Tradicionalismo y anarcocapitalismo en López-Amo

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La Sociedad de Estudios Políticos de la Región de Murcia ha lanzado al mercado el primer título de su colección sobre pensamiento conservador español. Está dedicado al jurista de estado Ángel López-Amo, y cuenta con un excelente estudio preliminar del profesor de Ciencia Política de la Universidad de Santiago de Compostela, Miguel Anxo Bastos (El principio aristocrático, Isabor, Murcia, 2008, 160 páginas).

López-Amo fue catedrático de Historia del Derecho en las universidades de Valencia, Oviedo y Santiago. Su prestigio como jurista le llevó a impartir lecciones en universidades europeas y norteamericanas. En Washington encontró la muerte prematura, en 1956, a los treinta y nueve años de edad. A pesar de su juventud, llegó a desempeñar importantes labores en la formación de las nuevas generaciones de políticos surgidas del franquismo. Fue preceptor del entonces Príncipe de España, Juan Carlos de Borbón, al que intentó inculcarle una idea moderna del papel de la monarquía en las sociedades avanzadas, ahora vemos que con escaso éxito. Sus cartas al heredero del trono de España, en las que trató con profundidad los principios fundamentales de la política y su idea de la monarquía de la reforma social, fueron publicadas con carácter póstumo en el periódico La Vanguardia (Española). Todas están incluidas en este volumen que reseñamos, y en ellas se pueden seguir de forma precisa las líneas maestras de pensamiento del que, con la aquiescencia de D. Juan y Franco, asumió el encargo de formar al sucesor de este último en materia de alta política. De alguna manera, esas cartas son también, en punto a los géneros políticos, una magnífica actualización de los viejos espejos de príncipes, los manuales para la educación regia.

El aspecto más sugestivo del pensamiento de López Amo es su defensa del orden tradicional como elemento necesario para la existencia de sociedades libres, lo que obliga a desmontar muchos prejuicios establecidos con excesiva generosidad a favor de los sistemas partitocráticos. Por no hablar, entre otras cosas, de la catástrofe que supusieron para Europa la revolución francesa y sus secuelas. Curiosamente, la tesis de López-Amo entronca directamente con el moderno anarcocapitalismo, cuya crítica al estatismo se apoya precisamente en la defensa de las tradiciones del liberalismo clásico (sobre todo el de la tradición anglosajona, no el de la francesa: Burke frente a Rousseau), que siempre defendió la existencia de instituciones civiles sólidas para limitar el poder estatal.

El tradicionalismo hispano, antiestatista y descentralizador recibió en su día los mayores elogios de Murray Rothbard, padre del anarcocapitalismo moderno, por su defensa de los fueros territoriales, pues allí donde existe el fuero el poder del Estado se ve fuertemente limitado. Haría falta meditar en España sobre la opinión de Rothbard al respecto del foralismo español, doctrina que aquél consideraba la mayor contribución hispánica al pensamiento político.

“El principio aristocrático”, texto del discurso universitario que da título a esta obra de López-Amo, condensa otro presupuesto básico de la tradición liberal anglosajona, que siempre defendió la existencia de una clase ilustrada que defendiera la vigencia de unas instituciones sociales del orden político ajenas al estado como elemento necesario para la supervivencia de las libertades individuales. No hace falta insistir en el hecho de que López-Amo se refiere siempre a la aristocracia del esfuerzo personal, del mérito y la excelencia, en suma, a la aristocracia del espíritu, no a la aristocracia cortesana.

En El principio aristocrático encontramos una elaboración doctrinal que cabe considerar, con toda propiedad, en la línea de la tesis sobre la tiranía democrática alumbrada por Hayek y más tarde desarrollada, entre otros, por el anarcocapitalista Murray N. Rothbard, como ya ha quedado dicho. Uno de los principales continuadores de la obra de este último, Hans-Hermann Hoppe, defiende en sus trabajos la superioridad del orden tradicional, basado en la consideración del estado como propiedad privada de una dinastía, respecto al gobierno de las mayorías, impuesto tras la segunda guerra mundial en todo Occidente, sobre todo en lo que afecta a las libertades individuales.

La tesis de esta escuela de pensamiento es que los seres humanos cuidan aquello que les pertenece. En cambio, cuando la cosa pública es gestionada por una clase política, la prioridad no es aumentar la riqueza, sino ganar las siguientes elecciones, para lo cual la clase política no tiene los límites que la tradición liberal imponía a los monarcas, sino que, bajo la forma democrática, el político tiene un poder casi absoluto para intervenir en el orden social todo lo que sus cálculos electoralistas le aconsejen. El prologuista de esta antología, el profesor Bastos, llama muy oportunamente la atención sobre la profunda familiaridad entre las ideas que inspiraron a López-Amo y las que maneja Hoppe.

La obra de López-Amo, a pesar de haberse elaborado a mitad del siglo pasado, sigue estando en la vanguardia del pensamiento liberal, de ahí el interés que su lectura tendrá, sin duda, para el estudioso de la filosofía política. Dice Bastos en su prólogo que tal vez alguien como López-Amo habría logrado una síntesis inédita en el pensamiento español político español: la de la tradición ético-económica de la Escuela de Salamanca y la del foralismo.

Ahora bien, una obra como la de López-Amo, cargada de consecuencias en lo ético y en lo político, fue criticada ya en su día. Jiménez de Parga, por ejemplo, un modelo del cortesanismo propio de las democracias, atacó en los años 60 las cartas de López-Amo al príncipe porque suponía que aquél quería hacer de Juanito un monarca absoluto. Últimamente ha repetido ese esperpento intelectual en sus Memorias. El ex presidente del Tribunal Constitucional, a quien no le fue nada mal con Franco (a juzgar por su cátedra, su floreciente bufete barcelonés y sus cargos en la Universidad Autónoma de Barcelona), siendo, como es, constitucionalista, debería saber que en la obra de López-Amo no hay la menor defensa del absolutismo como forma de estado. Muy al contrario, el preceptor del entonces Príncipe condena severamente esa concepción jurídico-política como lesiva para las libertades individuales, en tanto que la razón de su sostén es una identificación teológica entre el monarca y Dios de raíz protestante, en virtud de la cual el Rey no es servidor de la comunidad sino un personaje investido de la autoridad divina para hacer y deshacer sin más límites que su propio criterio y el de sus consejeros. Así pues, la crítica de Jiménez de Parga, que se dedicó a promover en la universidad a gentes del PSUC, seguramente para acreditarse democráticamente, parece más bien un ajuste de cuentas post mortem con López-Amo, quien nunca hubiera puesto al servicio del consenso antiliberal su prestigio académico como sí hizo, con fervor de nuevo converso, el jurista granadino.

López-Amo puede ser tratado, con toda justicia, como un defensor de los principios liberales clásicos, de cuño anglosajón pero sin dejar de inspirarse en la tradición de la libertad católica, basados en la limitación del poder estatal para preservar las libertades civiles. Su vinculación al tradicionalismo no tiene como objeto mantener los privilegios de una clase ociosa (aspecto que critica duramente en muchos de sus textos), sino que obedece a su convicción de que sólo una sociedad civil robusta, preservada de la coacción estatal gracias a los distintos fueros civiles, permite el desarrollo con las mayores cotas de libertad individual.

La obra de López-Amo es un agradable hallazgo que debemos a la labor incansable de una pequeña asociación civil dedicada a promover los estudios sobre el pensamiento político español –lo que no hace la millonaria FAES–. Esta institución, sin ayudas públicas de ningún tipo (aspecto que la honra), está dispuesta a poner en valor el pensamiento de autores como Jesús Fueyo o Eustaquio Galán. De este último se proyecta la edición de Defectos de la constitución española de 1978. Así mismo, trabaja ya en una nueva edición de La partitocracia, de Gonzalo Fernández de la Mora, lo que parece, dada la situación política, de lo más oportuno.

El modelo de la Sociedad de Estudios Políticos recuerda al que se adoptó en los Estados Unidos, precisamente, en épocas tan estatistas como la actual. Si las entidades vinculadas al partido heredero de la tradición liberal y conservadora hispana tomaran ejemplo, tal vez la travesía del desierto de la derecha española sería menos dolorosa y, sobre todo, más corta.


El artículo original se encuentra aquí.

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