Me han subido el precio y sigo sonriendo

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Era un día templado de verano cuando entré en el metro de Nueva York. Al salir en Union Square caía un chaparrón. Había tal densidad de gente tratando de guarecerse escapando del chubasco que apenas se podía llegar a las escaleras.

El MTA dijo que se había averiado una señal del metro de 80 años de antigüedad. El viaje llevó el doble de tiempo de lo habitual: Ahora tenía que llegar a mi destino y no tenía tiempo para esperar a que amainara el chubasco ni quería mojarme andando las siguientes tres cuadras. Quién sabía cuándo podría irme a casa con aquel atasco para cambiarme de ropa. Era un verdadero problema y la fuerte lluvia aumentaba y estaba empezando a llegar hasta donde yo estaba deliberando momentáneamente sobre la situación.

Tenía que haber una solución.

Por suerte para mí, la había. El libre mercado te la dará si se lo permites. A ocho pasos de mí, había un vendedor ambulante con un poncho vendiendo paraguas por “cinco dólares y diez centavos”.

Estaba vendiendo aproximadamente 15 paraguas por minuto.

Entonces aparecieron dos policías en el metro, con la tarea de impedir actividades ilegales. Vi cómo la policía de Nueva York ignoraba amablemente el comportamiento ilegal del hombre sin licencia al pasar junto a él y sus muchos clientes.

Probablemente lo mejor que hicieron estos policías fue ignorar lo que veían. Quince clientes por minuto durante un aguacero de una hora significan que aproximadamente 900 personas fueron atendidas por ese hombre y su cadena de suministro solo esa tarde. Novecientas personas cuya vida se hizo claramente mejor porque a ese hombre se le ocurrió vender esos paraguas, se arriesgó a comprarlos y se tomó la molestia de estar en el lugar correcto en el momento correcto con la gente esperando bajo la lluvia y cruzando los dedos para que la policía no le molestara o le confiscara sus existencias.

Al aplicar la ley, la policía habría creado 901 víctimas: el vendedor que estaba atendiendo los deseos del mercado local y los clientes que querían permanecer secos mientras caminaban en el exterior bajo el chaparrón. Si estas 900 personas estimadas no hubieran podido conseguir paraguas esa tarde, bajo la lluvia, un número adicional incuantificable de personas se habrían visto afectadas: la gente de las reuniones a las que llegarían tarde, los negocios que podrían haberse cancelado o retrasado como consecuencia, el trabajo con el que se contaba al que se habría llegado tarde, el padre que tendría que estar con un hijo mojado y enfadado, el anciano que puede haber enfermado por la lluvia y la familia que se preocupa y le atiende, el turista que se habría ido al hotel a cambiarse en lugar de subir al Empire State Building con sus amigos secos.

Al ayudar concretamente a esos 900 consumidores concretos a conseguir lo que querían, el vendedor de paraguas dio un buen servicio hoy, seguramente mucho mejor servicio que el de esos policías, tal vez mucho más servicio que toda la comisaría ese día, probablemente un mayor beneficio neto que toda la fuerza de policía durante esa hora, posiblemente más bien neto para la sociedad que todos los funcionarios de Nueva York esa tarde. Aun así, el emprendedor sigue siendo el héroe olvidado de la sociedad, el hombre para el que nuestros cargos electos escriben leyes para el poder policial a aplicar contra él y sus consumidores, en lugar de para permitirle satisfacer los deseos del consumidor limitado nada más que por el poderoso regulador que es el mercado. Es el hombre que debe preocuparse por los muchos problemas que los cargos electos ponen en su mesa y que no tienen nada que ver con beneficiar al consumidor.

Él es el gran héroe: el vendedor de paraguas, por muy sencillo que sea su trabajo. Los que van asumiendo riesgos y hacen exactamente lo mismo a escala menor o mayor son también héroes desconocidos: los empresarios que van tratando de ayudar a la sociedad, motivados por la posibilidad de obtener un beneficio mientras gastan una buena parte de sus esfuerzos en cumplir con las autoridades. Autoridades que, como en el caso del vendedor de paraguas y la policía, producen el máximo beneficio para la sociedad no haciendo su trabajo, sino no aplicando las muchas leyes onerosas de los códigos: sí, la policía produce el máximo beneficio neto a la sociedad en muchos casos al no realizar su trabajo.

Ya es malo que nos veamos obligados a financiar a las muchas autoridades públicas (por su trabajo hoy, por sus horas extra este fin de semana y en 20 años con una generosa pensión vitalicia), así que lo menos que podrían hacer es abandonar las imposiciones y dejar libertad en el mercado a empresarios y consumidores para que interactúen libremente. Pero no, tenemos que pagarlos y al mismo tiempo sufrir la gran pérdida para la sociedad de algunos de ellos haciendo sus trabajos y alterando el mercado. Es el doble riesgo de contratar funcionarios: el coste para la sociedad de que vayan a trabajar y el coste para la sociedad de que hagan el trabajo para el que fueron contratados.

Hoy pagué 10$ por un paraguas de 3$ y os escribo siendo un hombre seco y feliz, alabando al mercado libre cuando se le permite funcionar y alabando a sus participantes: los espectadores pacíficos que no tratan de intervenir, los consumidores voluntarios y el vendedor de paraguas con ánimo de lucro.


El artículo original se encuentra aquí.

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