El estado, la moral y los liberales

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[Publicado por cortesía de Luis I. Gómez]

“Si las necesidades son el punto de referencia, cada uno es a la vez víctima y parásito. Como víctima, tiene que trabajar para satisfacer las necesidades de los demás, pero sigue siendo un parásito cuyas necesidades deben ser satisfechas por otros. Sólo podrá presentarse ante los demás como mendigo o como esquilmado.” Ayn Rand

El estado del bienestar se ha convertido en la nueva religión de la que emanan los principios “morales” de nuestro tiempo.  Desposee a  los ciudadanos de su propiedad, su independencia y, en última instancia, su libertad personal. A cambio promete seguridad material y la distribución equitativa tanto de resultados como de responsabilidades. De hecho, se construye una prisión social: el estado de bienestar proveedor. Esta prisión no requiere celdas con barrotes ni muros con alambradas. El miedo a la libertad responsable es el que recluye a las personas. Porque estas ya no quieren la libertad personal sino congratularse en la supuesta seguridad y comodidad proporcionadas por el estado. El ejercicio de la libertad, efectivamente, es agotador: es necesario vivirla con un estilo de vida más esforzado, más alerta (Roland Baader). Por eso el sueño de muchos de nuestros contemporáneos es un gobierno fuerte que les administre, aunque les incapacite, absorbidos en la vorágine de leyes y mandatos nacidos de un estado hipertrofiado. Este despotismo democrático alivia al individuo de la molestia de pensar por sí mismos y de la asunción de las cargas de la propia vida. Las personas y sus destinos dependen del amor viciado de los funcionarios del estado de bienestar. Su moral también.

Las políticas del “bienestar obligatorio, universal y gratuito” crean en nosotros el estado mental y moral contra el que deberían rebelarse todos aquellos que se dicen “ilustrados”: aceptamos el igualitarismo colectivista y la omnipresente vigilancia del estado (y entre nosotros, ávidos denunciantes) en lugar de libertad y responsabilidad individuales. Una red de pequeñ­as pero muy precisas reglas se extiende sobre  la existencia de cada uno de nosotros haciéndonos dependientes, incluso en los más íntimos asuntos, de la burocracia estatal.  El amaestrado “ciudadano social” ya no defiende los valores de la cultura occidental (la competitividad y diversidad), se limita al ejercicio egoísta  de asegurarse el trozo más grande del pastel social. Bajeza …moral donde las haya.

En nuestra tradición filosófica encontramos una inconfundible tendencia: nos gusta más Platón con su estado utópico que  Aristóteles. Probablemente nuestra historia, impregnada más de teología que de filosofía, cuajada de sinsabores y derrotas en los últimos siglos (perder un Imperio deja huella) nos ha conducido a una patológica falta de confianza en nosotros mismos.  Ello, añadido a la sempiterna envidia social,  nos hace víctimas propiciatorias ideales para el socialismo. Es por eso que preferimos la distribución equitativa de la pobreza a la desigual distribución de la prosperidad. La libertad y prosperidad de otros sólo despierta frustración. Quien ha perdido la oportunidad de desarrollar su propia libertad odia  la libertad de otros. Pero esta frustración la disfrazamos de estado de bienestar paternalista, que lleva a cabo la redistribución forzada de la justicia social. El estado de bienestar priva a los ciudadanos de sus libertades con el fin de hacerlos mejores personas y protegerlos de sí mismos. Perverso.

La miseria histórica del liberalismo político en España, dividido en el afán de cada una de sus fracciones por imponer su particular visión de ciertos asuntos morales, es una  de las razones por las que nunca ha sido posible un verdadero anclaje en nuestra vida política de los principios e ideario de los liberales clásicos – en el sentido de Montesquieu, Tocqueville, David Hume, Benjamin Constant, Thomas Jefferson, Lord Acton, Adam Ferguson, Adam Smith, John Locke, Edmund Burke, John Stuart Mill, Ludwig von Mises, Friedrich A. von Hayek, Ludwig Erhard, James M. Buchanan y Murray N. Rothbard.

Envueltos en nuestras luchas intestinas, incapaces de formular una alternativa política plural en la que cupiesen cuantas más sensibilidades mejor, caemos en la insignificancia no ya política, también social. Así hemos sido apenas expectadores de lo que acertadamente L. D. Brandeis, del Tribunal Supremo de Estados Unidos, definía en 1927 como la causa de la locura del estado de bienestar: “Los mayores peligros para la libertad están al acecho en las intervenciones insidiosas de fanáticos con buena intenciones, pero sin capacidad de comprensión” El resultado somos nosotros, los de-moralizados “esclavos felices” de la burocracia del estado de bienestar.

La nueva moral ya no nace de los procesos espontáneos propios del sistema social, sino de la voluntad de quienes ostentan el poder, claro signo de retroceso a épocas que creíamos pasadas. Cuando la moral mide los actos exclusivamente en función de la pura necesidad y no de la capacidad para superarla, convertimos la mediocridad en en meta a conseguir y a todo productor en huésped a parasitar. Mantener la mediocridad como meta final no sólo consume los recursos, impide la producción de otros nuevos. Cuando la dualidad inseparable entre riesgo y oportunidad se resuelve siempre y cobardemente en detrimento del riesgo, no estamos sólo ante un estancamiento, nos abocamos a la regresión.

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