La verdad sobre la política

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The Truth About PoliticsEsta semana se han emitido en los caucus de Iowa los primeros votos de las elecciones presidenciales de 2016. Esto se supone que debería llenarnos de pensamientos felices sobre autogobierno, virtudes cívicas, deliberación racional y sobre la política como la forma en que se pone en práctica la voluntad del pueblo.

Pero por el contrario deberíamos rechazar lo que el establishment nos haría celebrar. La política funciona de acuerdo con principios que nos horrorizarían si los observáramos en nuestras vidas privadas y que harían que nos arrestaran si tratáramos de vivir de acuerdo con ellos. El estado puede robar y lo llama impuestos, secuestrar y lo llama servicio militar, matar y lo llama guerra.

Y aun así se nos enseña a temer al capitalismo, sobre todas las cosas.

¿Pero que son después de todo el capitalismo y el libre mercado? No son más que la suma total de intercambios voluntarios en la sociedad.

Cuando realizamos un intercambio voluntario (cuando compro manzanas por 5$ o cuando contratáis a alguien por 25$ la hora) ambas partes mejoran con respecto a cómo habrían estado en ausencia de dicho intercambio.

No podemos decir lo mismo de nuestras interacciones con el estado, ya que pagamos al estado bajo amenaza de violencia. El estado termina mejor sin embargo. Sin duda.

Las empresas que aumenten sus beneficios gracias a alguna innovación no pueden dormirse en los laureles. Otras empresas adoptarán también la innovación y esos beneficios anormalmente altos desaparecerán. La empresa original debe continuar avanzando, tratando de idear nuevas formas de agradar a sus conciudadanos.

El estado no opera bajo esas condiciones. Puede permanecer tan atrasado como guste. A otras empresas se les prohíbe normalmente competir con él.

Las prioridades del estado se imponen arbitrariamente a las tuyas. El etanol “es importante para los granjeros”, dice un candidato. Así que como el estado ha decidido que algún proyecto absurdo y económicamente sin sentido de algún grupo de interés es “importante”, lo que hubieras preferido hacer con tu dinero sencillamente se deja de lado e ignora y te ves obligado a subvencionar lo que el estado trata de privilegiar.

Nuestras escuelas y medios de comunicación retratan a las grandes empresas como siniestras y al gobierno como benigno. ¿Pero quién no preferiría recibir una oferta de venta de la Norwegian Cruise Line a una demanda de auditoría de Hacienda?

O imaginad que una gran empresa se inventara una red de mentiras, las usara como un pretexto para lanzar un ataque violento sobre un pueblo que nunca causó ningún daño a los estadounidenses y produjera millones de muertes y millones más de refugiados internos y externos. Esa empresa estaría quebrada y nunca se habría vuelto a hablar de ella. Sería denunciada incesantemente hasta el fin de los tiempos.

Todas estas cosas ocurren, pero las realiza el estado. Y como todos sabemos, no ha habido repercusiones para nadie. Nadie ha sido castigado. De hecho, a los perpetradores se les pagan cantidades de seis cifras por dar discursos. Todo se recibe con un encogimiento de hombros como en el peor de los casos un error honrado. Alguna gente sigue enfurecida por ello, pero incluso ellos dan por descontado que realmente no hay nada que hacer sobre un comportamiento como este por parte del régimen estadounidense.

Imaginad si hubiera alguna gran empresa tan afianzada que, a pesar de ser responsable de un peaje de muertes tan asombroso, evadiera toda responsabilidad y sencillamente siguiera funcionado igual que antes. La ira sería ensordecedora y abrumadora.

Pero ha sido tan intensa la propaganda, desde que todos fuimos niños, acerca de la naturaleza benigna del estado que mucha gente sencillamente no puede pensar tan mal del estado como se le ha enseñado a pensar sobre la grandes empresas, aunque los delitos del estado empequeñezcan todas las malas acciones de todas las grandes empresas existentes juntas. Entretanto, los opositores del estado son retratados habitualmente como misántropos incorregibles, cuando, en realidad, a la vista de la verdadera naturaleza del estado, somos los mayores defensores de la humanidad.

El mercado aúna a las personas. Gente de origen racial, religioso y filosófico divergente e incluso antagónico está encantada de comerciar entre sí. Además de eso, la división internacional del trabajo como existe hoy es el ejemplo mayor y más extraordinario de cooperación humana en la historia del mundo. Multitud de empresas producen multitud de bienes intermedios que acaban combinándose para convertirse en productos finales de consumo. Y toda la estructura de producción, con toda su complejidad, se dirige a satisfacer las preferencias del consumidor tan eficazmente como sea posible.

El estado, por el contrario, nos lanza a unos contra otros. Si uno de nosotros se gana un favor del estado, lo hace a costa de todos los demás. Pues para que se beneficie un grupo otro debe ser expropiado antes. En un momento u otro el estado ha lanzado a los viejos contra los jóvenes, a los negros contra los blancos, a los pobres contra los ricos, a la industria contra la agricultura, a las mujeres contra los hombres.

Entretanto, todos los esfuerzos antisociales dedicados a obtener favores del estado son favores que no se disponen para producir bienes y servicios y aumentar la prosperidad general.

El mercado consiste en anticipar las necesidades de nuestros conciudadanos y esforzarnos por atender esas necesidades de la forma más eficaz en costes, en otros palabras, en desperdiciar los menores recursos posibles y en hacer que lo que ofrezcamos sea tan asequible como podamos para aquellos a los que servimos.

Ah, pero necesitamos el estado, nos dicen prácticamente todos. Ya sea un “monopolio” o drogas, los tipos malvados en el extranjero o las marcas de otros hombres de paja que usa el estado para justificarse, se nos recuerda constantemente por qué se supone que el estado es indispensable. Es verdad que estas y otras justificaciones para el estado suenan bastante plausibles y por eso el las usan el estado y sus apologistas. Pero los primeros vacilantes pasos hacia la liberación intelectual vienen cuando alguien considera la posibilidad de que la verdad sobre estas cosas pueda ser distinta de la que escucha en TV o aprende en la escuela.

La pequeña minoría de personas que administran el estado con fondos expropiados del sector privado tiene que justificar esta situación para que el público no se inquiete o albergue ideas subversivas acerca de la relación real entre el estado y ella misma. Y aquí es donde entran en escena los diversos tópicos del pueblo gobernándose a sí mismo o los impuestos voluntarios o los funcionarios como servidores del pueblo.

Pensad por un momento sobre esta última afirmación: que los funcionarios son nuestros servidores. Esa gente puebla una institución que decide cuánta de nuestra renta y riqueza expropiar para financiarse. Nos encarcelarían si no pagáramos. ¿Y tenemos que creer que esta gente son nuestros servidores?

Para los que no son suficientemente ingenuos como para caer en una trampa tan evidente, las justificaciones resultan ligeramente más complejas. De acuerdo, de acuerdo, puede decir el estado, no es del todo correcto decir que la gente se gobierna a sí misma. Pero, se apresuran a decir, podemos ofrecer lo más cercano a eso: la gente estará representada por personas elegidas de entre ellos.

Sin embargo, como ha argumentado Gerard Casey, la idea de representación política no tiene sentido. Cuando un agente representa al dueño de una empresa en una negociación, se asegura que se busca el interés del dueño. Si los intereses del dueño se defienden solo débilmente, se ignoran o se desafían abiertamente, el dueño elige otra representación diferente.

Nada de esto se parece a la representación política. Aquí un supuesto representante es elegido por algunas personas pero tiene la oposición activa de otras. Aun así se dice que “representa” a todas ellas. ¿Pero cómo puede ser esto cuando no es posible que conozca a todas e incluso si lo hiciera descubriría que tienen opiniones y prioridades mutuamente exclusivas?

Incluso si nos centramos completamente en esa gente que sí voto por el representante, ¿se supone que su voto implica el consentimiento a todas sus decisiones? Algunos pueden haber votado por él no por sus posiciones o méritos, sino sencillamente porque era menos malo que la alternativa. Otros pueden haberlo elegido por una o dos de estas posturas, pero pueden ser indiferentes u hostiles en todo lo demás. ¿Cómo puede decirse seriamente que siquiera esta gente (que realmente votó por el representante) esté “representada” por él?

Pero la idea de la representación política, aunque no tenga sentido, no deja de tener su utilidad para el estado moderno. Ayuda a ocultar el hecho en bruto de que, a pesar de toda la palabrería acerca del “gobierno del pueblo” y el “autogobierno”, incluso en las “sociedades libres” de Occidente equivalen a alguna gente gobernando y el resto siendo gobernados.

Cuando se anuncien entre hurras y celebraciones los resultados de estas primarias, recordad entonces lo que representan: el triunfo de la compulsión sobre la cooperación, la coacción sobre la libertad y la propaganda sobre la verdad. Los libros de texto de civismo pueden escribir con asombro emocionante acerca del sistema político estadounidense, pero esto es con mucho lo peor de EEUU. En lugar de celebrar el mundo antisocial de la política, levantemos nuestra copa por la antipolítica del mercado libre, que ha generado más riqueza y prosperidad mediante la paz y la cooperación que la que podrían el estado y sus políticos con toda la coacción del mundo.


Publicado originalmente el 5 de febrero de 2016. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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