A mi vulva no le interesa tu política de género

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Hace un par de años llegué a Nueva Orleans para asistir a una pequeña conferencia. Antes de la cena y recepción de apertura, fui a ejercitarme al gimnasio del hotel. Había un hombre usando una de las máquinas de cardio y en la tv estaba puesta una cadena de noticias nacional. Me subí a la banda y empecé a correr.

En la pantalla apareció Hillary Clinton, entonces buscaba la nominación demócrata para la presidencia. El asunto iba en torno a la campaña histórica de Clinton. En particular, los reporteros les preguntaban a mujeres lo que pensaban acerca de Hillary Clinton y de la idea de votar por una mujer. Las entrevistadas respondían que votar por una mujer sería una gran experiencia. No hicieron mención alguna sobre su política, solo su género.

Llegado este punto, el hombre en la otra máquina dijo,

Perdone, ¿puedo hacerle una pregunta?

Sí, seguro.

¿Votaría alguna vez por alguien por su género?

Mi respuesta fue rápida.

Preferiría mucho más saber lo que alguien trae entre oreja y oreja que entre sus piernas.

Él pareció complacido con la respuesta. Charlamos un poco más y descubrimos que ambos veníamos a la misma conferencia. Hablaríamos más ese fin de semana sobre la campaña de Clinton, su política y su economía.

Esa rápida conversación en el gimnasio se me quedó grabada. En primer lugar, es una forma muy audaz de empezar una discusión. Pero, más importante aún, creo que es la primera vez que pensé seriamente en la idea de votar por alguien basada en una característica personal o tomar mis decisiones con base en mi género. Tal idea parecía francamente estúpida.

Aparentemente el mundo se volvió loco.

Las elecciones pasadas se centraron en torno a la política de género—la idea de que las posiciones políticas de alguien se basan en los grupos con los que se identifica (por ejemplo, mujeres, negros, gais, incapacitados, blancos, hombres, etc.). En los medios sociales no fue difícil encontrar artículos, publicaciones y comentarios calificando cosas como “como hombre heterosexual pienso que…”, o “como mujer negra pienso que…”, o “como un hispano transexual pienso que…”

Cuando uno ofrece su opinión sobre un tema en particular, a veces es útil articular algo de la propia identidad. Es una forma de dejar a las otras personas saber cómo nuestro trasfondo se relaciona con nuestras opiniones. Por ejemplo, al discutir tendencias en la educación, yo diré a menudo, “como profesora universitaria pienso…”, como una forma de decirle a la gente que lo que voy a decir se basa en mi experiencia en educación superior. Pero la cultura actual de política de género parece tener poco que ver con ayudar al interlocutor a entender perspectivas distintas. En cambio, sirve para dividir y hacer a un lado la opinión de otras personas—en particular la de aquellos que no están de acuerdo con la izquierda progresista. Si no estás de acuerdo, es porque eres (llena aquí el espacio) y tal vez deberías “revisar tus privilegios.”

En ninguna otra parte es esto más evidente que en “problemas de mujeres.” ¿Eres hombre y tienes una opinión acerca del aborto, la planificación familiar, roles de género tradicionales, etc.? En la idea de la política de género, aparentemente tu pene invalida tu opinión.

Pero no te sientas tan mal. Yo tengo artículos contra la suspensión de labores por maternidad pagada y he puesto en duda la veracidad de la supuesta “brecha salarial entre hombres y mujeres.” Podrías haber pensado que mis dos cromosomas X me daban derecho a hablar sobre estos temas en el reino de la política de género, pero estarías equivocado. Como no tengo hijos todavía, aparentemente no estoy calificada en algunos círculos para hablar sobre la ausencia por maternidad. Como niego que exista una brecha salarial significativa, o soy una “privilegiada” fuera de todo contacto con la realidad o he caído víctima de retórica de, lo adivinaste, los hombres. Olvida mi doctorado en economía, el hecho de que trabaje en un campo dominado por hombres o que haya crecido en una familia de clase media. Esos datos aparentemente no son importantes.

Ciertamente no soy la única que ha experimentado tal rechazo. En la más reciente “marcha de las mujeres” en Washington, D.C., grupos de mujeres en favor de la vida fueron excluidos de forma deliberada. Las mujeres que expresaron su disgusto o desaprobación por la marcha han sido retribuidas negativamente. Mujeres que argumentan en torno a la idea de que las mujeres estadounidenses no son oprimidas o que no están de acuerdo con varias otras ideas y políticas son acusadas de “tener privilegios.” Se dice que no entienden la situación de las mujeres y que se les olvidan aquellas que lucharon por cosas como tener control de natalidad y el voto femenino.

Este tipo de política de género es realmente venenoso.

Hacer a un lado a una persona o sus opiniones por algunas características, a veces no elegidas, va en contra de prácticamente todo movimiento social en la historia de la humanidad. Cuando las primeras feministas lucharon por el voto, buscaban igualdad y que sus voces fueran escuchadas. Los líderes de los derechos civiles lucharon por la igualdad y para que sus voces fueran escuchadas. Los activistas de los derechos gay han luchado por la igualdad y que sus voces sean escuchadas. Estos grupos lucharon todos por una vida en la que no fueran discriminados, desechados o definidos por causa de una parte de su identidad. Dados estos fines, parece francamente desconcertante que mucha gente dentro de estos grupos y otros busquen despreciar a alguien más basado en su identidad. ¡Es realmente la antítesis de sus supuestos fines!

Todavía peor, que uno base sus opiniones y sus preferencias políticas en una parte particular de su identidad no es una señal de dedicación o de autoconciencia. Es una señal de completa y llana ignorancia y de incapacidad de reflexionar sobre temas complejos, en un mundo complejo, con personas con muchas y complejas facetas. La política de género pone a todo el mundo en una caja. Si alguien está en desacuerdo contigo, no es la hora de reflexionar acerca de tus propias prioridades y opiniones. Es hora de desechar sus ideas. Es alguien diferente a ti. Debe de estar equivocado.

Voto por Hillary Clinton porque es mujer.

Voto por Donald Trump por su peinado.

Ambas declaraciones son igualmente absurdas pero a una se le ve como una forma razonable en la que uno puede basar su política.

Aquí estoy esperando a que los próximos días marquen el inicio del regreso al pensamiento crítico y de la salida de la ideología de género. Como le dije al hombre en la banda del gimnasio, juzgo a la gente con base en su cerebro, no sus genitales. Prefiero que se me trate igual. Mantén tu política de género lejos de mi vulva.


Publicado originalmente el 26 de enero de 2017. Traducido del inglés por Edgar Carlos Duarte Aguilar. El artículo original se encuentra aquí.

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