Democracia, el dios que está fracasando

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ballot boxCuando el profesor Hans-Hermann Hoppe presentó su famoso argumento contra la democracia en 2001, la idea de que votar era una mala manera de organizar la sociedad seguía siendo radical incluso entre muchos libertarios prácticamente cualquiera criado en un país occidental a lo largo del siglo pasado crecido oyendo usar “democracia” como un sinónimo de maravilloso, bueno, justo o y válido. Hace falta una gran cantidad de D es aprendizaje para superar esto como adulto y para cuestionar la sabiduría del gobierno representativo instaurado a través de mecanismos democráticos.

Sin embargo, avancemos hasta 2017 y el alegato contra la democracia se está produciendo delante de nuestros ojos. Ved a Hillary Clinton, que no hace mucho hablaba con entusiasmo acerca del derecho “sagrado” al voto, esto es, hasta su formidable derrota ante Trump. Hoy se aferra a la engañosa tontería de que los rusos de alguna manera influyeron en nuestras elecciones inventando historias y utilizando las redes sociales, lo que sí fuera verdad sería un excelente argumento en contra del derecho a voto. Si los nativos son engañados tan fácilmente con unos pocos posts tontos en sus cuentas de Facebook, ¿por qué demonios su voto es sensato o sagrado?

Otros progresistas como Michael Moore reclaman que se arreste a Trump, supuestamente por traición. Los expertos de las televisiones izquierdistas por cable reclaman abiertamente que Trump dimita o sea enjuiciado. Los principales periódicos se preguntan incluso si terminará su mandato de cuatro años. El mensaje abrumador de los medios es que Trump es un desastre, una amenaza existencial que debe detenerse.

Pero no son solo los progresistas los que cuestionan los resultados democráticos. El neoconservador Bill Kristol publicó un twit en el que decía que prefería estar gobernado por un estado profundamente irresponsable que por Trump. El apacible moralista conservador Dennis Prager, un derechista razonable y agradable mi opinión, argumenta muy seriamente por qué estamos en medio de una segunda guerra civil con aquellos que sencillamente rechazan su derrota electoral. Y el jurista de inclinaciones libertarias Richard Epstein, escribiendo para la sonámbula Institución Hoover, desarrolla una letanía de agravios contra Trump que haría ruborizarse a Bill Maher.

Debemos recordar que en lo que respecta a la democracia de las elecciones, la victoria de Trump fue perfectamente legítima. Nadie discute seriamente sus márgenes de victoria en los estados claves de Ohio, Pennsylvania, Wisconsin y Florida. Los lamentos acerca de que Clinton ganara el llamado voto popular son irrelevantes y descaradamente partidistas: el colegio electoral es tan parte de las “normas” como tener dos senadores por estado.

Mientras tanto en Reino Unido, el exprimer ministro Tony Blair emplea el lenguaje la revolución al pedir a las fuerzas a favor de la permanencia a “levantarse” contra el Bréxit y anular el referéndum en el Parlamento. No importa que Blair ya no sería un cargo electo ni tenga ningún puesto público, no importa qué tanto el proceso del referéndum como la votación del Bréxit fueran perfectamente válidos: sencillamente no le gustan los resultados. Su argumento de que los votantes a favor del abandono tenían un “conocimiento imperfecto” es al tiempo hilarante e hipócrita: los votantes siempre han tenido un conocimiento imperfecto acerca de candidatos y políticas antes de las elecciones; la nueva información pertinente siempre sale a la luz después de las elecciones. Si Blair cree en que puede empezar a anular elecciones basándose en algún grado de ignorancia del votante, debo sugerir que empiece con el voto en la Cámara de los Comunes que le hizo primer ministro. ¿Y por qué él, un demócrata, imagina tener algún derecho a anular los resultados electorales en absoluto?

Es hora de llamar a las cosas por su nombre. Toda esta preocupación difícilmente se corresponde con nuestra supuesta reverencia por la democracia. Repito, Trump ganó cómoda y justamente unas elecciones democráticas hace solo tres meses. Si es el mal, una bola de demolición que no puede ser detenida por los demás poderes del estado, entonces todo nuestro sistema constitucional y sus mecanismos democráticos son defectuosos. ¿Por qué el movimiento #neverTrump no lleva sus argumentos a su conclusión lógica que insiste en que a un electorado que eligiera a Donald Trump no se le debería permitir votar de nuevo por tener ninguna voz a la hora de organizar la sociedad?

La realidad está quedando clara, aunque resulte incómoda para muchos: la democracia es un engaño al que deberían oponerse todas las personas amantes de la libertad. Las votaciones y las elecciones no confieren ninguna legitimidad a ningún gobierno y en la medida en que el proceso político democrático reemplaza a la guerra abierta debería considerarse como solo ligeramente menos horrible.

Como dije antes de las elecciones del año pasado:

(…) no importa quién gane, millones de personas (tal vez el 40% del país) van a ver al ganador como ilegítimo e incorregible. (…)

De hecho, una reciente encuesta de Gallup cita que todo un tercio de los estadounidenses no confía en todo caso en los resultados de las elecciones, lo que equivale a decir que no confían en el gobierno para tener unas elecciones honradas. (…)

Trump vs. Hillary representa algo mucho mayor: lo que podríamos llamar el fin de la política, o al menos de los límites de la política. Los estadounidenses, y también los europeos, son testigos del fin del mito del consenso democrático. El llamado voto democrático no genera algún noble compromiso entre izquierda y derecha, sino solo una clase política atrincherada y su sistema de patrocinio.

Grandes libertarios como  Thomas Jefferson advertían hace tiempo en contra de la democracia, aunque la aceptaran con dificultades como un mal necesario. Tanto Ludwig von Mises como Friedrich Hayek fueron demócratas, hombres que defendían tanto las virtudes una élite intelectual como la necesidad de hacer que esa élite obtuviera legitimidad para sus ideas a través de la aceptación pública. Mises calificaba la democracia como un “método para el ajuste pacífico del gobierno a la voluntad en la mayoría”. Hayek veía a la democracia como potencialmente buena si estaba atemperada por salvaguardas internas para proteger la libertad individual.

Estos hombres vivieron en tiempos muy distintos, viniendo como vinieron de la vieja Europa anterior a la guerra. No podemos saber lo que pensarían de los estados de bienestar socialdemócratas modernos o de Trump o del Bréxit. Sospecho que encontrarían a la democracia bastante deficiente, en términos de producir lo que se consideraría una sociedad liberal. Ambos eran utilitarios (en cierto modo) en su pensamiento económico y no es difícil imaginar que hubieran adoptado una visión consecuencialista de una sociedad echada a perder mediante la democracia.

Las cosas se están volviendo extrañas en Estados Unidos cuando Michael Moore y Dennis Prager empiezan a sonar igual y es posible que sea algo muy bueno. Estamos cerca de un momento en que la ilusión de la democracia se hará añicos de una vez para siempre. La democracia siempre fue una mala idea, una idea que estimula las mayorías sin motivo, el robo, el seguidismo político, el robo, la redistribución, la guerra y una mentalidad de reclamación de derechos entre los supuestamente nobles votantes. Es una idea cuyo tiempo ha pasado, tanto a escala nacional como internacional. El futuro de la libertad es descentralizado y estará liderado por la independencia de naciones y regiones más pequeñas donde la autodeterminación real y el consenso real no sean una ilusión. Jefferson y Hoppe tenían razón acerca de la democracia, pero hicieron falta Trump y el Bréxit para demostrar al mundo lo rápidamente que la abandonan las élites cuando estas no prevalecen.


El artículo original se encuentra aquí.

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