Reseña de “Private Governance: Creating Order in Economic and Social Life”

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Resultado de imagen de Edward P. Stringham[Extraído de Quarterly Journal of Austrian Economics 19, nº 3 (Otoño 2016): 297-301]

[Private Governance: Creating Order in Economic and Social Life · Edward P. Stringham · Oxford: Oxford University Press, 2015 · 296 páginas]

Dejad a la gente en paz y ella se las arreglará. Esta sencilla tesis, el núcleo de Private Governance, de Edward. Stringham, es la piedra de toque para multitud de ejemplos de la historia y el presente que demuestran que las personas, y no el estado, son las mejor dotadas para la complicada tarea de la empresa y la libertad ordenada.

En catorce capítulos cuidadosamente escritos divididos en tres partes principales, Stringham nos lleva en un brioso viaje a través de los soportes teóricos de la gobernanza privada, las maneras en que las asociaciones privadas han desarrollado sistemas extraordinariamente complejos para regular sus propias empresas y una consideración más abstracta de cómo, filosófica y económicamente, la gobernanza privada es superior a otras aproximaciones fuertemente estatalizadas para la complejidad e interconexión de la modernidad.

La deuda de Stringham con Hayek es evidente a lo largo de todo el libro y es una deuda que Stringham está dispuesta a reconocer y acepta voluntariamente. Desde la página de dedicatorias (que se dedica a Todos los centralistas legales de todos los partidos, en una indicación clara de la dedicatoria de Hayek en Camino de servidumbre) hasta el capítulo final: “La belleza que no se ve y que soporta a los mercados”, Stringham sigue la idea fundamental de Hayek de que el mercado libre organiza la información y los deseos individuales de maneras que no pueden hacerlo los planificadores estatales. Pero Stringham también cuestiona y va más allá de las enseñanzas de su maestro de muchas maneras interesantes. Por ejemplo, en el capítulo 13, “Aplicando las ideas de Hayek sobre el descubrimiento del orden espontáneo a la gobernanza”, Stringham lleva la visión de Hayek sobre el orden espontáneo y la competencia como proceso de descubrimiento a un ámbito de puro derecho común que el propio Hayek se resistía a adoptar. Mientras Hayek se quedaba corto a la hora de defender sistemas legales en competencia dentro de una política concreta, enseñando por contrario que la “gobernanza y [el] sistema legal [deberían estar] monopolizados por el estado” (p. 214), Stringham sigue a Bruno Leoni en la idea de quitar el derecho de las manos de los legislativos y tribunales supremos y devolverlo al nivel local, entre jurados, jueces y aquellos directamente afectados por la imposición legal de sentencias.

Aparte de estas refutaciones muy bien argumentadas de algunos de los puntos más sutiles de la revolucionaria obra de Hayek, el núcleo del libro de Stringham es una resonante reivindicación del orden espontáneo hayekiano. Centrándose principalmente en diversos mercados bursátiles, incluyendo las bolsas de Londres y de Ámsterdam comerciando con acciones de la Compañía Holandesa de la India Oriental y otras empresas conjuntas a principios del siglo XVII, Stringham demuestra con claros argumentos respaldados por una investigación meticulosa que las asociaciones privadas, y no los estados, una y otra vez aprovecharon nuevas oportunidades y desarrollaron las normas para perseguir esas oportunidades tanto rentable como equitativamente. PayPal, nos demuestra Stringham en el capítulo 7, sigue esencialmente un mismo rumbo de gobernanza privada en ausencia de supervisión estatal, como hicieron los primeros ricos del siglo XVII. Y, alejándose de las finanzas, Stringham detalla, en el capítulo 8, cómo la policía privada en California, desde la primera anarquía de la fiebre del oro hasta el hiperregulado San Francisco de hoy, ha sido una fuente constante de orden y seguridad, tanto en ausencia y a pesar de la intromisión de la policía proporcionada por el estado.

Aunque Stringham mantiene el ámbito de su libro dentro del hemisferio occidental (lo que, es verdad, la proporciona todos los ejemplos que necesita para demostrar que Hayek tenía una espléndida razón acerca de la ordenanza privada) obras futuras podrían aprovechar las ricas posibilidad de expandir la base hayekiana más allá de Europa y Estados Unidos. Por ejemplo, en Japón durante el periodo Tokugawa (1600-1868), las asociaciones privadas que proporcionaban seguros y guía moral a sus miembros operaban con una autonomía casi completa de la supervisión del estado. Estas cooperativas limosneras, llamadas kō (講), tuvieron tanto éxito que perduran hasta hoy en forma de compañías de seguros de vida (ahora fuertemente reguladas).[1] La gobernanza japonesa de los comunes al nivel de villa (iriai 入会) también está ampliamente documentada y demuestra lo que dicen Stringham y Hayek con una simplicidad elegante y afortunada. Igualmente, también en Japón, el cargo improvisado del hoshōnin (保証人), garante de contrato, funciona análogamente a los garantes que alaba Stringham por haber ayudado a mejorar la estabilidad contractual en Occidente. En casi todas las sociedades abundan ejemplos similares de asociaciones ordenadas espontáneamente desde abajo. Stringham ha encontrado una rica veta de investigación que parece llevar mucho más lejos de lo que él mismo pueda haberse dado cuenta inicialmente.

Aunque este libro sea todo un logro de documentación, investigación y exposición, hay formas en las que Stringham podría haberlo hecho incluso más poderoso. Desde el punto de vista de la presentación, aunque indudablemente aprecio y aplaudo privadamente sus bromas ocasionales dirigidas contra la izquierda académica y política, pienso sin embargo que los insultos gratuitos, por muy divertidos que sean, distraen innecesariamente de la sólida fortaleza de la argumentación de Stringham. Por ejemplo, Stringham acaba un párrafo sobre las soluciones de policía privada en la década de 1850 en California que habían reducido enormemente los gastos de seguridad con este estribillo: “Estos son la esperanza y el cambio en los que puedo creer” (p. 118). En la siguiente página, Stringham demuestra que la policía privada en California cumplió mucho más estrictamente con el estado de derecho que las propias autoridades estatales hoy en Estados Unidos y entonces lanza otro guantazo: “En términos numéricos, estos vigilantes de San Francisco parecen Gandhi comparados con el presidente de Estados Unidos” (p. 119). Estas líneas son divertidas, pero no veo qué añaden a las ideas principales de Stringham, que son suficientemente sólidas sin ellas.

En un sentido mucho más amplio, también hay casos en los que Stringham no responde a posibles contraargumentos de quienes (y en la universidad serán legión) no estén de acuerdo con su clarividente deconstrucción histórica de la estadolatría de la izquierda. Tomemos el título de su libro, por ejemplo, en el que para casi cualquiera que haya seguido un programa de grado en humanidades en una universidad estadounidense, “gobernanza” probablemente se ajuste inmediatamente a un contexto: la “gobernamentalidad” de Foucault y toda la literatura que se ha creado en torno a ella. Aunque Stringham muy apropiadamente demuestra que el estado no facilitó directamente acciones del mercado (en mi opinión, Stringham ha demostrado fuera de cualquier duda que el mercado se las arregla hermosamente por sí mismo) queda abierto a la refutación foucauldiana de que los librecambistas de los siglos XIX y XX y posteriores simplemente han internalizado las normas discursivas generadas por el estado panóptico, haciendo así superflua la supervisión adicional. Stringham está cerca de ocuparse de Foucault en la página 136, cuando trata de los argumentos de las “limitaciones morales internas” de Adam Smith y León Tolstói, pero a pesar de esta aproximación no veo mencionado a Foucault ni siquiera una vez en el libro de Stringham. Foucault es el disfraz de Harry Houdini de la universidad moderna, que les permite (piensan) escabullirse de argumentos muy sólidos con facilidad. Si se hubiera ocupado de paso de los posmodernistas, Stringham podría haber consolidado su libro más imponentemente de lo que ya lo ha hecho.

Aparte de estos reparos, deba alabarse a Stringham por sus tesis atrevidas y maravillosamente argumentadas y por la investigación que ha realizado para apoyar sus afirmaciones. Enhorabuena, en particular por aventurarse en las aguas turbulentas de 2008 y demostrar cómo el mercado estaba tratando de corregirse a sí mismo por medios de trueques de créditos impagados y otros instrumentos financieros innovadores, solo para verse obstaculizado por la intervención eternamente torpe de agencias públicas como la SEC. (La SEC llevó a cabo no menos de ocho investigaciones del esquema piramidal de Madoff, por ejemplo, pero no hizo nada, mientras que otros inversores descubrieron lo que hacía Madoff y los expulsaron del club del juego limpio, tal y como habrían previsto Stringham y Hayek que harían [pp. 182 y ss.]). Este libro es una delicia para leer, está lleno de información accesible y fascinante, tiene la suficiente confianza como para tocar las narices a la izquierda (aunque Stringham las tocas un poco demasiado en algunos sitios). Y el una lectura recomendable (requerida) para cualquiera interesado en la belleza del orden espontáneo, muy alejado de la sombra del estado.

Referencias

Najita, Tetsuo. 2009. Ordinary Economies in Japan: A Historical Perspective, 1750–1950. Berkeley: University of California Press.


El artículo original se encuentra aquí.

 

[1] Ver Najita (2009).

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