Murray Rothbard asciende, Bill Buckley se evapora

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Murray N. RothbardHace cincuenta años, Murray N. Rothbard expresaba sus pensamientos en National Review, la revista insignia del conservadurismo estadounidense, que había conmemorado su décimo aniversario a finales de 1965.

Continuó contando toda la historia en The Betrayal of the American Right, al tiempo una historia intelectual y una memoria.

La queja principal de Murray: lo que en un tiempo fue un movimiento escéptico u opuesto al aventurerismo exterior y la construcción de un imperio, bajo la influencia del editor Bill Buckley, había pasado a definirse por estas mismas cosas.

En la infame formulación de Buckley, sería necesario crear una “burocracia totalitaria” dentro de nuestras orillas para luchar contra el comunismo en el exterior. La implicación era que cuando disminuyera la amenaza comunista, este esfuerzo extraordinario, nacional e internacional, podría disminuir en la misma medida.

Como los programas públicos no tienen una costumbre de disminuir, sino más bien de buscar nuevas justificaciones cuando las viejas ya no existen, a pocos nos sorprendió cuando el estado de guerra y sus apologistas de la derecha ronronearan después de que su justificación inicial desapareciera de la historia.

Por cierto que resultó que la amenaza soviética fue exagerada enormemente, como pasa siempre con esas amenazas. La maldad del régimen soviético nunca se puso en duda, pero sus capacidades e intenciones fueron constantemente distorsionadas y exageradas.

Según Matthew Evangelista, escribiendo en Diplomatic History, “A pesar del hecho de que los archivos rusos han dado amplias evidencias de la perfidia soviética y su atroz comportamiento en muchos otros ámbitos, no ha aparecido nada que apoye la idea de que el liderazgo soviético en ningún momento planeara realmente iniciar la Tercera Guerra Mundial y enviar las “hordas rusas” hacia el oeste”. Algunos han tratado de dar argumentos similares, sin éxito.

Impulsando la absurda narrativa de un caso perdido socialista como una abrumadora amenaza militar había un grupo de neoconservadores que era conocido como el “Equipo B” (Siendo el “Equipo A” los analistas de la CIA, que fueron acusados por los neocones de ser voluntariamente ciegos ante el creciente poder militar soviético). En 1976, el director de la CIA, George H.W. Bush, dio a estos neoconservadores acceso extraordinario a documento clasificados de la CIA mientras estos preparaban un informe vituperando a la agencia por su supuesto fracaso en percibir una escalada militar soviética.

Por ejemplo, el Equipo B afirmaba que los soviéticos tenían un sistema no acústico antisubmarinos. Había tantas evidencias de esto como años después de que Saddam Hussein tuviera una flota de drones no tripulados. Cuando los analistas de la CIA protestaron diciendo que no podían encontrar evidencias de ese sistema, el Equipo B describió la falta de evidencia como una indicación adicional de lo astuto e inteligente que era el adversario soviético.

“Si se repasa la mayoría de las alegaciones concretas del Equipo B acerca de sistemas de armamento”, escribía la analista Anne Cahn, “y se examinan una a una, todas son erróneas”. Así que si pensabais que llevar presión ideológica para hacer presión a la comunidad de inteligencia fue algo que empezó con Iraq, ahí lo tenéis.

Los neocones del Equipo B ansiaban tanto encontrar la Unión Soviética vibrante, que incluso caían en la risibles afirmaciones de la izquierda (aportadas por economistas de la izquierda liberal como Paul Samuelson) acerca del creciente PIB soviético. El Equipo B concluía que la URSS tenía “un Producto Interior Bruto grande y en expansión”.

A pesar de los dudosos fundamentos sobre los descansaban las afirmaciones histéricas detrás de la “amenaza soviética”, su existencia se consolidó en una de las ortodoxias indiscutibles de National Review y del más amplio movimiento conservador que nacía en ese momento. Cuando Murray apuntó lo absurdo de todo eso, por no mencionar la naturaleza contraproducente de la intervención militar estadounidense en el exterior, rápidamente dejó de ser persona para National Review, que le había publicado en sus primeros años.

Mucho antes de que hubiera un “movimiento conservador” oficial, con sus revistas, sus crujientes ortodoxias, sus infructuosos think tanks (completados con sinecuras para expolíticos) y su ansia de respetabilidad, hubo una asociación vaga, menos formal de escritores e intelectuales que se oponían a Franklin Roosevelt (tanto en su política interior como exterior), un grupo al que Murray llamaba la “vieja derecha”.

No había línea de partido entre estos intrépidos pensadores, porque no había nadie para imponer una.

Incluso en la década de 1950 y con el avance de la Guerra Fría, podían encontrarse las voces de contención entre los restos de la vieja derecha. En su artículo de 1966, Murray apunta al grupo de derechas For America, un grupo de acción política cuyo programa de política exterior reclamaba “no tener servicio militar”, así como el principio : “No entrar en guerra exteriores salvo que la seguridad de Estados Unidos esté directamente amenazada”.

Igualmente Murray señalaba al novelista jeffersoniano Louis Bromfield, que escribía en 1954 que la intervención militar contra la Unión Soviética era contraproducente:

Uno de los grandes fracasos de nuestra política exterior en todo el mundo deriva del hecho de que nos hemos permitido identificarnos en todas partes con las pequeñas naciones europeas colonial-imperialistas anticuada, condenadas y podridas que en otro tiempo imponía sobre buena parte del mundo el patrón de explotación y dominación económica y política. (…) Ninguno de estos pueblos rebeldes y que se están levantando (…) confiará en nosotros ni cooperará en modo alguno mientras sigamos identificados con el sistema colonial económico de Europa, que representa, incluso en su patrón capitalista, los últimos restos del feudalismo. (…) No dejamos a estos pueblo que se están despertando ninguna alternativa, salvo recurrir a la comodidad rusa y comunista y su promesa de utopía.

También Murray tomaba nota de un artículo de 1953 de George Morgenstern, escritor de opinión del Chicago Tribune, en Human Events (“ahora convertido en un órgano gacetillero para el ‘movimiento conservador’”, lamentaba Murray en 1966) en el que deploraba la tradición imperialista en la historia estadounidense. Morgenstern ridiculizaba a quienes “se extasiaban ante la vista de la expresión ‘liderazgo mundial’” y escribía:

Una propaganda omnipresente ha establecido el mito de la inevitabilidad en la acción estadounidense: todas las guerras eran necesarias, todas las guerra eran buenas. La carga de la prueba recae en los  que sostienen que Estados Unidos está mejor, que la seguridad estadounidense ha mejorado y que las perspectivas de paz mundial han mejorado con la intervención estadounidense en cuatro guerra en medio siglo. La intervención empezó con engaños con McKinley y acaba con engaños de Roosevelt y Truman.

Tal vez tendríamos una política exterior racional. (…) Si se hiciera entender a todos los estadounidenses que la primera necesidad es la renuncia a la mentira como instrumento de política exterior.

Con la llegada de National Review, estas voces crecientemente aisladas serían silenciadas y marginalizadas. Incluso el heroico John T. Flynn, cuya biografía en contra de FDR, The Roosevelt Myth, había alcanzado en número dos en la lista de superventas del New York Times, fue despedido de National Review cuando trató de advertir sobre los riesgos de una política de intervencionismo militar.

Cincuenta años después del artículo de Murray, la situación en National Review es mucho peor. La revista se ha hecho más entusiasta de las intervenciones exteriores, cuando dichas intervenciones se han hecho más ridículas y contraproducentes.

Además, en la vieja National Review todavía era posible de vez en cuando encontrar discusiones sobre cuestiones polémicas, siendo tal vez la más notable el legado de Abraham Lincoln. Frank Meyer, Willmoore Kendall y (más conocidamente) M.E. Bradford debatieron con el pro-Lincoln, Harry Jaffa, en sus páginas. Algo así es hoy inconcebible, dado el anhelo de respetabilidad por la prensa general de la revistas. El papel de Jaffa, dice el compañero straussiano Charles Kesler, era dejar claro “lo que los conservadores respetables debían pensar sobre Lincoln”.

Y menuda sorpresa: lo que los conservadores respetables debían pensar sobre Lincoln resultaba ser lo que pensaban sobre Lincoln los liberales de izquierdas.

Mirando atrás a las carreras de Murray, Buckley y National Review, es difícil no señalar una comparación chocante. ¿Quién lee hoy los libros hace mucho tiempo olvidados de Bill Buckley o realiza conferencias discutiendo su pensamiento? ¿Dónde está el grupo de estudiantes universitarios dedicados a devorar las obras de Buckley?

Creo que sabemos la respuesta.

Al mismo tiempo, el interés (¡e incluso las traducciones!) de la obra de Murray no hace sino multiplicarse. La economía austriaca está floreciendo, con el número de académicos trabajando en una tradición expresamente rothbardiana creciendo cada año. Entretanto, los textos de Rothbard se consumen vorazmente, de hecho más que nunca, y especialmente por mentes jóvenes y brillantes en busca de algo más satisfactorio económicamente que los manidos ligares comunes del “liberalismo” y el “conservadurismo” oficiales.

Murray, con un doctorado por la Universidad de Columbia y un conjunto de obras de extraordinaria calidad, cantidad e importancia intelectual, pasó mucha de su carrera económica en la oscuridad, rechazando decir ni lo que los keynesianos de la izquierda ni lo que los intervencionistas militares de la derecha querían oír. Pero hoy, más de 20 años después de su muerte, Mr. Libertarian es el padrino intelectual indiscutible del actual renacimiento libertario entre los estudiantes brillantes estadounidenses. El puñado de jóvenes de seguidores de National Review cuya idea de diversión es oír el discurso de Mitt Romney en la CPAC no impresiona lo mismo.

Bill Buckley, por el contrario, pasó su vida bajo los focos. Y controló en movimiento conservador para garantizar que fuera suficientemente respetable, estando sus posiciones bien dentro de los límites ideológicos establecidos por los liberales de izquierda que él decía despreciar. Pero aunque Buckley pudo haber sido un personaje importante a lo largo de su vida, esencialmente murió en la oscuridad, a pesar de disfrutar de todas las ventajas del establishment que se puedan pedir.

Aquí hay una lección.


Publicado originalmente el 31 de febrero de 2016. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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