Una política de fuerza implacable

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Speaking of Liberty by Lew RockwellGeorge Bush, famoso por afirmaciones estrafalarias que no tienen ningún parecido con la realidad, se ha superado a sí mismo al afirmar que el problema de Vietnam fue que EEUU retiró sus tropas en lugar de luchar más duro y más tiempo.

En un discurso a los Veteranos de la Guerras en el Extranjero, no dijo cuánto tiempo debería haber permanecido EEUU, pero sí afirmó que la razón del baño de sangre en Camboya y los campos de prisioneros en Vietnam tras la retirada, no fue la misma guerra, sino el no continuar la guerra sin fin.

Así  que, supuestamente, si Bush hubiera sido entonces presidente vitalicio, seguiríamos en Vietnam, el servicio militar estaría en vigor y el baño de sangre habría continuado durante décadas.

¡Caramba, que panorama! Podríais pensar que es una locura. De hecho, es la reducción al absurdo de una visión particular del mundo que han adoptado él y sus amigos.

Siguiendo la misma línea, hace unos pocos años, William Bennett, el exjefe antidroga que resultó ser un hiperjugador, dijo que no deberíamos haber abandonado la prohibición del alcohol. Funcionaba bien. Y después de ser derogada, la bebida aumentó. Si se hubiera mantenido el rumbo, decía, seríamos una sociedad más sana y más moral.

Muchos en la izquierda dicen que no deberíamos haber abandona el límite de velocidad de las 55m/h. La cosas iban bien. La derogación ha hecho menos seguras nuestras carreteras y ha aumentado la dedicación de la gente al automóvil y nos ha hecho más dependientes del petróleo extranjero.

Quizá no deberíamos haber bajado los tipos fiscales de la renta del 90%. Ahora los ricos se hacen más ricos, ya que menos de sus ganancias se lanzan al viento.

Quizá podamos hacer lo mismo respecto de los controles de precios y salarios durante los New Deals de Hoover y FDR, ¿por qué abandonamos la guerra contra los precios bajos? Lo mismo vale para los controles de salarios y precios bajo Nixon en los primeros setenta: ¿por qué renunciamos a la guerra contra los precios altos?

Con respecto a eso, volvamos a la Guerra de Secesión, especialmente dado el gran número de banderas confederadas que siguen ondeando en casas rurales al sur de la línea Mason-Dixon. La ocupación y contrainsurgencia iban bien y ¿qué hicimos? Acabamos y nos fuimos y dejamos toda una región languideciendo en el racismo y el odio.

Es interesante cómo los que creen en la fuerza como un artículo de fe acaban llegando hasta el final, creyendo que el debilitamiento de la fuerza y que todos los problemas del mundo reclaman una respuesta y solo una: cada vez más amenazas de violencia. La fuerza, para este grupo, es el gran principio organizador de la sociedad, la respuesta a todos los problemas existentes, ahora, en el pasado y en el futuro. Se convierte para ellos en el bálsamo social y político predominante y no hay consideraciones que puedan rebatir esta idea.

Vimos el resultado extremo de esta mentalidad de la Unión Soviética, que siguió la vía de la fuerza durante 72 años y culpó de todos los fracasos existentes no al socialismo, sino a la incapacidad de imponer este sistema sin recelos ni remordimientos. Un dictador con un poder definitivo puede imponer ese sistema hasta que toda la sociedad se desplome en un montón y aun así no estar dispuesto a afrontar los errores de sus medios. La fuerza es un artículo de fe. Abrazar la libertad significa reconocer los  límites del poder.

En el caso de Vietnam, los jemeres rojos en Camboya no hubieran existido si EEUU no hubiera apoyado a Pol Pot. De la misma manera, al-Qaeda empezó durante la Guerra Fría porque EEUU veía a los islamistas radicales como aliados anticomunistas. Los extremistas en Afganistán fueron vistos en algún momento como gloriosos luchadores por la libertad. Sus campos de entrenamiento, armas y cuevas amuebladas fueron una cortesía proporcionada  por el contribuyente de EEUU.

Lo mismo pasa hoy en Iraq. Después de que EEUU derrocara el gobierno de Saddam, el plan era crear un nuevo gobierno central bajo control de EEUU. Eso, cuando empezó la lucha. ¿Qué grupo lo controlaría? No hay respuesta a esa pregunta, ni siquiera ahora. EEUU siempre ha pensado que los chiitas dirigirían la función, la ley religiosa y todo lo demás. Pero ese plan no ha funcionado.

El día en que Bush daba su discurso acerca del inminente amanecer en Iraq, 15 estadounidenses morían en combate. Otros 11 eran gravemente heridos por una bomba suicida. En el bando iraquí, 154 morían y otros 175 eran heridos. El desfile de la muerte marchó a través de Baiji, Bagdad, Tikrit, Iskandariya, Hawija, Flaifel y Tal Afar. El alcalde de al-Kharba fue asesinado.

¡Eso pasó en un día! Vamos ahora con la pregunta crítica que molesta a toda la ciencia política y social: ¿por qué? No me refiero a la causa próxima. Me refiero a la causa última. Si eres Bush, la respuesta viene como un asunto de fe: ese pueblo rebelde merece más fuerza. Cuando eso no funciona, la respuesta es fuerza adicional. Cuando eso no funciona, necesitamos aún más fuerza. Y así sucesivamente, guerra sin fin.

No se pueden rebatir estas afirmaciones, ya que causa y efectos requieren una serie algo complicada de deducciones. Pasa lo mismo con todos los asuntos de control público. Fue la prohibición del comercio de alcohol, no el propio alcohol, la que generó violencia. Fueron los controles de precios, no la presión del mercado de precios altos y bajos, los que causaron problemas económicos. Fue el límite de velocidad a 55 millas por hora lo que hizo delincuentes al 100% de los conductores, no la propensión normal de querer llegar a donde vas a una velocidad razonable.

Y lo mismo pasa con Iraq. El deseo de librarse del ocupante militar extranjero es una característica universal de la historia política. Reconocer el fracaso de la fuerza es admitir que el estado no puede lograr todo lo que afirma que puede lograr. Es admitir la gran mentira. Hacerlo requiere humildad, una voluntad de confesar errores, un deseo de afrontar la realidad y pensar en el largo plazo. Son rasgos que el estado y sus gestores no poseen en abundancia. Testigo: George Bush.

No, Iraq no florecerá como un jardín de rosas el día después de que se vayan las tropas de EEUU. Habrá un baño de sangre y muchas cosas que no podemos saber. Pero lo importante es que este pueblo se gobernará a sí mismo y lo crítico que impide hoy el progreso (la presencia del ocupante extranjero) habrá desaparecido. La solución es imperfecta, es verdad, pero es mejor que la contraria de convertir el mundo entero en un campo de prisioneros dirigido por el gobierno de EEUU.


Publicado originalmente el 24 de agosto de 2007. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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