Justicia y pan: bienes de mercado

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¿Cómo es diferente el pan del aire? En lo que respecta al trato económico no hay cómo negar sus profundas diferencias, pues, a pesar de ambos ser de vital importancia para la supervivencia humana, es ridículo pensar que presenta algún tipo de problema la “distribución del aire”. Es claro entonces que conocemos que el hombre está rodeado de un entorno, que el hombre actúa con su entorno como medio para alcanzar ciertos fines, pero, que no todos los objetos de su entorno comparten naturaleza ni presentan relevancia en su estudio económico.

La diferenciación de medios del hombre es fundamental, entre lo que se pueden considerar bienes y lo que se puede considerar condiciones generales de bienestar humano. Los primeros son aquellos que, por encontrarse en cantidades limitadas en la naturaleza, sólo pueden ser usados para la satisfacción de determinados fines, y su uso, los excluye de la satisfacción de otros; son los que presentan relevancia para el análisis económico. Las segundas son los medios que se encuentran en cantidades tan perfectamente abundantes que pueden ser utilizados para satisfacer todos los fines que ellas pueden satisfacer; ellos no necesitan de ser distribuidos y son, por poner ejemplos, el aire, las ideas, la luz solar. Rothbard nos dice que, el cumplir con los requisitos de ser un bien, dan la justificación suficiente para ser objeto de un derecho de propiedad. Ello porque, al no poderse usar de todas sus formas posibles, la propiedad es la que determinará su uso según la preferencia de su dueño. Este bien, además, pasa a ser perfectamente intercambiable por otros, pasa a integrarse al proceso de mercado.

Pero esto nos lleva al siguiente problema básico: ¿Por qué, entonces, el mercado, es decir, los títulos de propiedad, son una mejor distribución que la hecha de manera centralizada en una sociedad, que el estado? Y aquí empiezan las disputas. El economista Ludwig von Mises presentó una tésis en su obra El Socialismo que refutaba la tésis de la distribución centralizada con el argumento de la imposibilidad del cálculo económico. Lo que nos quiere decir, en resumen, es que las necesidades y preferencias de los distintos individuos que conforman las sociedades, siempre cambiantes, son las que deben determinar cuales son los usos óptimos de los diferentes recursos escásos. En un ambiente libre, estas necesidades se ven reflejadas en el sistema de precios, que sirve como indicador al capitalista (dueño de los medios de producción) de a dónde destinar sus recursos; preferirá aquellos lugares que, por la demanda que presentan, pagan precios altos por sus bienes que aquellos que, con inferior demanda, pagan más bajos.

En la sociedad socialista centralizada, corresponde al gobierno, un grupo reducido de individuos, el determinar el uso de los medios. Sin un sistema de precios que les informe y sin el conocimiento específico de los gustos y preferencias de todos sus ciudadanos (el cual es imposbible de obtener, pues los gustos y preferencias nunca pueden ser expresados de forma exacta), no podrán hacer más que invertir ciegamente en procesos que se probarán posteriormente poco productivos, resultando en bienes de consumo que no serán consumidos y en la falta de otros que la población considera necesarios, entorpeciendo el desarrollo y la producción de riqueza y deviniendo en carestía y pobreza generalizada. Es por este sencillo argumento que hoy, a las personas que ostentamos de sentido común, no nos suena lógico en encargar al estado la producción y distribución exclusiva del pan, que es un bien fundamental para la vida del hombre, porque los monopolios coercitivos tienen que ser menos eficientes que el libre mercado.

Ahora quisiera tocar el siguiente tema ¿Cómo es diferente el pan de la justicia? Pues parece ser de general acuerdo que, mientras el pan, elemento vital par la superviviencia humana, debe ser provisto por el mercado, pues éste lo hace de manera más eficiente, la justicia sí tiene una naturaleza tal que, la provisión de la misma por el mercado no es más que una idea descabellada. Pero, si se puede probar que la justicia, al igual que el pan, es un bien, es decir, es un objeto escaso en el entorno natural del hombre, compartiendo la naturaleza, entonces también es objeto de derechos y, más importante aún, de intercambios entre individuos, por lo que puede ser perfectamente comerciable en el proceso de mercado y, por la imposibilidad del cálculo económico en el socialismo, su producción y distribución tiene, inequivocamente, que ser mejor en él que en el estado.

Digamos que un individuo, Suárez, roba a otro individuo, García. En este caso hay un claro ejemplo de inicio del uso de la fuerza por parte de Suárez que violenta un derecho (propiedad) de García (para un desarrollo completo sobre el principio de prohibición de inicio de la fuerza y sobre la propiedad como único derecho leer La ética de la libertad de Murray N. Rothbard). García, por principio, tendría derecho al uso de retaliación sobre Suárez para recuperar el bien perdido y se le indemnice por el daño causado, tiene un derecho a un uso legítimo de la fuerza. Si García decidiera practicar esta retaliación personalmente, ella se convertitría en un servicio perfectamente abundante (pues si cada individuo puede producir su propia retaliación, no habría problema en distribuirla), una condición general de bienestar humano. El problema que hasta el menos perspicaz de mis lectores podrá notar es que, el uso personal de retaliación puede presentar una ola de “venganzas privadas” ad infinitum, pues Suárez puede subjetivamente considerar que la retaliación de García fue excesiva y vengarse por el exceso y luego, García puede pensar lo mismo y así una infinidad de veces; ello sucederá mientras sea una apreciación subjetiva de ambos el grado exacto de retaliación que puede ser tomado. Este estado es el que viene a la cabeza de la mayoría de personas al pensar en una sociedad anárquica. Sin embargo, la naturaleza humana nos prueba lo contrario. Esta constante “guerra” entre Suárez y Gracía sólo resultaría en costos elevadísimos para ambos, quienes eventualmente tendrían que desistir de actividades productivas para dedicarse 100% a su retaliación contra el otro. El costo sería altísimo para un beneficio insignificante, por lo que lo lógico es que en determinado momento dejarían esta guerra. Más lógico aún es pensar que apenas presentado el conflicto (Suárez robó a García) ambos recurrirían a un tercero imparcial para que sea éste quien determine la retaliación exacta que debe ejecutar García contra Suárez, poniendo fin de una vez por todas a la ola de violencia entre ambos. Esta práctica no tiene nada de compleja ni sofisticada, es la práctica que el hombre ha llevado realizando desde tiempos inmemoriables.

Ahora el bien “retaliación” es diferente al tratado anteriormente, al no podérselo proveer cada individuo a sí mismo por sus desastrosos efectos y al tener que buscar un tercero para que lo provea, cambia de naturaleza, por lo que lo llamaremos “justicia”. ¿Cuál es este cambio? que, como la población de hombres menos Suárez y Gracía, que son los involucrados en el problema, no es infinita, el bien “justicia” (que no es distinto al hombre que lo provee mezclado con el tiempo en que lo provee y el espacio donde lo provee) es un bien escazo. Es decir que el hombre que en este momento imparte justicia en el caso Suárez-García, no puede simultáneamente impartirla en el caso Fernández-Martínez. El caso hasta aquí presentado es suficiente para notar la similitud de naturaleza entre este bien y el pan y, por lo tanto, concluir en que éste puede perfectamente ser provisto por el mercado, sin embargo vale precisar ciertas particularidades posteriores al concepto.

En vista de que la raza humana presenta individualidades diferenciadas de manera abismal entre cada uno de los miembros de su especie, por lo que indudablemente se la debe tener como la especie mas diversa, también comparte esa diversidad su producto. La justicia, producto intelectual de la labor humana, presenta marcadas diferencias dependiendo del agente productor. Lo logico es considerar que cualquiera de estas justicias no será la preferida por Suárez y García, sino que ellos buscarán una con determinadas características. Por ejemplo, las básicas, imparcialidad, celeridad, conocimiento directo de causa, etc. y quien sabe, además, busquen unas más específicas, como que tenga conocimiento de derecho romano y resuelva según el mismo. Estas inmediatamente reducen aún más el número de individuos capacitados a dar el servicio, haciéndolo aún más escaso, por ende más comerciable.

Estas consideraciones sobre el tipo de justicia llevarán a los hombres, mediante el principio de división del trabajo de Ricardo, por lógica, a especializarse en la provisión de justicia y, por qué no, de un determinado tipo de justicia de acuerdo a un determinado cuerpo de reglas. Todas ellas pasarán a competir en un mercado de justicia que, a través del sistema de precios determinará cuál es el tipo de justicia más apetecido y mejor pagado por los consumidores, incrementando su oferta y reduciendo las ofertas de justicias no preferidas. Es por ello que resulta lógico pensar que la justicia draconiana se verá inmediatamente desplazada, pues muy pocas personas serán las dispuestas a someterse a ella. Las que prevalecerán son las que dejan en vigencia los derechos fundamentales y naturales de los individuos, pues son los últimos que ellos estarán dispuestos a ceder por solucionar un conflicto. De ello se puede preveer, mas no con absoluta certeza, que al final los cuerpos normativos más comerciados para resolver disputas serán los que contemplan el derecho a la propiedad de los bienes y del propio cuerpo (vida) como los básicos, pues son los que menos riesgos presentarán a las dos partes, más que códigos generosos en derechos que vienen a ponerse en vigencia en excesivo perjuicio de la otra parte, es decir, regirán los derechos libertarios.

Es así como en resumen he querido contestar a la pregunta de en qué se diferencia la justicia del pan, para terminar apuntando que en lo económico no se diferencian en lo absoluto, comparten la naturaleza de bienes y pueden ser perfectamente provistos por el mercado. El resolver esto elimina la justificación última del estado y obliga a todo individuo defensor de los derechos de las personas a abogar por un sistema privado de seguridad y justicia. Es así como desembocamos en el único modelo justo y el más eficiente de organización social, la anarquía de mercado o el anarcocapitalismo. Tanto el pan como la justicia, vitales para la supervivencia de la raza humana, son demasiado importantes como para dejar su producción y distribución al arbitrio de un grupo reducido, del estado.


* El tema que inmediantente se vendrá a la mente del lector es el del sistema penitenciario privado en el derecho de penas. Si bien no esta desarrollado aquí, prometo un posterior desarrollo. Hasta eso, remito a los lectores a los siguientes textos:
Chaos Theory, Robert Murphy
The Production of Security, Gustave de Molinari

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