Hiroshima, el crimen olvidado

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Durante su visita a Hiroshima en el pasado mes de mayo, Obama no se disculpó, como algunos habían esperado en vano que hiciera, por el bombardeo atómico del 6 de agosto de 1945 de la ciudad. En su lugar, dio un discurso altisonante contra la guerra. Lo hizo mientras dirigía una guerra de drones contra los enemigos indefensos en países lejanos y aprobaba planes de gasto de un billón de dólares para actualizar el arsenal nuclear estadounidense.Una disculpa hubiera sido tan inútil como su discurso. Las palabras vacías no cambian nada. Pero había una cosa que Obama podría haber dicho que habría tenido un impacto real: podría haber dicho la verdad.Podría haber dicho:

Las bombas nucleares no se lanzaron sobre Hiroshima y Nagasaki ‘para salvar vidas y poner fin a la guerra’. Esa fue la mentira oficial. Las bombas se lanzaron para ver cómo funcionaban y para mostrar al mundo que Estados Unidos poseía un poder destructivo ilimitado.

No había ninguna posibilidad de que Obama dijese eso. Oficialmente, el bombardeo “salvó vidas” y, por tanto, valió la pena. Al igual que las aldeas vietnamitas que destruimos con el fin de salvarlas, al igual que los innumerables niños iraquíes que murieron como resultado de las sanciones estadounidenses, los cientos de miles de mujeres y niños agonizantes en dos ciudades japonesas permanecen en el debe de los Estados Unidos en las cuentas con la humanidad, sin pagar y sin castigo.

“Mereció la pena”

La decisión de destruir Hiroshima y Nagasaki fue una decisión política, no una decisión militar. Los objetivos no eran militares, los efectos no fueron militares. Los ataques se llevaron a cabo en contra de los deseos de todos los grandes líderes militares. El almirante William Leahy, presidente del Estado Mayor Conjunto Estadounidense, escribió en sus memorias que “el uso de esta arma bárbara en Hiroshima y Nagasaki no fue de ninguna ayuda material en nuestra guerra contra Japón. Los japoneses ya habían sido derrotados y estaban listos para rendirse…” El general Eisenhower, el general MacArthur, incluso el general Hap Arnold, comandante de la Fuerza Aérea, se opusieron. Japón ya había sido devastado por el fuego de los bombardeos, estaba sufriendo hambrunas masivas desde el bloqueo naval estadounidense, estaba desmoralizado por la derrota de su aliado alemán, y temía un ataque ruso inminente. En realidad, la guerra había terminado. Todos los principales líderes estadounidenses sabían que Japón había sido derrotado y deseaba rendirse.

La decisión de utilizar las bombas atómicas fue una decisión puramente política tomada casi exclusivamente por tan sólo dos políticos: un Presidente novato tahúr y su mentor, el secretario de Estado James F. Byrnes [1]

El presidente Harry S. Truman estaba reunido con Churchill y Stalin en el barrio berlinés de Potsdam, cuando llegó la noticia secreta de que la prueba de la bomba atómica de Nuevo México había sido un éxito. Los que se encontraban presentes recuerdan que Truman “se transformó”, eufórico con la posesión de semejante poder. Los hombres más profundos se estremecieron ante las implicaciones de esta fuerza destructiva, pero para Truman y para su permisivo Secretario de Estado, James Byrnes, el mensaje era: “Ahora podemos salirnos con la nuestra en todo.”

Se procedió a actuar en consecuencia – en primer lugar en las relaciones con Moscú.

Tras haber sido instado durante meses por Estados Unidos, Stalin se comprometió a entrar en la guerra asiática tres meses después de la derrota de la Alemania nazi, que se produjo a principios de mayo de 1945. Es bien sabido que las fuerzas de ocupación japonesas en China y Manchuria no pudieron resistir al Ejército Rojo. Por entonces se pensaba que dos cosas podrían provocar la rendición inmediata de Japón: la entrada de Rusia en la guerra y la garantía de los Estados Unidos de que la familia real no sería tratada como criminales de guerra.

Ambas cosas sucedieron en los días inmediatamente posteriores al bombardeo de Hiroshima y Nagasaki.

Pero fueron eclipsadas por la bomba atómica.

Y esa era la intención.

De esa manera, las bombas atómicas estadounidenses se llevaron el crédito de haber puesto fin a la guerra.

Pero eso no es todo.

La posesión probada de un arma semejante concedió a Truman y Byrnes una sensación de poder tal que pensaron que podían incumplir promesas anteriores a los rusos e intentar intimidar a Moscú en Europa, por ejemplo. En ese sentido, las bombas de Hiroshima y Nagasaki no sólo mataron a cientos de miles de civiles de forma gratuita. También comenzaron la Guerra Fría.

Hiroshima y la Guerra Fría

Una observación más significativa sobre los efectos de la bomba atómica se atribuye al general Dwight D. Eisenhower. Como relató su hijo, que se deprimió profundamente tras enterarse en el último minuto de los planes de usar la bomba. Poco después de Hiroshima, se informó que Eisenhower había dicho en privado:

“Antes de que se utilizase la bomba, yo habría dicho que sí, yo estaba seguro de que podríamos mantener la paz con Rusia. Ahora, no lo sé. Hasta ahora pensaba que nosotros tres, Gran Bretaña con su poderosa flota, América con la fuerza aérea más fuerte, y Rusia, con la fuerza terrestre más potente del continente, los tres podríamos haber ga-rantizado la paz mundial durante mucho, mucho tiempo. Pero ahora, no lo sé. La gente tiene miedo y está alterada. Todo el mundo se siente inseguro de nuevo”. [2]

Como comandante supremo aliado en Europa, Eisenhower había aprendido que era posible trabajar con los rusos. Los sistemas económicos y políticos internos de Estados Unidos y la URSS eran totalmente diferentes, pero en el escenario mundial podían cooperar. Como aliados, las diferencias entre ellos eran sobre todo una cuestión de desconfianza, cuestiones que podrían ser parcheadas.

La victoriosa Unión Soviética estaba devastada por la guerra: ciudades en ruinas, unos veinte millones de muertos. Los rusos querían ayuda para la reconstrucción. Anteriormente, bajo Roosevelt, se había acordado que la Unión Soviética conseguiría reparaciones de Alemania, así como crédito de los Estados Unidos. De repente, esto se eliminó de la agenda. Al llegar la noticia del éxito de la prueba de Nuevo México, Truman exclamó: “Esto mantendrá a los rusos en orden” Como de repente se sintieron omnipotentes, Truman y Byrnes decidieron ser duros con los rusos.

Le dijeron a Stalin que Rusia podría tomar las reparaciones sólo de la parte oriental, en gran parte agrícola, de Alemania, bajo la ocupación del Ejército Rojo. Este fue el primer paso en la división de Alemania, a la que en realidad Moscú se opuso.

Dado que varios de los países de Europa del Este habían sido aliados de la Alemania nazi, y tenían fuertes elementos anti-rusos, la única condición de Stalin para aquellos países (entonces ocupados por el Ejército Rojo) fue que sus gobiernos no debían ser activamente hostiles a la URSS. Por eso, Moscú favoreció la fórmula “democracias populares”, es decir, coaliciones que excluían a partidos de extrema derecha.

Sintiéndose omnipotente, Estados Unidos aumentó sus demandas de “elecciones libres” con la esperanza de instalar gobiernos anticomunistas. Esto fue contraproducente. En lugar de ceder ante la amenaza atómica implícita, la Unión Soviética se plantó. En lugar de aflojar el control político de la Europa del Este, Moscú impuso regímenes del Partido Comunista – y aceleró su propio programa de la bomba atómica. La carrera de armas nucleares estaba en marcha.

“Tener el pastel y comérnoslo”

John J. McCloy, designado por su biógrafo Kai Bird como el “presidente informal del establishment estadounidense”, dijo al Secretario de Guerra Henry Stimson en ese momento que: “He estado siendo partidario de la idea de que debemos tener nuestro pastel y comérnoslo también; que debemos ser libres para operar bajo esta organización
regional de América del Sur, y al mismo tiempo intervenir con rapidez en Europa; que no debemos renunciar a ninguno de estos activos… “[3] Stimson respondió: “Estoy de acuerdo, sin duda. ”

En resumen, Estados Unidos conservaría su esfera de influencia en el hemisferio occidental, reclamado por la Doctrina Monroe, privando a Rusia de su propia zona de amortiguamiento.

Es necesario reconocer la clara distinción entre la política interna y la política exterior. La naturaleza del régimen interno Soviético puede haber sido tan malo como lo pintan, pero cuando se trataba de política exterior, Stalin respetó escrupulosamente los acuerdos hechos con los aliados occidentales – abandonando, por ejemplo, a los comunistas griegos que fueron aplastados por los americanos y los ingleses después de la guerra. Fueron los Estados Unidos los que no cumplieron los acuerdos hechos en Yalta, que luego fueron estigmatizados como una traición en beneficio de la “agresión comunista”. Stalin no tenía absolutamente ningún deseo de promover la revolución comunista en Europa occidental, y mucho menos de invadir esos países. De hecho, su falta de promoción de la revolución mundial fue precisamente la base de la campaña contra el “estalinismo” de los trotskistas – incluyendo a los trotskistas cuya devoción a la revolución mundial se ha desplazado ahora para promover las actuales guerras de Estados Unidos de “cambio de régimen”.

Hay una doctrina occidental imperante que postula que las dictaduras hacen la guerra, y las democracias hacen la paz. No hay ninguna prueba de que esto sea así. Las dictaduras (por ejemplo Franco en España) pueden ser conservadoras y orientadas hacia el interior. Las grandes potencias imperialistas, Gran Bretaña y Francia, eran democracias. Los democráticos EEUU están lejos de ser pacíficos.

A medida que la Unión Soviética desarrolló su propio arsenal nuclear, Estados Unidos fue incapaz de interferir de manera eficaz en Europa del Este y volvió a centrarse en enemigos menores, derribando gobiernos en Irán y Guatemala, empantanándose en Vietnam, con la teoría de que estos eran los sustitutos del enemigo comunista soviético. Pero ahora que la Unión Soviética se ha derrumbado, abandonando la zona de amortiguamiento rusa en Europa del Este, parece que hay un resurgimiento de la clase de confianza que dominó a Truman: la euforia del poder ilimitado. ¿Por qué el Pentágono ha puesto en marcha un programa de billones de dólares para renovar el arsenal nuclear estadounidense, mientras estaciona tropas y equipo militar agresivo lo más cerca posible de la frontera rusa?
En su libro de 1974 sobre sus relaciones con su hermano Dwight, El Presidente está llamando, Milton Eisenhower escribió: “El empleo de esta nueva fuerza en Hiroshima y Nagasaki fue una provocación suprema a otras naciones, especialmente a la Unión Soviética.” Y añadió, “Ciertamente, lo que ocurrió en Hiroshima y Nagasaki quedará para siempre en la conciencia del pueblo estadounidense”.

Por desgracia, la evidencia hasta la fecha es todo lo contrario. Las voces críticas preocupadas han sido marginadas. Las mentiras oficiales y sistemáticas sobre la “necesidad de salvar vidas estadounidenses” han dejado la conciencia colectiva estadounidense perfectamente limpia, mientras que la potencia de la bomba ha creado una sensación duradera de justicia propia de la “excepcionalidad” de los líderes de la nación. Sólo nosotros, los estadounidenses, podemos hacer lo que otros no pueden, porque somos “libres” y “democráticos” y ellos – si así lo decidimos – no lo son. Otros países, al no ser “democracias”, pueden ser destruidos con el fin de liberarlos. O simplemente destruidos. Esta es la última línea de defensa de la “excepcionalidad” que sustituye en Washington a la “conciencia del pueblo estadounidense”, que no se despertó en Hiroshima, sino que fue asfixiada.

El sueño moral

Como huésped en Hiroshima, Obama pontificó con habilidad:

Las guerras de la era moderna nos enseñan esta verdad. Hiroshima enseña esta verdad. El progreso tecnológico sin un progreso equivalente en instituciones humanas nos puede hundir. La revolución científica que condujo a la división del átomo requiere una revolución moral.

Bueno, sí, pero esa revolución moral no ha tenido lugar.

…La memoria de la mañana del 6 de agosto de 1945, no debe desvanecerse. Esa memoria nos permite luchar contra la complacencia. Alimenta nuestra imaginación moral. Esto nos permite cambiar.

El “cambio” es la especialidad de Obama. Pero él no hizo nada para cambiar nuestra política de armas nucleares, salvo reforzarla. No hay señales de una “imaginación moral” que imagine la devastación hacia la que esta política nos está llevando. No hay ideas imaginativas para lograr el desarme nuclear. Sólo promete no dejar que los malos se hagan con ellas. Nos pertenecen a nosotros.

“Y desde aquel fatídico día,” Obama continuó, “hemos tomado decisiones que nos dan esperanza. Los Estados Unidos y Japón no sólo han forjado una alianza, sino una amistad que ha ganado mucho más para nuestro pueblo de lo que podríamos pedir mediante la guerra”.

Esto es siniestro. En realidad, fue precisamente a través de la guerra que los EE.UU. forjaron esta alianza y esta amistad – la cual Estados Unidos está ahora tratando de militarizar en su “eje asiático”. Esto significa que podemos destruir dos ciudades de un país con armas nucleares y terminar con “no sólo una alianza, sino una amistad”. Así que ¿por qué parar ahora? ¿Por qué no hacer más “amigos” de esos de la misma manera, por ejemplo en Irán, que Hillary Clinton ha expresado su voluntad de “borrar” si las circunstancias son las adecuadas?

“Ese es un futuro que podemos elegir”, dijo Obama, “un futuro en el que Hiroshima y Nagasaki no sean conocidos como el amanecer de la guerra nuclear, sino como el comienzo de nuestro propio despertar moral”.

Pero hasta ahora, Hiroshima y Nagasaki están muy lejos de marcar “el inicio de nuestro propio despertar moral”. Al contrario. La ilusión de poseer un poder ilimitado elimina cualquier necesidad de auto-examen crítico, cualquier necesidad de hacer un verdadero esfuerzo para entender a los que no son como nosotros y no quieren ser como nosotros, pero con quienes podríamos compartir el planeta con toda tranquilidad si les dejásemos tranquilos.

Puesto que somos todopoderosos, tenemos que ser una fuerza del bien. En realidad, no somos ni lo uno ni lo otro. Sin embargo, parecemos incapaces de reconocer los límites de nuestra “excepcionalidad”.

Las bombas de Hiroshima y Nagasaki hundieron el liderazgo de los Estados Unidos en un sueño moral del cual todavía tiene que despertar.
Notas.

[1] Todo esto es bien conocido por los expertos. Las pruebas documentales fueron dispuestas por Gar Alperovitz en las 800 páginas de su libro de 1995, La decisión de utilizar la bomba atómica. Sin embargo, las mentiras oficiales sobreviven a la refutación documentada.

[2] Alperovitz pp 352-3.

[3] Ibid p.254..


Publicado originalmente el 07/08/2016.

Traducido del inglés por Verónica Santamaría, editoria de revista Libertario.es. El artículo original se encuentra aquí.

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