Fleury, Fénélon y el Círculo de Borgoña

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[Este artículo está extraído de Historia del pensamiento económico, vol. 1, El pensamiento económico hasta Adam Smith]

Al principio de la década de 1670, el devoto Abad Claude Fleury (1640-1723), un joven teólogo, moralista y hombre de letras inició una oposición influyente al absolutismo y mercantilismo de Luis XIV. En un pequeño panfleto, Pensées Politiques, Fleury sostenía el ideal agrario y se oponían a la subvención forzosa de la industria del mercantilismo. Además, en una obra que lo acompañaba, Reflexiones sobre las obras de Maquiavelo, Fleury atacaba el escepticismo al estilo de Montaigne, que generaba un apoyo a un ejercicio del poder sin restricciones por hombre depravados que carecían prácticamente de razón. También denunciaba la opinión de Maquiavelo de que la política debía divorciarse de la ética. Combinando los últimos temas, Fleury afirmaba que el hombre puede usar la razón para seguir el camino de la justicia y la virtud, mientras que el príncipe de Maquiavelo era un tirano impío que no tenía deseo alguno de llevar a sus súbditos a la felicidad. En contraste con la opinión de Maquiavelo de que “los hombres son malos”, Fleury contestaba sensatamente que “en su mayor parte no son ni muy malos ni muy buenos” y que el gobernante tenía la obligación de mejorar su virtud y felicidad.

El principal oponente clerical del absolutismo y mercantilismo a finales del siglo XVII en Francia no fue, sin embargo, tanto Fleury como su amigo y estudiante, François de Salignac de la Mothe, Arzobispo Fénélon de Cambrai (1651–1715). Fénélon encabezaba una poderosa camarilla en la corte, que se oponía decididamente a las políticas absolutistas y mercantilistas del rey y estaba determinada a reformarlas en dirección al libre comercio, el gobierno limitado y el laissez faire. A través de su puesto como instructor religioso de la amante del rey, Madame de Maintenon,[i] Fénélon se vio nombrado en 1689 preceptor de los hijos reales, en particular del joven Duque de Borgoña, nieto de Luis XIV, que parecía destinado a ser rey algún día. Ayudado por Fleury, Fénélon hizo del duque su discípulo, rodeándole de ardientes opositores a las políticas del Rey Sol.

En 1693, Fénélon, indignado por las continuas guerras contra ingleses y holandeses, escribió al rey una carta apasionada y carta, aunque anónimamente, que probablemente sólo envió a Madame de Maintenon. Acusando a los malvados ministros del rey, declaraba:

Sire (…) durante los últimos treinta años vuestros (…) ministros han violado e invertido todas las antiguas máximas del estado con el fin de aumentar vuestro poder, que era el suyo, pues estaba en sus manos, al punto más alto posible. Ya no oímos hablar del Estado ni de sus reglas: sólo hablan del Rey y su placer. Han aumentado vuestros ingresos y gastos hasta el infinito. Os han elevado a los cielos y empobrecido a toda Francia para introducir y mantener un lujo incurable y monstruoso en la Corte. Quieren elevaros sobre las ruinas de todas las clases del Estado, como si pudierais haceros grande oprimiendo a vuestros súbditos.

Los ministros del rey, continuaba Fénélon, sólo desean aplastar a todo el que se resista. Han hecho “odioso” el nombre del rey, han querido “sólo esclavos” y han “causado guerras sangrientas”. Las guerras y sus correspondientes impuestos han aplastado al comercio y a los pobres, llevando a la desesperación al pueblo “gravándoles para vuestras guerras, el pan que han conseguido ganarse con el sudor de sus frentes”.[ii]

La obra magna de Fénélon fue su novela política Telémaco, escrita para la formación del joven Duque de Borgoña, sobre el que él y sus colegas cifraban todas las esperanzas para una liberalización radical de Francia. Telémaco se escribió durante 1695 y 1696 y se publicó sin permiso en 1699. Telémaco era un joven príncipe mítico, que viajaba por el mundo de la antigüedad buscando formación sobre las formas más inteligentes de gobierno. Lo que aprendía Telémaco eran lecciones de puro laissez faire. Por ejemplo, el joven Telémaco preguntaba Mentor, un hombre sabio entre los fenicios, cómo era la gente capaz de florecer tan notablemente en el mundo del comercio. Mentor respondía laissez faire:

Por encima de todo, nunca hagas nada por interferir en el comercio para ajustarlo a tus opiniones. El príncipe no debe preocuparse [del comercio] por miedo a entrometerse. Debe dejar todos los beneficios a los súbditos que los ganaron, si no, se verán desanimados. (…) El comercio es como ciertos arroyos: si los desvías de su curso se secan. El beneficio y la comodidad pueden por sí solos atraer extranjeros a tus orillas: sí haces el comercio difícil y menos útil para ellos, gradualmente se irán y no volverán.[iii]

De forma similar, en la tierra de Salento “la libertad de comercio era total”, lo que significaba explícitamente para Fénélon la ausencia de interferencia estatal tanto en el comercio interior como en el exterior. Todos los bienes entraban y salían del país con completa libertad: el comercio “era similar a los subidas y bajadas de las mareas”.

En su Tratado sobre la existencia de Dios, Fénélon atacaba el nacionalismo mercantilista destacando la unidad de todos los pueblos dispersos por la tierra. Además, indicaba que la razón humana es “independiente y está por encima del hombre, [y] es la misma en todos los países”. E igual que Dios une a todos los pueblos a través de una razón común y universal, el mar y la tierra unen a la humanidad ofreciéndole comunicación y recursos que pueden intercambiarse entre sí. Fénélon derrochaba elocuencia sobre la especialización natural y el libre comercio uniendo a todos los pueblos:

Es efecto de una sabia Providencia que ningún territorio produzca todo lo que es necesario para la vida humana. Pues el deseo invita a los hombres a comerciar, con el fin de proveer las necesidades de los unos y los otros. Por tanto el deseo en el lazo natural de la sociedad entre naciones: de otra forma, todos los pueblos se verían reducidos a un tipo de alimento y vestido y nada les invitaría a conocerse y visitarse.

Siguiendo a su mentor Fleury, Fénélon destacaba la importancia y productividad de la agricultura y atacaba a lo gobernantes por empobrecer al campo mediante impuestos abusivos y por desviar recursos de la agricultura a los productos de lujo.

Fénélon era elocuente en su ataque a la tiranía y el absolutismo. Los monarcas absolutos, tronaba

se llevan y arruinan todo. Son los únicos propietarios de todo el estado, pero todo el reino languidece. El campo queda sin cultivar y esta casi desierto, los pueblos disminuyen cada día, el comercio se estanca. (…) El poder absoluto del Rey crea tantos esclavos como súbditos tiene. (…) Este poder monstruoso henchido de sus excesos más violentos no puede resistir: no tiene apoyo en el corazón del pueblo. (…) Al primer golpe el ídolo caerá, se quebrará y ser aplastado debajo de los pies. Desprecio, odio venganza, desafío, en una palabra, todas las pasiones se unirán con un gobierno tan odioso.

Para Fénélon, “la guerra es el mayor de los males” y la dañina política de Francia de guerras constantes fue el resultado de sus políticas económicas nacionalistas y mercantilistas. Condenada por esos gobernantes, declaraba Fénélon, que aumentaban su poder a expensas de otras naciones y que buscaban una “gloria monstruosa” en la sangre de sus compatriotas.

Para educar al joven Duque de Borgoña sobre los males de la guerra, Fénélon acudió a un hombre al que se calificó como “un de los hombres más inteligentes del siglo”. François Le Blanc había publicado un voluminoso tratado sobre el dinero y la acuñación en 1690 (Un tratado histórico sobre las monedas de Francia del inicio de la monarquía hasta el presente). En él Le Blanc había condenado a los reyes por realizar envilecimientos para beneficiarse monetariamente. Fénélon encargó a Le Blanc escribir un tomo para el joven duque sobre todos los tratados entre las naciones de Europa y las causas y consecuencias de todas las guerras que les siguieron, así como de las formas en que se podrían haber evitado. Por desgracia, Le Blanc murió antes de poder terminar esta monumental tarea.

Una de las figuras claves en el círculo de Borgoña era Charles de Sainte-Maure, duque de Montausier. Montausier era gobernador del delfín real y Le Blanc (antes de empezar con el libro) y el Abad Fleury eran ambos empleados al servicio de Montausier. En la plaza de Le Blanc de educar al duque, se había visto precedido por Pierre Daniel Huet, obispo de Avranches. Huet, amigo de Le Blanc, denunció las políticas mercantilistas y proteccionistas francesas en 1694 y alababa el libre comercio que había traído la prosperidad a los holandeses.

En 1711 murió el Gran Delfín, hijo de Luis XIV y el círculo de Borgoña exultaba, pues el duque estaba entonces en primera línea para suceder en el trono al anciano Rey Sol. Pero la tragedia golpeó al año siguiendo, cuando el duque, su esposa y su hijo mayor murieron de sarampión. Todas las esperanzas, todos los planes fueron cruelmente destruidos y, escribía Fénélon con desesperación a un amigo, “Los hombres trabajan por su educación para formar una persona llena de coraje y adornada por el conocimiento y luego viene Dios a destruir este castillo de naipes”.

El trágico final del círculo de Borgoña ilustra un fallo estratégico crucial en los planes, no sólo del círculo de Borgoña, sino asimismo de los fisiócratas, Turgot y otros pensadores del laissez faire de finales del siglo XVIII. Pues sus esperanzas y su visión estratégica eran invariablemente operar dentro de la matriz de la monarquía y su gobierno prácticamente absoluto. La idea, en resumen, era entrar en la corte, incluir en los pasillos del poder e inducir al rey a adoptar ideas libertarias e imponer una revolución de laissez faire desde arriba, por así decirlo. Si no podía persuadirse directamente al rey, se formarían las ideas y valores a un nuevo rey desde la infancia por preceptores y tutores liberales.

Sin embargo confiar en la buena voluntad del rey tenía varios defectos implícitos. Uno, como en el caso del Duque de Borgoña, era confiar en la existencia y buena salud de una persona. El segundo es un defecto más de sistema. Incluso aunque pueda convencerse al rey de que los intereses de sus súbditos requieren libertad y laissez faire, el argumento habitual de que su propio beneficio aumentará proporcionalmente su prosperidades débil. Porque bien podrían maximizarse los ingresos del rey, sin duda a corto plazo e incluso a largo plazo, exprimiendo tiránicamente a sus súbditos para obtener el máximo ingreso posible. Y confiar en el altruismo del monarca es en el mejor de los casos una débil caña.

Por todas estas razones, apelar a un monarca para que imponga el laissez faire sólo puede ser una estrategia perdedora. Una estrategia mucho mejor habría sido organizar una oposición masiva desde abajo entre las masas gobernadas y explotadas, una oposición que habría dado al laissez faire una base más sólida al asociarse a la mayoría de la población. Por supuesto, a largo plazo la oposición masiva, incluso la revolución, fue precisamente lo que acaeció en Francia: una revolución desde abajo que fue parcial, si no mayoritariamente, inspirada por los ideales del laissez faire.

Los eruditos y sofisticados pensadores del laissez faire de los siglos XVII y XVIII, habrían rechazado sin embargo una estrategia así como ciertamente inconveniente y probablemente lunática, especialmente a luz del fracaso de las distintas rebeliones campesinas y otras de la Fronda de mediados del siglo XVII. No menos importante es que siendo ellos mismos hombres influyentes y en situación privilegiada difícilmente se verían inclinados a dejar de lado todos sus privilegios y dedicarse a la solitaria y peligrosa tarea de trabajar fuera del sistema político heredado.


El artículo original se encuentra aquí.

[i] Madame Françoise d’Aubigne, Marquesa de Maintenon (1635–1719).

[ii] Lionel Rothkrug, Opposition to Louis XIV: The Political and Social Origins of the French Enlightenment (Princeton, NJ: Princeton University Press, 1965), pp. 267-269.

[iii] Lionel Rothkrug, Opposition to Louis XIV: The Political and Social Origins of the French Enlightenment (Princeton, NJ: Princeton University Press, 1965), p. 270.

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