El fascismo energético de Carter

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[Libertarian Review, 1977]

Tras varios meses de su administración, el Presidente Carter estaba preocupado. Oh, su imagen ante el público iba bien: la chaqueta de punto, las llamadas telefónicas del público, las charlas junto al fuego, habían elevado su popularidad personal e niveles estratosféricos. La imagen iba bien, pero ¿dónde demonios estaba su poder, que después de todo es de lo que trata el negocio de la política?

Las cosas iban mal en el Congreso. Curiosamente, la habitual luna de miel con el Congreso de seis meses  se había evaporado incluso antes de la toma de posesión. Los trabajadores estaban en lucha, las mujeres y los negros se quejaban, los empresarios recelaban y una poderosa nueva derecha, formada a partir de la amenazante integración de socialdemócratas de derechas y liberal conservadores se las había arreglado para forzar la dimisión de Ted Sorensen como jefe de la CIA y había obligado a Paul Warnke a retirar su propuesta a favor de la paz con el fin de obtener la designación como negociador en las conversaciones del SALT. Las propuestas de Carter en el SALT se habían desmoronado y estaba buscando ansiosamente retirar su querida, aunque esencialmente insensata propuesta de un reembolso fiscal de 50$ a cada estadounidense. ¿Cómo iba a tener poder y cómo iba a presentarse como un presidente fuerte y dominante?

Carter descubrió su propuesta de camino hacia el poder: su plan energético. Como informaba Hedrick Smith en el New York Times (21 de abril), el Presidente Carter “había elegido la energía como asunto para poner a prueba y consolidar su liderazgo presidencial”.

Smith continuaba diciendo que se dice en Washington que “mucha de la autoridad real de Carter como Presidente y mucha de la eficacia de su Administración reside en definitiva en si conseguirá aprobar con éxito” su plan energético. Lo que quiere el Estado, lo que quieren todos los potenciales tiranos, por supuesto, es la guerra. La guerra, especialmente una guerra que el Estado no corra el riesgo de perder, ofrece el entorno perfecto para que todo el poder redunde en el Estado, para trasladar riqueza de manos privadas a públicas, para hacer que obedezcan los bastardos. La guerra, como apuntó tan acertadamente Randolph Bourne hace medio siglo, “es la salud del Estado”.

Generalmente la gente, en su vida privada, sólo quiere ocuparse de sus negocios libremente, que les dejen tranquilos con el dinero que hayan ganado para dirigir sus vidas como les parezca. A lo largo de la historia, los gobiernos y sus gobernantes han tratado de embaucar a sus súbditos, hacer que les guste, o al menos se resignen a la opresión y explotación que sufren a manos del estado. Y la guerra ha sido siempre el ábrete sésamo para este fin: el fantasma del enemigo a las puertas hace que la gente sucumba al eterno ruego de disciplina y sacrificio por parte de sus amos del Estado. La petición de sacrificios es siempre el heraldo del déspota. Poca gente se detiene a ponderar este hecho: en cada sacrificio, de la vida y la libertad y la propiedad, siempre hay un grupo de gente para la que se hacen los sacrificios. En los viejos días de la superstición, los beneficiarios de los sacrificios eran los dioses y sus intérpretes sacerdotales en la tierra; en los nuevos tiempos de la “razón”, el beneficiado es el Estado.

Pero la guerra en esta era nuclear es peligrosa y, como han demostrado Vietnam y Angola, la Naciones Unidas no pueden suponer alegremente que Dios haya ordenado siempre que se produzca la victoria. Así que la administración Carter ha buscado abiertamente el “equivalente moral de la guerra”, el sustitutivo en tiempo de paz de la histeria guerrera y el despotismo bélico, el entusiasmo por el sacrificio.

El Presidente Franklin D. Roosevelt, buscando abiertamente el equivalente en tiempo de paz a una sociedad en guerra y una economía bélica, lo encontró en la Gran Depresión, y más tarde aún más crudamente en la propia Segunda Guerra Mundial. El discurso de Carter a la nación el 18 de abril sobre energía descubría franca y reveladoramente su objetivo:

Nuestra decisión acerca de la energía pondrá a prueba el carácter del pueblo estadounidense y la capacidad del Presidente y el Congreso da gobernar esta nación. Este difícil esfuerzo será el “equivalente moral a la guerra”, excepto en que uniremos nuestros esfuerzos para construir y no para destruir. (New York Times, 19 de abril).

Como diseñador de su ruta al poder, Jimmy Carter encontró al candidato ideal para ser su zar de la energía (el mismo hombre que le proporcionó la frase “el equivalente moral a la guerra”), el antiguo Secretario de Defensa James Schlesinger, un republicano liberal conservador aceptado por la nueva coalición derechista por su política exterior pro-intervencionista. Que es este símbolo veterano del complejo intelectual-militar estaba demasiado preparado, se ve en la entrevista de Schlesinger de una aduladora revista Time, en una de las numerosas operaciones de relaciones públicas para suavizar y preparar a los ciudadanos estadounidenses. Schlesinger, no sin alegría, declaraba que Estados Unidos afronta “restricciones, cortes”. Schlesinger añadía en el tono veterano del tirano, “Es incómodo. Todos tendrán que realizar algún tipo de sacrificio”.

Lo más revelador es que Time añadía:

Más aún que eso, Schlesinger considera a la crisis energética como una bendición disfrazada, un puesta a prueba beneficiosa del espíritu de la nación y la capacidad de cumplir. En su opinión, la crisis, gestionada correctamente, ofrecerá la oportunidad al pueblo estadounidense de recuperar las viejas virtudes del sacrificio y de un sentimiento de un destino común. (Time, 25 de abril).

En resumen, tenemos que obedecer sus órdenes, y tenemos que sacrificarnos… por ellos. Pues, no nos equivoquemos: a pesar de la retórica colectivista del “nosotros”, podemos estar seguros de que Carter, Schlesinger y el resto no van a hacer ninguno de los “sacrificios”, eso es trabajo para el resto de nosotros, mientras ellos aplauden nuestra voluntad de sufrir. Por supuesto, el problema que pueden tener Carter y compañía es que a muchos de nosotros no nos guste sacrificarnos, así que ahí debe también venir la advertencia de que debemos olvidar nuestros pequeños y estrechos intereses individuales “egoístas” en busca del bien común. Y como era de esperar, aquí está la advertencia en el discurso sobre la energía de Carter del 18 de abril: “No debemos [el colectivo, de nuevo el confuso ‘nosotros’] ser egoístas o tímidos (…)”.

Todo esto estaba calculado hábilmente para apelar a los intelectuales de la tanto, tanto progresistas como conservadores, especialmente los estómagos satisfechos en los escaños del poder, siempre raudos a pedir al pueblo estadounidense que haga sacrificios. No puede expresarse mejor este masoquismo por el otro que en la columna de liberal conservador favorito de todos, George F. Will. Dirigiéndose inexorablemente hacia su Pulitzer por su amable comentario político, Will titulaba su artículo sobre la energía con visible vergüenza “Dénos fuerte, por favor, Mr. Carter” (Newsweek, 18 de abril). Por supuesto, Jimmy resultó estar feliz de hacerlo. Con un verdadero espíritu conservador, Will llamaba al pueblo estadounidense a ser “maduro” moderando sus “apetitos” y suprimiendo dos de sus “queridos” valores: “el confort y la comodidad”.

No hay nada que haga que un conservador se hinche más de orgullo moral que pedir a todos los demás que abandonen sus apetitos y su confort. El “nosotros” al que Will quiere que se le dé duro por el gobierno es, debo repetir, una palabra colectiva cómoda que esconde quién está exactamente golpeando (Carter, Schlesinger, Will et al.) y quién está siendo golpeado (usted, yo y el resto de la gente estadounidense fuera de los círculos del poder).

Y así Carter descubrió la energía como equivalente moral a la guerra. Pero, ¿dónde estaba el enemigo? Una razón por la que el Estado ama las guerras es que el enemigo es tangible, visible y fácil de odiar: el alemán al paso de la oca, el pequeño japonés sonriente, el comunista ateo. Al menos, en la supuesta crisis energética de 1973, teníamos al vilipendiado árabe para odiar. ¿Pero dónde estaba ahora el enemigo? Aún más importante, ¿cómo iban a probar Carter et al. que existía alguna crisis?

Era duro, pero la administración Carter probó estar a la altura de las circunstancias. El medio fue una campaña de propaganda cuidadosa y masivamente orquestada para conseguir otro FDR, para usar la imagen de sonrisa, chaqueta de punto y llamadas del público y a los numerosos lacayos de Carter en los medios para encender un fuego bajo el pueblo estadounidense, para usar al público como ariete ante un Congreso posiblemente reacio. Como escribe del proceso con admiración el columnista Joseph Kraft, fue una campaña de “venta agresiva” empleando la prensa, discursos y ruedas de prensa en TV, sesiones informativas en el Congreso y “filtraciones masivas” a los medios (New York Post, 18 de abril). Como apunta Kraft, esta venta agresiva resultaba necesaria porque la vieja “crisis energética” de 1973, que se hizo visible por una falta masiva de gasolina, despareció tan pronto como se permitió que su precio subiera a su nivel de mercado, lo que significó que “la mayoría de nosotros volviéramos al trabajo como era habitual”. (¿Y por qué no?). Por tanto Carter tenía que “disipar la cómoda idea de que la crisis era una estafa maquinada”. Debía, en palabras de Kraft, “generar una sensación de urgencia”.

¿Hay “falta de energía”?

¿Hay “falta de energía” y son necesarias para aliviarla las medidas draconianas de Carter? Aquí debemos apuntar una distinción vital que reside en el centro de la ciencia económica: entre “falta” y “escasez”. No sólo todas las forma de energía son escasas, sino también todos los bienes y servicios, sin excepción. Es decir, la gente siempre podría usar más si estuvieran disponibles. Siempre hemos vivido en un mundo de escasez de todos los bienes y siempre lo haremos, salvo que vivamos en el Jardín del Edén; el desarrollo económico a lo largo de los siglos ha consistido en hacer a los bienes relativamente menos escasos que hasta entonces. La prueba de si cualquier bien o servicio es escaso es muy sencilla: ¿tiene un precio mayor que cero? Si lo tiene, entonces es escaso. Por suerte, el aire no es escaso, así que su precio en el mercado es cero (aunque esto no es cierto para el aire acondicionado).

Todo lo demás es escaso. Entonces, ¿cómo se asignan, como se “racionan” estos productos universalmente escasos? En un mercado libre, ese “racionamiento” se hace suave y armoniosamente por el sistema de precios libres. El precio de cualquier bien en el mercado es igual a su oferta disponible frente a su demanda, a la cantidad que los consumidores están dispuestos a adquirir al precio del mercado. El libre mercado ajusta suavemente las diferencias en escasez relativa. Supongamos, por ejemplo, que una helada acaba con buena parte de la cosecha de naranjas y que se reduce su oferta en el mercado. El precio libre de mercado subiría para igualar oferta y demanda. No hay necesidad de que nadie, y menos el gobierno, ordene a todos “conservar” sus compras de naranjas porque la oferta se ha reducido.

Cada individuo hace lo que desea, ya sea “conservar” o apretarse el cinturón en naranjas, de acuerdo con sus propios valores y preferencias. Si es un entusiasta de las naranjas, sólo comprará unas pocas menos que antes, pero si sólo le interesan marginalmente, comprará muchas menos y tal vez se pase a las uvas. Pasará lo contrario si aumenta la cosecha de naranjas, ya que los precios caen para igualar oferta y demanda y los diferentes individuos variarán en la mayor cantidad de naranjas que compren. No hay necesidad de que nadie dé órdenes pidiendo que se anchen los cinturones. La suave labor de los precios de mercado significa otra cosa. Significa que, por muy escaso que pueda ser un producto, nunca habrá ninguna “falta” de dicho producto, es decir nunca habrá una situación en la que los compradores no encuentren el producto al precio de mercado. Nunca puede haber una falta de ningún producto en el mercado libre, de la energía o de cualquier otra cosa.

Pero todos sabemos que se han producido faltas de bienes. Entonces, ¿cómo pudo pasar eso? Simplemente, las faltas siempre aparecen si se impide funcionar al libre mercado, en particular si las agencias coactivas del gobierno fuerzan los precios por debajo del precio del libre mercado. Si el gobierno pone el precio de algo por debajo del precio del libre mercado, la cantidad de gente que quiere comprar excederá a la cantidad disponible y los bienes serán difíciles de encontrar. Cuanto mayor sea la diferencia entre el precio controlado y el de libre mercado, mayor será la falta. Así que las faltas son siempre y en todas partes criaturas del gobierno: el gobierno puede conseguir tanta falta de algo como quiera.

Supongamos, por ejemplo, que el gobierno en su sabiduría decretara súbitamente que el precio de los nuevos Cadillac no pueda ser superior a 200$ por coche. Las consecuencias son previsibles: la gente se lanzaría a los concesionarios y rápidamente se desarrollaría una grave “falta de Cadillacs”, una falta que sería permanente hasta que se eliminara el control de precios. ¿Por qué debería hacer el gobierno una cosa tan tonta? Por muchas razones. Una razón posible podría ser que la igualitaria de que “todos merecemos un Cadillac nuevo”.

Cuando se produce la falta de un producto por el control gubernamental de precios, pasan varias cosas. Primero, se impide que el sistema de precios realice su función racionadota, por tanto algo debe tomar su lugar. Normalmente será el gobierno, el creador original de la falta, que aparecerá con grandes alharacas para anunciar que la libre empresa ha fallado en este caso y que él debe dar un paso adelante para asegurar porciones justas para todos. En resumen, el gobierno establece asignaciones obligatorias, una división obligatoria de la escasa oferta. Aparece el despotismo, ya que apretarse el cinturón ya no se deja a las preferencias de cada individuo: todos deben sufrir por igual en una postura de machete de carnicero, en nombre de la “justicia”. La tiranía de lo público ha reemplazado a la libertad y la elección individual. Y, para empeorar las cosas, ocurre una segunda cosa: la oferta producida por el mercado se seca (¿quién fabricaría nuevos Cadillacs para venderlos por 200$?) después de lo cual el gobierno tratará de aumentar la oferta con una más obligaciones.

Todas las proyecciones histéricas de los tecnócratas de la energía acerca de faltas de energía inminentes o en el futuro, desde el Club de Roma a la administración Carter, olvidan un punto esencial: la operativa del sistema de precios libres. “Demanda” y “oferta” se proyectan sin tener cuenta las funciones de los precios libres en la conservación o racionamiento automáticos, así como el incentivo a la producción. Así, si el mercado percibe una falta futura de, por ejemplo, cobre, los precios del cobre subirán, induciendo así a los compradores individuales de cobre a “conservar” sus propias adquisiciones suficientes para igualar oferta y demanda, mientras que los precios más altos darán mayores incentivos a los productores para buscar más minas para aumentar la oferta futura. Las predicciones de la inminente desaparición del petróleo por parte de los tecnócratas han abundado literalmente desde el mismo inicio de la industria del petróleo. Se suponía que el petróleo iba a desaparecer en 1900. Pero la labor automática de conservación e incentivos del sistema de precios ha quitado repetidamente la razón a estas proyecciones absurdas.

El paquete de la energía de Carter

El paquete de la energía de Carter, anunciado el 20 de abril después de la fanfarria preliminar impondría al país un despotismo energético con todas las de la ley. Sustituiría en el tablero al mercado por el gobierno.

Primero, el paquete de Carter intensificará la falta de gas natural ya creada por el gobierno federal. Durante más de veinte años, la Comisión Federal de la Energía (FPC, por sus siglas en inglés) ha mantenido el precio del gas natural por debajo del de libre mercado, una diferencia que ha aumentado con la inflación y que ha acabado sofocando los incentivos para descubrir nuevos yacimientos. En concreto, desde que las regulaciones de la FPC se han aplicado a los envíos interestatales en lugar de a los intraestatales, el gas natural ha venido siendo más escaso en estados fuera de áreas productoras como Texas. Recientemente, los precios de mercado del gas natural dentro de Texas han estado en alrededor de 2$ por mil pies cúbicos, mientras que la FPC ha mantenido el precio bajo hasta 1,42$ para envíos fuera de Texas. Con su sabiduría, el paquete de la energía de Carter propone un aumento injustificado de precio a 1,75$ al tiempo que impone un nuevo precio controlado intraestatal de 1,75$. En resumen, los precios máximos del gas natural van a ser intensificados en lugar de aliviados y la falta de gas natural creada por el gobierno empeorará.

Sobre la gasolina, el paquete de Carter decide arbitrariamente ordenar una reducción del consumo de un 10%. Como una forma de alcanzar este objetivo, los impuestos federales a la gasolina van a aumentar, hasta 50 centavos el galón. Aquí el plan de Carter reconoce ligeramente la función racionadota de precios más altos, pero hay una enorme diferencia entre este plan y permitir un aumento de los precios del libre mercado. En primer lugar, el aumento de precio por impuestos es completamente arbitrario, mientras que los aumentos del libre mercado vendrán dictados por la escasez real de la oferta presente y futura. Y, segundo, no hay incentivos para ningún aumento en la oferta, pues precios más altos no generarán beneficios más altos, sino impuestos más altos. No beneficios más altos porque, como dijo Carter en su discurso del 20 de abril sobre la energía “no queremos dar a los productores beneficios extraordinarios”. Por supuesto, impuestos más altos significan más burocracia gubernamental, más redistribución de los ingresos y la riqueza, más socialización de la economía estadounidense, más traslado de ingresos y capitales del sector privado al público.

Pero buena parte del control del consumo de energía se hará mediante órdenes despóticas, mediante “racionamiento” obligatorio del gobierno, y no sencillamente por precios más altos generados por los impuestos. Los coches “que tragan gasolina” van a tener impuesto especiales, el aislamiento estará subvencionado o será obligatorio, se obligará a la “eficiencia”, etc. Se impedirá que las nuevas calderas industriales quemen gas natural o petróleo y tendrán que usar carbón y se prohibirá que las calderas de carbón existentes se cambien a petróleo o gas. Es decir, se prohibirá sin permisos especiales de la burocracia federal.

Respecto de los precios del crudo, los controles de precios seguirán a los mismos niveles, pues, en palabra de la hoja de datos de la energía de la Casa Blanca (New York Times, 21 de abril), “El Presidente se compromete a mantener los controles de precios del petróleo doméstico en el previsible futuro para impedir beneficios extraordinarios para las petroleras”.

No tiene sentido continuar con los detalles truculentos. Es suficiente como para decir que el plan energético de Carter es un plan para un despotismo energético. Reemplaza la labor suave y armoniosa del mercado por las obligaciones del machete de una burocracia federal, intensifica la socialización de la economía y hará que la “falta” de energía creada por el propio gobierno resulte ser mucho peor en lugar de mejor. Milton Friedman ha calificado correctamente al paquete energético de Carter como una “monstruosidad” que “introduciría las manos de los burócratas en cada paso de la fijación de precios, producción y consumo” y que nos llevaría a “nacionalizar la producción y distribución de la energía” (Human Events, 23 de abril).

Nuestras alternativas

Debemos resistirnos y derrotar al plan de Jimmy Carter de socialismo energético. Los libertarios están particularmente bien dotados para liderar esta tarea, pues, al contrario que los conservadores, no tenemos ningún entusiasmo por las supuestas virtudes del orden, la disciplina y el sacrificio. Y al contrario que tanto los conservadores como los progresistas, tampoco tenemos ningún entusiasmo ni por la guerra ni por el equivalente moral a la guerra, no queremos un Estado sano y un país enfermo. Uno de los mejores símbolos del militarismo económico de Carter ha sido encontrado por el infatigable fisgón Alexander Cockburn (Village Voice, 11 de abril). Cockurn se centra en ese símbolo viviente de la democracia social de derechas cum conservadurismo liberal, del complejo intelectual-militar, el politólogo de Harvard Samuel P. Huntington. Huntington, el inventor de las aldeas estratégicas en la Guerra del Vietnam, defensor de ganar la guerra encerrando a lso campesinos vietnamitas en las ciudades y miembro con Carter y Mondale de la Comisión Trilateral que ha deplorado el “exceso de democracia” del mundo occidental, trabaja ahora para el Consejo de Seguridad Nacional en la administración Carter.

En un libro de hace unos años, un libro que parece asombrosamente profético del “equivalente moral de la guerra” en la energía, Huntington contrastaba el pueblo de West Point con el vecino pueblo civil de Highland Falls. De Highland Falls, el profesor escribía sobre su “tediosa monotonía y la increíble variedad y discordancia del comercialismo de un pequeño pueblo (…) falto de unidad o propósito común (…)”.

En contraste, para Huntington, estaba la cercana academia militar de West Point:

En la reserva militar (…) hay una ordenada serenidad. Las partes no existen por sí mismas, sino que aceptan su subordinación a la totalidad. La belleza y la utilidad se mezclan en la piedra gris (…) El puesto esta bañado del ritmo y armonía que aparecen cuando el colectivo suplanta al antojo individual (…) el comportamiento de los hombres está gobernado por un código (…) La unidad de la comunidad empuja a que ningún hombre sea más de lo que es. La paz se basa en el orden, el cumplimiento, en la disciplina; la seguridad, en la comunidad (…).

Y Huntington concluye:

¿Es posible negar que los valores militares (lealtad, deber, austeridad, entrega) son los que más necesita hoy Estados Unidos? (…) Estados Unidos puede aprender más de West Point que West Point de Estados Unidos (…). Si los civiles permiten a los soldados seguir el modelo militar, las propias naciones pueden acabar encontrando la redención y la seguridad al hacer su propio modelo.

¿Y no estamos viendo esta dirección hacia el orden, la disciplina y el sacrificio que ahora se nos impone a través del fascismo energético, aunque sea por un antiguo graduado en Annapolis en lugar de en West Point?

La alternativa para Estados Unidos está clara: energía abundante a precio de mercado o faltas generadas por el gobierno; es mercado libre contra burocracia y por encima de todo, es libertad individual y diversidad contra socialización a través del militarismo económico.


Publicado originalmente el 22 de junio de 2010. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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