La teoría de la eficiencia dinámica de Huerta de Soto

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Principales ideas del ensayo de Huerta de Soto
a) Tesis: recuperación de la distinción de los dos criterios del concepto de eficiencia (el estático y el dinámico) frente al reduccionismo que supuso la influencia de la física mecánica en la ciencia económica. Argumento: el criterio mecanicista (exclusivamente estático) del concepto de eficiencia fue incorporado al corpus teórico de la ciencia económica por influencia del modelo explicativo de las ciencias naturales (siendo la física la “reina” en el siglo XIX); dicho reduccionismo ha resultado ser fatal para la disciplina económica, por lo que se impone la recuperación de criterios dinámicos de eficiencia, mucho más acordes con la vida real y la evolución de las instituciones sociales.

b) Tesis: existe una relación entre el concepto económico de eficiencia dinámica y el de función empresarial. Argumento: ambos conceptos o ideas están estrechamente ligados, no se puede entender la eficiencia dinámica sin la función empresarial. De este modo, se puede deducir que los aspectos más destacados de la función empresarial (generación y transmisión de nueva información, creatividad, coordinación, competitividad y continuidad ad infinitum en el tiempo) van a ser propiciados por los criterios dinámicos de la eficiencia, y que, de forma complementaria, se puede afirmar que un sistema económico es tanto más eficiente cuanto más y mejor impulse la creatividad y la coordinación empresarial.

c) Tesis: la eficiencia dinámica presupone un “nuevo” criterio de justicia frente a los criterios de justicia distributiva. Argumento: gracias al concepto de eficiencia dinámica descubrimos que ni los medios, ni los recursos, ni los fines están dados de antemano, sino que se generan constantemente mediante la acción empresarial de miles de millones de seres humanos; de este modo, “es evidente que el problema ético fundamental deja de consistir en cómo distribuir equitativamente ‘lo existente’, pasando a concebirse como la manera más conforme a la naturaleza humana de fomentar la coordinación y la creación empresarial” (Huerta de Soto, 2004, p. 48).

d) Tesis: ciertos principios de la moral personal son también condiciones de posibilidad de la eficiencia dinámica en economía. Argumento paradójico: “su falta de cumplimiento a nivel individual tiene un altísimo coste en términos de eficiencia dinámica, pero, por otro lado, tratar de imponerlos utilizando la fuerza coactiva de los poderes públicos, genera también graves ineficiencias desde el punto de vista dinámico” (Huerta de Soto, 2004, p. 53).

e) Tesis: igualmente, ciertas instituciones condicionan la eficacia dinámica. Argumento: “el proceso social de creación y coordinación en que consiste la eficiencia dinámica ha de ser pautado, es decir, ha de estar sometido a la ética y al derecho” (Huerta de Soto, 2004, p. 57).

En los apartados que siguen llevaré a cabo mi explicación y comentario de cada una de estas tesis que, a mi juicio, son las centrales, y de las cuales se deriva un conjunto de ideas o perspectivas subsidiarias, con lo que se arma el edificio de la teoría de la eficiencia dinámica desde la perspectiva del profesor Huerta de Soto.

Recuperación de la distinción de los dos criterios del concepto de eficiencia (el estático y el dinámico) frente al reduccionismo que supuso la influencia de la física mecánica
Al menos desde Jenofonte (380 a.C.) se distinguen para el ámbito económico dos criterios del concepto de “eficiencia”, palabra que etimológicamente quiere decir “sacar algo de”. En la Grecia clásica, la economía es el saber que “permite a los hombres acrecentar su hacienda”; Jenofonte distingue dos formas distintas de aumentar las posesiones de los hombres: i) realizando una buena gestión de lo ya dado, los recursos disponibles para evitar el gasto innecesario de los mismo (criterio estático); ii) incrementando la hacienda por medio de una actuación empresarial y comercial.

Esta forma de distinguir ambos criterios de eficiencia en el ámbito de la economía perdurará hasta la Modernidad. En los albores de esta época (siglo XVII) tendrá lugar el surgimiento de las ciencias naturales modernas, y su gran éxito de aplicación para la vida del hombre moderno tendrá indudablemente un impacto también para las ciencias sociales, las cuales aparecen definitivamente emancipadas de la ‘madre’ filosofía en el siglo XIX. En este siglo, la física ha desplazado a la astronomía como representante del canon del modelo explicativo para las ciencias de la naturaleza. Las disciplinas humanistas, fuertemente influidas por el positivismo de Comte, adaptan sin más las leyes de la física en su campo de estudio. En concreto, la economía nace como ciencia independiente incorporando el concepto de eficiencia estática derivado de las leyes de la termodinámica y del constructo teórico que denominamos ‘energía’. Gran desarrollo e importancia tendrá por ejemplo el concepto estático de ‘eficiencia energética’ en la ingeniería mecánica, una aplicación del segundo principio de la termodinámica, y que se define como la “minimización en el despilfarro de energía” (Huerta de Soto, 2004, p. 17).

El éxito de las leyes de la física en el desarrollo de las diversas ingenierías en el mundo moderno ‘cegó’ a los economistas y científicos sociales en general, quienes, salvo rara excepción, jamás se plantearon un estatus metodológico diferente al de las ciencias naturales para sus respectivas disciplinas. Se sentaron, de esta manera, las bases para el uso del conocimiento de las ciencias sociales, entre ellas la economía, en el marco de la denominada ‘ingeniería social’, que procurará de forma paralela ‘minimizar el despilfarro de utilidad’ (concepto que sustituye al de energía) en la organización de las sociedades eficientes. Así, la economía neoclásica (vía utilitarismo) entenderá la eficiencia en términos de “maximización del resultado y minimización del despilfarro” (Huerta de Soto, 2004, p.18).

De este modo, al entender la moderna ciencia económica la eficiencia como una función maximizadora de los recursos que se consideran dados y conocidos, se pierde toda referencia a criterios dinámicos del concepto. Consecuentemente, se produce otra reducción a la hora de considerar al protagonista de los procesos sociales como un simple homo economicus: desde una perspectiva neoclásica sólo se puede ‘observar’ un “ser que desea poseer riqueza, y que es capaz de juzgar la eficacia comparativa de los medios para obtener ese fin”.

Es decir, al ignorarse en el modelo neoclásico los criterios dinámicos del concepto de eficiencia, los rasgos de la actividad empresarial brillan por su ausencia. Como se verá más adelante, el principal rasgo es la capacidad que posee el hombre como empresario (en sentido amplio) de crear y descubrir nueva información ‘no dada’ previamente, “y, mientras tal proceso de creación de información no se lleva a cabo, la misma no existe ni puede ser sabida, por lo que no hay forma humana de efectuar con carácter previo ninguna decisión asignativa de tipo neoclásico en base a los beneficios y los costes esperados” (Huerta de Soto, 2012, p. 21). No contemplar la figura del empresario como principal agente económico (para lo cual hace falta introducir un criterio dinámico de eficiencia) conlleva, para la escuela neoclásica, la contradicción lógica de no poder dotar a su homo economicus de la información que precisa a la hora de maximizar el resultado esperado y minimizar el despilfarro de recursos.

La ‘economía del bienestar’, de tanta importancia en nuestro tiempo por ser la línea predominante de las políticas económicas en las democracias occidentales (aunque esto puede que esté cambiando en este momento, al entrar en crisis evidente todo el modelo), se basó inicialmente en el concepto pigoviano de eficiencia máxima, el cual supone la culminación del utilitarismo, pero pronto lo sustituyó por el enfoque paretiano, para evitar tener que “efectuar comparaciones interpersonales de utilidad e introducir juicios de valor metacientíficos” (Huerta de Soto, 2004, p. 21). Desde la perspectiva paretiena entonces, para que un sistema económico sea eficiente debe estar en una situación de equilibrio general de competencia perfecta à la Walras (primer teorema de la economía del bienestar). Pero aunque sea eficiente el equilibrio puede no ser el deseable, es decir, el que maximiza el bienestar social. Es por esta razón que se introdujo ‘el segundo teorema de la economía del bienestar’, que establece una relación entre eficiencia y equidad al señalar que toda dotación paretoeficiente puede ser alcanzada con la adecuada dotación inicial de los recursos, es decir, con el sistema redistributivo adecuado.

Muchas y diversas han sido las críticas a la economía del bienestar (el profesor Huerta de Soto recoge algunas de las más destacadas en 2004: 23-25). Pero la principal, desde una perspectiva de eficiencia dinámica debe ser, como enfatiza nuestro autor:

Y es que éstos [los diferentes criterios de eficiencia propuestos en el ámbito de la economía del bienestar] tan sólo se fijan en uno de los dos aspectos que tiene el concepto de eficiencia económica. Es decir, se centran exclusivamente en la dimensión estática de la eficiencia económica, en la que se supone, en primer lugar, que los recursos están dados y no cambian y, en segundo lugar, que el problema económico fundamental consiste en evitar el despilfarro de los mismos, sin tener en cuenta para nada, a la hora de enjuiciar, por ejemplo, una empresa, una institución social o todo un sistema económico, su eficiencia dinámica, entendida como la capacidad para impulsar, por un lado, la creatividad empresarial y, por otro lado, la coordinación, es decir, la capacidad empresarial para buscar, descubrir y superar los diferentes desajustes sociales (Huerta de Soto, 2004, p. 25).

Existe una relación entre el concepto económico de eficiencia dinámica y el de función empresarial
Dicha relación viene ya claramente enunciada en la cita que acabamos de recoger del texto del profesor Huerta de Soto. La función empresarial tiene como aspectos más destacados (entre otros) la capacidad de generar y descubrir nueva información que previamente no estaba disponible (lo cual rompe ya el ‘molde’ estático de la información que se presupone dada), y su naturaleza esencialmente creativa (no es de extrañar que este elemento desaparezca en el modelo estático de eficiencia, preocupado exclusivamente por la minimización del despilfarro de utilidad), donde el empresario se percata de que tras un desajuste social yace una oportunidad de ganancia empresarial (lo cual, a su vez, realimenta el proceso de generación y descubrimiento de nueva información).

El proceso empresarial jamás se detiene ni agota, no tiene una duración específica en el tiempo, no puede planificarse desde un órgano central sino que surge espontáneamente en la acción de los empresarios. De este modo, cualquier modelo que prevea un umbral ideal de equilibrio final (situación ‘nirvana’) obvia la realidad de la función empresarial, y es que “el acto empresarial, a la vez que coordina, crea nueva información que a su vez modifica en el mercado la percepción general de fines y medios de los actores implicados, lo cual da lugar a la aparición de nuevos desajustes” (Huerta de Soto, 2004, p. 29), los cuales tienden a ser descubiertos y coordinados empresarialmente, y así en un proceso virtualmente ad infinitum de expansión del conocimiento.

De este modo, se puede enunciar el criterio de eficiencia dinámica en economía en términos de creatividad y coordinación; además, se puede afirmar que “un ser humano, una empresa, una institución, o todo un sistema económico, serán tanto más eficientes conforme más y mejor impulsen” la función empresarial (Huerta de Soto, 2004, p. 30).

Los costes de dejar por fuera de la ciencia económica esta relación fundamental entre eficiencia dinámica y función empresarial pueden ser altísimos. De hecho, opino que este error está a la base de la mayoría de las distorsiones de los mercados, porque la información que se maneja desde los modelos neoclásicos o de economía del bienestar no tienen en cuenta la nueva información que la acción empresarial genera y descubre continuamente. Y esto genera una clara distorsión en la información disponible para los mismos empresarios, con lo que se genera una mayor cantidad de error empresarial (inadecuada elección de medios para lograr fines), ya que desde una concepción estática de eficiencia, recordemos, se trata únicamente de maximizar el resultado ‘esperado’, minimizando el despilfarro, la inversión en recursos. De este modo, si el sistema económico en general deja por fuera la información creada ex novo a partir de la función empresarial, éste tenderá a perder capacidad de coordinación ante situaciones de desajuste social, con la consiguiente pérdida de capacidad de aprendizaje en los participantes en el mercado a la hora de disciplinar su comportamiento en función de las necesidades de otros participantes (Huerta de Soto, 2012, p. 45). Podemos entender que esta situación genera un riesgo patente de desintegración del tejido social y de atomización de la sociedad, la cual fomenta un individualismo egoísta letal para cualquier organización societaria. No en vano, estamos asistiendo en las últimas décadas a esta decadencia o corrupción en el marco, precisamente, de la sociedad del bienestar, lo que se antoja como una de las consecuencias visibles del modelo actual de economía del bienestar, y que, a mi juicio, anticipa su acta de defunción.

Como enfatiza el profesor Huerta de Soto, las aportaciones más relevantes en el campo de la teoría de la eficiencia dinámica has sido llevadas a cabo por teóricos fuertemente influidos por la Escuela austríaca de economía, la cual tiene como uno de sus principales rasgos “la concepción dinámica del mercado y el papel protagonista que en sus procesos tiene la función empresarial” (Huerta de Soto, 2004, p. 31). Así, a continuación entra a comentar brevemente las teorías de Israel Kirzner (eficiencia dinámica como capacidad de impulsar la perspicacia y el descubrimiento empresarial [alertness], y función empresarial axiológicamente neutra), Murray N. Rothbard (el mito de la ‘eficiencia estática’, y la relación entre ética y eficiencia económica dinámica), Joseph A. Schumpeter (su ‘proceso de destrucción creadora’ como motor del capitalismo, con las críticas que este concepto lleva aparejadas), Harvey Leibenstein (su concepto de eficiencia-x, complementado por Kirzner), y finalmente Douglas C. North (su concepto de ‘eficiencia adaptativa’ pero sin mencionar la relación que ésta tiene con la función empresarial).

En el siguiente punto de su ensayo, el prof. Huerta de Soto realiza una comparación entre su concepto de eficiencia dinámica con la teoría de los costes de transacción de Ronald H. Coase (Huerta de Soto, 2004, p. 39-41). La cuestión central de esta comparación entre ambos enfoques reside en el asunto de entender qué es lo que ocasiona la falta de eficiencia dinámica en los procesos de mercado. Frente a la tesis de que son los costes de transacción, nuestro autor propone comprender el problema desde el punto de vista de Kirzner, es decir, entendiendo la falta de eficiencia dinámica como ausencia de alertness, de perspicacia empresarial, en un momento dado (lo cual, a mi juicio, puede llegar a corregirse eventualmente en el proceso de aprendizaje de los empresarios, siempre y cuando éstos manejen información de primera mano no distorsionada, y sean capaces finalmente de innovar creativamente en situaciones descubiertas de oportunidad empresarial). A continuación, la teoría de Coase recibe aquí la misma crítica que el concepto neoclásico de eficiencia económica estática, ya que presupone que dichos costes de transacción están dados y son conocidos, “y que es incluso posible efectuar un rediseño institucional que permita modificar los costes de transacción de cada situación dada”. Es decir, ignora tanto el concepto dinámico de eficiencia como la función empresarial que, como vimos, genera constantemente nueva información, con lo que los empresarios siempre pueden descubrir “nuevas alternativas, posibilidades de producción y, en general, nuevas soluciones a los problemas que, hasta ese momento, previamente habían pasado completamente inadvertidos”. De esta carencia en el modelo se desprende, a juicio del profesor Huerta de Soto, una consecuencia fatal para el teorema de Coase: y es que sí es relevante (incluso también en una situación ideal, nirvánica, de costes de transacción cero) la cuestión de la “distribución inicial de derechos de propiedad… cara a alcanzar el objetivo de la eficiencia dinámica”.

Es por ello que sólo desde un marco ético que justifique y fundamente la libertad del ser humano desde los derechos de propiedad se puede lograr dicho objetivo; y viceversa: sólo en la concepción de la eficiencia dinámica y la función empresarial hayamos asidero concreto para la contemplación de un ser humano auténticamente libre y protagonista de su quehacer empresarial. Es decir, todo mercado eficiente es ético bajo esta perspectiva. La praxeología trascendental, entendida como un proyecto de fundamentación racional del capitalismo, llega a la misma conclusión. Trataré de exponer mi argumentación al respecto, si quiera de forma resumida, en un apartado posterior del presente trabajo.

La eficiencia dinámica presupone un “nuevo” criterio de justicia frente a los criterios de justicia distributiva
Bajo los parámetros de la dimensión estática de eficiencia aplicada a la ciencia económica se han venido desarrollado en la Modernidad diferentes teorías de la justicia que, como el modelo neoclásico, consideran que la información está dada y se puede conocer de antemano, con lo que es posible para los políticos analizar la forma más adecuada de distribuir la riqueza en base a las necesidades de los ciudadanos. De este modo, el problema de la ética social se ve reducido a una simple ecuación maximizadora en términos del cubrimiento de unas necesidades que se creen conocidas de antemano.

Todo este planteamiento se ve refutado de inmediato cuando entramos a considerar la dimensión dinámica de la eficiencia económica junto con el concepto de función empresarial pues, como hemos aprendido al analizar la relación entre ambos conceptos, la información ni está dada ni es objetiva, sino que se genera constantemente gracias a la natural acción creativa del empresario. Así, todas las teorías de la justicia (ética social) distributiva quedan seriamente tocadas mediante el análisis económico riguroso propuesto en el ensayo del profesor Huerta de Soto:

…Y si los fines, los medios y los recursos no están «dados», sino que continuamente están creándose de la nada por parte de la acción empresarial de los seres humanos, es evidente que el problema ético fundamental deja de consistir en cómo distribuir equitativamente «lo existente», pasando a concebirse como la manera más conforme a la naturaleza humana de fomentar la coordinación y la creación empresarial.
Por tanto, en el campo de la ética social se llega a la conclusión fundamental de que la concepción del ser humano como un actor creativo y coordinador, implica aceptar con carácter axiomático el principio de que todo ser humano tiene derecho a apropiarse de los resultados de su creatividad empresarial (Huerta de Soto, 2004, p. 48).

Resulta evidente, desde esta perspectiva, que teorías de la justicia basadas en criterios utilitaristas de maximización de la ‘felicidad’ para el mayor número posible de seres humanos son insuficientes, pues no tienen en cuenta aspectos clave del ser humano, como su capacidad de creación basada en la libertad. El concepto dinámico de eficiencia nos permite desvelar lo profundamente manipuladoras que pueden ser estas concepciones de la ética social en manos de los políticos, pues se basan en modelos antropológicos (de corte exclusivamente naturalista) claramente reduccionistas de la realidad el ser humano.

Incluso en la obra de referencia ya clásica en este asunto, el libro del profesor John Rawls A Theory of Justice (1971), resulta evidente el conflicto entre libertad y equidad cuando el propio Rawls, tras haber defendido el segundo de sus principios de justicia entendido como ‘solidaridad’, debe aclarar que por encima de la distribución de la riqueza está la dignidad de cada individuo (¡sin poder llegar a entender que esto es un contrasentido, porque dicho principio de justicia está violando precisamente la misma dignidad humana basada en derechos de propiedad, derechos que previamente había justificado por medio de su primer principio de justicia!).

De este modo, podemos observar que la eficiencia dinámica presupone un principio de justicia alternativo y, en muchos sentidos, contrario a los de la justicia distributiva manejados desde la economía del bienestar predominante: todo ser humano tiene derecho a apropiarse [plenamente] de los resultados de su creatividad empresarial. Si no fuera así, el ser humano perdería el incentivo de actuar empresarialmente, es decir, de descubrir oportunidades empresariales allá donde haya desajustes sociales. En este sentido, resulta evidente que un Estado dedicado a redistribuir la riqueza generada por los empresarios actúa como un inhibidor de la acción empresarial, pues viola los derechos de propiedad individual. En última instancia, el Estado del bienestar destruye capacidad creadora y coordinadora de la sociedad.

Como resultado de la observancia de este principio de carácter axiomático surge el criterio de justicia social que promueve toda sociedad basada en el capitalismo: “la sociedad más justa será aquella que de manera más enérgica promueva la creatividad empresarial de todos los seres humanos que la compongan, para lo cual es imprescindible que cada uno de ellos pueda tener la seguridad a priori de que podrá apropiarse de los resultados de su creatividad empresarial y de que éstos no le serán expropiados total o parcialmente por nadie, y menos aún por las autoridades públicas” (Huerta de Soto, 2004, p. 49).

A continuación, el profesor Huerta de Soto argumenta de manera eficaz que el principio de la propiedad privada es “condición necesaria” pero también suficiente para que se de la eficiencia dinámica. Por tanto, todo sistema económico basado en los derechos de propiedad fomenta la capacidad creativa y coordinadora de los seres humanos. Libertad en términos de propiedad privada. Por el contrario, cuanta más intervención del Estado en los asuntos de los ciudadanos, menos se respetará su libertad, y mayor será la descoordinación. Los niveles de corrupción son un claro indicador de la devastadora actuación intervencionista del Estado: “De ahí que el socialismo y, en general, el intervencionismo económico del estado no sólo sea dinámicamente ineficiente sino además éticamente reprobable” (Huerta de Soto, 2004, p. 51).

Por tanto, y desde las negativas experiencias del socialismo y de la economía intervenida del bienestar (donde la ciencia económica opera bajo la asunción de un trade off entre eficiencia y justicia), es posible concluir junto con el profesor Huerta de Soto que lo eficiente es justo y viceversa. Y es que, como nuestro autor señala en otra obra, no basta con el concepto de eficiencia dinámica para justificar el capitalismo, éste debe ser fundamentado éticamente (Huerta de Soto, 2007, p. 196). Como hemos visto, el análisis de la eficiencia dinámica presupone un marco ético basado en la libertad, entendida como ausencia de coacción y, consecuentemente, como derechos de propiedad. En eso consiste la justificación del capitalismo, pues es el sistema social que mejor promueve la libertad individual en este sentido. Dicha libertad, lejos de fomentar el egoísmo y la atomización de la sociedad, revierte en prosperidad para todos, pues ‘activa’ la función empresarial de los individuos. En realidad, los fenómenos de atomización social son consecuencia de una sociedad corrompida por la distorsión y descoordinación que provoca el intervencionismo, por lo que no pueden ser achacados al capitalismo.

Ciertos principios de la moral personal son también condiciones de posibilidad de la eficiencia dinámica en economía
Sin un comportamiento pautado en los seres humanos es imposible que se de una sociedad con óptimos de eficiencia dinámica en lo económico. Esta vendría a ser, en resumidas cuentas, la tesis que sostiene Huerta de Soto en los apartados 4 c) y d) de su ensayo. Instituciones como la religión y la familia, propone nuestro autor, lejos de ser vistas como generadoras de comportamientos atávicos, muy al contrario posibilitan la transmisión intergeneracional de ciertos principios de la moral personal que son imprescindibles para que una sociedad no sólo subsista, sino que prospere indefinidamente (Huerta de Soto, 2004, p. 53).

Sin embargo, la peculiaridad de dichos principios reside en que su incumplimiento a nivel individual tiene unos costes altísimos a nivel social, pero, a su vez, no pueden serles impuestos a los individuos por la vía de la coacción estatal; por ambas vías se pierde todo lo que se ha ganado con la anterior fundamentación ética del capitalismo. Es por ello que la labor de las instituciones es decisiva a la hora de inculcar estos principios en los individuos. Y, en este sentido, me atrevo a apuntar que la Modernidad ha jugado un papel crucial en el debilitamiento tanto de la religión como de la familia. Por tanto, el hombre contemporáneo (que vive ya incluso en la denominada postmodernidad) se ve confrontado con una realidad social profundamente disgregadora por su tendencia a promover conductas inmorales en los individuos.

Entre otros, Huerta de Soto destaca como principios ideales para la promoción de la eficiencia económica dinámica los siguientes: “Los principios relativos a la moral sexual, a la creación y mantenimiento indefinido de la institución familiar, a la fidelidad entre los cónyuges y al cuidado de los hijos, al control de los instintos atávicos y, en concreto, a la superación y control de la envidia malsana” (Huerta de Soto, 2004, p. 53).

Y es que la inobservancia generalizada de estos principios, es decir, una situación de corrupción moral de la sociedad es del todo indeseable, pues puede llevar a paralizar los sanos procesos de socialización que permiten llegar a óptimos de eficiencia dinámica, entre otros beneficios (Huerta de Soto, 2004, p. 54).

Igualmente, ciertas instituciones condicionan la eficacia dinámica
Para terminar de redondear el argumento que elaboró en el anterior apartado, Huerta de Soto señala que el proceso de creación y coordinación denominado eficiencia dinámica ha de estar sometido a las instituciones de la ética y del derecho (Huerta de Soto, 2004, p. 57). En este sentido, el ejemplo del cumplimiento de los contratos se antoja paradigmático a la hora de constatar la relevancia de dicha tesis. ¿Pero qué sucede cuando el fraude o incumplimiento es cometido a gran escala, es decir, cuando desde el gobierno se imposibilita el cumplimiento de los contratos entre individuos? Tal es el caso de las leyes de moneda de curso forzoso; éstas eliminan la capacidad de elección de las personas, desautorizando cualquier acuerdo contractual que una persona pueda tener en materia monetaria, ya que el gobierno impone el uso de la divisa privilegiada, privando a los ciudadanos de llevar a cabo los pagos en la moneda que ellos decidan más conveniente (Hülsmann, 2007, pp. 148-149). A tal extremo llega el fomento de la inmoralidad en un mundo como el nuestro, un mundo de moneda fiduciaria impuesta.

Es con ejemplos como este que cobra fuerza la denuncia del profesor Huerta de Soto en los siguientes términos: “…hay que ser especialmente críticos de la teoría económica del Nirvana hasta ahora desarrollada por los economistas neoclásicos de la economía del bienestar que, con carácter mayoritario, se empeñan en enjuiciar los procesos reales de mercado en un completo vacío institucional, es decir, de espaldas a la realidad de las interacciones humanas, tal y como las mismas se dan en el mundo que nos rodea” (Huerta de Soto, 2004, p. 58).

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