Populismo de derecha: Una estrategia para el movimiento paleo

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Bueno, finalmente se cargaron a David Duke. Pero sin duda les asustó. Hizo falta una campaña masiva de histeria, de miedo y odio, orquestada por todas las alas de la élite gobernante, desde la derecha oficial hasta la izquierda, desde el presidente Bush y el Partido Republicano a través de los medios de comunicación de New York-Washington, pasando por las élites y activistas de izquierda locales. Hizo falta una campaña masiva de miedo, no sólo invocando las viejas imágenes de pesadilla del Ku Klux Klan o Hitler, sino también, más concretamente, una amenaza virtual de boicotear Louisiana llevándose fuera turistas y convenciones, que además perdería puestos de trabajo por las empresas que saldrían del estado. Fue necesaria una campaña de difamación que recurrió a cuestionar la sinceridad de la conversión al cristianismo de Duke –incluso desafiándolo a nombrar a su “iglesia oficial”. También mi viejo amigo Doug Bandow participó en esta cábala en el Wall Street Journal, perdiendo los estribos por la histeria anti-Duke hasta tal punto que acusó a Duke de guiarse por un interés personal –supongo que a diferencia de todos los demás políticos motivados por una profunda devoción por el bien público. Hizo falta mucho descaro por parte de Bandow, ya que no es un cristiano sacramental (donde se puede señalar que la persona bajo el ataque no fue admitido en la Iglesia sacramental), pero no un pietista, que se opone a cualquier tipo de credo oficial o liturgia. Entonces, ¿cómo un cristiano pietista puede cuestionar la buena fe del otro? Y en un mundo en el que nadie cuestiona las credenciales cristianas de un Chuck Colson o una Magruder Jeb. Pero la lógica saltó por los aires. El establishment, la élite gobernante, estaba en juego, y en ese tipo de batalla, todas las alas supuestamente en conflicto del establishment se soldaron como una unidad y lucharon con todas las armas que tenían a su alcance.

Aun así, David Duke recibió el 55 por ciento del voto blanco; perdió en la segunda vuelta debido a que la campaña del miedo trajo un flujo masivo de votantes negros. Pero tomemos nota de la agitación: la política en Louisiana se levantó del sopor habitual al que hemos estado acostumbrados durante décadas y sacó una tasa de participación –80 por ciento– no vista desde el siglo XIX, cuando la política de partidos era ferozmente partidista e ideológica.

Un punto que en ninguna parte se ha observado: el populismo ganó en Louisiana, ya que en las primarias los dos ganadores fueron Duke, un populista de derecha, y Edwin Edwards, un populista de izquierdas. Fueron ignorados los dos candidatos del establishment: el gobernador Buddy Roemer, “reformista” demócrata, a favor de altos impuestos y altos gastos apoyado por la Administración Bush en un intento por detener al espantoso Duke; y un hombre olvidado, Clyde Holloway, el candidato oficial republicano, un buen conservador del establishment, que obtuvo sólo el cinco por ciento de los votos. (Pobre Human Events, no dejó de quejarse durante la campaña: ¿por qué están los medios de comunicación ignorando a Clyde Holloway? La respuesta simple es que nunca llegó a ninguna parte. Una metáfora instructiva para lo que será el destino del establishment conservador).

Un populista de izquierda, el ex gobernador Edwards, es un mal chico cajún desde hace mucho tiempo, cuyo lema ha sido el divertido laissez les bon temps roulez (“¡que comience la fiesta!”). Ha sido odiado, supuestamente, por los hombres de negocios y por las élites conservadoras. Pero éste era un momento de crisis, y en crisis se revela la verdad: no hay una diferencia fundamental entre el populismo de izquierda y el sistema que tenemos ahora. El populismo de izquierda agita a las masas contra “los ricos”, es decir, más de lo mismo: altos impuestos, gasto descontrolado, redistribución masiva de los ingresos del trabajo y de la clase media hacia la coalición gobernante: gobierno grande, grandes negocios y la nueva clase de burócratas, tecnócratas, ideólogos y sus numerosos grupos dependientes. Y así, en la crisis, el populismo de izquierda –el populismo falso– desapareció, y todo robo fue perdonado en la poderosa coalición Edwards. Es instructivo observar cómo el establishment declara creer en las promesas llorosas de Edwards de reforma personal (“Tengo 65 años, los buenos tiempos han pasado”), mientras se niega a creer en la sinceridad de la conversión de David Duke.

Decían en los años 60, cuando reprendieron cuidadosamente a la izquierda violenta: “dejen de usar la violencia, trabajen dentro del sistema”. Y funcionó, ya que la antigua Nueva Izquierda lidera ahora las clases intelectuales respetables. ¿Por qué no estuvo el establishment dispuesto a perdonar y olvidar cuando un radical como David Duke de derecha dejó de promover la violencia, se quitó la túnica del KKK y comenzó a trabajar dentro del sistema? Si estaba bien ser un comunista o un hombre del clima o lo que fuera en los años locos de juventud, ¿por qué no está bien haber sido miembro del KKK? O, para decirlo con mayor precisión: si estaba bien que el venerado juez Hugo Black, o el león del Senado, Robert Byrd, hubiesen sido miembros del KKK, ¿por qué no David Duke? La respuesta es obvia: Black y Byrd se convirtieron en miembros de la élite progresista del establishment, mientras que Duke continuó siendo un populista de derecha, y por lo tanto anti-sistema, esta vez aún más peligroso porque “estaba dentro del sistema”.

Es fascinante como no había nada en el programa actual de Duke o su campaña que no pudiera ser abrazado por paleoconservadores o paleolibertarios: impuestos más bajos, desmantelar la burocracia, eliminar el sistema de bienestar, ataque a la discriminación positiva y cupos raciales, pedir igualdad de derechos para todos los estadounidenses, incluyendo los blancos. ¿Qué hay de malo en eso? Y, por supuesto, la poderosa coalición anti-Duke no eligió para oponerse a Duke cualquiera de estos temas. De hecho, incluso el más izquierdista de sus oponentes admitió a regañadientes que tenía algo de razón. En su lugar, el establishment se concentró en una “campaña negativa” que aseguran aborrecer (especialmente cuando se dirige contra ellos). (Nota irónica: los expertos de televisión, que se hacen un lifting un par de veces al año, han atacado con amargura a Duke por su presunto lavado de cara. ¡Y nadie se rio!).

¿Qué es el populismo de derecha?

La derecha populista comprende básicamente que vivimos en un país estatista y un mundo estatista dominado por una élite gobernante, consistente en una coalición de gobierno grande, grandes negocios y varios grupos de interés influyentes. Más específicamente, la antigua América de la libertad individual, la propiedad privada y el gobierno mínimo ha sido reemplazada por una coalición de políticos y burócratas aliados con, e incluso dominado por, las poderosas élites financieras corporativas y monetarias (por ejemplo, los Rockefeller, el trilateralismo), y la nueva élite de tecnócratas e intelectuales, entre ellos académicos de la Ivy League y las élites de los medios, que constituyen la clase que crea opinión en la sociedad. En resumen, estamos gobernados por una coalición “Rey y Dios” actualizada al siglo XX, excepto que el Rey son varios grandes grupos empresariales y el Dios es secular: intelectuales estatistas, aunque mezclados con los secularistas y una infusión del “evangelio social”. La clase dominante siempre ha necesitado intelectuales para justificar su gobierno y engañar a las masas para que sean sumisas, es decir, para que paguen impuestos y para que estén conformes con los designios del Estado. En los viejos tiempos, en la mayoría de las sociedades, el clericalismo o Iglesia de Estado formaba el cuerpo creador de opinión que excusaba el régimen. Ahora, en una edad más secular, tenemos tecnócratas, “científicos sociales” e intelectuales de los medios, que hacen apología del sistema estatal y dotan de personal a su burocracia.

Los libertarios a menudo han visto claramente el problema, pero como estrategas de cambio social han perdido una oportunidad. En lo que podríamos llamar “el modelo de Hayek”, llamado a difundir las ideas correctas, y de ese modo convertir a las élites intelectuales a la libertad, comenzando por los mejores filósofos y luego, en un goteo continuo de décadas, lograr la conversión de periodistas y otros medios formadores de opinión. Por supuesto, las ideas son la clave, y la difusión de la doctrina correcta es una parte necesaria de cualquier estrategia libertaria. Podría decirse que el proceso tarda demasiado tiempo, pero una estrategia a largo plazo es importante y contrasta con la trágica inutilidad del conservadurismo oficial que sólo está interesado en el mal menor para la elección actual y por lo tanto pierde a medio plazo, por no mencionar a largo plazo. Pero el error real no es tanto el énfasis en el largo plazo, como ignorar el hecho fundamental de que el problema no es solo de error intelectual. El problema es que las élites intelectuales se benefician del actual sistema: son parte de la clase dominante. El proceso de conversión de Hayek asume que todo el mundo, o al menos todos los intelectuales, están interesados únicamente en la verdad y que el interés económico nunca se interpone en el camino. Nadie en absoluto familiarizado con intelectuales o académicos puede caer en ese engaño. Cualquier estrategia libertaria debe reconocer que los intelectuales y creadores de opinión son parte del problema fundamental, no sólo debido a un error, sino porque su propio interés está ligado al sistema dominante.

¿Por qué implosionó entonces el comunismo? Porque al final el sistema funcionaba tan mal que incluso la nomenclatura se hartó y tiró la toalla. Los marxistas han señalado correctamente que un sistema social se derrumba cuando la clase dominante se desmoraliza y pierde su voluntad de poder; el manifiesto fracaso del sistema comunista provocó una desmoralización. Pero no hacer nada, o confiar sólo en la educación de las élites en las ideas correctas, significará que nuestro propio sistema estatista no terminará hasta que toda nuestra sociedad, como el de la Unión Soviética, se haya reducido a escombros. Ciertamente, no hay que quedarse quieto para eso. Una estrategia para la libertad debe ser mucho más activa y agresiva.

De ahí la importancia, para libertarios o para conservadores de gobierno mínimo, de añadir acciones ofensivas a su arsenal. No consiste simplemente en la difusión de las ideas correctas, sino también en la exposición de la corrupción de las élites gobernantes y de cómo se benefician del sistema existente; más específicamente, cómo nos están estafando: quitar la máscara a las élites dominantes es “campaña negativa” en su más fina y fundamental expresión.

Esta doble estrategia consiste en (a) formar un cuerpo propio de libertarios y partidarios del gobierno mínimo creadores de opinión con las ideas correctas, y (b) pulsar a las masas directamente y cortocircuitar a los medios de comunicación dominantes y élites intelectuales, para despertar a las masas populares contra las élites que les están saqueando, confundiendo y oprimiendo, tanto social como económicamente. Sin embargo, esta estrategia debe fusionar lo abstracto y lo concreto; no debe limitarse a atacar a las élites en abstracto, sino que debe centrarse específicamente en el sistema estatal existente, en los que ahora constituyen las clases dominantes.

Los liberales siempre han estado desconcertados sobre a quién, sobre a qué grupos dirigirse. La respuesta simple “todo el mundo” no es suficiente porque, para ser relevante políticamente, debemos concentrarnos estratégicamente en aquellos grupos que están más oprimidos y que también tienen la mayor influencia social.

La realidad del sistema actual es que constituye una alianza profana de “liberales corporativos” de las grandes empresas y la élite de los medios de comunicación, quienes, gracias a un gobierno grande, ha privilegiado y formado una subclase parasitaria, que, entre todos, están saqueando y oprimiendo a la mayor parte de las clases medias y trabajadoras de Estados Unidos. Por lo tanto, la estrategia adecuada de los defensores de las libertades y paleos es una estrategia de “populismo de derecha”, es decir, exponer y denunciar esta alianza profana y hacer un llamamiento para que esta alianza pija-parasitaria-progre mediática nos deje en paz al resto: la clase media y trabajadora.

Un programa populista de derecha

Un programa populista de derecha, por tanto, debe concentrarse en el desmantelamiento de áreas cruciales del Estado y de la élite dominante, y en la liberación del estadounidense promedio de las características más flagrantes y opresivas de ese régimen. Brevemente:

  1. Reducción drástica de impuestos. De todos los impuestos, a las ventas, a las empresas, a la propiedad, etc., pero especialmente del más opresivo política y personalmente: el impuesto sobre la renta. Debemos trabajar hacia la derogación del impuesto a la renta y la abolición de la IRS.
  2. Desmantelar el Estado de Bienestar. Deshacerse de la subclase parasitaria mediante la eliminación del sistema de bienestar, o, antes de su abolición, reducirlo severamente y restringirlo.
  3. Abolir privilegios raciales o de grupo. Suprimir la discriminación positiva, eliminar cuotas raciales, etc., y señalar que la raíz de estas cuotas es toda la estructura de “derechos civiles” que pisotea los derechos de propiedad de todos los estadounidenses.
  4. Recuperar las calles: triturar a los criminales. Y con esto quiero decir, por supuesto, no “delincuentes de cuello blanco” o “agentes con información privilegiada”, sino delincuentes callejeros violentos: ladrones, agresores, violadores, asesinos. Los policías deben ser liberados y autorizados para administrar castigo inmediato; sujeto, por supuesto, a responsabilidad cuando se equivoquen.
  5. Recuperar las calles: deshacerse de los vagos. Una vez más: dar rienda suelta a la policía para despejar las calles de vagos y vagabundos. ¿Dónde irán? ¿A quién le importa? Con suerte, van a desaparecer, es decir, pasarán de las filas de vagos consentidos y mimados a la clase de miembros productivos de la sociedad.
  6. Abolición de la Reserva Federal, atacar a los banqueros criminales. El dinero y la banca son cuestiones recónditas. Pero hay realidades que pueden ser palpables: la Reserva Federal es un cartel organizado de banqueros, que están creando inflación, estafando al público y destruyendo los ahorros del americano medio. Los cientos de miles de millones de dinero del contribuyente dirigidos a los bancos hipotecarios seránpecata minutaen comparación con el próximo colapso de los bancos comerciales.
  7. Primero América. Un punto clave, y no pretende ser séptimo en prioridad. La economía de Estados Unidos no sólo está en recesión; se ha estancado. La familia promedio está peor ahora de lo que estaba hace dos décadas. Vuelve a casa, América. Dejemos de apoyar a los vagos en el extranjero. Paremos la ayuda externa, que es la ayuda a banqueros, sus bonos y sus industrias de exportación. Paremos la tontería globalista, y resolvamos los problemas de casa.
  8. Defender valores familiares. Lo que significa: sacar al Estado de la familia y reemplazar el control del Estado mediante el control parental. A la larga, implicaría poner fin a las escuelas públicas y su sustitución por escuelas privadas. Pero debemos darnos cuenta de que los sistemas de becas e incluso créditos fiscales, no son, a pesar de Milton Friedman, reivindicaciones transitorias en el camino hacia la educación privatizada; en cambio, van a empeorar las cosas mediante la fijación de control gubernamental más estricto de las escuelas privadas. Dentro de las buenas alternativas está la descentralización y la vuelta a lo local, al control de las comunidades sobre las escuelas.

Además. Debemos rechazar de una vez por todas la noción libertaria típica de que todos los recursos gestionados por el gobierno deben ser pozos negros. Hay que intentar, previamente a la privatización definitiva, gestionar las instalaciones del gobierno de una manera más empresarial, o dejarlas al control local. Eso significa que las escuelas públicas deben permitir la oración y deben abandonar la absurda interpretación ateo-izquierdista de la Primera Enmienda según la cual “el establecimiento de la religión” significa no permitir la oración en las escuelas públicas, o en una guardería o en una escuela o una plaza pública en Navidad. Hay que volver al sentido común y la intención original, a la interpretación constitucional.

Por ahora. Cada uno de estos programas populistas de derecha es totalmente coherente con una posición libertaria fuerte. Pero toda la política del mundo real es política de coalición, y hay otras áreas en las que los libertarios bien podrían comprometerse con sus socios paleos o tradicionalistas u otros en una coalición populista. Por ejemplo, en los valores familiares, en problemas controvertidos tales como la pornografía, la prostitución o el aborto. Aquí, los libertarios a favor de la legalización de alguna de éstas deben estar dispuestos a ceder en una postura descentralizadora; es decir, poner fin a la tiranía de los tribunales federales y dejarlo en manos de los estados o, mejor aún, de las localidades y los barrios, es decir, a las “normas de la comunidad”.


El artículo original se encuentra aquí (fue escrito en 1992). Traducción por Luis R Vera Suárez.

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  • Alberto Carrillo

    Muy
    interesante. El ataque a los intelectuales como cómplices del
    sistema estatista se muy bueno, pero hay muchas otras cosas. Esto me
    parece muy importante: “Defender valores familiares. Lo que significa:
    sacar al Estado de la familia y reemplazar el control del Estado
    mediante el control parental. A la larga, implicaría poner fin a las
    escuelas públicas y su sustitución por escuelas privadas.” No sé si en
    el caso de Alemania esto último sería tan importante, pero en el
    mexicano es vital. La educación publica es una mierda y un mecanismo de
    control funesto, mecanismo de una reproducción de puro estatismo.

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