Qué podría hacer Trump

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Donald Trump se convierte hoy en el 45º presidente de Estados Unidos. Los votantes estadounidenses rechazaron en mal que conocen tan bien (Hillary Clinton) por el mal que no conocen. Por qué lo hicieron y como ganó Trump es la mayor historia política de nuestros tiempos. Pero el rechazo de la presunción progresista, lo que Friedrich Hayek llamaba la “fatal arrogancia” de aquellos que presumían de planificar nuestras vidas está en el núcleo de esa historia.

La izquierda ve la elección de Trump como una calamidad absoluta, a pesar de su apoyo a sindicatos y políticas comerciales proteccionistas, a pesar de su identidad como parte de la élite de Nueva York en lugar de ser un político de algún despreciable estado republicano y a pesar de su ambigüedad acerca de los asuntos sociales que mueven a los conservadores cristianos. Uno pensaría en que los demócratas estarían aliviados por no sufrir a un ideólogo como Santorum o Cruz en la Casa Blanca. Aun así, su histeria y falta de conciencia de sí mismos les impulsan sobre todo a atacar al colegio electoral.

Los progresistas tienen una responsabilidad directa en la victoria de Trump. Calcularon muy mal al nominar a Mrs. Clinton, una tecnócrata avara y sin sentido del humor que fracasó completamente en atraer a la gente normal. Abandonaron temas económicos populistas y reuniones con los sindicatos a favor de acuerdos comerciales globales. Se mantuvieron en silencio mientras la administración Obama pasaba en guerra dos mandatos completos. Excusaron los escándalos de la NSA de Obama. Alabaron el crecimiento de una presidencia imperial y un poder judicial activista, estando ahora asustados al imaginárselos fuera de su control.

Pero lo peor de todo es que los progresistas han envenenado Estados Unidos con salvajes políticas de identidad y una explicación profundamente falsa del racismo, el sexismo, la xenofobia y el privilegio. ¿Cómo no podía haber una respuesta? Al demonizar la historia, la religión, las familias tradicionales y las personas normales de Estados Unidos, politizaron deliberadamente áreas enteras de la vida que deberían estar fuera de los límites del gobierno. La política es guerra, pero también es venta.

Pero Trump no representa una victoria para los conservadores. La derecha política, a pesar de colocar a un aparente republicano en la Casa Blanca y ganar escaños en el Congreso, está ideológicamente en ruinas. No tiene una ideología coherente de individualismo y capitalismo ni oportunidad de contrarrestar la narrativa progresista de dependencia y victimismo. La identidad republicana reside en simplemente ser menos progresistas que los progresistas, limitarse a querer dirigir a la sociedad hacia fines distintos. El Partido Republicano hace tiempo que abandonó cualquier reclamación de gobierno limitado o constitucionalismo, como se demostró en la desastrosa presidencial alimentada con deuda de George W. Bush. Los republicanos siguen profundamente comprometidos con el intervencionismo y la construcción de naciones, una doctrina de política exterior que se originó en radicales izquierdistas. Rechazan eliminar prestaciones, ya sea estructuralmente o en el sentido más importante de rechazar el papel del gobierno en la atención sanitaria y la jubilación. Lo que es más importante, los conservadores han abandonado la gran cultura: los progresistas dominan ahora las universidades, los medios de comunicación, la literatura, las artes escénicas, la filantropía, iglesias, sinagogas y consejos en todo Estados Unidos.

¿Así que qué puede hacer realmente Trump a la vista de este callejón sin salida político y cultural? Esa es la pregunta incorrecta. Lo que importa es lo que pueda deshacer o al menos evitar hacer. Lo último que necesitamos son más leyes, más new deals o contratos con América. Lo que sí necesitamos es menos control político de la sociedad, lo que significa menos implicación estatal en los asuntos económicos, culturales y sociales cotidianos. ¿Es posible que pueda Trump elegir la contención sobre la acción, al menos en unas pocas áreas clave?

Dejadme que ofrezca tres sugerencias.

Primero, Trump debería mantener su promesa de seguir una política exterior de “Estados Unidos primero”. Tanto la izquierda como la derecha se oponen a esto, lo que sugiere que es una idea muy buena. Los votantes quieren sencillamente que se acabe con nuestros intratables conflictos en Afganistán e Irak y no quieren que se gaste ningún dólar más ni ninguna gota de sangre para instaurar una democracia occidental en el sectario Oriente Medio. Trump debe decidir salir de Siria, acabar con el ruido de sables hacia Irán y rechazar las locas llamadas a resucitar una guerra fría con Rusia. Debe rechazar normalizar la guerra constante como una característica aceptable de la vida estadounidense. Confiando en su naturaleza de alguien que sabe hacer tratos y que rechaza iniciar (hoy intensificar) otros conflictos, Trump podría sorprender al mundo presentando en realidad unos estados unidos más amables y educados.

Segundo, Trump debería ponerse serio con respecto a la Reserva Federal. Al comprar deuda del Tesoro, la Fed es la mezquina proveedora de un Congreso adicto a la deuda. Los tipos de interés son demasiado bajos, los ahorradores (especialmente los viejos) está sufriendo y las malas inversiones empresariales están creando de nuevo burbujas en toda la economía. Entrevistar a John Allison (exdirectivo de BB&T que entiende de moneda fuerte) para vicepresidente de la Fed fue una buena señal de que Trump entiende esto (nombrar secretario del Tesoro al exmiembro de Goldman Sachs, Steven Mnuchin, fue sin embargo discordante). La Fed es la mayor fuente de compinches en la economía y por tanto el populismo contra la Fed es una buena política en todos sus sentidos. Para empezar, Trump debería presionar al congreso para que aprobara la propuesta de ley de auditoría de la Fed del senador Rand Paul.

Finalmente, Trump debería usar su programa para continuar atacando el código antiliberal de la corrección política. La corrección política no es simplemente otro asunto social, como el aborto al matrimonio. Subyace a todos los demás asuntos, porque trata de enmarcar cómo pensamos y hablamos. La manipulación consciente del lenguaje es de por sí autoritaria y el desdén reflexivo de Trump por la corrección política viene a ser su ángel bueno. El twitter de Trump le puede servir muy bien en este caso.


El artículo original se encuentra aquí.

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