No lo sé

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HeadScratcher.jpg[The Free Market and Its Enemy (1965)]

Cualquier individuo que sea consciente del libre mercado y sus milagrosos resultados debe darse cuenta de que su opuesto (el socialismo) está creciendo a pasos agigantados. Este crecimiento, de momento, no es tanto una invasión formal (nacionalización de los modos de producción) como un control político y la aceptación intelectual del control; es socialismo es, ideológicamente, la nueva doctrina estadounidense. Esto equivale a decir que el socialismo no está tan completamente imbricado en la práctica como lo está en la teoría, pero la aceptación de la teoría es el prólogo a la inevitable práctica. La aplicación en el mundo de los asuntos prácticos pisa los talones de las ideas que prevalecen.

En cualquier caso, las ideas socialistas se están haciendo tan populares que incontables “defensores de la libre empresa” están “subiéndose al vagón de la banda” o “buscando dónde cubrirse”. Pero en ambos casos (uno tan lamentable como el otro) están renunciando a su papel como portavoces de la libertad.

Una de las principales razones de esta apostasía está bastante clara: muy pocos entienden y pueden defender el libre mercado, sin el cual la libertad de expresión, de prensa, de religión son completamente imposibles.[1] En ausencia de portavoces capaces, la libertad desaparece en Estados Unidos como en todas partes.

Defender al libre mercado requiere una gran cantidad de aprendizaje y deberes, entre otras cosas, como no rendirse. Y salvo que “yo” puede mantener eternamente una conciencia de lo poco que “yo” sé, las posibilidades de convertirse en un defensor eficaz del libre mercado son nulas. Aquí hay dos trampas saduceas y raramente sospechadas que hacen caer a muchos “yo”:

  1. Tratar de explicar cómo el socialismo, una vez instalado, puede hacerse que funcione mejor que en el presente.
  2. Tratar de explicar qué pasaría a una actividad socializada si se desocializara, dejando la actividad al libre mercado.

Trataré de demostrar no solo que cada una de ellas es imposible de realizar, sino que los propios intentos perjudican claramente al razonamiento libertario.

Un equipo de la FEE fue invitado a Venezuela para un seminario. Nos reunimos con los participantes en un lujoso hotel a 90 kilómetros de Caracas, un hotel de una cadena de 11 paradores construidos, operados y propiedad del gobierno nacional. La cadena siempre había tenido grandes números rojos. El gobierno le pidió una vez a un empresario de éxito (uno de nuestros anfitriones) que encabezara esta operación socializada. Pensando que el socialismo podría funcionar si él estuviera al mando, aceptó el reto. Dimitió cuando descubrió que estos hoteles requerían una ocupación del 150% solo para equilibrar las cuentas. Si hubiera sabido que el socialismo, por su propia naturaleza, nunca puede funcionar, no habría desperdiciado así sus energías.

El socialismo, definido

El socialismo puede definirse como la propiedad y control del estado de los medios de producción e intercambio o de los resultados de la producción y el intercambio, pero ¿qué es sencillamente? Es una intervención por la fuerza en los procesos de intercambio, una poderosa cuña entre la voluntad de los compradores y  la de los vendedores, una interferencia coactiva con lo que algunos quieren y otros están dispuestos a dar. El socialismo, en definitiva, equivale a la frustración de intercambio voluntario por gente que no es consciente de lo poco que sabe.

Por ejemplo, un estadounidense desea intercambiar sus 20$ por un suéter de un inglés, nada más que un intercambio voluntario, sin que cambie en nada la situación previa de otros después del intercambio. Sin embargo, los sabelotodos, con su fuerza policial, insisten en que hay implicado un interés social, en que el intercambio no puede realizarse sin una sanción de 5$. En la medida en que esta transacción socializada (en este caso el pago de la sanción de 5$), en ese grado se ve frustrada la voluntad de dos partes pacíficas.

¿Cómo puede funcionar la frustración? ¿Cómo puede manipularse la frustración en armonía y aumentando la producción? ¿Puede alguna interferencia con el intercambio voluntario y pacífico, independientemente de quién intervenga hacer algo que no sea estragos?

Muchos antisocialistas, descontentos con el resultado de las actividades socializadas, creen que podrían mejorarse si, en lugar de otros sabelotodos, estuvieran ellos al cargo. Así que buscan ser elegidos o nombrados por los consejos de gobierno de dichas actividades, bajo la impresión de que es una forma de dar un golpe a favor de la libertad. Puedo conceder esto: pueden, estando al mando, hacer más de lo que quieren que se haga con el dinero de otros de lo que sería el caso con otros sabelotodos al cargo. Pero esto no es un logro libertario: es solo una sustitución de la sabelotoduría de un grupo por otra.

Además, cuando quienes tienen inclinaciones libertarias tratan de hacer que el socialismo funcione mejor, ya sea dirigiendo la actividad o apoyando legislación que modificaría los detalles socialistas, aprueban tácitamente la premisa socialista y por tanto abandonan su propia defensa del libre mercado. Reniegan de todo argumento fundamental contra la premisa socialista porque con sus acciones reconocen que puede mejorarse si ellos mismos lo están centrando o administrando. “El socialismo, si yo lo gestionara, no sería tan malo”. Creo que eso es una emanación de la mente de un sabelotodo en palabras altas y claras.

¿Qué estoy diciendo? ¿Que un libertario no puede coherentemente aceptar ser director general de correos? ¿O miembro del consejo municipal de la energía o cualquier otra cosa? Salvo que afirme saber cómo hacer que funcione el socialismo, eso es precisamente lo que estoy diciendo.[2] ¿Qué oposición más eficaz que un educado “¡No, gracias!” Y cuando se nos pregunte “Concediendo que la TVA existe, ¿cómo podría funcionar mejor que ahora?”, qué respuesta más fiel que “No lo sé, nunca lo sabré, nadie lo sabrá nunca”. ¡No hay forma correcta de implantar una premisa errónea!

El estudiosos de la libertad, si no se desvía del camino, debe esperar y trabajar por la restauración del libre mercado y un gobierno restaurado a su papel de principio de mantener la paz.[3] Así que dejémosle que mantenga su papel dejando las actividades socialistas a quienes aún no son conscientes de lo poco que saben. Abandonados a sus propios recursos, lo torpe de sus planes puede hacerse visible incluso para ellos mismos y, muy probablemente, para los libertarios que no hayan caído en esta trampa. ¿Por qué deberían los libertarios absolver a los socialistas convirtiéndose en parte de sus impracticables medidas?

Acabamos ya con la primera trampa saducea. ¿Pero qué pasa con su gemela, el intento de explicar que ocurriría si el mercado se librara del intervencionismo del estado, es decir, si se desocializaran las actividades?

¿Qué podría haber sido?

Los escépticos ante el libre mercado siempre preguntas: “Bueno, ¿cómo se ocuparía el libre mercado del correo? ¿De la educación? ¿O de lo que sea?” Responde satisfactoriamente a estas preguntas, quieren decir, o la defensa del libre mercado pierde por incomparecencia. Y es igualmente habitual que los aspirantes a libertarios caigan en la trampa: darán algún tipo de respuesta.

Ahora, estos intentos de respuesta, independientemente de lo hábiles e ingeniosos que sean los autores, tendrá no menos de tres defectos, el menor de los cuales es la sabelotoduría. Tomemos el ejemplo del correo. ¡Una persona no puede explicar cómo atendería el libre mercado los correos igual que su bisabuelo no podría haber explicado cómo podría aparecer la televisión a partir de las fuerzas del libre mercado!

Un defecto más serio es que el escéptico que escucha concluirá que la respuesta del sabelotodo es la respuesta del libre mercado y, si eso es lo mejor que puede ofrecer, el libre mercado no tiene ningún alegato válido. Estos intentos inútiles de responder no pueden lograr más que confirmar a los escépticos en su socialismo.

Por supuesto, el mayor defecto es que estos estudiosos de la libertad aún no han aprendido a responder honradamente: “No lo sé, nunca lo sabré, nadie lo sabrá nunca”. No se han curado aún de la culpable psicosis.

La respuesta del “no lo sé” tiene la virtud de ser inteligente, verdadera, adecuadamente humilde y suficientemente novedosa como para intrigar a cualquier escéptico con mente investigadora. Es verdad que la respuesta (en sí misma) no da ninguna pista. Pero si el escéptico quiere aprender (es ocioso hablar con él si no es así) y si los aspirantes a libertarios han observado y pueden informar de lo milagrosamente que actúa el libre mercado cuando no se ve impedido políticamente, disminuirá el escepticismo respecto del libre mercado y aumentará la fe en lo que el hombre puede alcanzar cuando es libre de intentarlo. En resumen, se sembrará luz, empezará la educación.

¿Cómo atendería el libre mercado al envío del correo si se desocializara el servicio postal? ¡No lo sé! Tampoco habría sabido nadie hace 100 años cómo el libre mercado se las arreglaría para enviar voz humana de una ciudad a otra. Pero tengan en cuenta estos hechos. Hemos mantenido el envío de correo como una operación socializada; su servicio está empeorando, no mejorando; sus costes y precios están aumentando, no disminuyendo; desde 1932 ha acumulado un déficit reconocido de 10.000 millones de dólares y éste aumenta anualmente.[4]

El envío de voz, por el contrario, ha ido mejorando. Hace solo un siglo la voz humana podía enviarse a la velocidad del sonido, pero solo a la distancia a la que dos personas podían entenderse gritando. Hoy la voz humana se envía a la velocidad de la luz y, respecto de la distancia, a cualquier lugar en el mundo que quieras. El servicio ha mejorado enormemente y los costes han ido disminuyendo constantemente.

En el envío de voz humana, las fuerzas del libre mercado han sido más o menos operativas. Nadie podía haber previsto en 1865 qué forma tomarían esas fuerzas durante los siguientes cien años. Es aún más notable que nadie pueda describir cómo se realizaron los milagros después del hecho. Una vez que nos damos cuenta de que no podemos explicar que ha ocurrido, resulta evidente que nunca podremos explicar qué va a ocurrir.

Naturaleza y hombre

Los milagros del mercado son de un orden más alto y complejo que los milagros de la naturaleza: lo que emerge del libre mercado abarca los milagros de la naturaleza más los milagros de la creatividad humana. Repito que todos los artefactos por los que vivimos no son sino la aplicación de la creatividad humana a las creatividades manifestadas en la naturaleza.

Reflexionemos sobre el más sencillo de estos fenómenos, el orden de la naturaleza. Si hubiéramos vivido en la tierra antes de que hubiera árboles, por ejemplo. y se nos preguntara “¿Cómo puede hacer la naturaleza un árbol’” habríamos respondido: “No lo sé”. Hoy, si nos preguntaran “¿Cómo ha hecho la naturaleza un árbol?”, estaríamos obligados a contestar: “No lo sé”. Aún así, podemos predecir, con bastante certidumbre, que la naturaleza continuará produciendo estos milagros encantadores, siempre que no se eliminen las condiciones favorables para su crecimiento. Podemos deducirlo de la experiencia, no por un conocimiento de cómo hacerlo, sino por una fe bien fundada en la dependencia del orden biológico.

Esa expectativa confiada es lo más cerca que puede estar ningún hombre de conocer cómo atenderá una actividad el libre mercado si se desocializara. Todo acerca de ella, en una profusión inimaginable, es un milagro del libre mercado, tan común que se da más por supuesto de lo que se nota y aprecia (como el aire que respiramos). Esto, adecuadamente entendido, abarca su experiencia. Pero esa experiencia no le da un conocimiento de cómo hacerlo: solo sirve de base para una fe justificada e inquebrantable, una fe que los hombres libres pueden alcanzar, siempre que no se eliminen las condiciones favorables al libre intercambio.

El poeta que escribió “Solo Dios puede hacer un árbol” estaba simplemente reconociendo una fe común. Nunca se ha oído a sabelotodos tratando de rebatir estos, todos lo dan por descontado. Aún sí, si se afirmara que “solo Dios puede hacer un violín” (porciones de naturaleza con creatividad humana como ingrediente añadido) la persona que no sea conciente de lo poco que sabe no vacilará en someter la fabricación del violín a su planificación y organización igual que la que realiza al socializar las líneas aéreas, o la energía eléctrica o el servicio postal o lo que sea.

¿Por qué será que la gente reconoce que es incapaz de planear y organizar átomos y moléculas en las manifestaciones vivientes de la naturaleza, mientras que al mismo tiempo no reconocen ninguna limitación en sí mismos cuando se refiere a planear y organizar algo de lo que sabemos mucho menos: la creatividad humana? ¡No lo sé!

Tener fe en la libertad

El aspirante a libertario, si ha dado el importante primer paso en su progreso, entiende que no sabe como planificar y organizar la vida de un solo ser humano. Concede que hay un orden en la creación por encima y más allá de su propia mente, que este orden funciona de formas diversas y maravillosas a través de miles de millones de mentes y que no debería en modo alguno evitarse esos milagros. Esto, sin embargo, no hace que no sepa nada. Aunque, por su experiencia no sepa lo que ocurrirá, tiene fe en que se producirán los milagros si se liberan las energías apropiadas para que fluyan.

El buen estudioso de la libertad adquiere una fe en que los hombres, cuando son libres para intentarlo, realizarán milagros, una fe extrapolada de la experiencia. Pero cuando se trata de predecir la forma de los milagros que traerá la creatividad, se coloca entre los hombres, no entre los semidioses clarividentes. Consciente de ser un ser humano, debe responder “¡No lo sé!

 


El artículo original se encuentra aquí.

[1] Ver “Freedom Follows the Free Market” por Dean Russell, The Freeman, Enero de 1963.

[2] Creo que sería inútil incluso aceptar esos nombramientos con una orden clara de planificar su eliminación. Ver “Unscrambling Socialism”, Essays on Liberty, Volumen XII (Irvington-on-Hudson, Nueva York: Foundation for Economic Education, 1965), p. 433.

[3] Impedir y sancionar acciones destructivas como el fraude, la violencia, la tergiversación, el robo… invocar una justicia común, prevenir la paz… requieren una agencia compulsiva de la sociedad: el gobierno. La gestión de actividades destructivas no puede dejarse adecuadamente al libre mercado, cuya naturaleza es voluntaria y cuyo ámbito es lo productivo y creativo. Ver mi Government: An Ideal Concept, op. cit.

[4] Ver “$48,000” por  Paul Poirot, The Freeman, Febrero de 1965.

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