teoría del valor del dinero en general, sino una teoría del influencia del dinero sobre los diferentes tipos de cambio entre bienes de todo tipo”.[42] Tampoco debe pensarse que Hayek está aquí criticando solo el concepto de un nivel estadístico de precios, debería señalarse que su crítica de Menger y Mises se realizaba a pesar de su reconocimiento explícito que su noción del valor general del dinero “no tiene nada que ver con ningún valor medible, en el sentido de algún nivel de precios”.[43] Al oponerse a la misma noción del poder adquisitivo general del dinero, Hayek, por supuesto, está deduciendo la inutilidad del concepto de una demanda agregada de dinero.[44]

Sin embargo, frente a la postura de Wieser-Hayek,[45] Mises sostenía que la evaluación social de los factores productivos a través de la competencia emprendedora en los mercados de recursos, que es la misma base del cálculo económico y de la acción intencionada, solo puede producirse en términos monetarios.[46] Así, en el curso de la estimación del ingreso marginal esperado de los productos de las diversas entradas en sus procesos planeados de producción y la determinación de los precios para ellos, el emprendedor no puede sino estimar el nivel absoluto de los precios, es decir, el poder adquisitivo general del dinero, porque los tipos de intercambio entre los diversos bienes presentes y entre los bienes presentes y futuros, es decir, los “precios relativos” más importantes para Hayek, están y deben estar incluidos en la estructura de los precios monetarios. O, dicho de otra manera, los efectos no neutrales del dinero sobre la economía funcionan solo a través del medio de los precios monetarios.

Estas consideraciones tienen a perderse de vista cuando nos centramos en el equilibrio próximo hayekiano, porque, fuera de un mundo incierto y cambiante, no hay necesidad de un proceso de evaluación monetaria para revolucionar y recrear continuamente la estructura de precios: en el equilibrio próximo, el dinero desempeña el papel de un oscuro numeraire, y la acción eficiente depende solo de que los empresarios conozcan la configuración actualmente prevaleciente de los precios relativos, que sirve como un indicador bueno, aunque no perfecto, de su probable configuración futura. Para Hayek, solo cuando la corriente del gasto monetario se expande o disminuye tiene un impacto no neutral sobre la economía, al causar cambios reversibles en los tipos de cambio propios del trueque al ir alejando temporalmente a la economía de su equilibrio próximo. Para Mises, por el contrario, solo la existencia de un medio de intercambio real y tangible con un mercado y, por tanto, una fuerza motriz por sí misma, permite el funcionamiento de los procesos de mercado. Así que, desde el punto de vista de Mises, no es el hecho inevitable de la inconsistencia del dinero con un estado imaginario que se aproxima al equilibrio, sino la intervención monetaria que dirige erróneamente los procesos devaluación dinámica la que falsifica los cálculos empresariales, perjudica la asignación eficiente de recursos y descoordina la economía.

La contribución de Sanford Ikeda, titulada “The Dynamics of Government Intervention: Theory and Implications” (pp. 201-212), es un intento interesante y original de formular “una teoría más sistemática de lo que podría llamarse el ‘proceso intervencionista’” y que toma la crítica de Mises del intervencionismo como punto de partida (p. 202). Lo que Ikeda busca es integrar la crítica misesiana con la teoría de la elección pública como medio para explicar el “flujo y reflujo del crecimiento [observado] del gobierno”, mostrando periodos prolongados de progresiva desregulación que alternan con periodos de creciente intervencionismo, sin que la fase desregulatoria ni la fase intervencionista acaben de culminar en un completo de laissez faire o en un socialismo integral, respectivamente (pp. 203-204).

Sin embargo, al analizar la “dinámica intervencionista misesiana” que dirige el proceso, Ikeda recurre a la visión kirzneriana del descubrimiento en el emprendimiento, en la que el emprendedor “sirve una función social resolviendo [inintencionadamente] el problema del conocimiento” (pp. 204-205). Descubriendo y arbitrando discrepancias entre precios simultáneamente existentes de bienes iguales o virtualmente iguales, el emprendedor repara los defectos de conocimiento de los participantes del mercado descentralizado y coordina mejor sus planes individuales de compra y venta. Sin embargo, como he argumentado antes, esta visión no está de acuerdo con la teoría del emprendimiento de Mises, que se centra en la función del emprendedor de calcular los usos más valiosos de las entradas actualmente disponibles sobre la base de precios anticipados de producción.

Ikeda también usa el concepto hayekiano de las “consecuencias no pretendidas” para describir el resultado de acciones concretas de intervención y califica al proceso intervencionista como un “proceso no pretendido” (p. 205). Sin embargo, desde la perspectiva misesiana, las motivaciones para las diversas facciones de intervención son precisamente aquellos beneficios inmediatos que buscan sus proponentes. Y aunque Mises admite que puede haber consecuencias “no previstas” a largo plazo en cualquier intervención, las atribuye, no a una condición inevitable e irremediable asociada con el “problema del conocimiento” de Hayek, sino a ideologías antisociales y deliberadamente oscurantistas que ciegan a las masas ante las conclusiones de la teoría económica.

Además, el análisis de Mises del proceso intervencionista no excluye la posibilidad de que los defensores de una intervención reconozcan y busquen sus consecuencias generalmente no previstas. Así, los sindicatos apoyan leyes de salario mínimo precisamente porque estas leyes hacen que el precio de los trabajadores no cualificados les expulse del mercado laboral y aumente la demanda de trabajadores cualificados sindicados, mientras que los funcionarios que pueblan los consejos municipales de control de alquileres pueden agradecer la creciente escasez de vivienda resultante de dicho control porque aumenta su poder, prestigio y el valor de los favores que pueden otorgar. De hecho, este es precisamente el objetivo de muchos ecologistas radicales al perjudicar la formación de capital y la productividad y producir un declive de la renta real y la población a través de regulaciones medioambientales. Las mismas crisis que se repiten regularmente al irse llevando a cabo los procesos intervencionistas también pueden ser deseadas por aquellos que están ideológicamente comprometidos con la extensión del control político sobre la economía.

Finalmente, creo que Ikeda sencillamente se equivoca cuando afirma que “el razonamiento subyacente de las críticas [de Mises] tanto del socialismo como del intervencionismo [es] el mismo: la existencia del problema del conocimiento hace desagradables e inesperadas las consecuencias de la intervención pública” (p. 208). Primero, como destaca Mises una y otra vez a lo largo de sus escritos, “el cálculo económico”, y no el conocimiento, es el “problema esencial y único del socialismo”.[47] Así, según Mises, ni siquiera si el consejo planificador central estuviera dotado de un conocimiento completo y perfecto de los datos económicos relevantes sería capaz de determinar lo óptimo de entre la infinitud de posibles usos y combinaciones técnicas de los factores disponibles de producción, sin recurrir al cálculo monetario utilizando precios genuinos del mercado.[48] Segundo, como acabo de señalar, desde la perspectiva misesiana, las consecuencias de una intervención no son necesariamente “inesperadas” para sus promotores y beneficiarios activos y no tiene que continuar siendo así para las masas a las que perjudica.

En su ensayo “Mises on Free Banking and Fractional Reserves” (pp. 517-533), Lawrence H. White interpreta la defensa de la banca libre de Mises basada en reservas fraccionarias de oro como un programa para economizan los costes de recursos de suministrar un medio de intercambio al tiempo que se asegura que la emisión de medios fiduciarios está regulada de acuerdo con el deseo de un dinero neutral, es decir, un dinero que no perjudica ni distorsiona los procesos reales subyacentes de la economía. Fue Adam Smith, el padre reconocido de la banca libre, el que introdujo en la teoría monetaria la idea de que un dinero material puro suponía un desperdicio de recursos escasos, mientras que fue Hayek el que originó el concepto, si no la expresión, de “dinero neutral”. Según Hayek en sus escritos de madurez, la “aproximación más cercana la práctica” hacía un ideal así, al que reconoce como “ficticio”, es un sistema monetario en el que “una creciente demanda de liquidez” es atendida por aumentos en la oferta monetaria dirigidos al mantenimiento de la estabilidad de un índice de precios de materias primas que serviría como indicador de los precios medios de los factores originales de producción, tierra y trabajo.[49] Asumiendo que no hay ningún aumento en las existencias de los factores originales, el principal logro del ideal monetario de Hayek generaría “constancia en el flujo del dinero”,[50] lo que, no casualmente, también resulta ser el objetivo deseado por los partidarios modernos de la banca libre.[51]

En su trabajo, White califica a Mises como el prototipo de los partidarios modernos de la banca libre, que se oponían a cualquier prohibición a los bancos privados en competencia que emitían medios fiduciarios vendibles en oro a la vista bajo la justificación de que “esa prohibición (1) haría a la economía más vulnerable a las sacudidas la demanda de dinero y (2) aumentaría innecesariamente el coste de suministrar a la economía medios de intercambio” (p. 528). Como señala White, esta interpretación de la justificación de Mises de la banca libre choca frontalmente con el argumento de Murray Rothbard de que Mises estaba a favor de la banca libre como un medio mejor de suprimir la emisión de medios fiduciarios, porque eludía los peligros asociados con ceder el control virtual sobre sistema bancario gobierno, un resultado que Mises creía que podría producir una prohibición legal directa de las reservas fraccionarias.

De hecho, la interpretación de White de las opiniones de Mises sobre las reservas fraccionarias y la banca libre se basa en su injustificada, aunque no intencionada, equiparación de Mises con Smith sobre la cuestión de los criterios para un sistema monetario ideal. White cae en el error porque olvida importantes pasajes en las mismas obras de Mises que cita y porque ignora evoluciones importantes en la teoría del dinero de Mises que se produjeron entre la publicación de la primera edición en alemán de La teoría del dinero y del crédito en 1912 y la publicación de Nationalokomie (el antecesor en idioma alemán de La acción humana) en 1940. En su trabajo de 1940, Mises nos dice que su “teoría monetaria se completó”, con la mezcla de “la teoría del intercambio indirecto con la del intercambio directo en un sistema coherente de acción humana”.[52] Estos desarrollos generaron una modificación importante de la evaluación anterior de Mises de los beneficios y costos relativos de los medios fiduciarios que no reconoce White.

Como señala correctamente White (pp. 520-522), en La teoría del dinero y del crédito Mises identifica tres beneficios importantes de la emisión de medios fiduciarios. El primer beneficio se refiere a la prevención de “convulsiones” en la actividad económica que se habrían producido en ausencia de una expansión de la oferta monetaria causada por la creación de medios fiduciarios como consecuencia de “una enorme ampliación de la demanda de dinero” y el consecuente aumento en su poder adquisitivo que se produciría por la extensión histórica de la economía monetaria. El segundo beneficio sería el smithiano con el que estamos familiarizados de reducir el “coste del aparato monetario”. Y el último beneficio de los medios fiduciarios sería que su emisión mejoraría suficientemente la rentabilidad las actividades de crédito del sistema bancario al principio de su historia para permitir su supervivencia y crecimiento. La única desventaja de los medios fiduciarios que reconocía Mises en este libro, según White, es relativamente menor: el riesgo de impago por parte del banco emisor debido a la mala gestión o las corridas bancarias. Así que White concluye que Mises “veía a la banca de reserva fraccionaria como una evolución natural y deseable en una sociedad libre” (p. 522).

Pero la conclusión de White es errónea, algo atribuible a su no aceptación completa de una de las contribuciones más famosas de Mises a la teoría económica: Su demostración de la relación causal entre medios fiduciarios y ciclo económico. White (pp. 524-525) evidentemente sostiene que según Mises los ciclos económicos se generan por el exceso de expansión de los medios fiduciarios por bancos centrales no limitados por las fuerzas competitivas del mercado. Sin embargo, el capítulo de Mises sobre el ciclo económico, que sigue directamente al capítulo que enumera los beneficios de los medios fiduciarios y que cita White en apoyo de su propia interpretación,[53] deja meridianamente claro que la causa necesaria y suficiente del ciclo es la divergencia insostenible entre los tipos de interés de “préstamos” y “naturales” generados por la creación de medios fiduciarios. Así que, para Mises, la descoordinación cíclica de la economía es en realidad una desventaja a considerar contra los medios fiduciarios por sí mismos. Consecuentemente, solo después de explicar completamente tanto las ventajas como las desventajas de los medios fiduciarios Mises, en una sección que comprende las últimas cinco páginas del libro (a la que no se refiere White) trata las “cuestiones básicas de una futura política monetaria”.[54] Aquí, Mises reimprime la conclusión de la primera edición en alemán (la edición en inglés es una traducción de la segunda edición alemana publicada en 1934), en la cual reclama enfáticamente la supresión de toda creación adicional de medios fiduciarios, si no la prohibición directa de la banca de reserva fraccionaria. Contrariamente a la afirmación de White, Mises estaba evidentemente convencido de que las desventajas de la emisión de medios fiduciarios, incluyendo ahora su propiedad de generación de títulos, superaba con mucho las ventajas que había enumerado anteriormente.

Mises concluye:

[Los medios fiduciarios] deberían lógicamente estar sometidos a los mismos principios que se han establecido con respecto al propio dinero: deberían tomarse las mismas medidas también en su caso para eliminar en lo posible la influencia humana sobre la tasa de cambio entre el dinero y otros bienes económicos. La posibilidad de causar fluctuaciones temporales en los tipos de cambio entre bienes de órdenes superiores o inferiores por la emisión de medios fiduciarios y las consecuencias perniciosas relacionadas con una divergencia entre los tipos de interés natural y monetario son circunstancias que llevan a la misma conclusión. Es evidente que la única manera de eliminar la influencia humana sobre sistema del crédito es suprimir toda posterior dimisión de medios fiduciarios. El concepto básico de la ley de Peel tendría que restablecerse e implantarse más completamente de lo que se hizo en la Inglaterra de su tiempo, incluyendo dentro de la prohibición legislativa la emisión de crédito en forma de cuentas bancarias.

Sería un error suponer que la organización moderna del intercambio esté predestinada a continuar existiendo. Lleva en sí misma el germen de su propia destrucción: el desarrollo de los medios fiduciarios debe llevar necesariamente a su quiebra. (…) Será una tarea para el futuro erigir salvaguardas contra el uso inflacionista incorrecto del sistema monetario por parte del gobierno y en contra de la extensión de la circulación de medios fiduciarios por parte de los bancos.[55]

Es difícil concluir la parte del pasaje que acabo de destacar en la cita anterior que Mises viera con ecuanimidad, ya no digamos con favor, la creación adicional de medios fiduciarios por bancos, sean “libres” o no.

White (p. 520) cita una parte de un párrafo de una obra posterior de Mises de 1928,[56] En la que Mises reitera que una supresión de la emisión de medios fiduciarios hubiera dado lugar a situaciones históricas en las que la aparición de una demanda excesiva de dinero habría generado un aumento en el poder adquisitivo de este, lo que habría sido temporalmente desventajoso para la economía. Sin embargo, White no cita la última frase de este mismo párrafo, que identifica un beneficio importante que se habría obtenido de la prohibición de más emisiones de medios fiduciarios: “la economía indudablemente no habría experimentado los tormentosos vaivenes seguidos por inversiones dramáticas de dichos vaivenes en forma de crisis y declives”.[57]

Mises también deja claro posteriormente el mismo trabajo que los beneficios de los medios fiduciarios son muy inferiores a sus costes en términos de descoordinación cíclica de la actividad económica. Por tanto, reclama la implantación de un programa formativo revisado sobre la divisa en los siguientes términos:

El requisito más importante de cualquier política cíclica, no importa lo modesto que pueda ser su objetivo, es renunciar a cualquier intento de reducir el tipo de interés por medio de una política bancaria por debajo del tipo que se desarrolle en el mercado. Eso significa un retorno a la teoría de la escuela de la divisa, que trataba de suprimir toda expansión futura del crédito de circulación y por tanto toda creación adicional de medios fiduciarios. (…) esto significa la introducción de un nuevo programa basado en la teoría de la antigua escuela de la divisa, pero expandido a la vista del estado actual de conocimiento para incluir los medios fiduciarios emitidos en forma de depósitos bancarios.[58]

Lejos de rechazar el programa de la escuela de la divisa, como nos querría hacer creer White, está claro que Mises deseaba reformularlo sobre una base teórica más sólida para reforzar su aplicación práctica. Así que, contrariamente a lo que dice White, Mises apoyaba un régimen de banca libre precisamente porque habría acabado generando una “restricción extrema en la emisión de medios fiduciarios”. Los banqueros libres aprenderían esa restricción por sus experiencias en crisis y corridas bancarias que se producirían inevitablemente durante el discurrir histórico del desarrollo de los medios fiduciarios. Una vez dichas lecciones fueran absorbidas por los empresarios bancarios más astutos, se aplicarían políticas de extrema precaución y restricción en todo el sistema bancario ya que los bancos menos responsables que persistieran en la creación adicional de medios fiduciarios se enfrentarían inmediatamente a la doble amenaza de las liquidaciones interbancarias adversas y la pérdida de confianza por la una o dos veces escarmentada clientela bancaria, ahora más sofisticada.[59] En este momento se implantaría completa y adecuadamente el programa de la escuela de la divisa, ya que extensiones adicionales del “crédito de circulación” por parte de los bancos se verían controladas y cualquier acumulación adicional de activos bancarios reflejaría un aumento en el crédito mercancía basado en depósitos temporales de inversiones en valores de fondos ahorrados voluntariamente.

Al contrario que en nuestros partidarios modernos de la banca libre, Mises no preveía en absoluto que el sistema de banca libre evolucionara hacia una relación minúscula de reserva de oro frente a pasivos de demanda y ni a la progresiva transformación del oro en un “activo de liquidación” interbancario desmonetizado en la práctica.[60] Para Mises, por el contrario, la devolución iría en la dirección opuesta, con una ignorancia empresarial inicial que precipitaría un primer derroche en la creación de medios fiduciarios y las consiguientes fluctuaciones cíclicas que devolverían lentamente a un sistema de reservas marginales del 100%, mientras se renovaría dolorosamente la conciencia entre la gente de que los billetes y depósitos bancarios no son dinero por sí mismos, sino únicamente derechos y sustitutivos del dinero, es decir, del oro.

Así que, en sus primeros escritos, Mises sí percibía que había ventajas concretas relacionadas en la emisión de medios fiduciarios, pero estaba dispuesto a renunciar a dichas ventajas por la mayor ventaja de mantener la integridad del cálculo monetario e impedir perturbaciones en la coordinación de precios y tipos de interés en la economía. Sin embargo, en el momento en que escribió La acción humana sus opiniones sobre emprendimiento, cálculo monetario y dinero habían evolucionado hasta el punto de que era capaz de darse cuenta de que los beneficios que en un tiempo había atribuido a la creación de medios fiduciarios eran en buena parte ilusiones. En particular, el Mises posterior abandonó su anterior creencia de que un aumento en el poder adquisitivo del dinero era de alguna manera desventajoso para la economía de mercado.

Con respecto a un mundo en el que se produce un aumento persistente “inducido por los bienes” en el poder adquisitivo del dinero resultante del crecimiento secular en las ofertas de materias primas y servicios en conjunción con una oferta monetaria nominal rígidamente fijada, Mises argumentaba en La acción humana que ese estado de cosas no perjudicaría la función coordinadora de precios en cada momento del mercado o afectaría a los cálculos monetarios que llevan a los empresarios a asignar eficientemente recursos productivos al servicio de las preferencias previstas del consumidor.

Como escribía Mises:

Empresarios e inversores (…) no necesitan el movimiento general de todos los precios. Lo que les importa es la existencia de discrepancias entre los precios de los factores complementarios de producción y los precios previstos del producto. Ningún empresario se embarca en un proyecto concreto de producción porque crea que van a subir los precios, es decir, los precios de todos los bienes y servicios. Se dedica a ello si cree que puede obtener un beneficio de la diferencia entre los precios de los bienes de distintos órdenes. En un mundo con una tendencia secular hacia la caída de precios, esas oportunidades de obtener beneficios aparecerán de la misma manera en la que aparecen en un mundo con una tendencia secular hacia un aumento en los precios. (…)

Una tendencia secular hacia el aumento en el poder adquisitivo de la unidad monetaria (…) indudablemente no influiría sustancialmente en el discurrir de los asuntos económicos. No eliminaría el deseo de la gente de mejorar su bienestar material en la medida en que sea posible mediante una disposición apropiada de la producción. No privaría al sistema económico de los factores que generan mejora material, es decir, de la lucha de los promotores empresariales en busca de beneficio y la disposición del público a comprar aquellos productos que sean aptos para proporcionarle la mayor satisfacción con el menor coste.[61]

Tampoco el Mises posterior compartía con Hayek y los partidarios de la banca libre un temor hacia las “sacudidas de demanda monetaria”, es decir, a algún aumento “inducido por el dinero” en el poder adquisitivo de este y causado y por una disminución en el flujo del gasto monetario debido al atesoramiento. En concreto, Mises niega que un aumento en la demanda de dinero a costa del gasto en bienes de consumo mientras la oferta monetaria permanece sin cambios vaya a impedir el proceso de transformar el ahorro real adicional así generado en una acumulación de los bienes de capital. El cálculo monetario, teniendo en cuenta el declive relativo en los precios de los productos de orden inferior y de consumo y de los factores no específicos de producción, reflejaría fielmente el aumento en la disponibilidad de bienes de capital y la perspectiva de mayores beneficios induciría a los empresarios a emplearlos en la expansión de sus operaciones. Como concluye Mises: “Lo principal es que los bienes de capital resultantes del ahorro adicional no se destruyen por cambios monetarios coincidentes. (…) Cada vez que una persona dedica una cantidad de dinero a ahorrar en lugar de gastar un consumo, el proceso de ahorro se ajusta perfectamente con el proceso de acumulación de capital e inversión. No importa si el ahorrador individual aumenta o no sus existencias de efectivo”.[62] Así que, para Mises, el proceso coordinativo y calculador del mercado puede responder y responderá con una eficiencia perfecta (ex ante) a cualquier combinación de cambios previstos en las preferencias del consumidor, incluyendo cambios en preferencias de “liquidez”.[63]

Esto nos deja finalmente solo con la ventaja de los medios fiduciarios de reducir el coste de suministrar un medio de intercambio. Aunque, como señala White, Mises se inclinaba por dar un gran peso a esta supuesta ventaja en sus primeros escritos, en La acción humana no alude a él. Sin embargo, sí se refiere a “lo cara que es la producción de oro” como “el mal menor” cuando se compara con el potencial inflacionista del papel fiduciario y el dinero crediticio.[64]

Por supuesto, en La acción humana, Mises seguía manteniendo su opinión anterior con respecto a la abrumadora desventaja de la creación de medios fiduciarios asociada con su potencial de falsificación de tipos de interés y cálculo monetario, introduciendo ineficiencia en la asignación intertemporal de los recursos y precipitando el ciclo económico. Esta evaluación posterior del enorme desequilibrio a favor de las desventajas de los medios fiduciarios puede haber llevado finalmente a Mises a superar sus anteriores temores sobre la expansión de la interferencia política con la banca que preveía como posible ramificación del programa muy radical de la nueva escuela de la divisa de prohibir legalmente todo aumento adicional de la circulación existente de medios fiduciarios, incluyendo tanto depósitos a la vista como billetes. Así, en su ensayo de 1952 “Monetary Reconstruction”, que se incluyó como Parte Cuatro en la segunda edición en inglés de La teoría del dinero y del crédito, Mises proponía un programa así como base para “la vuelta de Estados Unidos a una moneda fuerte”.[65]

Concluyo, por tanto, que resulta insostenible el intento de White de retratar las opiniones de Mises sobre reservas fraccionarias y banca libre como prototípicas de la escuela moderna de la banca libre, cuyos miembros toman su orientación analítica de la teoría monetaria hayekiana basada en el equilibrio. En la medida en la que Mises defendía la libertad de los bancos para emitir medios fiduciarios, solo lo hacía porque su análisis le llevaba a la conclusión de que esta política generaría una oferta monetaria regulada estrictamente de acuerdo con el principio de la divisa. El deseo de mises no era un dinero neutral, ni siquiera una aproximación en la práctica a este, sino eliminar completamente las influencias distorsionadoras de los medios fiduciarios sobre el cálculo monetario y el proceso dinámico del mercado.

Como indique al principio, mi propósito al escribir esta recensión ha sido concretamente mostrar y rebatir la tendencia común que creo que existe entre los compañeros economistas austriacos a confundir las opiniones de Mises y Hayek. Una adherencia rígida a esto ha hecho que el tono de la reseña sea decididamente negativo. Sin embargo, no debería entenderse que esté en desacuerdo con todo o siquiera con la mayoría de cada uno de los ensayos bajo revisión. Si hubiera revisado estos trabajos con un propósito más amplio en mente, el grado de coincidencia entre los autores de los trabajos y yo, basado en la “superposición mengeriana” entre los paradigmas misesiano y hayekiano habría sido bastante evidente. Es más, considero que las contribuciones de Kirzner y White en este libro son, cada una a su propia manera, excelentes resúmenes de los intentos pioneros de estos autores de sistematizar y extender en otro lugar el paradigma hayekiano. En el caso de Kirzner, puede argumentarse que su formidable obra define en buena medida este paradigma tal y como se encuentra actualmente. Y el empeño de White y la escuela moderna de la banca libre de dar a este paradigma una expresión macroeconómica contemporánea se basa en la concepción kirzneriana del proceso del mercado. El ensayo de Ikeda, a pesar de sus atribuciones a Mises, es un paso inicial prometedor en dirección a esbozar una teoría hayekiana del intervencionismo y el ensayo de Ebeling, en su mayor parte, sí capta la excepcionalidad y fecundidad de la aproximación misesiana a la demanda de dinero. Dicho esto, sigo insistiendo en que la homogeneización de las opiniones de dos pensadores brillantes, pero muy diferentes, no sirve hoy a ningún fin, sino que impide significativamente la búsqueda del conocimiento y la verdad entre aquellos que se encuentran dentro de la tradición mengeriana.


El artículo original se encuentra aquí.

[1] Por ejemplo, Erich Streissler, “To What Extent Was the Austrian School Marginalist?” History of Political Economy 4 (Otoño 1972): 426-441; William Jaffé, “Menger, Jevons and Walras De-Homogenized”, Economic Inquiry 14 (Diciembre 1976): 511-524; y los artículos y el número especial sobre Carl Menger y la Escuela Austriaca de Economía, Atlantic Economic Journal 6 (Septiembre1978).

[2] Jaffé, “Menger, Jevons and Walras De-Homogenized.

[3] Ver especialmente F. A. Hayek, “Some Remarks on the Problem of Imputation”, en idem Money, Capital, and Fluctuations: Early Essays, Roy McCloughry, ed. (Chicago: University of Chicago Press, 1984), pp. 33-54. El que no haya posibilidad de cálculo económico ni asignación racional o con un propósito de los recursos dentro de una economía basada en la división del trabajo en la que actúa solo una voluntad es, por supuesto, la esencia de la crítica del socialismo de Mises. Percibiendo la insalvable distancia entre su propia postura y la de Wieser sobre la posibilidad de imputar directamente valores a bienes de orden superior en ausencia de intercambio monetario, Mises, en sus Notes and Recollections ([Spring Mills, Ill.: Libertarian Press, 1978], p. 36), escribía que “La teoría de la imputación [de Wieser] es insostenible. Sus ideas sobre el cálculo del valor justifican la conclusión de que no podría calificársele como miembro de la Escuela Austriaca, sino más bien como miembro de la Escuela de Lausana”. Asimismo, Hayek, siguiendo explícitamente a Wieser, concibe el principal problema a explicar por la teoría del capital cómo es que los recursos no permanentes que constituyen las existencias de capital pueden generar un retorno (físico) neto permanente (F.A. Hayek, The Pure Theory of Capital [Chicago: University of Chicago Press, 19521, pp. 54-55). Este método de Wieser-Hayek de describir el quaesitum de la teoría del capital carga la suerte a favor de explicar el retorno interés del capital en términos de consideraciones de productividad (en lugar de preferencia temporal) y, al mismo tiempo, desviar la atención de lo que Böhm-Bawerk percibía brillantemente como la cuestión fundamental que debe ser satisfactoriamente respondida por una teoría correcta de interés y era respondida de esta manera por la teoría pura de la preferencia temporal de Mises: ¿Cuál es la causa de la diferencia de valor entre bienes que difieren solo en su disponibilidad temporal? Además, al teorizar sobre el capital, Hayek (ibid., pp. 27, 156) hace un uso importante del dispositivo wieseriano de una sociedad comunista sometida al control de un dictador omnisciente, un dispositivo que refleja una falta paradigmática de preocupación por los problemas de la evaluación y el cálculo monetario. Finalmente, tenemos la revelación de Hayek de que su doctrina del dinero neutral representa un desarrollo, aunque “inconsciente”, de los comentarios de Wieser sobre los efectos de “una oferta unilateral de dinero” (Hayek, “On Neutral Money,” en idem, Money, Capital, and Fluctuations, p. 160).

[4] Así, por ejemplo, la crítica de Wieser de la planificación centralizada se basa en una visión protohayekiana del mercado como medio para resolver problemas del conocimiento. Wieser escribe (Social Economics, A. Ford Hinrichs, trad. [Nueva York: Augustus M. Kelley, 19671, pp. 396-397): “La voluntad y orden únicos que, en la guerra y para la unidad legal, son esenciales e indispensables como unión de fuerzas comunes, resta valor en la acción económica conjunta a la eficacia de la acción. En la economía, aunque se haya convertido en social, el trabajo siempre se realiza fraccionadamente. (…) Rendimientos parciales de este tipo serían ejecutados mucho más eficazmente por miles y millones de seres humanos, mirando con miles y millones de ojos, ejercitando el mismo número de voluntades: estarían equilibradas, una frente a otra, y lo serían mucho más adecuadamente que si todas estas acciones, como si fuera algún mecanismo complejo, tuvieran que ser guiadas y dirigidas por algún control superior. Un apuntador centralizado de este tipo nunca podría estar informado de las incontables posibilidades a atender para cada caso individual, con respecto a la completa utilidad a derivar de circunstancias concretas o los mejores pasos a dar para un avance y progreso futuro”. Agradezco a Peter Boettke, de la universidad de nueva York, por llamar mi atención hacia este pasaje.

[5] Sobre la importancia crucial de cálculo económico en el paradigma misesiano, ver Joseph T. Salerno, “Ludwig von Mises as Social Rationalist”, Review of Austrian Economics 4 (1990): 36-41. Ver también idem, ‘Two Traditions in Modern Monetary Theory: John Law and A. R. J. Turgot”, Journal des Economistes et des Etudes Humaines 2 (Junio/Septiembre 1991): 368-370.

[6] Este recrudecimiento de la “presunción whig” entre miembros y observadores de la actual escuela austriaca fue expuesto recientemente en Murray N. Rothbard, The Present State of Austrian Economics, papel de trabajo del Ludwig von Mises Institute, Auburn, Alabama (Noviembre 1992), pp. 4-5.

[7] Israel M. Kirzner, The Economic Point of View: An Essay in the History of Econornic Thought, 2ª ed. (1960; Kansas City: Sheed and Ward, 1976).

[8] Israel M. Kirzner, Perception, Opportunity, and Profit: Studies in the Theory of Entrepreneurship (Chicago: University of Chicago Press, 1979), p. 109.

[9] Ibíd., pp. 28, 30-31.

[10] Ibíd., pp. 13-33.

[11] Para la concepción de Mises del “presente real”, ver Human Action: A Treatise on Economics, 3ª ed. (Chicago: Henry Regnery, 1966), pp. 100-101. [La acción humana]. Como señala Mises, “El presente como duración es la continuación de las condiciones y oportunidades concretas para la acción” (Ibíd., p. 101). He añadido las cursivas en esta cita.

[12] Para explicaciones recientes sobre la contribución de Mises al debate del cálculo socialista que consiste esencialmente en un argumento acerca del cálculo y no del conocimiento, ver Salerno, “Ludwig von Mises as Social Rationalist”. pp. 41-49; ídem, “Postscript: Why a Socialist Economy Is ‘Impossible'”, en Ludwig von Mises, Economic Calculation in the Socialist Commonwealth (Auburn, Ala.: Praxeology Press, 1990), pp. 51-71; Murray N. Rothbard, “The End of Socialism and the Calculation Debate Revisited”, Review of Austrian Economics 5 (2) (1991): 51-76; e ídem, “The Present State of Austrian Economics”, pp. 19-22. Parece que Richard Ebeling ahora también interpreta el argumento de Mises siguiendo una línea similar. Ver Richard M. Ebeling, “Introduction” en ídem, The Global Failure of Socialism (Hillsdale, Mich.: Hillsdale College Press, 1992), pp. 6-8.

[13] Según Mises (La acción humana, p. 900), “La idea de un estado natural de reposo, tal y como se desarrolla en la teoría elemental de los precios es una exacta descripción de lo que ocurre en todo momento en el mercado”. Para más explicaciones sobre el ENR, ver ibíd., pp. 244-245. Arthur Marget también reconoce claramente que todos los precios que aparecen realmente a lo largo del proceso histórico del mercado son y deben ser precios de liquidación del mercado que crean una calma temporal en el proceso. En palabras de Marget, “los precios que debemos explicar en definitiva son los precios ‘obtenidos’ en momentos concretos de reloj [y] los únicos planes de oferta y demanda que son directamente relevantes para la determinación de estos precios ‘obtenidos’ son los planes de oferta y demanda prevalecientes en el momento en que ‘obtienen’ estos precios” ” (Arthur W. Marget, The Theory of Prices: A Re-examination of the Central Problem of Monetary Theory, 2 vols. [Nueva York: Augustus M. Kelley, 1966], 2, p. 253). Para una explicación de la opinión de Marget del proceso de precios y su relevancia para la teoría monetaria, ver Joseph T. Salerno, “Ludwig von Mises’s Monetary Theory in Light of Modern Monetary Thought”, presentado en la Conferencia de Investigadores Austriacos, Nueva York, octubre de 1992, pp. 46-50.

[14] Para un análisis micro al estilo de Wicksteed de la tendencia del mercado a establecer rápidamente y mantener una igualdad interespacial en el poder adquisitivo del dinero, ver ibíd., pp. 41-45.

[15] La explicación de Mises de la naturaleza y usos del concepto de EFR puede encontrarse en Mises, Human Action, pp. 245-246 [La acción humana].

[16] Sobre el concepto de “promotor”, ver ibíd., pp. 254-255,303-311. Como señala Mises (ibíd., p. 585), “Lo que distingue al emprendedor y promotor de éxito de otras personas es precisamente el hecho de que no deja que le guíen lo que fue y es (es decir, los precios apreciados), sino que dispone sus asuntos basándose en su opinión acerca del futuro. Ve el pasado y el presente como los demás, pero juzga el futuro de forma diferente. (…) El impulso de sus acciones es que evalúa los factores de producción y los precios futuros de los productos que pueden fabricarse con ellos de una manera distinta de los demás”.

[17] Fue William H. Hutt (The Keynesian Episode: A Reassessment [Indianapolis: LibertyPress, 19791, p. 165) quien describió felizmente la actividad emprendedora como “dominada por una previsión perpetua”.

[18] Ludwig von Mises, “The Position of Money among Economic Goods”, en Money, Method, and the Market Process: Essays in Honor of Ludwig von Mises, Richard M. Ebeling, ed. (Norwell, Mass.: Kluwer Academic Publishers, 19901, p. 65.

[19] Sobre la ley de costes de Böhm-Bawerk como una formulación temprana del concepto de coordinación de precios, ver e Salerno, “Two Traditions in Modern Monetary Theory”, p. 369.La caracterización errónea de Böhm-Bawerk de su ley de costes como “una ley que tiene solo una validez aproximada y abunda en excepciones” resulta de su fracaso en darse cuenta de que esta ley no depende de asumir conocimiento y previsión perfectos. La ley de costes no requiere que los empresarios tengan un conocimiento perfecto de las condiciones futuras del mercado más de lo la ley de la utilidad marginal requiere que los consumidores sean capaces de predecir perfectamente sus escalsa futuras de valores. Ambas leyes solo requieren para su completa aplicabilidad que los agentes, ya sea asignando recursos para lograr objetivos de consumo final o el objetivo empresarial de un beneficio pecuniario, evalúan y clasifican los resultados anticipados de las acciones alternativas bajo consideración. Para la explicación de la ley de Böhm-Bawerk, ver Eugen von Bohm-Bawerk, Capital and Interest, vol. 2, Positive Theory of Capital, George D. Huncke, trad. (Spring Mills, Penn.: Libertarian Press, 1959), pp. 248-256. [La teoría positiva del capital]. El error de Böhm-Bawerk está en las páginas 255-256. Una presentación y defenas más detalladas de la ley de costes puede encontrars en ídem, ‘The Ultimate Standard of Value”, en Shorter Classics of Eugen von Bohm-Bawerk (Spring Mills, Penn.: Libertarian Press, 1962), pp. 351-370.

[20] Sobre esto, ver Joseph T. Salerno, “Commentary: The Concept of Coordination in Austrian Macroeconomics”, en Richard M. Ebeling, ed., Austrian Economics: Perspectives on the Past and Prospects for the Future (Hillsdale, Mich.: Hillsdale College Press, 1991), pp. 330-340.

[21] Para un análisis de la especulación que, con éxito o no, no impide el funcionamiento del proceso del mercado, ver Murray N. Rothbard, Man, Economy, and State: A Treatise on Economic Principles, 2 vols. (Los Ángeles: Nash Publishing, 1970), 1, pp. 112-118. [El hombre, la economía y el estado].

[22] Esta concepción del equilibrado como un concepto estrictamente ex ante se corresponde con el “concepto puramente lógico del equilibrado” soberbiamente expuesto y defendido por George Selgin. Ver G. A. Selgin, “Praxeology and Understanding: An Analysis of the Controversy in Austrian Economics”, Review of Austrian Economics 2 (1988): 33-43.

[23] Hayek (Pure Theory of Capital, p. 23) se refería a este estado de cosas como “un estado de completa compatibilidad de planes ex ante”. Adoptando la terminología preferida por los actuales hayekianos, me refiero a él alternativamente como “coordinación ex ante de planes”.

[24] F.A. Hayek, Monetary Theory and the Trade Cycle, N. Kaldor y H. M. Croome, trad. (Nueva York: Augustus M. Kelley, 1966), p. 29.

[25] Hayek, Pure Theory of Capital, pp. 27-28.

[26] Ibíd., p. 27, n. 2.

[27] F.A. Hayek, Denationalization of Money-The Argument Refined: An Analysis of the Theoryand Pmctice of ConcurrentCurrencies, 2ª ed. (Londres: Instituteof Economic Affairs, 1978), p. 82.

[28] Israel M. Kirzner, The Meaning of the Market Process: Essays in the Development of Modern Austrian Economics (Nueva York: Routledge, 1992), pp. 38-39.

[29] Sin embargo, si los patrones de Kirzner para la eficiencia son relativamente poco exigentes y se cumplen incluso mediante pequeños movimientos del proceso de mercado hacia su ideal de coordinación perfecta de planes, entonces esta crítica pierde su fuerza. Estoy en deuda con David Gordon por indicarme este punto.

[30] Mises, Human Action, p. 653.

[31] Mises, por supuesto, sostenía vigorosamente “la soberanía del consumidor” como el principio funcional de la economía de mercado no intervenida, al tiempo que demostraba la propiedad coordinadora de la estructura de precios del mercado y su indispensabilidad para el cálculo económico y la acción social racional. Sin embargo, curiosamente, nunca trató de deducir un criterio formal de bienestar social para estos elementos.

[32] Murray N. Rothbard (Towards a Reconstruction of Utility and Welfare Economics [Burlingame, Calif.: Center for Libertarian Studies, 19771) ha demostrado adecuadamente sobre bases puramente científicas que la intervención pública siempre fracasa en aumentar el bienestar social. Avanzando hacia nuestra conclusión más radical, podemos descontar completamente cualquier ganancia en términos de utilidad directa o bienes intercambiables que pueda atribuirse a los interventores y sus beneficiarios, manteniéndonos al mismo tiempo de forma segura dentro de los límites de la estricta Wertfreiheit. El concepto de la eficiencia de Böhm-Bawerk solo se refiere a la utilidad que deriva de las acciones que tiene lugar completamente dentro del nexo social, es decir, la utilidad de los consumidores “productivos” que obtienen rentas (y sólo en el grado en el que consiguen estas rentas) a través del intercambio voluntario. Como es la utilidad prospectiva o ex ante que se deduce de los actos de consumo la que proporciona la justificación para los individuos para participar en la división social del trabajo, son sus preferencias y demandas las que deben servir como único patrón del uso socialmente eficiente de los recursos. Así, por ejemplo, la redistribución de rentas a consumidores “improductivos” puede representarse como un desvío neto un de recursos desde la sociedad que reduce la utilidad de al menos algunos de sus miembros y debilita sus incentivos para la acción social. Las demandas del mercado de los receptores no productivos de estos recursos pueden así tratarse como una falsificación del cálculo monetario y como un estímulo para una reasignación socialmente ineficiente de los recursos productivos.

[33] Sobre el proceso selectivo, ver Mises, Human Action, pp. 311-15.

[34] Ludwig von Mises, The Ultimate Foundations of Economic Science: An Essay on Method, 2ª ed. (Kansas City: Sheed Andrews and McMeel, 1978), p. 69. [Los fundamentos últimos de la ciencia].

[35] F.A. Hayek, The Counter-Revolution of Science: Studies on the Abuse of Reason, 2a ed. (Indianapolis: LibertyPress, 1979), p. 52. [La contrarrevolución de las ciencias].

[36] Mises,Human Action, p. 231.

[37] Ludwig von Mises, The Theory of Money and Credit, H. E. Batson, trad., 2ª ed. (Irvington-on-Hudson,N.Y.: Foundation for Economic Education, 1971),p. 131. [La teoría del dinero y del crédito].

[38] Ibíd., pp. 131-132

[39] Sobre esto, ver Salerno, “Mises’s Monetary Theory,” pp. 19-33.

[40] Hayek, Monetary Theory and the Trade Cycle, p. 117, n.

[41] Ibíd.

[42] F.A. Hayek, Prices and Production, 2ª ed. (Nueva York: Augustus M. Kelley, 1967), p. 29.

[43] Hayek, Monetary Theory and the Trade Cycle, p. 117, n.

[44] Como concluye Hayek (“On Neutral Money”, p. 161): “el concepto teórico del dinero neutral, que se relaciona con la influencia del dinero sobre las relaciones de precios [simultáneas e intertemporales] determinadas por factores reales no puede mostrar ninguna relación en absoluto con el concepto de algún ‘nivel de precios’ [ni siquiera si este concepto se introduce solo implícitamente en forma de una ‘demanda de dinero’ relacionada con un nivel definido de precios]”.

[45] Como se indica en Hayek, “Some Remarks on the Problem of Imputation”.

[46] Ver Mises, Human Action, pp. 331-338, para una explicación de la distinción entre imputación y evaluación cuando estos procesos se relacionan con la valoración de bienes de orden superior y de la relevancia de esta distinción para el cálculo económico.

[47] Ibíd, p. 703.

[48] Para una revisión del argumento de Mises sobre este punto, ver Salerno, “Postscript: Why a Socialist Economy Is Impossible”, pp. 52-54.

[49] Hayek, Denationalization of Money, p. 84.

[50] Ibíd., p. 77.

[51] Sobre el argumento de la banca libre a favor de mantener el “equilibrio monetario” definido en términos hayekianos como un flujo constante de gasto agregado, ver George A. Selgin, The Theory of Free Banking: Money Supply under Competitive Note Issue (Totowa, N.J.: Rowman & Littlefield, 1988), pp. 52-69. Tengo que señalar que en ninguna parte de este ensayo White invoca el concepto hayekiano del “dinero neutral”. De hecho, en otro ensayo, White expresa un tibio escepticismo acerca de si un sistema de banca libre es completamente compatible con cualquier norma macroeconómica, incluyendo el equilibrio monetario de Selgin, aunque parece considerar como un mérito del funcionamiento del sistema el que se acerque relativamente más a la obediencia de esta norma en la práctica que la alternativa de la banca centralizada. Ver Lawrence H. White, “Commentary: Norms for Monetary Policy”, en Ebeling, Austrian Economics, p. 477. Sin embargo, como argumentaré más adelante en el texto, el objetivo de “evitar sacudidas de la demanda monetaria”, que White imputa a Mises como razón para apoyar la banca libre y con el que el propio White evidentemente simpatiza, es equivalente a la estabilización del flujo del gasto monetario.

[52] Mises, Notes and Recollections, p. 112.

[53] La explicación de Mises de las ventajas de los medios fiduciarios se produce en las páginas 298-299 y 323, mientras que su teoría del ciclo económico se presenta en las páginas 339-366 (Mises, Theory of Money and Credit).

[54] Ibíd., p. 406.

[55] Ibíd., pp. 407-409.

[56] La traducción al inglés es Ludwig von Mises, “Monetary Stabilization and Cyclical Policy”, en ídem, On the Manipulation of Money and Credit, Bettina Bien Greaves, trad. (Dobbs Ferry, N. Y.: Free Market Books, 1978), p. 145.

[57] Ibíd.

[58] Ibíd., pp. 167-168.

[59] Ibíd., pp. 138-140.

[60] Lawrence H. White y George A. Selgin, “The Evolution of a Free Banking System”, en Lawrence H. White, Competition and Currency: Essays on Free Banking and Money (Nueva York: New York University Press, 1989), p. 235. Al menos un miembro eminente de la escuela moderna de la banca libre, Richard H. Timberlake (Gold, Greenbacks, and the Constitution [Berryville, Va.: George Edward Durell Foundation, 1991]) ha dado el salto o ya ahora defiende directamente la banca libre sobre un patrón no material, aunque el propio White continuó insistiendo firmemente en el oro como patrón monetario adecuado para un régimen de banca libre. Para una crítica del plan de Timberlake, ver Murray N. Rothbard, “Aurophobia: or, Free Banking on What Standard?” Review of Austrian Economics 6, nº 1 (1992): 97-108.

[61] Mises, Human Action, pp. 469-470.

[62] Ibid., pp. 521-522.

[63] Para una demostración de esto, ver Salerno, “Commentary: The Concept of Coordination in Austrian Macroeconomics”, pp. 335-340.

[64] Mises, Human Action, p. 422. De hecho, cuando los bancos libres invocan cláusulas de acción, billetes posdatados y otros dispositivos que permiten la suspensión contractual de los pagos en metálico, sus billetes y depósitos se transforman en la práctica en dinero de crédito, cuyo valor se determina independientemente del valor del material monetario original. Para una explicación del concepto olvidado por Mises del dinero de crédito al que se refiere este punto, ver Salerno, “Mises’s Monetary Theory”, pp. 8-11.

[65] Mises, Theory of Money and Credit, pp. 448-452.

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