La filosofía austriaca de Hans-Hermann Hoppe

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[Reason Papers, Nº 21 (Otoño de 1996)]

[Hans-Hermann Hoppe · Economic Science and the Austrian Method · Auburn, AL: Ludwig Von Mises Institute, 1995 · 85 páginas + índice]

Hans-Hermann Hoppe lleva mucho tiempo dedicándose al intento de extender la economía desarrollando sus supuestos y consecuencias filosóficos, algunos de ellos ya presentes en las incursiones ocasionales de Ludwig von Mises en la epistemología. Los resultados no solo diferencian a los austriacos de otras escuelas de libre mercado, sino que abren nuevas líneas de investigación filosófica bastante independientes de su aplicación a la economía.

Lo que distingue a la Escuela Austriaca es su método, que trata de deducir todo un sistema de pensamiento a partir de unas pocas proposiciones lógicamente incontestables: incontestables porque su negación, o es contradictoria, o no tiene sentido.[1] Las proposiciones lógicamente incontestables se refieren a verdades necesarias o hechos axiomáticos, características completamente generales de la realidad (o a una clase concreta de cosas en la realidad). La proposición lógicamente incontestable que destacaba Mises es: el hombre actúa. Como la negación de que el hombre actúa constituiría una acción, cualquier negación de esta es contradictoria y por tanto se autoinvalida, confirmando que el hombre actúa es una verdad necesaria. Consecuentemente, la praxeología (el término que usaba Mises para la lógica de la acción humana) es una disciplina fundamental. Según el economista austriaco, proposiciones como “Siempre que dos personas, A y B, se dedican al intercambio voluntario ambas deben esperar beneficiarse de él” (p. 14) son igualmente incontestables, ya que derivan de ser consecuencias deductivas inmediatas de que el hombre actúa: no tiene sentido que quien las entienda las niegue o las someta repetidamente a pruebas empíricas.

La epistemología que implica que esto ha sido rechazada como dogmática y simplista. Mises, como señala Hoppe (p. 9), se enfrentó a esos rechazos. Sin embargo, la cuestión de si el método es válido (de si las alternativas son realmente tan buenas como se pretende que son) solo se puede responder desarrollando razonamiento austriaco. Consecuentemente, Hoppe observa que Mises dedica las primeras cien páginas de La acción humana a asuntos lógicos y epistemológicos. Tal y como ve las cosas Hoppe, la praxeología está en la base no solo de la economía sino también de la epistemología, permitiendo una integración de ambas en un único sistema. Aunque Hoppe solo usa el término una vez (y con una connotación bastante peyorativa), también hay una metafísica sustancial en este trabajo, una especie de realismo esencialista: ser un actor es, después de todo, esencial para ser humano y esta no es una mera convención lingüística, conceptual o social, sino algo necesario para ser el tipo de entidades que somos.

Así que al final Hoppe es un aristotélico. Observa que el principio de identidad y no contradicción de Aristóteles se mantiene como piedra angular de la lógica y por tanto de la praxeología. En este punto, siguiendo a Mises, se desvía en una nueva dirección. Se dirige hacia Kant. Kant era un racionalista en el sentido de que creía que había verdades sintéticas cognoscibles a priori. Mises estaba acuerdo. Kant es visto con hostilidad por algunos defensores de los mercados libres, especialmente los seguidores de Ayn Rand, porque su epistemología sugiere una lectura idealista: la razón construye la naturaleza a través de formas de intuición (espacio y tiempo) y categorías de la comprensión (por ejemplo, causalidad). Kant, por supuesto, se presta a esa lectura con su famoso inicio de la primera Crítica (citada por Hoppe, p. 20): “Hasta ahora se ha asumido que nuestro conocimiento tiene que ser conforme con la realidad observacional”; por el contrario debería asumirse “que la realidad observacional se conforma a nuestro conocimiento”. En cuyo caso, ¿por qué debería alguna de nuestras categorías mentales ajustarse la realidad? es una pregunta que ha acosado a la epistemología desde entonces y que generaciones de pesimistas epistemológicos han respondido diciendo, en la práctica, que no hay ninguna razón por la que deba hacerlo o, siguiendo al positivismo lógico, que la pregunta no tiene sentido.

Hoppe encuentra en Mises una lectura de Kant que resuelve los problemas, una olvidada tanto por los ortodoxos kantianos como randianos. La clave está en Mises “alineándose con Leibniz cuando responde a la famosa sentencia de Locke de que no hay nada en el intelecto que no haya estado previamente en los sentidos con su igualmente famosa sentencia salvo el propio intelecto” (p. 59) y luego razonando que las categorías kantianas no son tanto categorías del intelecto abstracto o si no de las mentes de las personas que actúan. Hoppe lo explica así:

Debemos darnos cuenta de que esas verdades necesarias no son simplemente categorías de nuestra mente, sino que nuestra mente es la de una persona que actúa. Nuestras categorías mentales tienen que entenderse como basadas en último término en categorías de acción. Tan pronto como se reconoce esto, todas las sugestiones idealistas desaparecen inmediatamente.  Por el contrario, una epistemología que afirma la existencia de proposiciones verdaderas sintéticas a priori se convierte en una epistemología realista. Como se entiende basada en último término categorías de acción, desaparece la distancia entre el mundo mental y el mundo real físico externo. Como categorías de acción, deben ser tanto cosas mentales como características de la realidad. Pues es a través de las acciones como la mente y la realidad entran en contacto (p. 20).

La proposición lógicamente incontestable el hombre actúa constituye por tanto el eslabón perdido entre el apriorismo sintético kantiano y el realismo. Consideremos la categoría de la causalidad:

[Mises] se da cuenta de que la causalidad es una categoría de la acción. Actuar significa interferir en algún punto anterior del tiempo para producir a un resultado posterior y por tanto todo actor debe presuponer la existencia de causas constantemente operativas. La causalidad es un requisito de la acción, como dice Mises (p. 21).

Y:

Sin ese supuesto con respecto a la existencia de las causas como tales, las distintas experiencias nunca podrían relacionarse entre sí confirmando o falseando otras. Serían sencillamente observaciones no relacionadas ni comparables (p. 36).

Esto, en opinión de Hoppe, hace al realismo lógicamente necesario:

Reconocer que el conocimiento está estructuralmente limitado por su papel en el marco de las categorías de la acción ofrece la solución (…) Entendido como limitado por las categorías de la acción, desaparece la distancia aparentemente insalvable entre el mundo mental por un lado y el mundo físico exterior real por otro. (…) Solo a través de las acciones la mente entra en contacto con la realidad, por decirlo así. Actuar es un ajuste guiado cognitivamente de un cuerpo físico en una realidad física. Y por tanto no puede caber ninguna duda de que el conocimiento apriorístico, concebido como una idea dentro de las limitaciones estructurales impuestas sobre el conocimiento como tal de los actores, debe realmente corresponderse con la naturaleza de las cosas (pp. 69-70).

Hoppe es por tanto un apriorista sin complejos. La realidad de las acciones se ha demostrado a priori: “este axioma no deriva de la observación (solo hay movimientos corporales a observar, pero no acciones) sino de la comprensión reflexiva” (p. 61).

Los argumentos a priori demuestran (1) que ni el empirismo ni el historicismo son posibles, ya que ambos caen en contradicción, y (2) que las categorías de explicación apropiadas para las ciencias físicas son distintas de las apropiadas para la acción humana. El empirismo rechaza la existencia de verdades sintéticas a priori: las proposiciones sintéticas están sometidas al tribunal de la verificación empírico-científica o falsación; las analíticas son tautologías vacías. Reflexionar sobre estas mismas proposiciones demuestra que si son analíticas son tautologías vacías y por tanto inútiles; si son sintéticas sólo ofrecen una justificación psicológica, sociológica o convencional de conocimiento frente a una lógica. La trayectoria del empirismo desde la “naturalización” de la epistemología de Quine y procediendo a través del historicismo de Kuhn, Feyerabend y otros hasta el abierto irracionalismo de los “posmodernistas” confirma dramáticamente la existencia de algo autodestructivo en el mismo. Si la postura de Hoppe es correcta, esta trayectoria, el desarrollo de la lógica interna del empirismo durante generaciones de filósofos analíticos, era inevitable, porque el empirismo es lógicamente autodestructivo. Aunque podría cuestionarse la autoaplicación de las proposiciones básicas del empirismo, todos los intentos de bloquear el argumento de la autoaplicación han fracasado, al verse generalmente atrapados en las mismas dificultades que buscan eliminar.[2]

El historicismo, por otro lado, concibe los eventos como productos históricos entendido subjetivamente y no limitados por factores objetivos de la realidad, como las relaciones invariables en el tiempo. Esta postura también resulta ser lógicamente autodestructiva. En este caso la propia proposición historicista es solo un producto histórico entendido subjetivamente y, por sus propios términos, no puede ofrecer ninguna variante invariable en el tiempo acerca de la historia la cultura, al haber negado que exista. De esto se deduce que incluso si alguien pudiera afirmar válidamente que el historicismo ofreció un relato real de nuestra condición epistemológica actual, cambios históricos contingentes podrían hacerlo falso en algún momento del futuro. Por tanto, también el historicismo está viciado por su propia lógica interna.[3] ¡El apriorismo en este caso gana por defecto! ¡Hay verdades sintéticas (verdades acerca de la realidad) cognoscibles a priori!

Las categorías de la explicación en una disciplina como la economía son por tanto necesariamente distintas de aquellas de las ciencias físicas, pues por la naturaleza de las acciones se puede inferir la imposibilidad de estar gobernadas por causas invariables en el tiempo.

Al entender la causalidad como un presupuesto necesario de la acción, también se deduce de inmediato que su rango de aplicabilidad debe por tanto estar determinado a priori a partir del de la categoría de la teleleología. De hecho, ambas categorías son estrictamente exclusivas y complementarias. La acción presupone una realidad observacional estructurada causalmente, pero la realidad de la acción que podemos entender como que requiere dicha estructura, no estaba ella misma estructurada causalmente. Por el contrario, es una realidad la que debe categorizarse teleológicamente, como dirigida hacia un propósito, lo que significa un comportamiento (p. 78).

Esta distinción es cognoscible a priori porque cualquier intento de atacarla para establecer, por ejemplo, la universalidad del monismo fisicalista dentro de las limitaciones de la explicación causal sería un ejemplo de la acción con un fin y medios distintos, teleológica en estructura y que vicia el monismo fisicalista desde dentro.

Hoppe desarrolla más este punto para demostrar que ninguna ciencia social puede generar conocimiento predictivo exacto, ya que las predicciones exactas requieren explicaciones causales, apropiadas para las ciencias sociales, en lugar de las teleológicas. Los seres humanos, incluidos los explicadores, aprenden de la experiencia, así que su estado de conocimiento cambia. Aprender es un proceso cuyo resultado no es cognoscible por adelantado, por tanto, el estado de conocimiento de alguien en un tiempo futuro no es de por sí predecible a partir de su estado de conocimiento en el presente. Los fines de las acciones de alguien predichos de su conocimiento en un momento concreto no pueden por tanto predecirse como si fueran equivalentes a fenómenos estudiados por la ciencia física. Así que la previsión económica está limitada, no por predicciones empíricas, sino más bien por un conocimiento a priori de acciones, que generalmente restringe el rango de lo posible. Por supuesto, esto implica la imposibilidad a priori de la planificación económica centralizada. Aunque la evidencia empírica sí nos dice que todos los intentos de ingeniería social hasta hoy han fracasado, el empirismo les permite continuar, dada la aproximación empirista a la economía de que “de nada puede decirse con certidumbre que es imposible en el ámbito de los fenómenos económicos” (p. 52). Aplicando el apriorismo de Hoppe a la economía podemos saber a priori que ciertos estados de cosas, por ejemplo, el socialismo próspero, son imposibles, siendo este conocimiento deducible de proposiciones que se deducen necesariamente de la lógicamente incontestable de que el hombre actúa. Así que los esfuerzos para conseguirlos deberían detenerse.

Hay algunas áreas problemáticas en los intentos de Hoppe. Por ejemplo, cae ocasionalmente en el trascendentalismo (como hizo el propio Mises ocasionalmente): por ejemplo, observa (p. 37) que los aspectos impredecibles de las acciones humanas implican una concepción del libre albedrío que podría ser ilusorio desde el punto de vista de un superintelecto como el de Dios. Pero si el hombre actúa es y una verdad necesaria, no es una verdad necesaria solo para nosotros, sino una verdad necesaria para cualquier mente. De esto se deduce que la conversión temporal es independiente de la mente y que importantes aspectos del futuro están por escribir, tanto para un superintelecto como para un ser humano: ¡ni siquiera Dios puede conocer lo no cognoscible sin caer en contradicción! Así que las dudas de Hoppe no parecen tener sentido, una señal de que no ha purgado lo bastante su pensamiento del sesgo antimetafísico que infecta las tesis epistemológicas a las que ha vituperado.

Muchos filósofos libertarios aprecian una laguna más seria: a este tratado, y a la economía austriaca en general,[4] les falta una explicación de los derechos de los actores o, en ese sentido, alguna dimensión normativa clara, al haber declarado Mises que los pronunciamientos éticos están fuera del ámbito de la praxeología. En un trabajo anterior, Hoppe se ocupaba el problema de la base ética del capitalismo de laissez faire y demostraba su superioridad moral como cognoscible a priori no menos que el propio axioma de la acción, sobrepasando las defensas del tipo que encontramos en los teóricos del derecho natural. La necesidad de que la documentación sea sólida, también cognoscible a priori (cf. p. 65), tiene consecuencias éticas inmediatas en la deducción de un “derecho de control exclusivo sobre el cuerpo propio como instrumento de acción y cognición”.[5] Sin embargo, dadas las herramientas que nos ha dado Hoppe, que son precisamente las herramientas que proporciona generalmente la economía austriaca, lo que se sigue deductivamente del uso de un argumento de un actor es la decisión subjetiva y personal de la persuasión racional por encima de la coacción. Sin embargo, la ética busca algo más importante que esto: busca articular y defender proposiciones aplicables a todos los agentes racionales. Así que el apriorismo de Hoppe no está todavía listo para usar el lenguaje de los derechos. Todavía no ha cruzado el puente y entre la valoración subjetiva familiar de la economía austriaca de una visión moral de la condición humana: todavía no nos ha mostrado cómo pasar de las decisiones subjetivas a los derechos. Así que no ha demostrado que la praxeología en su estado actual de desarrollo ofrezca una base para una ética que sí ha dado para una epistemología y una economía.[6] Hasta que lo haga (él o algún otro) el proyecto que está siguiendo estará invariablemente incompleto.

¿Es un problema solventable? Una posible línea de investigación podría ser la siguiente: el mismo conocimiento reflexivo que basa nuestra naturaleza esencial como actores nos informa de nuestro estatus como sujetos morales: reconocemos inmediatamente algunas acciones como mejores o peores para nosotros antes de análisis detallados de mejor y peor. Otros sujetos se reconocen como sujetos como nosotros en lo esencial pero distintos en una amplia variedad de asuntos contingentes con respecto a sus fines y esperanzas personales, etc., que sólo conocen los propios sujetos, salvo en el grado que los comuniquen a otros. Esto por sí solo sugiere una ética individualista de autonomía personal y no coacción. Si embargo, por sí misma, no permite deducir derechos.

Sea como sea, este delgado libro esta simplificado intencionalmente, haciendo imposible para Hoppe llevarnos por todos los caminos o seguir todos los rumbos que abre su explicación. Aparte de las observaciones anteriores, el tratado de Hoppe es claro, conciso y muy sugerente (aunque un poco repetitivo). Aunque aquí no hay espacio para desarrollarlo, la filosofía austriaca desarrollada en el contexto de una visión moral del mundo sugiere una síntesis filosófica más grande que no solo ofrecería un antídoto para que el irracionalismo que inunda el entorno académico actual, sino que en sus propios términos constituye uno de los grandes logros positivos del futuro cercano. Recomiendo enormemente este libro como un paso adelante hacia ese logro.


El artículo original se encuentra aquí.

 

[1] En mi opinión, proposición lógicamente incontestable es un término filosóficamente superior a axioma evidente (p. 18), ya que la evidencia tiene un aura psicológica alrededor que es mejor evitar: lo que es evidente para la persona A no es evidente para la persona B y podría incluso ser completamente absurdo para la persona C. La evidencia por sí misma no denota certeza, sino solo una creencia muy fuerte. Axioma tiene también una desafortunada asociación con interpretaciones positivistas de la geometría que ven los axiomas como postulados arbitrarios sobre los que se puede construir un sistema geométrico alternativo (por ejemplo, euclideo frente a riemanniano). Introducir la incontestabilidad lógica sugiere una demostrabilidad que va más allá de la meramente psicológica. Reconocer que una proposición lógicamente incontestable es una proposición que se corresponde con un hecho completamente general de la realidad (o la clase central de entidades en algún dominio de la realidad a estudiar, como los seres humanos en las ciencias humanas) es indiscutible: entender esa proposición es comprender inmediatamente su necesaria veracidad y esto va más allá de la evidencia. La persona que insista en negar una proposición lógicamente incontestable puede ser culpable, o de confusión intelectual, o de simple terquedad.

[2] Ver, por ejemplo, Paul Weiss “The Theory of Types”, Mind 37 (1928): 338-348; o ver la explicación reciente en mi “Self- Referential Arguments in Philosophy”, Reason Papers 16 (1991), especialmente pp. 140-143.

[3] Para una explicación extraordinariamente clara de este argumento, ver Leo Strauss, Natural Right and History (Chicago: University of Chicago Press, 1953), cap. 1.

[4] Salvo Murray Rothbard; cf. su The Ethics of Liberty (Atlantic Highlands NJ: Humanities Press, 1982) [La ética de la libertad], que complementa la economía austriaca una aproximación de derecho natural basada en una visión aristotélica de los fines humanos.

[5] Hans-Hermanne Hoppe, A Theory of Socialism and Capitalism: Economics, Politics, and Ethics (Dordrecht: Kluwer Academic Publishers, 1989), p.132.

[6] Cf. Danny Shapiro, “Review of A Theory of Socialism and Capitalism”, Reason Papers 15 (1990): 154.

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