Cómo la libertad definió la civilización occidental

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Magna_Carta_Memorial_in_Argentina_-_Libertas.jpeg[Extraído de Money, Method, and the Market Process]

La historia de la civilización es la historia de una lucha incesante por la libertad.

La cooperación social bajo la división del trabajo es la fuente definitiva y exclusiva del éxito del hombre en su lucha por la supervivencia y sus intentos de mejorar hasta donde sea posible las condiciones materiales de su bienestar. Pero, siendo como es la naturaleza humana, la sociedad no puede existir si no hay disposiciones para impedir que gente rebelde lleve a cabo acciones incompatibles con la vida en comunidad. Para mantener la cooperación pacífica, hay que estar dispuestos a recurrir a la represión violenta de quienes perturben la paz. La sociedad no puede funcionar sin un aparato social de coacción, es decir, sin estado ni gobierno. Así que aparece un problema adicional: limitar a los hombres que estén al cargo de las funciones gubernamentales evitando que abusen de su poder y conviertan a todos los demás en virtuales esclavos. El objetivo de todas las luchas por la libertad es limitar a los defensores armados de la paz, los gobernadores y sus agentes. La libertad siempre significa: libertad frente a la acción arbitraria por parte del poder de policía.

La idea de libertad es y siempre ha sido propia de Occidente. Lo que separa a Oriente de Occidente es ante todo el hecho de que los pueblos orientales nunca concibieron la idea de libertad. La gloria imperecedera de los antiguos griegos fue que fueron los primeros en entender el significado e importancia de las instituciones que garantizaban la libertad. Investigación histórica reciente ha remontado a fuentes orientales el origen de algunos logros científicos previamente atribuidos a los helenos. Pero nadie ha discutido nunca que la idea de libertad se creó en las ciudades de la Grecia antigua. Los escritos de filósofos e historiadores griegos la transmitieron a los romanos y posteriormente a la Europa moderna y América. Se convirtió en la preocupación esencial de todos los planes occidentales para el establecimiento de la buena sociedad. Engendró la filosofía de laissez faire a la que la humanidad debe todos los logros sin precedentes de la época del capitalismo.

La razón de todas las instituciones políticas y judiciales modernas es salvaguardar la libertad individual frente de intrusiones por parte del gobierno. El gobierno representativo y el estado derecho, la independencia de jueces y tribunales frente a la interferencia por parte las agencias administrativas, el hábeas corpus, el examen y rectificación judicial de los actos de la administración, la libertad de expresión y prensa, la separación de estado e iglesia y muchas otras instituciones se dirigen a un solo fin: limitar la discreción de los funcionarios y hacer a las personas libres frente a su arbitrariedad.

La edad del capitalismo ha abolido todo los vestigios de esclavitud y servidumbre. Ha puesto fin a castigos crueles y ha reducido la sanción para delitos al mínimo indispensable para desanimar a los delincuentes. Ha eliminado la tortura y otros métodos objetables de tratar a sospechosos y malhechores. Ha derogado todo los privilegios y proclamado la igualdad de todos los hombres bajo la ley. Ha transformado a los súbditos de la tiranía en ciudadanos libres.

Las mejoras materiales fueron el fruto de estas reformas e innovaciones en la gestión de los asuntos públicos. Al desaparecer todos los privilegios y conceder a todos el derecho a enfrentarse a los intereses creados de todos los demás, se dejaron las manos libres a todos aquellos que tuvieron el ingenio como para desarrollar todas las nuevas industrias que hoy hacen más satisfactorias las condiciones materiales de la gente. Las cifras de población se multiplicaron y aun así la mayor población pudo disfrutar de una vida mejor que la de sus ancestros.

También en los países de la civilización occidental ha habido siempre defensores de la tiranía (del gobierno arbitrario absoluto de un autócrata o de una aristocracia por un lado y el sometimiento del resto de la gente por el otro). Pero en la época de la Ilustración las voces de estos oponentes se hicieron cada vez más débiles. Prevaleció la causa de la libertad. En la primera parte del siglo XIX el avance victorioso el principio de libertad parecía irresistible. Los filósofos e historiadores más eminentes tenían la convicción de que la evolución histórica tendía al establecimiento de instituciones que garantizaban la libertad y de que ninguna entidad ni maquinación por parte de aquellos podía detener la tendencia hacia el liberalismo.

Al tratar el asunto de la libertad no nos referimos al problema económico esencial del antagonismo entre capitalismo y socialismo. Más bien señalamos que el que el hombre occidental sea tan diferente de los asiáticos se debe enteramente a que está ajustado a la vida en libertad y educado para la vida en libertad. Las civilizaciones de China, Japón, India y los países mahometanos de Cercano Oriente que han existido antes de que estas naciones se vieran atraídas por los modos occidentales de vida indudablemente no pueden rechazarse como bárbaras. Estos pueblos hace ya muchos cientos e incluso miles de años alcanzaron logros maravillosos en las artes industriales, en la arquitectura, en la literatura y la filosofía y en el desarrollo de instituciones educativas. Crearon y organizaron poderosos imperios. Pero cuando perdieron su impulso, sus culturas se convirtieron en entumecidas y aletargadas y perdieron la capacidad de resolver con éxito sus problemas económicos. Su genio intelectual y artístico desapareció. Sus artistas y autores copiaban directamente los patrones tradicionales. Sus teólogos, filósofos y juristas se dedicaban a hacer exégesis invariables de obras antiguas. Los monumentos erigidos por sus antecesores se desmoronaron. Sus imperios se desintegraron. Sus ciudadanos perdieron el vigor y la energía y se hicieron apáticos ante su progresiva decadencia y empobrecimiento.

Las obras antiguas de filosofía y poesía oriental pueden compararse con las obras más valiosas de Occidente. Pero durante muchos siglos Oriente no ha generado ningún libro importante. La historia intelectual y literaria de la era moderna raramente registra algún nombre de un autor oriental. Oriente ya no contribuye en nada al esfuerzo intelectual de la humanidad. Los problemas y polémicas que agitaron Occidente permanecieron desconocidos en Oriente. En Europa hubo conmoción, en Oriente hubo estancamiento, indolencia e indiferencia.

La razón es evidente. A Oriente le faltaba lo primordial, la idea de libertad frente al estado. Oriente nunca levantó la bandera de la libertad, nunca trató de destacar los derechos de la persona frente al poder de los gobernantes. Nunca puso en cuestión la arbitrariedad de los déspotas. Y, sobre todo, nunca creó el marco legal que protegería la riqueza de los ciudadanos frente a la confiscación por parte de los tiranos. Por el contrario, engañados por la idea de que la riqueza del rico es la causa de la pobreza del pobre, todos aprobaban la práctica de los gobernantes de expropiar a los empresarios de éxito. Así se impedía la acumulación de capital a gran escala y las naciones perdían todas aquellas mejoras que habrían requerido una considerable inversión de capital. No pudo desarrollarse en ninguna “burguesía” y consecuentemente no hubo nadie que animara y apoyara a autores, artistas e inventores.

Para los hijos del pueblo estaban cerrados todos los caminos hacia la distinción personal, salvo uno. Podían tratar de abrirse camino sirviendo los príncipes. La sociedad occidental era una comunidad de individuos que podían competir por los mayores premios. La sociedad oriental era una aglomeración de súbditos que dependían completamente de la buena voluntad de los soberanos. La juventud alerta de Occidente miraba al mundo como un campo de actividad en el que podían ganar fama, eminencia, honores y riqueza: nada parecía demasiado difícil para su ambición. La mansa progenie de los padres orientales no sabía nada más que seguir la rutina de su entorno. La noble autoconfianza del hombre occidental encontró su expresión triunfante en ditirambos como el himno al hombre y su esfuerzo aventurero del coro de la Antígona de Sófocles y en la Novena Sinfonía de Beethoven. Nada de este tipo se ha escuchado nunca en Oriente.

¿Es posible que los descendientes de los constructores de la civilización del hombre blanco deban renunciar a su libertad y rendirse voluntariamente a la soberanía del gobierno omnipotente? ¿Que deban contentarse con un sistema en el que su única tarea sería servir como engranajes de una gran maquinaria diseñada y operada por un planificador todopoderoso? ¿Debería la mentalidad de las civilizaciones paralizadas acabar con los ideales por los que los ascendientes de miles y miles han sacrificado sus vidas?

Ruere in servitium, cayeron en la esclavitud, observaba tristemente Tácito al hablar de los romanos en la época de Tiberio.


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