Contra el individuo y la razón

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[Publicado por cortesía de la Revista John Galt y del autor]

Muchas ideas repetidas en nuestra sociedad son realmente perversiones de ideas puramente liberales, o individualistas.

En otros tiempos se suponía que las ideas lucharían unas con otras en la sociedad y la mejor argumentada sería la que terminaría reinando. Por ejemplo, la moral religiosa competiría en argumentos con otra visión de moral y aquella que terminara ganando el debate, con el pasar del tiempo, sería la que el grueso de la población terminaría aceptando. Esto siempre y cuando no se tuviera una tiranía que censurara o escogiera ganadores en lo que podríamos llamar “la batalla de ideas”. Con el alza del individualismo, además, se suponía que no sería necesaria una “victoria” en esta batalla para que un actuar determinado fuera aceptado. La norma tácita era y es simple: si no hace daño directo a un tercero, debe ser permitido, aunque la mayoría no lo acepte.

Tenemos entonces dos parámetros de supuesto cumplimiento en nuestras sociedades: 1) Cada persona, siempre y cuando no le cause daño directo y comprobable a otra, puede llevar su vida como quiera y 2) Las ideas con mejores argumentos terminarán triunfando y siendo más aceptadas en la sociedad.

El primer parámetro, sin embargo, se ha pervertido en las sociedades actuales. Tenemos la idea de que hay personas que necesitan cuidado, incluso de sí mismas; ejemplo de esto, querer prohibir o dificultar artificialmente el acceso a ciertas sustancias que consideramos peligrosas. Vemos entonces la lucha permanente para que se permita el consumo de marihuana, pero en lugar de argumentar que el consumo de marihuana no le hace daños a terceros, vemos que un grueso de la argumentación siempre va dirigida a explicar por qué la marihuana no le hace gran daño al consumidor. Todo esto, claro, es una perversión de la primera norma que hemos mencionado, ya no se busca que cada persona lleve su vida sin hacer daños a terceros, sino que ahora lo que se busca es un estándar de vida para la persona misma; entonces aparecen movimientos como aquel que busca alzar impuestos a las bebidas azucaradas para proteger a los pobres consumidores de sus supuestas malas decisiones. Esto quiere decir que creemos que existe una forma de actuar que es la correcta y que, por consiguiente, esta debe ser impuesta a la población.

Pero el segundo parámetro mencionado, “Las ideas con mejores argumentos terminarán triunfando y siendo más aceptadas en la sociedad”, también se ha pervertido. Usaré como ejemplo para mostrar esta perversión un caso sonado en Colombia, el caso de la muerte de Luis Colmenares, y el juicio posterior, concretamente, con el trabajo realizado por el periodista José Monsalve, autor del libro “Nadie mató a Colmenares” que desafiaba la mirada mayoritaria de los medios de comunicación, que, junto a la población colombiana ya habían dado sentencia a las dos acusadas, Laura Moreno y Jessy Quintero, de ser partícipes de un asesinato que en realidad nunca tuvo evidencia de haber ocurrido.

La primera reacción de la población ante casos como estos es que “la plata mueve a los medios” y esa parece ser una verdad incuestionable. Pero en este caso concreto no parece ser el motivo, después de todo, los padres de las acusadas tienen dinero, dinero que supuestamente podrían haber usado para poner a los medios de comunicación a su favor. ¿Por qué no ocurrió así? Es mejor la explicación del mismo José Monsalve que se encontró con una queja de sus colegas en medio de su trabajo periodístico para mostrar la versión real del caso, aquella en la que no existía asesinato alguno, aquella en la que se mostraba la falta total de evidencia para lo que el país entero manejaba, aquella que finalmente, tras un juicio de 6 años, la justicia favoreció. Cuenta Monsalve que mientras realizaba su investigación periodística una colega le elevo la crítica que parecía ser la bandera de todos los medios alrededor del caso: “el periodismo debe estar del lado de las víctimas”.

Desglosando aquella afirmación encontramos que no importa la verdad, no importan los hechos, no importa la evidencia, no importa ni siquiera el dinero, el rating, nada. Importa lo que digan las victimas, es esa, para aquella colega, la verdad total e incontrovertible, las víctimas (en el caso concreto, los familiares de Luis Colmenares) tienen toda la verdad, y resulta inmoral controvertirlo.

Dejando el caso concreto de lado, no solo así parecen moverse los medios de comunicación, sino el resto de la población y el manejo de su opinión que siempre está basado, últimamente, en sentimentalismos y victimizaciones, en vez de sustentarse en argumentos. Podríamos resumir la situación de la siguiente manera: las ideas triunfantes en la sociedad actual no son aquellas que tengan mejores argumentos a su favor, sino aquellas que ofendan menos.

Si son los indígenas los afectados, son ellos los que tienen la razón, siempre. Si son maestros o profesores, ellos tienen la razón. Si son víctimas, mujeres, homosexuales, bisexuales, transexuales, o cualquier grupo minoritario, ellos tienen la razón. ¿Por qué? Porque la opinión reinante va del lado de las víctimas y todos los grupos mencionados ya se han instalado en la opinión pública como víctimas. Han ganado la batalla de las ideas.

No quiere decir esto, cabe aclarar, que los resultados de ese intercambio de ideas sean siempre negativos, vemos en nuestras sociedades avances clarísimos hacia la comunidad LGTB, por ejemplo en las discusiones acerca del matrimonio y la adopción. Vemos un interés mayor por el papel de la mujer en la sociedad, vemos reconocimiento y preocupación sincera por otros grupos minoritarios, históricamente rechazados, hoy aceptados y hasta protegidos de abusos de otras épocas.

Pero por las razones equivocadas. ¿Importa la causa de aquellas victorias? Sí, si bien se avanza en esos campos concretos, también se atrasa. Vemos, por ejemplo, el caso de transmilenio en Bogotá, donde por ley, ahora los hombres deben dar asiento siempre a la mujer; considerándolas personas de necesidad especial, más débiles y menos capaces que los hombres. Vemos que ahora el Estado tiene poder para decirle a los negocios privados cómo y con quién deben hacer negocios; véase el caso de las pastelerías de EEUU que se negaron a dar servicio para matrimonios homosexuales y resultaron envueltas en un problema judicial. Vemos casos como privilegios para los indígenas que terminan siendo racistas. Si soy indígena, resulta que me pueden castigar a latigazos, no si soy mestizo, o blanco, o negro. Si un niño es indígena puede ser tratado con “medicina” alternativa que ha llevado a otros a perder miembros de su cuerpo por infecciones, mientras que si el niño es de ciudad, no indígena, la sociedad en su conjunto tiene que moverse para prestarle la mejor atención posible en salud, esta es la medicina occidental, la científica, la que funciona mejor. Si soy niño de la costa colombiana, un cantante de vallenato me puede tocar mis partes privadas, si soy del interior del país, no. ¿Por qué? Porque así ofende menos, increíblemente, en la sociedad de hoy.

La ofensa es subjetiva. No a todos nos ofenden las mismas cosas de la misma manera, lo que según la lógica debería ofendernos más, no lo hace, porque la ofensa no se maneja por reglas lógicas o de la razón, es puramente sentimental. Hay quienes les ofende de sobremanera que se critique al Islam, incluso cuando son las críticas exactas que el ofendido hace a los católicos. Hay quienes les ofende una agresión física a una mujer de parte de un hombre, y más tarde esos ofendidos pueden reírse de una agresión equivalente a un hombre de parte de una mujer. Ese es el terreno de los sentimientos, no gobernados por la razón ni la lógica. Y es por eso que es peligroso llevar nuestra “batalla de ideas” al campo del sentimiento, puesto que en ese reino no existen la verdad, la razón o la lógica, sino la subjetividad total, de gritar escandalizados porque EEUU es una cultura horrenda mientras se grita, a espaldas, que no hay culturas superiores ni inferiores.

Puede que en ese campo se ganen batallas importantes, que indiquen un avance en algunos campos (marihuana, LGTB, derechos de la mujer), pero al final se pierde más, porque si lo importante no es la razón, sino el sentimiento de los ofendidos, en algún punto aquellos que se ofenden por esos avances (grupos cristianos, por ejemplo) también terminarán siendo escuchados. ¿No lo creen? ¿Conocen a Donald Trump?


Publicado originalmente en Revista John Galt.

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