Los Rockefeller y la seguridad social

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Los Rockefeller y su séquito intelectual y tecnocrático fueron, en realidad, esenciales para el New Deal. De hecho, en el fondo, el propio New Deal constituía un desplazamiento radical de los Morgan, que habían dominado la política financiera y económica de la década de 1920, en favor de una coalición encabezada por los Rockefeller, los Harriman, y las empresas  de banca de inversión Kuhn Loeb y Lehman Brothers.[1] El Comité Asesor de Negocios del Departamento de Comercio, por ejemplo, que fue muy influyente en dictar medidas del New Deal, estaba dominada por el miembro de la familia Harriman, W. Averill Harriman, y sátrapas de los Rockefeller como Walter Teagle, jefe de Standard Oil de Nueva Jersey. Aquí solo tenemos espacio para tratar de la influencia de los Rockefeller, aliados con los progresistas de Wisconsin y los graduados de las casas de comunidad, en crear e imponer en Estados Unidos el Sistema de Seguridad Social. Éste fue también el producto de un proceso lento pero seguro de secularización del ideal mesiánico de los pietistas postmilenarista. Tal vez fuera lo que correspondiera a un movimiento que empezó con las viejas brujas yanquis psotmilenaristas saliendo a las calles y tratando de destruir bares, que concluyera con los científicos sociales de Wisconsin, los tecnócratas y los expertos dirigidos por los Rockefeller manipulando los resortes del poder político para producir una revolución de arriba abajo en forma de estado de bienestar.[2]

La Seguridad Social empezó en 1934, cuando el Presidente Franklin Roosevelt comisionó una triada de sus cargos principales para seleccionar los miembros de un Comité de Seguridad Económica (CSE), que redactaría la legislación para el sistema de Seguridad Social. Los tres cargos eran la Secretaria de Trabajo, Frances Perkins, el director de la Administración Federal de Ayuda en Emergencias, Harry Hopkins, y el Secretario de Agricultura, Henry A. Wallace. La más importante de esta triada era Perkins, cuyo departamento estaba más cercano a la jurisdicción sobre seguridad social y presentó los puntos de vista de la Administración en las audiencias del Congreso. Perkins y los demás decidieron confiar todas las tareas importantes a Arthur Altmeyer, un discípulo de Commons en Wisconsin que había sido secretario de la Comisión Industrial de Wisconsin y había administrado el sistema de ayuda al desempleo de Wisconsin. Cuando Roosevelt impuso la colectivista y corporativa Administración para la Recuperación Nacional (ARN) en 1933, Altmeyer fue nombrado director de la División de Cumplimiento Laboral de la ARN. Los empresarios corporativistas aprobaron efusivamente la labor de Altmeyer en el cargo, notablemente Marion Folsom, jefe de Eastman Kodak, y uno de los miembros principales del Consejo Asesor Empresarial (CAE).

La primera elección de Altmeyer para convertirse en presidente del CSE fue nada menos que el Dr. Bryce Stewart, director de investigación para el Industrial Relations Councilors (IRC). El IRC había sido creado a principios de la década de 1920 por los Rockefeller, en concreto por John D. Jr., a cargo de la ideología y la filantropía del imperio Rockefeller. El IRC era el disfraz intelectual y activista enseña para promover una nueva forma de trabajo corporativista: la cooperación en la gestión, así como para promover las políticas a favor de los sindicatos y el estado del bienestar en la industria y el gobierno. El IRC también creó influyentes departamento de relaciones industriales en las universidades de la Ivy League, principalmente en Princeton.

Sin embargo, Bryce Stewart era reticente a ocuparse abiertamente del trabajo de la Seguridad Social en nombre del IRC y los Rockefeller. Prefería quedarse entre bambalinas, hacer consultoría asesorando al CSE y codirigir un estudio sobre seguro de desempleo para el Consejo.

Rechazado por Stewart, Altmeyer se dirigió a su sucesor como secretario de la Comisión Industrial de Iowa, el discípulo de Commons, Edwin E. Witte. Witte se convirtió en Secretario Ejecutivo del CSE, con la tarea de nombrar a los demás miembros. Ante la sugerencia de FDR, Altmeyer consultó con miembros poderosos del CAE, a saber, Swope, Teagle y John Raskob de DuPont y General Motors, acerca de la composición y políticas del CSE.

Altmeyer y Witte también prepararon nombres para que FDR seleccionara un Consejo Asesor del CSE, consistente en miembros empresarios, sindicalistas y “ciudadanos”. Además de Swope, Folsom y Teagle, el Consejo asesor incluyó dos poderosos empresarios corporativistas más. El primero, Morris Leeds, era presidente de Leeds & Northrup y miembro de la corporativa, pro-sindical y pro-estado de bienestar American Association for Labor Legislation. El segundo, Sam Lewisohn, era vicepresidente de la Miami Copper Company y antiguo presidente de la AALL. Se seleccionó para encabezar el Consejo Asesor a un hombre de paja académico, el muy querido liberal sureño, Frank Graham, presidente de la Universidad de Carolina del Norte.

Altmeyer y Witte nombraron como miembros del clave Consejo Técnico del CSE a tres distinguidos expertos Murray Webb Latimer, J. Douglas Brown y Barbara Nachtried Armstrong, que fue la primera mujer profesora de derecho en la Universidad de California en Berkeley. Los tres eran afiliados del IRC y Latimer y Brown eran, en realidad, miembros importantes de la red Rockefeller-IRC. Latimer, presidente del Consejo de Jubilaciones Ferroviarias era empleado desde hacía mucho tiempo del IRC y había realizado el estudio del IRC de las pensiones industriales, así como los detalles de la Ley de Jubilaciones Ferroviarias. Latimer era miembro de la AALL, y ayudaba en la administración de seguros y planes de pensiones a la Standard Oil de Nueva Jersey, la Standard Oil de Ohio y la Standard Oil de California.

Douglas Brown era el jefe del Departamento de Relaciones Industriales de Princeton, creado por el IRC, y fue el hombre clave en el CSE para el diseño del plan de pensiones para los jubilados en la Seguridad Social.

Brown, junto con los miembros de las grandes empresas del Consejo asesor, era especialmente firme en que ningún empresario escapara a las cotizaciones y los planes de pensiones para los jubilados. Brown estaba francamente preocupado por que los pequeños negocios no escaparan a las consecuencias de los aumentos de costes de estas obligaciones de cotización de la seguridad social. De esta forma, las grandes empresas, que ya estaban ofreciendo voluntariamente costosas pensiones de jubilación a sus empleados, podían usar al gobierno federal para obligar a las pequeñas empresas que les hacían la competencia a pagar costosos programas similares. Así, explicaba Brown en su testimonio ante el Comité Financiero del Senado en 1935, la gran ventaja de la “contribución” del empresario a las pensiones de jubilación es que se hace uniforme en toda la industria un coste mínimo para proveer seguridad de jubilación y protege al empresario más liberal que ahora ofrece pensiones ante la competencia del que por el contrario despide sin pensión a la persona anciana cuando se hace mayor. Nivela el coste de la protección de los jubilados entre el empresario progresista y el no progresista.[3]

En otras palabras, la legislación penaliza deliberadamente al empresario de bajo coste “no progresista” y le ataca aumentando artificialmente sus costes en comparación con el gran empresario. Por supuesto, también se daña a los consumidores y los contribuyentes que se ven obligados a pagar esta generosidad.

Por tanto, no sorprende que las grandes empresas respaldaran casi unánime e incondicionalmente el plan de la Seguridad Social, mientras que éste era atacado por las pequeñas empresas como la National Metal Trades Association, la Illinois Manufacturing Association y la National Association of Manufacturers. En 1939, solo el 17% de las empresas estadounidenses estaban a favor de la abolición de la Ley de Seguridad Social, mientras que ninguna de las grandes empresas apoyaba la abolición.

De hecho, las grandes empresas colaboraron entusiastamente con la seguridad social. Cuando el Consejo de la Seguridad Social afrontó la formidable tarea de crear 26 millones de cuentas para individuos, consultó con el CAE y Marion Folsom ayudo a planificar la creación de centros regionales del SSB. El CAE hizo que el Consejo contratara al director de la Oficina Industrial de la Cámara de Comercio de Philadelphia como registrador jefe y a J. Douglas Brown se le recompensó por sus servicios convirtiéndose en presidente del nuevo y expandido Consejo Asesor de la Administración de la Seguridad Social.

La AALL fue particularmente importante en desarrollar el sistema de la Seguridad Social. La organización izquierdista de bienestar social fundada por Commons y encabezada durante décadas por su alumno John B. Andrews, estaba financiada por Rockefeller, Morgan y otros acomodados intereses financieros e industriales liberales corporativistas. La AALL fue la principal desarrolladora de propuestas sobre invalidez y seguros sanitarios durante la década de 1920, y luego el la década de 1930 se dedicó a dar forma a propuestas estatales de seguros de desempleo. En 1932, Wisconsin adoptó el plan de la AALL y, bajo la fuerza del cabildeo de la AALL, el Partido Demócrata lo incorporó a su programa. Al desarrollar la Seguridad Social, los puestos clave de los consejos Técnico y Asesor del CSE estaban ocupados por miembro de la AALL. No solo eso, sino que a principios de 1934, la Secretaria Perkins pidió nada menos que a Paul Rauschenbush, el cabildero de la AALL en Washington, que redactara una propuesta de ley de Seguridad Social que se convertiría en la base para las posteriores discusiones en el CSE. La AALL estaba asimismo relacionada muy de cerca con la Liga Nacional de Consumidores de Florence Kelley.

El propio Paul Rauschenbush tenía un fascinante pedigrí. Paul era hijo del principal pastor baptista del evangelio social, Walter Rauschenbush. Paul estudió con John R. Commons y fue el principal autor de la ley del seguro de desempleo de Wisconsin. Había aún más casta progresista en Rauschenbush, pues se casó nada menos que con Elizabeth Brandeis, hija del famoso jurista progresista.

Elizabeth también estudió con Commons y recibió un doctorado por Wisonsin. Es más, fue asimismo íntima amiga de la marxista Florence Kelley y ayudó a editar la afectuosa biografía de Kelley de su tía Josephine Goldmark. Elizabeth también ayudó a escribir la ley de prestaciones de desempleo de Wisconsin. Enseñó economía en Wisconsin, llegando al puesto de profesora titular.

Podemos concluir apuntando, con el historiador Irwin Yellowitz, que todas estas organizaciones de reforma estaban dominadas y financiadas por “un pequeño grupo de ricos patricios, profesionales y trabajadores sociales. Las mujeres ricas, incluyendo algunas de la alta sociedad de Nueva York, fueron indispensables para su financiación y dotación de personas”.[4]


[1] Ver Thomas Ferguson, “Industrial Conflict and the Coming of the New Deal: The Triumph of Multinational Liberalism in America”, en The Rise and Fall of the New Deal Order, 1930-1980 , S. Fraser y G. Gerstle, eds. (Princeton, N.J.: Princeton University Press, 1989), pp. 3-31.

[2] Los Rockefeller fueron originalmente fervientes baptistas postmilenaristas: John D. Sr., procedía originalmente del norte del estado de Nueva York. John D. Sr., encabezó la rama moralista, así como la filantrópica, del imperio Rockefeller, encabezando un gran jurado en la ciudad de Nueva York en 1920 dedicado a erradicar el vicio en esa ciudad. Sin embargo, tras la Primera Guerra Mundial, la familia Rockefeller eligió personalmente a su pastor personal, el Reverendo Harry Emerson Fosdick, como punta de lanza de la dirección del “protestantismo liberal”, una versión secularizada de postmilenarismo, para rechazar una creaciente marea de “fundamentalismo” premilenarista en la iglesia. Harry Fosdick se convirtió en cabeza del Consejo Federal de Iglesias de Cristo, la principal organización liberal protestante. Entretanto, John D. Jr. hizo al hermano de Fosdick, Raymond Blaine Fosdick, jefe de la Fundación Rockefeller y acabó siendo el biógrafo oficial de John D. Jr. Fosdick había trabajado en una casa de comunidad. Los Fosdick habían nacido en Buffalo en una familia yanqui de Nueva Inglaterra. Sobre los Fosdick, ver Murray N. Rothbard, “World War I as Fulfillment: Power and the Intellectuals”, Journal of Libertarian Studies 9, nº 1 (Invierno de 1989): 92-93, 120.

[3] Jill Quadagno, The Transformation of Old Age Security: Class and Politics in the American Welfare State (Chicago: University of Chicago Press, 1988), p. 112; Jill Quadagno, “Welfare Capitalism and the Social Security Act of 1935”, American Sociological Review 49 (Octubre de 1984): 641. Ver también G. William Domhoff, The Power Elite and the State: How Policy is Made in America (Nueva York: Aldine de Gruyter, 1990).

[4] Irwin Yellowitz, Labor and the Progressive Movement in New York State, 1897 – 1916 (Ithaca, N.Y.: Cornell University Press, 1965), p. 71. Ver en particular J. Craig Jenkins y Barbara G. Brents, “Social Protest, Hegemonic Competition, and Social Reform: A Political Struggle Interpretation of the American Welfare State”, American Sociological Review 54 (Diciembre de 1989): 891-909 y J. Craig Jenkins y Barbara Brents, “Capitalists and Social Security: What Did They Really Want?” American Sociological Review 56 (Febrero de 1991): 129-132.

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