¿Pagan pocos impuestos los estadounidenses?

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TaxationIsTheftGreen.png[Extraído de “Are we undertaxed?” en Making Economic Sense, de Murray Rothbard. Publicado originalmente en 1992]

Cada día que pasa trae más evidencias, en maravillosa expresión de Bill Kauffman en Chronicles, del “enorme golfo entre quienes viven en Estados Unidos y quienes huyen de ellos”. Los que vivimos en EEUU estamos firmemente convencidos de que se nos grava demasiado, de que el gasto y los impuestos públicos nos están comiendo para mantener un ejército crecientemente parasitario de ladrones y gorrones y de que la carrera acelerada del gobierno ha hecho que nuestra economía se estanque a lo largo de las últimas dos décadas.

Las élites gobernantes que dirigen EEUU, incluyendo los sofisticados economistas tecnócratas que dan una pátina de “ciencia” a su gobierno, ven el problema estadounidense, por supuesto, de una manera muy diferente. Esta élite economista, cuya tarea es alabar el gobierno del Leviatán y dirigir los empleos de alta cualificación hacia la élite dirigente, se muestra, como mínimo, serena y tranquila en su respuesta: “el problema de EEUU es que se pagan pocos impuestos”.

Frente a los gritos de comprensible enfado que acoge esta afirmación, la élite es sofisticada y “científica”. Es normal que nosotros, los idiotas, seamos estrechos y “egoístas”, tratando de guardar avariciosamente algo de nuestro propio dinero frente a las depredaciones del recaudador de impuestos.

Porque ellos, la élite, son sabios y omniscientes. Al contrario que nosotros, resistentes miopes y egoístas, ellos solo buscan el bien común, el bienestar general y el bien público. Señalar que su versión del bien común coincide sospechosamente con los intereses estrechos y egoístas de esa misma élite económica tecnócrata es exponernos a una de las expresiones más malditas de nuestro léxico contemporáneo: “teórico de la conspiración de la historia”.

Una estratagema familiar usada por las apretadas filas de los economistas de la nación es señalar a otros países de Europa y otros lugares cuyo porcentaje del producto nacional absorbido en impuestos es mayor que el de EEUU. Bueno, excelente. Siguiendo ese razonamiento, ¿por qué no señalar los gloriosos éxitos económicos de la Unión Soviética, cuya producción pública absorbía y constituía todos los recursos de la nación?

Y si nos fijamos, la afirmación es una repetición de la vieja tesis de Galbraith publicada en su superventas La sociedad opulenta (1958), en el que miraba en torno a EEUU y veía al sector privado próspero y floreciente, mientras que el sector público, o el sector “socializado”, solo mostraba miseria y desorden. Suponiendo que la prosperidad y la eficiencia del sector dependen solo de los recursos gastados, Galbraith concluía que se había gastado “demasiado” en el sector privado y “demasiado poco” en el público. Así que Galbraith reclamaba una transferencia masiva de recursos del sector privado al sector público.

Así que, en su paráfrasis del New York Times, el profesor Robert Solow tiene el cuajo de concluir que “si los estadounidenses buscan asegurarse de que sus hijos vivan mejor que ellos, deben aprender a consumir menos, lo que significa vivir menos bien y a ahorrar e invertir más”. Por desgracia, debido a los impuestos más altos, ya están viviendo menos bien, pero este sacrificio difícilmente ayudará a su estado futuro o al de sus hijos. La concepción de Solow se parece mucho a la de Stalin, en la que el estado aprieta a los consumidores, los grava y mantiene bajos sus niveles de vida, todo por un futuro castillo en el aire que nunca se hace realidad.

Así que la mentira esencial de esta élite económica es calificar a prácticamente todo el gasto público con la etiqueta honorífica de “en versión”. Pero, por el contrario, el gasto público no es “inversión” en absoluto: es simplemente dinero gastado en la edificación o el poder de la improductiva élite gobernante en el gobierno. Todo gasto público, lejos de merecer el término “inversión” es en realidad gasto de consumo de políticos y burócratas. Cualquier aumento del presupuesto público es por tanto un impulso hacia más consumo y menos ahorro e inversión y lo contrario es aplicable a cualquier recorte en el presupuesto.

No hay nada noble ni orientado al interés público ni “no egoísta” en la reclamación de Solow y otros economistas del establishment de más gobierno e impuesto más altos. Todo lo contrario.

¿Y qué pasa con la afirmación de Galbraith acerca de la prosperidad privada y la miseria pública, una diferencia que hoy es ahora más clamorosa qu en la década de 1950? La observación es bastante verdadera, pero la conclusión es errónea. Si el sector público es el gran problema ¿no podría estar la respuesta en la distinta naturaleza de los dos sectores? ¿No puede ser la respuesta eliminar, o al menos disminuir drásticamente, el fallido sector público?

En resumen, al privatizar el sector público desaparecía su notable miseria. Y si alguien se muestra escéptico, intentémoslo durante un tiempo. Privaticemos el gobierno durante, digamos, diez años y veamos lo que ocurre. Podemos incluso llamarlo “gran experimento social” realizado en interés de la “ciencia libre de valores”.

¿Alguien quiere probar?


El artículo original se encuentra aquí.

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