La amenaza del culto espacial

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[Este artículo apareció originalmente en Libertarian Review, volumen 8, número 1 (Febrero de  1979), pp. 14-15]

Después de los grandes acontecimientos de 1978 (la victoria de la Proposición 13, la consiguiente revuelta fiscal, la elección del primer candidato del Partido Libertario en la historia – Dick Randolph a la cámara del Estado de Alaska – y los fantásticos 375.000 votos de Ed Clark para gobernador de California), el Partido Libertario está listo para entrar en la corriente principal de la vida política estadounidense. Tiene la gloriosa oportunidad de dar la vuelta a Estados Unidos, de dirigirnos rauda y velozmente en dirección a la libertad. En septiembre elegirá un candidato presidencial que podría obtener fácilmente un millón de votos en 1980 y posiblemente bastantes más.

Justo cuando está cerca el día de la victoria, una amenaza desde dentro del Partido ha mostrado su fea cara. Hemos tenido que escribir muchas veces a lo largo de los años de los lunáticos, el lumpen, los enemigos “descentralistas” radicales de la organización por sí misma, los irracionalistas y fantasiosos que rechazan aprender o preocuparse sobre asuntos políticos mundiales reales y por el contrario sostienen que la ciencia ficción es la encarnación verdadera y definitiva del libertarismo. Habíamos pensado que el crecimiento y desarrollo del Partido Libertario había descartado a los lunáticos, que todos habían salido del partido hacia la tierra ensimismada de sus sueños y visiones. Por desgracia, nos equivocamos. El peligro sigue ahí y podría destrozar la mejor y más brillante esperanza para la libertad desde hace más de un siglo.

La amenaza apreció repentinamente cuando Ed Crane, presidente del comité de planificación de la convención del Partido Libertario de septiembre, sometió su propuesta programa al Comité Nacional en Las vegas el 14 de enero. El programa era soberbio, construido a partir del tema de “Hacia un sistema de tres partidos”, con todos los discursos y trabajos centrados en torno a los desarrollos políticos nacionales en el contexto de un Partido Libertario convertido en el tercer gran partido de Estados Unidos. Los discursos y trabajos abandonarían las numerosas irrelevancias desenfocadas de las convenciones pasadas para concentrarse en problemas políticos reales y apremiantes: en cómo el gobierno, liderado por demócratas y republicanos, está arruinando nuestras vidas y qué y cómo podemos hacer sobre ello. Llevaría a importantes oradores de todo el espectro político, dando la bienvenida a quienes compartan preocupaciones políticas con los libertarios. Sería un programa del mundo real para un partido de libertad a punto de entrar en la corriente principal de la vida estadounidense.

Momento en el cual apareció la oposición con fuerza y se produjo un debate ilustrativo en el Comité Nacional, un debate que por desgracia no se ha grabado. Varios críticos del programa propuesto empezaron a protestar: “Todo el programa trata de política”. “La política es deprimente”. “¿A quién le importa si nos convertimos en uno de los grandes partidos?” Y lo más increíble de todo: “Nada de esto motiva a la gente”. ¡Estaba atónito! ¿Cómo podría un líder del PL dejar de estar entusiasmado por convertirse realmente en un gran partido, por moldear la política del mundo real en la dirección de la libertad? Y si no estaban tan motivados, ¿por qué puñetas están en el Partido Libertario? ¿Por qué no se han unido directamente a los marginados de la tierra del loto?

Como estaba programado que actualizara mi discurso “optimista”, me sorprendió la ausencia de optimismo en el programa de la convención. ¿Qué querían? La respuesta apareció pronto: querían ciencia ficción, querían “futurismo”, querían vida eterna, querían proyecciones de visiones de un territorio de fantasía tecnológica. En resumen igualaban la política del mundo real, en realidad el mundo real, punto, con pesadumbre: el “optimismo” es solo la contemplación amante de sus propios sueños.

¿Pero por qué? ¿Por qué libertarios declarados de lo que podríamos llamar la rama “cadete espacial” igualan optimismo con un eterno rumiar de sus fantasías, de su versión tecnocrática de la Gran Montaña de Caramelo, el paraíso que ven en sus bolas de cristal? Si son realmente libertarios, ¿por qué no basta la gloriosa perspectiva de la libertad para motivar sus acciones como tales?

Al intensificarse el debate, la respuesta a este acertijo quedaba demasiado clara: a estos augures y cadetes espaciales en realidad no les importa tanto la libertad. En realidad, no les preocupa mucho en mundo real o la realidad. Lo que les motiva no es la perspectiva de libertad, sino crear escenarios fantasma de la tierra del edén de nunca jamás. Les interesa la libertad solo porque piensan que les ayudará a alcanzar su paraíso milenarista. Como admitía un de los cadetes espaciales cuando se le acusaba de promover una religión en lugar de una filosofía política: “¡Sí, queremos una religión!”. La religión milenarista de mil cultos, la promesa de que deseándolo lo bastante hará que se haga realidad su visión de Jardín del Edén. Lo único que falta es un gurú, un mesías, un Moisés, para llevar el rebaño a la tierra prometida.

Pero esto es realmente una religión, no es una filosofía política y está absolutamente claro que no es una acción política. Pero lo libertarios no han venido a prometer a los seres humanos una utopía tecnocrática: hemos venido a traer libertad para todos, la libertad de cada persona de perseguir cualesquiera que puedan ser sus sueños del futuro. O incluso a no tener ninguna visión del futuro. El libertarismo sin duda no es todo en la vida: trae el regalo de la libertad política de toda persona para perseguir sus propios objetivos. Sus objetivos, no los nuestros. Reclamar (como partido político) una visión concreta del futuro, la visión del cadete espacial, implica que ese objetivo concreto va a ser impuesto a todos, les guste o no.

Esto no es libertad: es totalitarismo. Los primitivistas, después de todo, también tienen derechos. También deberían tener la libertad, si lo desean, de vivir a su aire sin ser molestados. Así que ni a los primitivistas ni a los cultistas espaciales se les debería dar un foro dentro del Partido Libertario para promover e imponer su propio nivel favorito de tecnología.

Por decirlo sucintamente: el objetivo del libertarismo es la libertad, punto. Ni más ni menos. Lo que sea menos es una traición, pero lo que sea más también es una traición a la libertad, porque implica imponer tus propios objetivos a otros. Ser libertario debe significar que uno defiende la libertad como el fin político más importante, no necesariamente el fin personal más importante. Confundirse en este aspecto, mezclar cualquier clase de visión (tecnocrática o futurista o cualquier otra) con la política, es abandonar la libertad como máximo objetivo político y como mínimo destruir el mismo significado de un movimiento u organización política.

Extrañamente, el espacio y el programa espacial (¡a los que el gran historiador revisionista Harry Elmer Barnes llamaba apropiadamente “estafa lunar” y “astrotonterías”!) es precisamente el área en la que el gobierno ha ejercido un dominio total. Esos héroes futuristas de nuestros cultistas espaciales “libertarios” como el Dr. Gerard K. O’Neill, son científicos e investigadores financiados por el gobierno, cuyas “colonias espaciales” proyectadas no serían las “colonias espaciales libres” de los sueños de nuestros cultistas espaciales, sino proyectos totalmente planeados y gestionados por el gobierno federal. Pero en lugar de dedicarse a sobrias críticas del programa público espacial, nuestros cadetes espaciales aceptan a estos futuristas estatales como prácticamente propios.

Recordemos cómo el gran libertario Ludwig von Mises amontonaba un desdén bien merecido sobre las fantasías “futuristas” de anteriores movimiento milenaristas. Mises escribía en su gran obra Socialismo que:

Los escritores socialistas retratan la comunidad socialista como una tierra de deseo del corazón. Las fantasías empalagosas de Fourier van más allá en esta dirección. En el estado futuro de Fourier todas las bestias dañinas han desaparecido y en sus lugares habría animales que ayudarían al hombre en su trabajo, o incluso harían su trabajo en su lugar. Un anti-castor haría la pesca, una anti-ballena movería los barcos con calma, un anti-hipopótamo tiraría de las barcazas fluviales. En lugar del león habría un anti-león, un corcel de asombrosa velocidad, sobre cuyo lomo el jinete cabalgaría como en un carruaje mullido (…) Godwin incluso pensaba que los hombres podrían ser inmortales después de que se aboliera la propiedad. Kautsky nos dice que bajo la sociedad socialista “aparecerá un nuevo tipo de hombre (…) un superhombre (…) un hombre glorificado”. Trotsky proporciona información todavía más detallada [¡como conviene a un “futurista”!]: “El hombre se convertirá en incomparablemente más fuerte, más sabio, mejor. Su voz más armoniosa, sus movimientos más rítmicos, su voz más musical. El ser humano medio ascenderá a las alturas de un Aristóteles, un Goethe o un Marx. Y sobre esta cumbre surgirán nuevas alturas”.

El economista inglés de libre mercado P.T. Bauer señala en su obra Economic Analysis and Policy in Underdeveloped Countries que

La demanda de estas previsiones a menudo deriva de motivos psicológicos profundamente asentados y es frecuente que no se relacione con la precisión de las previsiones. Un gran aumento en el interés por la previsión es normalmente evidencia de una panacea poco sana. Creo también que el gran aumento en la demanda de estas previsiones, incluso por gente con formación, y el gran prestigio de sus proveedores son síntomas y señales de transformaciones sociales y políticas muy profundamente asentadas. Un repentino resurgimiento en las actividades y prestigio de oráculos y augures en el Imperio Romano en los siglos II y III testifica la decadencia de la visión crítica y la aparición de la credulidad, que preparaba el camino tanto para la aceptación de una nueva fe venida de oriente como el desplome del orden, la civilización e incluso el bienestar material.

Bauer continúa con un ilustrador pasaje acerca de esta época del historiador W.E.H. Lecky:

Los oráculos que se habían silenciado se oían de nuevo, los astrólogos plagaban todas las ciudades, los filósofos estaban rodeados por una atmósfera de leyenda, la escuela pitagórica había hecho crecer la credulidad hasta ser un sistema. En todos los bandos, y en grado sin precedentes en la historia, encontramos hombres (…) sedientos de creencias, buscando apasionada e incansablemente una nueva fe.

Así que ahí lo tenemos: dos grupos irreconciliables dentro del Partido Libertario: los realistas y los nigromantes, los “terrestres” y los cadetes espaciales. Ahora mismo, el programa de la convención parece a salvo, pero con tanto en juego debemos temblar por el futuro. Dejemos por tanto que se vaya este cáncer de dentro del partido. Dejemos que la fantasía despegue al espacio exterior de sus sueños. Estaremos encantados de darles todo el espacio exterior, si no dejan tener la tierra.

Pero si les falta todo el valor de sus convicciones, dejemos que al menos gasten sus energías en sus convenciones futuristas yd e ciencia ficción, tratando de influir a sus moradores para que se conviertan en libertarios. No importará mucho, pero indudablemente no hará daño. Solo hagamos, por el bien de la libertad, que dejen de amenazar la mejor opción para la libertad real en el mundo real que hemos visto en generaciones. Hagamos que se vaya este íncubo.


Publicado originalmente el 12 de octubre de 2010. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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