“Riqueza real” frente a ciclo de auge-declive

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Para muchos, ya es una verdad establecida que la inyección monetaria masiva del banco central de EEUU durante y después de la crisis financiera de 2008 salvó a EEUU y al mundo de otra Gran Depresión. Por lo tanto, al Presidente de la Reserva Federal en ese momento (Ben Bernanke, alias “Helicóptero Ben”) se le considera el hombre que salvó al mundo. Bernanke a su vez atribuye sus acciones a los escritos del profesor Milton Friedman que culpó a la Reserva Federal de causar la Gran Depresión de la década de 1930 al permitir que la oferta monetaria se desplomara en más de un 30%.

Sin embargo, la realidad es bastante diferente. No es un colapso en las existencias monetarias lo que pone en marcha una recesión económica, sino más bien la previa inyección monetaria la que perjudica las existencias de riqueza real de la economía al falsificar las señales del mercado y crear distorsiones masivas que “priman” la economía para cualquier reducción consiguiente del flujo de crédito.

¿Qué es “riqueza real”?

Esencialmente, las existencias de riqueza real son la cantidad de bienes de consumo disponibles en la economía para soportar actividades dedicadas a la producción de bienes presentes de consumo y a actividades que se dedican a la mejora y la construcción de infraestructura. Esa parte de estas existencias de riqueza real que se deja un lado en para proporcionar la construcción de la infraestructura se conoce como ahorro real, mientras que la asignación misma se conoce como inversión. Por tanto el tamaño de las existencias de riqueza real, en igualdad de condiciones, determina el nivel de inversión de capital (es decir, la cantidad de riqueza real dirigida a la mejora y la construcción de infraestructura de inversión) y por tanto al crecimiento de la productividad de la economía.

¿Por qué es esto relevante para las políticas de los comités de política monetaria del banco central que, como “Helicóptero Ben”, anegan regularmente el mercado con efectivo?

La inflación artificial de la oferta monetaria por parte los bancos centrales, magificada través de las políticas de préstamos de reserva fraccionaria de los bancos comerciales en la que se crea más dinero en de la nada, significa que hay un aumento artificial en el consumo actual por parte de los individuos, ya que sus preferencias se ven alteradas y su capacidad de financiar gasto adicional aumenta. Este mayor consumo de bienes no está precedido por producción. En la media en que el consumo está ahora expandiéndose a un ritmo superior al que estaba antes del aumento artificial en la oferta monetaria, este consumo extra está en realidad erosionando la tasa natural de crecimiento de riqueza real.

Pero en paralelo a esta erosión a largo plazo de la tasa de crecimiento de la riqueza real hay un proceso más cíclico. La inflación y distorsión de la asignación de recursos ocasionada por esta inyección monetaria crea una vulnerabilidad, una vulnerabilidad por la que las nuevas actividades que aparecen en respuesta a esta bonanza monetaria dependen ahora de su continuación para su supervivencia. Además, los bancos que han configurado sus cuentas de préstamo (y sus beneficios) sobre el crecimiento de empresas dedicadas estas nuevas actividades se han convertido en más vulnerables a cualquier dificultad que dichas empresas puedan afrontar. Ahora hay una susceptibilidad sistémica genuina a cualquier reducción en el crecimiento del dinero y del crédito.

Mientras las existencias genuinas de riqueza real continúen expandiéndose, las políticas monetarias laxas darán la impresión de que se está estimulando la actividad económica. El hecho de que no sea así se hace evidente tan pronto como las existencias de riqueza real empiezan a estancarse o disminuir. Una vez ocurre esto, la economía empieza su caída. El abaratamiento más agresivo del dinero no invertirá la caída (pues el dinero no puede reemplazar los bienes y servicios físicos de consumo).

Qué pone en marcha el declive

¿Qué puede hacer que se derrumbe este castillo de naipes? Están claras dos series de factores.

La primera es que la erosión de riqueza real hace más difícil para las nuevas actividades de negocio generar los beneficios sobre los que se basan sus préstamos. En cierto sentido este es un proceso endógeno pero puesto en marcha por las políticas de estímulo exógenas y artificiales de los bancos centrales y comerciales. Aquí disminuye la tasa de beneficio (en muchos casos los beneficios se convierten en pérdidas) y los bancos se ven obligados aumentar el colateral del préstamo o reclamar devoluciones. A partir de aquí la escena es muy familiar: empieza una espiral a la baja que se refuerza a sí misma de quiebras empresariales, contracción del crédito y mayor contracción empresarial. Ninguna cantidad inyección monetaria compensará ahora las experiencias viscerales de bancos y empresas.

La segunda es una respuesta contraccionaria del banco central a la inflación percibida o a otras distorsiones que, tragicómicamente, fueron causadas por sus propias actividades para empezar. Aquí se reduce en la tasa de crecimiento de nuevo dinero suministrado al sistema bancario. Aquellas empresas que fueron las últimas en llegar a la fiesta empiezan a ver contraerse sus ingresos y sus costes (a menudo crecientes) empiezan a abrumarlas. De nuevo sus banqueros se echan atrás y el proceso de contracción del crédito empieza a extenderse por la economía, primero como una onda y luego como un tsunami.

En ambos casos hay un declive en la tasa de crecimiento en los agregados monetarios. Pero lo importante es que el declive en la tasa de crecimiento en la riqueza real es lo que está impulsando la crisis económica, y este declive de la tasa de crecimiento de riqueza real comenzó con la expansión artificial original del dinero por parte de los bancos centrales y comerciales.

También es importante señalar que el declive de los agregados monetarios es en realidad un declive en el dinero que fue creado de la nada. La caída en las existencias monetarias es solo un síntoma: revela el daño causado por la inflación monetaria previa. No son la caída en la oferta monetaria y la consecuente caída de precios las que perjudican a los prestatarios, sino el hecho de que hay menos riqueza real.

En lo que parece ser una perspectiva contraria, la caída en el dinero artificial que acompaña a la contracción económica en realidad facilita la destrucción de actividades económicas creadas artificialmente y por tanto permite la supervivencia de aquellas actividades que atendieron las necesidades de los consumidores sin este error monetario. En cierto sentido, la contracción es como un mecanismo de limpieza donde la primacía del mercado (dirigida a atender las necesidades de los consumidores y generar la riqueza real y el ahorro que puedan alimentar el crecimiento productivo genuino) se reafirma una vez más.

Sin embargo, el problema es que los bancos centrales rechazan permitir que esto ocurra completamente y de nuevo insisten en tratar de luchar contra el ajuste volviendo a las imprentas. Por desgracia, siempre hay otro Helicóptero Ben a la vuelta de la esquina.


El artículo original se encuentra aquí.

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