El milagro del emprendimiento

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[Publicado originalmente en The Free Market 26, nº 12 (diciembre de 2005)]

A Ludwig von Mises no le gustaban las referencias al “milagro” del mercado o a la “magia” de la producción u otros términos que sugieran que los sistemas económicos dependen de alguna fuerza que esté más allá de la comprensión humana. En su opinión, es mejor que tengamos una comprensión racional de por qué los mercados son responsables de asombrosos niveles de productividad que pueden soportar aumentos exponenciales en la población e incluso niveles de vida más altos.

No hubo milagro alemán después de la Segunda Guerra Mundial, solía decir; la magnífica recuperación fue un resultado de la lógica económica abriéndose paso a través de las fuerzas del mercado. Una vez entendemos la relación entre derechos de propiedad, precios de mercado, la estructura temporal de la producción y la división del trabajo, el misterio se evapora y observamos a la ciencia de la acción humana haciendo que ocurran grandes cosas.

Tiene razón en que para entender de economía no hace falta fe, pero hay acciones realizadas por los propios actores del mercado que requieren fe (y Mises no estaría en desacuerdo con esto), una inmensa fe, fe que mueve montañas y levanta civilizaciones. Si aceptamos la interesante descripción de la fe por San Pablo (“evidencia de cosas que no se ven”) podemos entender el emprendimiento y la inversión capitalista como actos de fe.

Todo el que éste de los negocios entiende esto. Requiere un millar de actos cotidianos de ver el futuro invisible para estar en el negocio. La realidad del mercado es que el público consumidor puede hacer que cierres mañana. Todo lo que necesitan hacer es no ir ni comprar.

Esto es verdad tanto para los negocios más pequeños como para los más grandes. No hay seguridad en ningún negocio. Nada es seguro. Todo negocio en una economía de mercado está a solo un paso de la quiebra. Ningún negocio tiene poder para hacer que la gente compre lo que no quiera. Todo éxito es potencialmente fugaz.

El éxito sí genera un beneficio, pero eso no proporciona ninguna comodidad. Toda porción de beneficio que te quedes proviene de lo que en otro caso podría ser una inversión en el desarrollo del negocio. Pero esta inversión tampoco es algo seguro. El bombazo de hoy podría ser el desastre de mañana. Lo que te pueda parecer una inversión sólida podría resultar una pesadilla a corto plazo. Lo que ves, basado en ventas pasadas, como algo con potencial atractivo para las masas podría realmente ser un segmento del mercado que se saturó rápidamente.

Los emperadores pueden dormirse en sus laureles pero los capitalistas no.

El historial de ventas solo proporciona una mirada hacia atrás. Futuro nunca se ve con claridad, sino sólo a través de un cristal, oscuramente. El rendimiento pasado no solo no es una garantía de éxito futuro: no es ni más ni menos que una serie de datos históricos que no pueden decirnos nada acerca del futuro. Si el futuro resulta parecerse al pasado, las probabilidades siguen sin cambiar, igual que la probabilidad de que al lanzar la próxima moneda salga cara no aumenta porque haya ocurrido antes cinco veces seguidas.

A pesar de la completa ausencia de un mapa de ruta, el emprendedor-inversor debe actuar como si hubiera algún mapa del futuro. Debes seguir contratando empleados y pagándolos mucho antes de que los productos de su trabajo lleguen al mercado e incluso antes de que esos productos vendibles se vendan y generen un beneficio. El equipo debe comprarse, actualizarse, atenderse y reemplazarse, lo que significa que el empresario debe pensar en los costes de hoy y de mañana y del día siguiente in sécula seculórum.

Especialmente ahora, los costes pueden ser desorbitados. El dueño de una tienda debe considerar una asombrosa variedad de opciones con respecto a proveedores y servicios web. Debe haber algunos medios de avisar al mundo de tu existencia y, a pesar de un siglo de intentos de emplear métodos científicos para descubrir qué atrae a los consumidores, la publicidad sigue siendo un arte, no una ciencia. Pero también es un arte muy caro. ¿Estás tirando el dinero por la alcantarilla o realmente llega tu mensaje? No hay manera de saberlo por adelantado.

Lo malo también es que no hay causas probables de éxito porque no hay manera de controlar perfectamente todos los factores importantes. A veces ni siquiera el negocio con más éxito entiende qué es precisamente lo que hace que sus productos se vendan más en comparación con sus competidores. ¿Es el precio, la calidad, el estatus, la geografía, la promoción, las asociaciones psicológicas que hace la gente con el producto o qué?

Por ejemplo, en la década de 1980, Coca Cola decidió cambiar su fórmula y anunciarla como New Coke. El resultado fue una catástrofe, al abandonarles los consumidores, aunque las pruebas decían que a la gente me gustaba más el nuevo sabor que el viejo.

Si los datos históricos son tan difíciles de interpretar, pensar en cuánto más difícil es discernir posible resultados en el futuro. Si pueden contratar a contables, agencias de mercadotecnia, magos de las finanzas y diseñadores. Son técnicos, pero no existen los expertos fiables para superar la incertidumbre. La analogía podría ser un hombre en una habitación oscura que contrata a alguien para que le ayude a poner un pie delante del otro. Sus pasos pueden ser constantes y seguros, pero ni él ni sus ayudantes pueden saber con seguridad que hay delante de él.

“Lo que distingue al empresario y promotor de éxito de otra gente”, escribe Mises, “es precisamente el hecho de que no se deja guiar por lo que fue y es, sino que dispone sobre la base de su opinión acerca del futuro. Del pasado y presente como otra gente, pero juzga el futuro de una manera diferente”.

Por esta razón la forma de pensar del emprendedor no puede implantarse mediante formación o educación. Es algo poseído y cultivado por una persona. No hay comité es emprendedores y mucho menos consejos de planificación emprendedora.

La incapacidad de los gobiernos de dedicarse al acto de fe emprendedor es una de las muchas razones por las que socialismo no puede funcionar. Incluso si un burócrata pudiera mirar la historia y afirmar que su institución podría haber fabricado un coche, un pladur o un microchip, esa misma persona ignora que innovaciones pueden aparecer en el futuro. Su única guía es la tecnología: puede especular acerca de qué podría funcionar mejor de lo que hay disponible ahora mismo. Pero eso no es un asunto económico: lo importante es cuáles son los mejores medios dados todos los usos alternativos de recursos para satisfacer los deseos más urgentes de los consumidores a la vista de una infinidad de posibles deseos.

Eso es imposible que lo hagan los gobiernos.

Hay miles de razones por las que el emprendimiento nunca debería tener lugar, pero sólo hay una por la que sí lo hace: estas personas tienen juicio especulativo superior y están dispuestas a dar el salto de fe que se requiere para probar sus especulaciones frente a los hechos de un futuro incierto. Y aun así es este salto de fe el que impulsa nuestros niveles de vida y mejorar la vida de miles de millones de personas. Estamos rodeados de fe. Las economías en crecimiento están llenas de ella.

Que Mises me perdone: esto es un milagro.


Publicado originalmente el 1 de junio de 2016. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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