La supuesta inevitabilidad del socialismo

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[Extraído de Caos planificado]

Mucha gente cree que la llegada del totalitarismo es inevitable. La “ola del futuro”, dicen, “lleva a la humanidad inexorablemente hacia un sistema bajo el cual los asuntos humanos se dirigen por dictadores omnipotentes. Es inútil luchar contra las leyes insondables de la historia”.

La verdad es que a la mayor parte de la gente le falta la capacidad intelectual y el coraje para resistirse a un movimiento popular, por muy pernicioso e irreflexivo que sea. Bismarck deploraba una vez la falta de lo que llamaba coraje cívico, es decir, bravura en ocuparse de los asuntos civiles por parte de sus compatriotas. Pero tampoco los ciudadanos de otras naciones muestran más coraje y juicio cuando afrontan la amenaza de una dictadura comunista. O ceden el paso silenciosamente o plantean tímidamente algunas objeciones insignificantes.

No se lucha contra el socialismo criticando solo algunas características accidentales de sus planes. Al atacar muchas posturas socialistas obre el divorcio y el control de la natalidad o sus ideas sobre arte y literatura, no se refuta el socialismo. No basta con desaprobar las afirmaciones marxistas de que la teoría de la relatividad o la filosofía de Bergson o el psicoanálisis son tonterías “burguesas”. Los que solo encuentran defectos en el bolchevismo y el nazismo en sus inclinaciones anticristianas apoyan implícitamente todo el resto de estos sangrientos programas.

Por otro lado, es una completa estupidez alabar a los regímenes totalitarios por supuestos logros que no tienen ninguna relación con sus principios políticos y económicos. Es cuestionable si las observaciones de que en la Italia fascista los trenes llegan a su hora y los insectos en los hoteles de segunda categoría están disminuyendo, sea correcto o no, pero en todo caso no importa nada para el problema del fascismo. Los compañeros de viaje se extasían con las películas rusas, la música rusa y el caviar ruso. Pero ha habido músicos más grandes en otros países y bajo otros sistemas sociales; se han filmado buenas películas también en otros países y sin duda no es mérito del Generalísimo Stalin que el sabor del caviar sea delicioso. Tampoco la belleza de las danzarinas rusas de ballet  o la construcción de una gran central eléctrica en el Dnieper expían la masacre masiva de kulaks.

A los lectores de revistas de cine y fanáticos del cine les encanta lo pintoresco. Las bellezas operísticas de fascistas y nazis y el desfiles de batallones de mujeres del Ejército Ruso son de gusto. Es más divertido escuchar los discursos radiofónicos de un dictador que estudiar tratados económicos. Los empresarios y tecnólogos que abren el camino a la mejora económica trabajan en silencio: su obra no es apropiada para verse en pantalla. Pero los dictadores, deseosos de extender la muerte y la destrucción, están espectacularmente a la vista del público. Vestidos militarmente, eclipsan a los descoloridos burgueses con ropa común a la vista de los espectadores de cine.

Los problemas de la organización económica de la sociedad no son apropiados para la charla casual en cócteles de moda. Tampoco puede tratarse adecuadamente por demagogos arengando a las agrupaciones de masas. Son cosas serias. Requieren un estudio meticuloso. No deben tomarse a la ligera.

La propaganda socialista nunca encontró una oposición decidida. La crítica devastadora con la que los economistas destrozaron la inutilidad e imposibilidad de los planes y doctrinas socialistas no llegó a los moldeadores de la opinión pública. Las universidades estaban principalmente dominadas por socialistas e intervencionistas pedantes, no solo en la Europa continental, no eran propiedad y estaban gestionadas por los gobiernos, sino incluso en los países anglosajones. Políticos y estadistas, ansiosos por no perder popularidad, fueron tibios en su defensa de la libertad. La política de apaciguamiento, tan criticada cuando se aplicó en el caso de nazis y fascistas, se practicó universalmente durante muchas décadas con respecto a otros tipos de socialismo. Fue este derrotismo el que hizo que las nuevas generaciones creyeran que la victoria del socialismo es inevitable.

No es verdad que las masas reclamen vehementemente socialismo y que no haya manera de resistirlas. Las masas están a favor del socialismo porque creen en la propaganda socialista de los intelectuales. Los intelectuales, no el pueblo, están moldeando la opinión pública. Es una mala excusa para los intelectuales decir que deben rendirse a las masas. Ellos mismos han generado las ideas socialistas y adoctrinado a las masas con ellas. Ningún proletario o hijo de proletario ha contribuido a la elaboración de los programas intervencionistas y socialistas. Sus autores fueron todos de origen burgués. Los esotéricos escritos del materialismo dialéctico, de Hegel, padre tanto del marxismo como del agresivo nacionalismo alemán, los libros de Georges Sorel, de Gentile y de Spengler no los leyó el hombre medio; no movieron directamente a las masas. Fueron los intelectuales los que los popularizaron.

Los líderes intelectuales de los pueblos han producido y propagado las mentiras que están a punto de destruir la libertad y la civilización occidental. Solo los intelectuales son responsables de las matanzas masivas que son propias de nuestro siglo. Solo ellos pueden invertir la tendencia y abrir el camino a una resurrección de la libertad.

No son las míticas “fuerzas productivas materiales”, sino la razón y las ideas las que determinan el curso de los asuntos humanos. Lo que hace falta para detener la tendencia al socialismo y el despotismo es sentido común y coraje moral.

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