Reseña de “The Ontology and Function of Money: The Philosophical Fundamentals of Monetary Institutions”

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the-ontology-and-function-of-money[Extraído de  Quarterly Journal of Austrian Economics 19, nº 2 (Verano 2016): 200-213]

[The Ontology and Function of Money: The Philosophical Fundamentals of Monetary Institutions · Leonidas Zelmanovitz · Lanham, MD: Lexington Books, 2015 · xxi + 447 páginas]

Este ambicioso nuevo libro sobre los fundamentos del dinero y las instituciones monetarias, basado en la tesis de doctorado del autor, defendida en 2011 en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid (dirigida por Gabriel Calzada), es un impresionante ejercicio interdisciplinario. La Parte I del libro, “Metafísica”, trata de la naturaleza, origen y valoración del dinero. La Parte II, “Epistemología”, explica qué podemos saber acerca de los fenómenos monetarios y cuál es la mejor manera de adquirir este conocimiento. La Parte III, “Ética”, propone un marco para una evaluación moral de las disposiciones e instituciones monetarias. La última parte, “Política”, que se extiende a lo largo de más de un tercio del libro, se ocupa de diversos asuntos, como la historia del papel moneda fiduciario en EEUU, la oferta óptima de dinero y crédito, la política monetaria contemporánea y consideraciones acerca de la evolución futura del dinero. Cinco apéndices, para un total de cincuenta páginas, detallan los pensamientos del autor sobre asuntos tan diversos como la moneda acuñada en Grecia, la dolarización, la represión financiera e incluso la maldición de los recursos. El libro también contiene un glosario de diez páginas y un extenso índice, pretendiendo con ambos ayudar al lector con los abundantes conceptos y autoridades a los que se refiere el autor. A partir de su aproximación interdisciplinaria, Zelmanovitz espera llegar a una gran audiencia que vaya más allá del círculo limitado de los economistas intelectuales. Su plan indudablemente se verá obstaculizado por el precio del libro (más decía en dólares).

El proyecto de investigación del autor, aunque sea inmenso, es sorprendente por su claridad: una prescripción normativa para mejorar las instituciones monetarias de una sociedad requiere un conocimiento acerca de la naturaleza y valor del dinero, una adecuada comprensión de los límites de ese conocimiento y una visión realista acerca de cómo podría implantarse en la práctica, dadas las limitaciones políticas del mundo real. Esta claridad genera una coherencia estructural que excita la curiosidad del lector hace al libro agradable y atractivo. El problema es que, a pesar de reunir distintas visiones desde diversas disciplinas sociales, el libro no es totalmente convincente. Zelmanovitz demuestra poseer un enorme conocimiento tanto de autores como de temas, pero no desarrolla un argumento de crítica-prueba paso a paso que pueda por sí solo obtener el apoyo del lector. El resto de esta reseña desarrollará esta opinión con una explicación de las opiniones de Zelmanovitz tres áreas que son básicas en su proyecto: la evaluación moral de las instituciones sociales en general, la justificación moral de la banca centralizada en particular y la teoría del equilibrio monetario.

¿Qué distingue a las disposiciones sociales buenas de las malas?

En el marco intelectual del autor, una respuesta apropiada a esta pregunta resulta esencial para entender la esencia del dinero, porque “la idea es aproximarse al dinero como institución social” (p. 1). Así, la evaluación crítica de las disposiciones monetarias actuales se ve comprendida en la cuestión mucho más amplia de la evaluación ética de las disposiciones sociales en general. El criterio preferido por Zelmanovitz sobre lo bueno y lo malo está muy influido por la filosofía objetivista de Ayn Rand: “Parece difícil pensar en un criterio mejor para definir lo bueno y malo de las disposiciones sociales que medirlas por su capacidad de permitir y promover el florecimiento humano” (p. 167). Cuanto más contribuya una institución al desarrollo de la persona individual, más apropiada será: “Los humanos por naturaleza tienen consciencia e inteligencia y el mismo propósito de sus disposiciones sociales es mejorar sus oportunidades individuales para llegar a los límites de su potencial, para florecer como individuos” (p. 4). Esta tendencia natural del ser humano a buscar con un propósito su propio florecimiento tendría supuestamente el beneficio añadido de deducir declaraciones normativas irrefutables a partir de la misma esencia de los seres y las cosas. Cualquier cosa que promueva el florecimiento individual será correcta y buena y por tanto estará moralmente justificada. Este criterio ofrecería una solución a la supuesta imposibilidad de deducir afirmaciones normativas a partir de declaraciones descriptivas: “De la misma manera, esa excepción a la falacia de deducir un ‘tendría que’ a partir de un ‘es’ se aplica a lo que colabora a que los seres vivientes aprecien su potencial” (p. 2).

Por muy atractiva que pueda parecer esta versión funcionalista de una filosofía moral naturalista, es una fuente de profunda confusión. Para empezar, le falta universalidad. ¿Qué quiere decir exactamente “florecimiento humano” y tiene el mismo significado para cualquier persona? ¿Hay que aproximarse a él mediante mejora del bienestar material, mayor esperanza de vida, desarrollo espiritual más profundo, una frecuencia reducida de conflictos militares, un comercio más intenso, etc.? El autor nunca es explícito acerca de su propia interpretación, aunque en algún momento declara que “cuanto más permite un sistema la división del trabajo, mejor es” (p. 14).[1] El libro deja de alguna manera la impresión de que el florecimiento humano ha de entenderse como la búsqueda individual de la felicidad y de que esto se produciría naturalmente con una siempre creciente división del trabajo. Sin embargo, falta un análisis sistemático de los medios prácticos para alcanzar este objetivo muy abstracto y de su funcionamiento e implicaciones concretas.

Segundo, Zelmanovitz está mezclando instituciones sociales y políticas. Para ser más preciso, ve a las siguientes como organizaciones humanas normales: “las sociedades políticas no son más que grupos de individuos y sus instituciones no son más que formas de interacción entre esos individuos, con todos buscando su propio interés en distintos campos” (p. 3). Esta descripción general, aunque no necesariamente errónea, no lleva a cabo la muy importante distinción entre los dos principios organizativos mutuamente exclusivos de los grupos humanos: cooperación voluntaria y explotación forzosa. Difícilmente sería una exageración decir que todo el progreso en filosofía política y moral se debe al análisis de la implicación de esta distinción, sencilla pero crucial. Aunque es difícil creer que el autor no pueda ser consciente de esto, prefiere evitar una explicación rigurosa de cómo difiere la cooperación individual restringida por una propiedad privada correctamente adquirida de la colaboración impuesta centralizadamente. Por contrario prefiere limitar su discurso al marco de nociones como las consecuencias no pretendidas y los resultados espontáneos.

Un problema evidente con esa aproximación es que concede a los medios políticos de adquisición de riqueza tanta legitimidad como a los medios económicos, por tomar una conocida distinción realizada por Franz Oppenheimer (1926, pp. 24–27). El expolio de la producción de otros y de su propiedad acumulada, es decir, los medios políticos, se convierten en tan morales como la apropiación inicial a través del trabajo propio, la producción y el intercambio, es decir, los medios económicos. Dicho de una manera diferente, la violencia se ve legitimada en todas las circunstancias. Una conclusión así, que por cierto vacía de contenido y significado a cualquier teoría de política social, no podría ser cierta: una sociedad que admitiera violencia indiscriminada resultaría autodestructiva por sí misma.

El análisis insuficiente de lo que es o no es violencia legítima implica la desaparición  del libro de la muy importante distinción entre la clase social de los explotados y la clase social de los explotadores. Hans-Hermann Hoppe ha demostrado que estas categorías son esenciales para entender la evolución social (Hoppe, 2001, 2012). Además, no puede haber una comprensión adecuada de la redistribución de recursos organizada por el estado, frente a la distribución de rentas dirigida por el mercado, sin recurrir a esta misma oposición entre productores y explotadores. Así que no resulta ninguna sorpresa que el autor no explique en absoluto los monopolios estatales de producción de dinero en relación con su impacto sobre la redistribución de riqueza. No hay en ningún lugar ninguna mención a los conocidos efectos Cantillon, que se han convertido en la piedra angular de la economía austriaca y su análisis político del papel moneda fiduciario (Thornton, 2006; Dorobăt, 2014). Además, si el autor hubiera dado un lugar apropiado al análisis de las instituciones políticas, no habría tratado de integrar a toda costa la cataláctica con las teorías chartalistas del dinero. Este empeño, que es el núcleo de la Parte I del libro, lleva a una conclusión dudosa: “Debemos preguntarnos: ¿puede el estado crear valor? Creo que respuesta a esa pregunta es indudablemente que sí y todas las formas actuales de dinero fiduciario en circulación son evidencia de ello” (p. 44, cursivas nuestras). El que el dinero fiduciario, o en ese sentido cualquier otro bien proporcionado por un monopolio, tenga valor no es prueba de que su valor lo cree el productor del monopolio. El valor del dinero fiduciario sigue derivando de la utilidad que aprecien los usuarios de dicho dinero. Consecuentemente, la determinación de su poder adquisitivo está sometida el proceso del mercado, no a un decreto que exprese la voluntad del productor del monopolio. Cualquier ajuste con la visión chartalista implica una contradicción con la teoría subjetiva del valor y por tanto grandes dificultades para proporcionar una explicación realista de los fenómenos monetarios.[2]

¿Es legítima la banca centralizada?

Todo el capítulo siete se dedica a una explicación de la justificación de la banca centralizada. Zelmanovitz descarta correctamente, aunque sin muchas explicaciones, las justificaciones económicas más comunes. La cuestión que plantea es si puede encontrarse una buena razón política para la implicación del gobierno en la producción monetaria. Cree que ha identificado una razón bastante buena gracias a la “distinción cualitativa, tanto legal como moral, entre impuestos y expropiación” (p. 197). Aunque el libro no ofrece una presentación sistemática de esa distinción, el argumento del autor está bastante claro. Hay situaciones de emergencia en las que no podría organizarse eficientemente la protección de la sociedad frente a sus enemigos sin confiscar recursos individuales. La impresión inflacionista de moneda, que es un método de confiscación de recursos, sería por tanto admisible. Esto estaría confirmado por la propia historia monetaria, que demuestra que los gobiernos han monopolizado la producción de dinero cuando han necesitado recursos para sus esfuerzos bélicos. Este hecho de la vida demuestra que los bancos centrales están justificados moralmente. Cada uno de estos tres pasos de la racionalización de los monopolios estatales en asuntos monetarios merece un análisis individualizado.

Primero, ¿es verdad que la confiscación centralizada de propiedad individual es un medio eficiente para reunir una supuestamente grande existencia de recursos necesaria para derrotar a un enemigo extranjero? El propio autor ofrece explícitamente los argumentos para negar la confiscación centralizada, pero extrañamente llega a la conclusión opuesta: “Por tanto, si la protección de la vida y la propiedad es un valor personal para todos, en distintas circunstancias pueden ser necesarios distintos esfuerzos, independientemente de sus preferencias individuales” (p. 210, nuestras cursivas). En la medida en que esta confiscación está en contra de las preferencias individuales, es indeseable y por tanto demuestra reducir el bienestar de la gente. Por cierto, que en ausencia de acuerdo individual, el confiscado ya no es protector: se convierte en agresor. Consecuentemente, la expropiación ordenada centralizadamente no podría ser lógicamente un medio para derrotar a un enemigo extranjero. ¡Después de todo, un enemigo se define precisamente por su ataque a la propiedad privada individual! Sigue siendo posible que el autor tenga en mente un tipo de situación de “fallo del mercado”, en la que, por razones técnicas, la seguridad del “bien público” no podría ser proporcionada de otra manera que no fuera la planificación centralizada. Sin embargo, la idea de que el mercado no podría proporcionar la muy necesaria seguridad contra enemigos tendría que explicarse con mucha más profundidad, especialmente a la vista del argumento de que, o bien hay una ciencia económica que establece la superioridad del principio competitivo en todas las áreas de la actividad humana, o bien no hay ciencia económica en absoluto (Molinari, 2009). Igualmente, el autor podía haber sometido el análisis de eficiencia de una economía de guerra organizada centralizadamente a la prueba lógica del argumento del cálculo económico (Mises, 2008, pp. 201–232).[3]

Basándose en esta premisa, que creemos que es discutible, el autor construye su alegato moral para la banca centralizada: “ Si un banco central se entiende como un agente moderno para las prerrogativas monetarias del gobierno en general, solo para usarlas en casos de emergencias extremas, entonces puede encontrarse en esta función una defensa moral para su existencia” (p. 232). Señalemos primero que en ningún lugar explica el autor los mecanismos a través de los cuales la producción monopolizada de dinero y la inflación permiten a la autoridad centralizada apropiarse de los recursos considerados necesarios. La prueba de la llamada “cláusula fiscal” habría sido una ocasión oportuna para presentar los efectos Cantillon, que ya hemos señalado que no aparecen en esta obra. Además, dado que también hay disponibles otros medios para colectar recursos, como los impuestos y la emisión de bonos, debería establecerse la superioridad de la inflación. En lo que se refiere al propio argumento, está claro que aunque la premisa fuera válida, justificaría exclusivamente la banca centralizada en los casos muy concretos de emergencias supuestamente inusuales. ¿No implicaría esto que, una vez se ha resuelto la emergencia, el banco central debería ser declarado injustificado en las nuevas circunstancias y por tanto desmantelado? Temiendo este tipo de crítica, el autor aporta una defensa realmente asombrosa.

Zelmanovitz proporciona un resumen condensado de la historia monetaria de los Estados Unidos de Rothbard (2002) en la que muestra cómo el papel moneda fiduciaria y la banca centralizada fueron institucionalizados en el contexto de déficits presupuestarios que necesitaban financiarse. Todo lo que busca en esta explicación es convencer al lector de que los acontecimientos históricos hicieron inevitable la aceptación de la “cláusula fiscal”: “entender la ‘cláusula fiscal’ como un mero acto de fuerza, privado de cualquier justificación moral, ni siquiera utilitaria, parece poco realista a la vista los acontecimientos futuros en la historia monetaria de los Estados Unidos” (p. 220). En las notas de conclusión de este capítulo, el autor se hace todavía más explícito: “Esta actitud de desconsideración por los derechos de propiedad individual es la respuesta ‘natural’ de distintos gobiernos en distintos momentos históricos. Es un ‘hecho de la vida’” (p. 231). En otras palabras, la misma existencia de los bancos centralizados, entendida como la respuesta natural de los gobiernos a circunstancias históricas de alguna manera inevitables, proporciona un argumento moral para su defensa.[4] Podrían aportarse dos objeciones. Primero, el argumento confunde la explicación histórica con la justificación moral, que son dos procesos distintos de pensamiento. Si fueran uno y el mismo, todo estaría bien en virtud de su mera existencia. Segundo, y esto está relacionado con las observaciones de la sección anterior, habría hecho falta una teoría completa del gobierno para mostrar cómo el establecimiento progresivo del banco central como productor monopolista de papel moneda fiduciaria está, en realidad, en la naturaleza de los gobiernos en expansión.

Aunque el autor crea que ha demostrado un alegato moral a favor de la banca centralizada, sigue describiéndose como un defensor de una reforma monetaria que permita a las personas alcanzar completamente su potencial. Este es el último punto que tiene que revisarse con cierto detalle.

La teoría del equilibrio monetario y sus implicaciones para la reforma monetaria

Es una pena que, en su búsqueda de una aproximación interdisciplinaria al dinero y la banca, el autor no presente una exposición estructurada del análisis económico del dinero y, más concretamente, de un equilibrio monetario de la economía. Sin embargo, varios de sus comentarios sugieren que es un defensor de la doctrina de las letras reales, lo que le pone desacuerdo con la aproximación austriaca al dinero y la banca.[5] Como consecuencia de esta visión acerca del equilibrio monetario, defiende una reforma que aseguraría la flexibilidad en la oferta monetaria para acomodar los cambios en la demanda de dinero, mientras se garantiza la estabilidad del valor de este. Finalmente, esta reforma estaría impulsada por una constante tendencia hacia un mayor nivel de abstracción y una creciente disociación entre las funciones de unidad de cuenta y de medio de intercambio. Desarrollemos cada uno de estos puntos.

Zelmanovitz presenta la oferta y la demanda de dinero en dos párrafos muy cortos (pp. 238–239) y representa un tipo neoclásico de equilibrio en un gráfico (p. 244). No explica qué fuerzas producen realmente el equilibrio monetario y cuál es su impacto en los precios. Si lo hubiera hecho, habría descubierto que la doctrina de los balances de efectivo real, de acuerdo con la cual los cambios en la demanda de dinero implican mayores ventas o compras de otros bienes a cambio de dinero y por tanto cambios en los precios monetarios. Sea cual sea la existencia de unidades nominales de dinero, es decir, sea cual sea la oferta de dinero, los cambios en los precios siempre garantizan que esta existencia nominal puede satisfacer cualquier demanda de balances de efectivo real. La conclusión de que los cambios en el poder adquisitivo del dinero aseguran un equilibrio monetario en cualquier momento es el mayor logro de la teoría austriaca del dinero y la banca. A partir de esta base, Murray Rothbard declaraba “que no hay nunca ‘demasiado’ o ‘demasiado poco’ dinero y que, sea cual sea la existencia de dinero social, los beneficios del dinero siempre se emplean en su grado máximo. Un aumento en la oferta dinero no produce ningún beneficio social: simplemente beneficia a unos a costa de otros” (Rothbard, 2009, p. 766, cursivas originales).

El autor adopta exactamente la postura contraria, afirmando que pueden esperarse grandes beneficios sociales de una oferta flexible de dinero:

Una cantidad de dinero relativamente constante perseguida por una demanda repentinamente aumentada forzaría a liquidaciones y perturbaciones económicas. Incluso bajo circunstancias de calma relativa, una oferta monetaria relativamente inflexible no es necesariamente algo que ajuste automáticamente a cambios en la demanda de dinero sin cambios de cierta importancia en el valor del dinero (p. 236).

La idea de que las presiones deflacionistas son perjudiciales se repite: “Si el gobierno mantiene constante la oferta de dinero ante una mayor demanda de este, o peor, permite su contracción, obligará a liquidar activos más allá de las malas asignaciones que necesiten ser corregidas, produciendo devastación económica, sufrimiento humano y preocupación social aún mayores” (p. 242). La contracción a la que se refiere es propia del sistema de banca de reserva fraccionaria, en el que la pérdida de confianza durante la recesión implica una disminución en la oferta monetaria: “los bancos se ven obligados a ‘desapalancarse’, es decir, a reclamar los préstamos que realizaron para poder pagar a los inversores/depositantes. Como la misma esencia del sistema es la creación de múltiples derechos financieros sobre la misma cantidad de dinero base (…), esa liquidación se convierten problemática” (p. 207). Solo una política monetaria acomodativa aliviaría estos supuestos problemas:

Por tanto, mientras se mantenga en vigor la actual constitución monetaria, cualquier decisión del banco central de no proporcionar más liquidez a los bancos y obligar consiguientemente a todos los agentes económicos, bajo su mayor demanda de balances de efectivo, a competir por una oferta fija de dinero, representaría un esfuerzo adicional de adaptación por parte de la sociedad, añadido al esfuerzo requerido para liquidar todas las malas asignaciones existentes (pp. 253–254).

Hay al menos tres grandes problemas con la idea de que los cambios en la demanda de dinero tienen que ser igualados por cambios en la oferta de dinero para evitar perturbaciones económicas. Primero, como ya se ha señalado, el equilibrio monetario ser restaura a través de cambios en los precios dirigidos por el mercado que reflejan tanto las nuevas preferencias de las personas de tener más o menos dinero en relación con otros bienes como los ajustes en la demanda para tener balances de efectivo real en relación con la oferta nominal existente de unidades monetarias. Segundo, las supuestas perturbaciones y dificultades sociales producidas por liquidaciones que irían más allá de las necesarias para corregir malas inversiones son puros mitos (Bagus, 2015, pp. 94–108). Si los precios fueran por debajo de los que habría habido, esto implicaría que aquellos empresarios que compren activos a precios por debajo del equilibrio obtendrían beneficios que se explicaría por las pérdidas correspondientes de los vendedores de activos.[6] La especulación y el arbitraje consumirían estas posibles ganancias hasta que los precios se restauraran a sus niveles de equilibrio. Desde ese punto de vista, es difícil incluso afirmar que haya un nivel óptimo de liquidaciones correspondientes a algunos ajustes necesarios, ya que estos ajustes y liquidaciones están determinados por el propio proceso del mercado. Tercero, uno de los temas del libro es que las limitaciones en nuestro conocimiento individual llevan a un escepticismo que se “refleja en dudas acerca de la capacidad de conocer cuál es la cantidad existente de dinero en la sociedad en un momento determinado” (p. 141). Si según el autor no puede conocerse exactamente ni siquiera la oferta de dinero, ¿cómo podrían las autoridades saber cuál es la nueva demanda de dinero y cómo podrían saber cómo ajustarla? Nos parece que si hubiera limitaciones de conocimiento, estas descartarían inmediatamente la misma posibilidad de una política diseñada que pudiera ser mejor que el proceso natural del mercado.

Basándose en su aproximación al equilibrio monetario, Zelmanovitz ofrece un esquema muy general para una reforma monetaria, que se basa en la necesidad de una flexibilidad incluida en dicha oferta monetaria. Ve dos características principales en dicha reforma, que también considera históricamente inevitable: “Está muy cercano el momento para un sistema monetario en el que la unidad de cuenta sea completamente abstracta y toda la mercancía monetaria sean valores” (p. 318). En otras palabras, debería producirse una doble desmaterialización del dinero. Primero solo los valores se convertirían en los medios de intercambio más comúnmente usados. El autor no ofrece una explicación completa del por qué sería así. Sin embargo se podría imaginar que sería así porque la emisión de valores proporcionaría la flexibilidad necesaria para que la oferta de dinero se ajuste automáticamente a cambios en su demanda. Segundo, la contabilidad se llevaría a cabo en una unidad abstracta independiente, de manera que la flexibilidad del medio de intercambio no estaría restringida de ninguna manera.

¿Hasta qué punto es realista esta propuesta de reforma? Sin entrar en muchos detalles, mencionemos que consideramos que aunque podría existir una unidad de cuenta sin que se usara también como unidad de medida para el medio de intercambio, ambas unidades están obligadas a relacionarse entre sí. Si no fuera así, entonces la función de la cuenta se vería superada por el propio medio de intercambio. Por ejemplo, la libra francesa ha sido realmente una pura unidad de cuenta. Sin embargo en un momento determinado, fue identificada como una cantidad concreta de sous, deniers o francos. Aunque esta cantidad concreta ha variado en momentos diferentes, la propia relación entre la libra como unidad de cuenta y las unidades de medios de intercambio en circulación ha sido permanente. Este ejemplo práctico no es el resultado de una circunstancia histórica: las cosas no podrían haber sido de otra manera. Una unidad de cuenta completamente abstracta implicaría que la propia contabilidad se ha convertido en abstracta, es decir, en desconectada de la realidad. Esto es imposible lógicamente, ya que la contabilidad solo tiene un propósito, que es proporcionar la explicación más fiel posible de la realidad en términos monetarios. Como esa explicación ha de ser comunicable intersubjetivamente dentro una comunidad concreta de personas, los términos monetarios en los que se exprese deben ser universalmente aceptados dentro de dicha comunidad. Esto ya implica que los valores, cada uno con sus propias características y riesgos, no podrían convertirse en medios universales de intercambio, es decir, en dinero. Por el contrario, el dinero apareció precisamente como una solución para los tremendos problemas de apreciar la liquidez de bienes y activos con una comerciabilidad conocida. Considerar que los valores podrían alguna vez convertirse en la “mercancía monetaria” implica una de dos cosas. O esto sería una vuelta de hecho al truque, con todas sus implicaciones en términos de dificultad en el cálculo económico y por tanto de una menor división del trabajo. O esto implicaría que cada emisor de valores se habría convertido en un emisor de su propio dinero. El resultado este tipo de libertad monetaria ha sido predicho desde hace mucho tiempo por el banquero Henri Cernuschi (Mises, 2008, p. 443).

Conclusión

En general, a pesar de las debilidades indicadas más arriba, el libro de Zelmanovitz será apreciado por lectores iniciados. Plantea un número muy grande de preguntas relevantes y aúna multitud de ideas y conceptos de una manera que incita a pensar. Sin embargo, estas mismas cualidades que distingue al erudito diversificado son también el pretexto para cierta incomodidad, sobre todo relacionada con las aproximaciones elegidas.

Primero, la aproximación interdisciplinaria obliga a economizar en una presentación sistemática de cualquiera de las ramas especializadas de conocimiento que explote. Esto hace que cualquier proyecto así al mismo tiempo sea muy difícil entender por principiantes y esté expuesto a fácil crítica por especialistas. Dadas estas dificultades inevitables, Zelmanovitz tiene bastante éxito en este delicado ejercicio de versatilidad. Sin embargo, persiste la pregunta de en qué medida esta aproximación profundiza en nuestro conocimiento del dinero y de las instituciones y políticas monetarias. En particular, ¿cuál es su superioridad para un estudio exclusivamente económico de un asunto muy concreto o que se desarrollaría cuidadosamente sobre la (estrecha) teoría existente?

Segundo, lo interdisciplinario a menudo va de la mano de un intento de reconciliar diversas epistemologías y escuelas de pensamiento. Esto también pasa con el libro de Zelmanovitz, que expresa sus “convicciones acerca de la posibilidad en el futuro de recrear un consenso acerca de la buena economía” (p. xxi). Sin embargo, en ciencias, solo la verdad es el único criterio de bondad. En la medida en la que se necesiten concesiones y compromisos con la verdad para llegar a una posición ecuménica, la construcción de consensos parece poco científica. Además, el progreso en las ciencias no necesita consensos. La verdad está ahí fuera para ser estudiada y analizada por todos los estudiosos interesados y puede decirse que los descubrimientos de sus varios aspectos han roto consensos, en lugar de crearlos. Reconozco que este es un debate mucho más amplio, que cae más allá del ámbito limitado de esta reseña.

Referencias

Bagus, Philipp. 2015. In Defense of Deflation. Londres: Springer.

Dorobăt. Carmen E. 2014. “Cantillon Effects in Contemporary Monetary Thought”. En M.V. Topan, y D.O. Jora, eds., The Cure for Crises. Bucarest: Rosetti International.

Hoppe, Hans-Hermann. 2001. Democracy, The Gold That Failed: The Economics and Politics of Monarchy, Democracy, and Natural Order. New Brunswick, N.J.: Transaction Publishers.

——. 2012. The Great Fiction. Auburn, Ala.: Ludwig von Mises Institute.

Mises, Ludwig von. 1949. Human Action: A Treatise on Economics. Auburn, Ala.: Ludwig von Mises Institute. Scholar’s Edition. 2008. [Publicado en España como La acción humana (Madrid: Unión Editorial, 2009)]

Molinari, Gustave de. 1846. The Production of Security. Auburn, Ala.: Ludwig von Mises Institute. 2ª edición, 2009.

Oppenheimer, Franz. 1914. The State: Its History and Development Viewed Sociologically. Nueva York: Vanguard Press. 1926. [Publicado en España como El Estado: su historia y evolución desde un punto de vista sociológico (Madrid: Unión Editorial, 2014)]

Rothbard, Murray N. 1962. Man, Economy, and State with Power and Market. Auburn, Ala.: Ludwig von Mises Institute. 2ª edición, 2009. [Publicado en España como El hombre, la economía y el estado (Madrid: Unión Editorial, 2011)]

——. 2002. History of Money and Banking in the United States: The Colonial Era to World War II. Auburn, Ala.: Ludwig von Mises Institute.

Thornton, Mark. 2006. “Cantillon on the Cause of the Business Cycle”. Quarterly Journal of Austrian Economics 9, nº 3: 45–60.

Yeager, Leland B. 1986. “The Significance of Monetary Disequilibrium”. Cato Journal 6, nº 2: 369–399.


El artículo original se encuentra aquí.

 

[1] Advirtamos que esto significaría que las comunidades monásticas, comparadas con las ciudades mundanas, son órdenes sociales inferiores.

[2] Un ejemplo apropiado es un fenómeno monetario de extremo como la hiperinflación. Un chartalista coherente debe considerar las hiperinflaciones como deseadas y diseñadas por el estado.

[3] En General, Zelmanovitz sigue al universo un intelectual hayekiano, en el que los logros de la ciencia económica están ligados muy de cerca a una más profunda integración y aplicación de ideas como subjetividad, conocimiento y expectativas. El autor definitivamente no es un defensor de la aproximación misesiana, que está anclada firmemente en el propio proceso empresarial del mercado y sus prerrequisitos, entre los cuales están las condiciones objetivas para el cálculo económico racional.

[4] Otra característica general de la obra de Zelmanovitz es que los hechos prácticos a menudo toman preeminencia por encima de las consideraciones teóricas. Buen ejemplo en su confesión de que “En definitiva, el argumento a favor de un requerimiento de reserva del 100% que me convenció es el argumento de Buchanan de que, una vez la moneda base deja de ser cara de producir, no hay más razones para tener un sistema bancario pensado para economizanlo” (p. 342). Pero este argumento práctico solo plantea la pregunta de por qué entonces sigue persistiendo la banca de reserva fraccionaria. La respuesta requeriría un estudio teórico completo, entre otras cosas de los efectos de la redistribución y su relación con los intereses creados políticos y económicos.

[5] Zelmanovitz están muy influenciado por la teoría del desequilibrio monetario de Leland Yeager. Sin embargo, mientras que Yeager (1986) conceptualiza acerca del (des)equilibrio monetario en términos reales, la explicación de Zelmanovitz se realice exclusivamente en términos nominales. Ambos autores comparten la opinión de que los precios trasladan información e incentivan la acción humana.

[6] Advirtamos también que la situación de recuperación deflacionista es esencialmente distinta de aquella de un auge inflacionista y sostenible. La deflación facilita la redistribución de activos existentes de empresarios quebrados a capitalistas que se consideren mejores en el arte de gestionar activos. La deflación no lleva a un desperdicio de recursos. Por el contrario, el auge inflacionista consiste en decisiones incorrectas inversión que implican pérdidas netas agregadas y desperdicio de recursos debido a la no convertibilidad de algunos bienes de capital.

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