Anarquía real y anarquía ideal

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Damas y caballeros, si mañana desaparece el gobierno, si mañana huyen a otro país nuestros gobernantes y legisladores, si mañana la burocracia se queda sin empleo, si mañana los policías desaparecen de las calles y los soldados se quedan sin oficiales y sin mandos, si mañana se acaban todas las instituciones y empresas del Estado y se caen los edificios del Congreso, del IMSS, de la CFE, de las Procuradurías, de la SEP y demás secretarías, de los Ayuntamientos y Gobiernos de los 32 estados, si mañana no hay quien cuide las cárceles ni los ministerios públicos, si mañana empieza la anarquía… ¿qué es lo que ocurrirá?

Pues ya lo sabemos: habrá dos semanas de horror y a continuación una dictadura (*).

Ésa es la anarquía REAL: dos semanas de horror y enseguida un nuevo gobierno… pero un gobierno mucho peor que el actual –con certeza, un gobierno nacido de alguno de los poderes fácticos que padecemos hoy, un gobierno con menos escrúpulos morales y menos legítimo que el que tenemos hoy.

Los anarquistas no somos, o nos esforzamos por no ser, ni ingenuos ni utopistas. Sabemos que la anarquía real puede ser cruda y brutal, muy distinta, incluso opuesta, a la anarquía soñada, la anarquía ideal -ese mundo etéreo de libertad, igualdad, camaradería, orden, paz, juego, cooperación y prosperidad. Incluso si la nueva situación de ingobernabilidad pudiera ser controlada -a medias- por los “jefes”, milicias u organizaciones anarquistas, no tenemos ninguna garantía de que esos jefes, milicias y organizaciones no se corromperían ellas mismas y no se transformarían en un nuevo poder opresivo. Néstor Makhno era un idealista, pero también un alcohólico. Buenaventura Durruti era otro idealista, pero también un asesino. También eran idealistas los milicianos de la CNT-FAI –guerra civil española-, pero tenían sus checas y utilizaban el terror…

No; no hay garantía de que la anarquía real no será, simplemente, otro nombre del CAOS.

Pero entonces… ¿por qué somos anarquistas? ¿por qué queremos anarquía?

En realidad es muy simple. Pero vamos por partes:

  1. Sabemos, estamos completamente seguros, de que el Estado -el gobierno- es necesario. No es un “mal innecesario”, como a veces dicen. No; nada de eso. Es un mal necesario. Total y absolutamente necesario.
  2. Pero también sabemos, estamos completamente seguros, de que el Estado es necesario porque lo hicimos necesario. Nos acostumbramos a él, dejamos que él tomara las decisiones por nosotros, dejamos que él administrara nuestros recursos comunes, permitimos eso a los políticos y a los burócratas, nos gustó la idea de que existiera un Poder que pensara por nosotros y nos protegiera… y el Estado terminó haciéndose necesario. Terminó por ser necesario.
  3. Ahora viene la respuesta: Somos anarquistas porque queremos que el Estado deje de ser necesario. Queremos quitarle al pueblo, y quitarnos a nosotros mismos, la mala costumbre de permitir que el Estado, los políticos y la burocracia tomen las decisiones y administren nuestros bienes. Y queremos que entienda que absolutamente todas las funciones que hoy realiza el gobierno pueden ser hechas -con más eficiencia y menor costo- por empresas privadas y/o asociaciones voluntarias.
  4. Lo de la anarquía ideal es estrategia. No es un sueño ni es una utopía: es estrategia, y nada más que estrategia. Una manera de acabar con la mala costumbre de confiar todo al gobierno es pensar en, y hablarle al pueblo -y a los propios anarquistas- de… la otra anarquía, la anarquía ideal. Se trata de exigir mucho, exigirlo todo, para conseguir por lo menos algo. Si pedimos poco, una pizquita de anarquía, una pizquita de utopía, obtendremos NADA. Por eso pedimos TODO: la anarquía total. “El pueblo irá a las barricadas por la abolición de los impuestos”, decía Rothbard. Y añadía: “Pero nadie tomará riesgos ni se molestará por una simple reducción del 1,5%”. Corolario: Hay que ser extremistas por la sencilla razón de que siendo moderados, gradualistas o reformistas, no obtendremos nada. Si perdemos de vista el ideal, terminaremos olvidando el ideal. Y sin ideal terminaremos siendo una nueva y curiosa variedad de estatistas –“estatistas críticos” o “anarcosocialdemócratas” o alguna cosa por el estilo.
  5. El perseguir un ideal no nos quita, o no debe quitarnos, ni la prudencia ni el sentido práctico de la vida. Sabemos que nunca realizaremos la anarquía ideal, la anarquía perfecta. Pero también sabemos que, con empeño, sí lograremos arrancarle al Estado muchas libertades. Después, damas y caballeros, sólo nos restará… vigilar que no se pierdan esas libertades.

La vigilancia es el precio eterno de la libertad
–Thomas Jefferson.


 

  • Alexisol Enriques

    Mmmmmmmmmm….

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