España, cuna del pensamiento económico contemporáneo

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Desde que Max Weber -hace ya un siglo- formulara su famosa tesis acerca de la relación entre «La ética protestante y el espíritu del capitalismo», se vino configurando una visión de la historia -luego veremos que torcida-, según la cual el catolicismo y el capitalismo estaban reñidos.

En la católica España, acostumbrados como estamos -desde la «leyenda negra» a la pesimista generación del 98- a pensar y hablar mal de nosotros mismos, hemos venido aceptando con naturalidad todo cuanto los demás decían de nosotros; sobre todo si era para mal.

Los últimos tiempos, proclives a un absurdo e infundado cuestionamiento de nuestra identidad nacional, lejos de favorecer un esclarecimiento de nuestros sambenitos, han seguido orillando la apreciación de lo mejor de nosotros mismos y despreciando, en consecuencia, las grandes contribuciones españolas a la civilización occidental. Viene a cuento la digresión anterior como introducción a un milagro intelectual -cuya capital fue la Salamanca de los siglos XVI y XVII- operado por los escolásticos españoles de aquel tiempo.

Emociona, aún hoy, leer sus obras por su vigencia metodológica y doctrinal. Partiendo del programa filosófico de Santo Tomás de Aquino, el pensamiento escolástico trata -y lo consigue- de conciliar la fe con la razón; quizás la columna vertebral de nuestra civilización, la occidental, que nos distingue de las demás y explica nuestros exclusivos logros científicos, tecnológicos, económicos y sociales, que sólo han podido ser imitados por otras culturas, pero en ningún caso superados paradigmáticamente. Para ello, los escolásticos se ampararon en la filosofía aristotélica, a la que someten muy frecuentemente sus razonamientos, y arrinconaron el idealismo platónico.

Desde la humildad de tratar de entender la lógica del comportamiento libre y espontáneo de la gente, los escolásticos descubrieron la mayor parte de las reglas sempiternas de la economía de mercado y sentaron las bases de la doctrina liberal, tanto en el ámbito político como en el económico.

El periodo escolástico medieval abarcó siete siglos, desde el año 800 hasta 1500, siendo Santo Tomás de Aquino (1226-1274) su más genuino representante. Marjorie Grice-Hutchinson, doctorando de Friedrich Hayek, investigó a mediados de los 70 el pensamiento económico español en el periodo 1170-1740 y, junto con Raymond de Roover -estudioso del pensamiento medieval-, denominaron «Escuela de Salamanca» a los «economistas» escolásticos hispanos. Antes, a mediados del siglo pasado, Joseph Schumpeter en su magna obra «Historia del análisis económico» ya había dedicado todo un capítulo a los doctores escolásticos y los filósofos del Derecho Natural. Por último, Murray N. Rothbard, en su «Historia del pensamiento económico» (1995), reivindica la escolástica española tardía como fundadora de la ciencia económica.

Francisco de Vitoria (c. 1495-1560), dominico que estudió y enseñó en la Sorbona, es considerado el padre de la escolástica hispana. Domingo de Soto, Tomás de Mercado, Martín de Azpilicueta, Luis de Molina, Juan de Mariana, Francisco Suárez, y otros dominicos y jesuitas realizaron contribuciones de gran valor. Por ejemplo, según H. M. Robertson, «los jesuitas favorecieron el espíritu de empresa, la libertad de especular y la expansión del comercio como beneficio social. No es difícil juzgar que la religión que favoreció el espíritu del capitalismo fue la jesuita no la calvinista».

Entre los aspectos, tan cruciales como imperecederos, que fueron objeto de análisis por los maestros escolásticos, he aquí los más significativos:

La propiedad privada
Los argumentos a favor de la propiedad privada no tienen desperdicio, más de cuatro siglos después:
-Hace posible un orden social justo.
-Es útil para preservar la paz y la armonía social.
-Es natural que se cuide más lo propio que lo común.
-Promueve la cooperación social libre.
-Nadie puede desentenderse de los bienes temporales.

Para Domingo de Soto, «toda persona tiene el derecho natural de donar o transferir en la manera en que le venga en gana las cosas que legalmente posee».

Finanzas públicas
La existencia de gobiernos por sí misma significa un límite a la libertad según el padre Mariana, quien definió con claridad el principio rector de una sana política fiscal: «Debe ante todo procurar el príncipe que, eliminados todos las gastos superfluos, sean moderados los tributos», a lo que añadiría que «el excesivo gasto público es la causa esencial de la depreciación de la moneda». Para Pedro Fernández de Navarrete, «la moderación de gastos es el mejor medio para engrandecer el Reino».

Teoría monetaria
La teoría cuantitativa del dinero fue descubierta por los escolásticos. Así, Luis de Molina analizó en forma detallada la influencia de la escasez en el valor del dinero. Domingo de Soto, por su parte, dejó establecido que «la moneda al igual que las leyes, debe permanecer lo más fija posible». El padre Mariana asignaba gran importancia al patrón monetario estable y llamó «infame latrocinio» a la alteración del valor y la ley de la moneda.

El comercio
Juan de Mariana, además de anticipar algunos argumentos de Adam Smith acerca de la división del trabajo, dejó dicho que «es la naturaleza de los hombres y de las cosas la que ha hecho necesaria el comercio». Para San Bernardino de Siena, «es función esencial de los comerciantes el comprar bienes en aquellos lugares donde abundan y son baratos para venderlos allí donde escasean y son caros».

Valor y precio
El precio de los bienes no es determinado por su naturaleza sino por el grado en que satisfacen las necesidades humanas, tan subjetivas como la utilidad. El «precio justo» escolástico viene determinado o se desprende de la común estimación en el mercado: «Surge del natural y común curso de los tratos y negocios humanos llanamente hechos, quitada toda violencia y engaño»; consecuentemente, Juan de Mariana, criticó la fijación de precios por la autoridad. Para los escolásticos -así de avanzados eran- el precio cobrado por un monopolista podía ser justo en presencia de libre entrada en el mercado. Estaban en contra de los monopolios obtenidos por privilegios reales.

Justicia distributiva
Para no violar la justicia distributiva, los impuestos deben cumplir cinco condiciones:
1. Que vengan impuestos por una autoridad legítima.
2. Que la causa final del tributo sea justa.
3. Que sean proporcionados a la causa final.
4. Que la materia sobre la que se imponen sea justa y decente.
5. Que guarden proporción con las haciendas particulares.

Los salarios
El salario justo -como el precio- es aquél establecido por la estimación común en ausencia de fraude. Luis de Molina remarcaba que «el salario se determina al igual que los demás precios». San Bernardino, por su parte, razonaba que «cuanto más largo sea el periodo de entrenamiento y aprendizaje para un empleo, menor tenderá a ser el número de trabajadores que podrán ofrecer sus servicios; de ahí que el salario que se les deba pagar sea más elevado». Nunca propusieron los escolásticos que se estableciera un salario mínimo, pues produciría injusticias y desempleo.

Los beneficios
Es parte de la naturaleza de los negocios, que unas veces se gane y otras se pierda, sostenía San Bernardino. Las ganancias eran justas cuando resultaban de la compra y venta a precios justos, es decir, de mercado, sin fraude, coerción o monopolios.

Actividad bancaria e interés
Para Schumpeter, fueron los escolásticos quienes dieron el primer paso en la larga historia de la teoría del interés. Según De la Cruz, «si una promesa se hiciere por escrito libremente, y habiéndola aceptado quien dio el dinero, lo podrá después cobrar por justicia», además de entender que «el dinero presente vale más que el ausente». Para Fray Luis de Alcalá, «el mismo juicio se debe tener del dinero que de las mercaderías».

Los escolásticos también abordaron el tema del descuento de documentos o letras de cambio a precios por debajo del valor nominal. Entendían que el dinero futuro tiene un valor menor que el dinero presente. La descripción de los logros doctrinales escolásticos que se acaban de reseñar es una paráfrasis del libro «Raíces cristianas de la economía de libre mercado», de Alejandro A. Chafuén, publicado originalmente en inglés en 1986 y ahora reeditado en español por la editorial El Buey Mudo.

Por todo lo dicho hasta aquí, resulta evidente que España no sólo descubrió América, también fue cuna del origen de la teoría económica vigente, la liberal, que en contra de una infundada tradición no estuvo radicada en el norte de Europa ni asociada al protestantismo. Fue en España principalmente -también en Italia y Portugal, aunque menos- y desde la doctrina católica, donde se comenzó a construir el gran edificio intelectual que dio impulso y aún sostiene nuestra civilización; la occidental, de la que felizmente se nutren cada vez más países del mundo.


El original se encuentra aquí.

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