Represalia: La locura del partido de la guerra de Washington viene a establecerse en casa

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Blowback: The Washington War Party’s Folly Comes Home To Roost [Reimpreso con el permiso del David Stockman’s Contra Corner]

La semana pasada hace exactamente 26 años, la paz estaba estallando de una forma que el mundo no había experimentado desde junio de 1914. El Muro de Berlín (el símbolo de una década de tiranía, un grotesco estado masivo de guerra y la espada nuclear de Damocles que pendía sobre el planeta) había empezado a desmoronarse el 9 de noviembre de 1989.

Era solo cuestión de tiempo que el económicamente decrépito régimen soviético dejara de existir y pudiera desmantelarse el enorme arsenal de armas y bombas nucleares del mundo.

De hecho, poco después de acordarlo con Gorbachov, el presidente George H.W. Bush y el secretario Baker prometieron que la OTAN no se expandiría “ni una pulgada más al este” a cambio de aceptar la reunificación de Alemania.

Así que con su “misión cumplida” no había ninguna razón lógica por la que la OTAN no se hubiera disuelto en paralelo con el abandono del Pacto de Varsovia y por una razón evidente y poderosa: El 9 de noviembre de 1989 no había ninguna amenaza militar material para la seguridad de EEUU en ningún lugar del planeta fuera de la repentinamente desvanecida línea del frente de la Guerra Fría.

Sin embargo resultó que había una amenaza virulenta a la paz acechando en el  Potomac. El gran general y presidente, Dwight Eisenhower, la había llamado el “complejo militar-industrial” en su discurso de despedida, pero esa memorable expresión había sido abreviada por los que escribieron su discurso, que borraron la expresión “del Congreso” en un gesto de cortesía hacia el poder legislativo.

Así que restauramos la referencia borrada de Ike a las subvenciones políticas y los guerreros de la tarde del domingo de Capitol Hill y los mezclamos con las legiones de entrometidos de Washington que constituían las ramas civiles de la armada de la Guerra Fría (CIA, Estado, AID, etc.) y habríamos completado el círculo. Este constituía a más asombrosa maquinaria de guerra y hegemonía imperial desde que las legiones romanas se impusieran en la mayoría del mundo civilizado.

En pocas palabras, la amenaza real a la paz en torno de 1990 era que la Pax Americana no desapareciera silenciosamente en la noche.

Ronald Reagan había llamado a la Unión Soviética un Imperio del Mal, pero en realidad era una anormalidad muerta de la historia. Había aparecido por casualidad 72 años antes (casi el mismo día de la caída del Muro de Berlín) solo porque la Rusia imperial había sido reducida a la anarquía por la carnicería de la Gran Guerra,  permitiendo a Lenin irrumpir en el Palacio de Invierno e instalar su propia rama concreta bolchevique de infierno en la tierra.

Así que la rendición de la Unión Soviética en 1991 significaba que el mundo podía volver al antiguo estatus quo. Es decir, a una normalidad de paz, comercio liberal y un mínimo de armamento que había prevalecido a finales del siglo XIX. La maldición de militarismo, totalitarismo y guerra global del silo XX había terminado.

No hace falta decir que el repentino final de la historia del siglo XX planteó una amenaza existencial para el Washington imperial. Un complejo de un billón de dólares de proveedores de armas, subcontratas de inteligencia y seguridad, exportadores de armas, vendedores de ayuda exterior, bases militares, peces gordos y conseguidores de comités de defensa del Congreso, think tanks, becas de investigación y mucho más, todos de repente sin enemigo ni razón de ser.

Lo que pasó es que el Washington imperial sí encontró su enemigo necesario en el auge del llamado “terrorismo global”.

Pero la verdad eterna es que el puñado relativo de yijadistas suicidas que han perpetrado episodios asesinos de terror como el 11-S y la carnicería de este fin de  semana en París no existían en noviembre de 1989 y no estarían merodeando hoy en Occidente sin la inacabable arrogancia, estupidez, duplicidad y mendacidad del Washington imperial.

Es decir, las puertas del infierno se han abierto por la insensata destrucción por parte de Washington de regímenes en Libia, Siria, Iraq, Yemen, Somalia, Afganistán y cualquier otro lugar que rechazara seguir sus mandatos. Pero ninguno de estos páramos de tiranía e insignificancia económica y militar planteaba ninguna amenaza en absoluto para la seguridad de los ciudadanos estadounidenses en Lincoln, Nebraska o Manchester, New Hampshire.

El que Oriente Medio y el mundo árabe/islámico en concreto sea hoy una zona arrasada de estados fallidos y una incubadora de religiosidad bárbara y fanatismo sectario se debe que el Washington imperial lo hizo así.

Así que lo que ha metastatizado de las ruinas dejadas por la intervención estadounidense no es una amenaza militar organizada o una ola de ataques de origen estatal sobre la vida civil de Occidente: es una represalia al azar de los restos suicidas del naufragio y los desechos que han vomitado de las mismas fauces del infierno que Washington abrió tan insensatamente.

Lo hizo bajo la bandera de dos predicados sorprendentemente falsos. Uno era el persistente error de Washington de que la seguridad y el bienestar económico de Estados Unidos dependen de mantener una armada en el Golfo Pérsico para proteger los campos de petróleo de alrededor y el flujo de petroleros a través del estrecho de Ormuz.

Esa doctrina era errónea desde el día en que fue enunciada oficialmente por uno de los grandes ignorantes de la economía de Estados Unidos, Henry Kissinger, en el momento de la crisis original del petróleo de 1973. Los 42 años pasados han demostrado a raudales que no importa quién controle los campos petrolíferos y que el único remedio eficaz para los precios altos del petróleo es el mercado libre, no la Quinta Flota.

Toda dictadura de hojalata, de Muammar el Gadafi de Libia, a Hugo Chávez en Venezuela a  Saddam Hussein, a los sangrientos jefes de Nigeria, a los supuestamente medievales mulás y la fanática Guardia Republicana de Iraq, ha producido petróleo y todas pudieron hacerlo porque necesitaban desesperadamente esos ingresos.

Por decirlo alto y claro, incluso los bárbaros matones del ISIS ordeñan toda posible gota de petróleo des los diminutos y agostados campos dispersos en torno al páramo que dominan. Así que no hay defensa económica en absoluto para la presencia militar masiva de Washington en Oriente Medio y más específicamente para su duradera alianza con el despreciable régimen de Arabia Saudita.

La verdad es que no existe el cártel de la OPEP: prácticamente todos los miembros producen lo que pueden y engañan todo lo posible. Lo único que se parece al control de la producción en el mercado global del petróleo es el hecho de que los príncipes saudíes tratan sus reservas de petróleo de una forma que no es muy diferente de la de Exxon.

Es decir, intentan maximizar el valor actual de sus 270.000 millones de barriles de reservas, pero en definitiva no son más clarividentes a la hora de calibrar el mejor precio del petróleo para lograr eso de lo que lo son los economistas en Exxon o la AIE.

Los saudíes sobrevaloraron el poder de mantenimiento de la demanda global temporalmente creciente de China e infravaloraron lo rápida y extendidamente que la marca de 100$ por barril alcanzada en 2008 dispararía un flujo de inversión, tecnología y deuda barata en los terrenos de esquisto de EEUU, las arenas bituminosas en Canadá, las agotadas provincias petrolíferas de Rusia, las perforaciones marinas de Brasil, etc. Y eso por no hablar de las fuentes alternativas de energía subvencionadas públicamente como la solar, la eólica y todas las demás.

Volviendo a cuando Jimmy Carter nos decía que bajáramos los termostatos y nos pusiéramos jerséis, los que estamos en el lado del mercado libre del llamado debate de la escasez energética decíamos que el mejor remedio para los altos precios del petróleo son los altos precios. Ahora lo sabemos.

Así que la Quinta Flota y sus auxiliares abiertos y cubiertos nunca deberían haber estado allí, desde el golpe de la CIA contra la democracia iraní en 1953. Fue en nombre de proteger los campos petrolíferos por lo que la maquinaria de guerra puso en el Trono del Pavo Real al monstruoso Mohammad Reza Pahlevi inaugurando así 25 años de saqueo y terror del SAVAK.

Igualmente, fue la maquinaria bélica de Washington la que decidió el “inclinarse por Saddam” en su guerra de la década de 1980 contra la República Islámica y la que le proporcionó servicios satelitales de rastreo y objetivo cuando derramaba armas químicas sobre fuerzas iraníes apenas armadas.

La verdad es que nunca hubo “terroristas” iraníes en el momento de la caída del Muro de Berlín. Lo que había era la ardiente hostilidad y nacionalismo que habían surgido entre el pueblo iraní después de cuatro décadas de intervención de Washington en sus asuntos internos y un régimen chiita teocrático que había llegado al poder debido a que Washington apoyó insensatamente a un tirano megalómano brutal.

Incluso entones, los gobernantes de Irán habían sido ratificados dos veces en elecciones limpias. Y estaban mucho más civilizados, eran más conscientes constitucionalmente y eran económicamente más igualitarios que los monarcas absolutos de la casa saudí, cuya codiciosa opulencia era inefable y cuyo régimen wahabita medievalista de represión social e intolerancia religiosa era (y es) profundamente ofensivo para todo valor que represente a Estados Unidos.

Pero habiendo convertido a Irán en enemigo, el Washington imperial estaba solo empezando cuando llegó 1990. De nuevo en nombre de la “seguridad del petróleo” lanzó la maquinaria bélica estadounidense en las fisuras políticas y religiosas del Golfo Pérsico y lo hizo debido a un conflicto local de poca monta que no tenía nada que ver con la seguridad de los ciudadanos estadounidenses.

Como dijo correctamente el embajador de EEUU Glaspie a Saddam Hussein en vísperas de su invasión de Kuwait, Estados Unidos no tenía ninguna vela en ese entierro.

Kuwait ni siquiera era un país: era una cuenta bancaria sobre una franja de campos de petróleo rodeando a una antigua ciudad comercial que había sido abandonada por Ibn Saud a principios del siglo XX. Eso fue porque no sabía que era el petróleo o que estaba ahí y, en todo caso, había sido convertido por los británicos en un protectorado independiente en 1913 por razones que se pierden en la niebla de la historia diplomática.

Igualmente, la polémica disputa con Kuwait se refería a su afirmación de que el Emir de Kuwait estaba “perforando inclinado” a través de su fronteras hasta el campo de Rumaila en Iraq. Aun así era una frontera completamente elástica sin ninguna importancia en absoluto.

De hecho, la disputa con respecto al campo de Rumaila empezó en 1960 cuando una sentencia de la Liga Árabe señaló arbitrariamente la frontera de Iraq-Kuwait 3 kilómetros al norte del punto más al sur del campo de Rumaila.

Y esa frontera recién definida, a su vez, se había convertido solo 44 años después de que un par de diplomáticos, inglés y francés, se hubieran repartido las ganancias a costa del Imperio Otomano poniendo una regla cuadrada sobre el mapa. Al hacerlo, crearon así el país artificial de Iraq a partir de las provincias históricamente independientes y hostiles de los chiitas en el sur, los suníes en el oeste y los kurdos en el norte.

En resumen, no importaba quien controlara la punta sur del campo de Rumaila: el brutal dictador de Iraq o el opulento emir de Kuwait. Ni el precio del petróleo, ni la paz de Estados Unidos, ni la seguridad de Europa, ni el futuro de Asia dependían de ello.

Pero Bush el Viejo fue convencido por los protegidos económicamente iletrados de Henry Kissinger en el consejo de seguridad nacional y su petrolero texano Secretario de Estado de que la quimera de la “seguridad del petróleo” estaba en juego y que hacía falta enviar 500.000 tropas estadounidenses a las arenas de Arabia.

Fue un error catastrófico y no solo porque la presencia de botas de combatientes en el suelo supuestamente sagrado de Arabia ofendiera a los muyahidines de Afganistán, formados por la CIA, que se había quedado sin empleo cuando se desplomó la Unión Soviética.

La CNN de 1991 que glorificó los juegos de guerra en el golfo, también reavivó otro grupo de combatientes sin empleo. Eran los neocones fanáticos de la seguridad nacional que habían engañado a Ronald Reagan para un aumento militar masivo para responder a lo que afirmaban que era una ascendiente Unión Soviética inclinada hacia ganar capacidades de guerra nuclear y conquista global.

En igualdad de condiciones, la vista de Boris Yeltsin, vaso de vodka en mano, enfrentándose al Ejército Rojo pocos meses después debería haberles llevado a un repudio y oscuridad permanentes que tanto merecían. Pero Dick Cheney y Paul Wolfowitz consiguieron extraer de la victoria pírrica de Washington en Kuwait toda una nueva renta para la vida del Washington imperial.

En ese momento y de ahí vino el segundo predicado erróneo. Que es que el “cambio de régimen” entre las variadas tiranías de Oriente Medio era de interés nacional para Estados Unidos y que la Guerra del Golfo probaría que podría lograrse mediante un menú absolutamente intervencionista de diplomacia de coalición, asistencia de seguridad, envío de armas, acciones encubiertas y abiertos ataques y ocupaciones militares.

Por supuesto, lo que realmente logró la doctrina neocón del cambio de régimen, fue crear el Frankenstein que se convirtió en el ISIS. De hecho, los únicos terroristas reales del mundo que amenazan la vida civil normal en Occidente son los vástagos canallas de las maquinaciones post-1990 del Washington imperial en Oriente Medio.

La CIA formó y armó a los muyaidines, mutados en al-Qaeda no porque Bin Laden tuviera de repente una epifanía religiosa por la que sus benefactores de Washington fueran realmente en Gran Satán debido a la libertas de Estados Unidos.

Su cruzada asesina se inspiraba en el fundamentalismo wahabita desatado en Arabia Saudita. Este fanatismo religioso ignorante se vio agitado hasta el paroxismo por la entrada violenta del Washington imperial en las disputas políticas y religiosas del Golfo Pérsico, el estacionamiento de tropas en Arabia Saudita y la larga década de sanciones, embargos, zonas de exclusión, acciones encubiertas y abierta hostilidad hacia el régimen suní en Bagdad después de 1991.

Sí, Bin Laden habría cortado la cabeza secularista de Saddam si Washington no lo hubiera hecho antes, pero se trata precisamente de eso. El intento de un cambio de régimen en marzo de2003 fue uno de los actos de estado más insensatos de la historia de Estados Unidos.

Los consejeros neocones más jóvenes de Bush no tenían idea de las animosidades sectarias y agravios históricos que Hussein al apropiarse del botín del petróleo y empuñar la espada bajo la enseña del nacionalismo baazista. Pero se destapó el Dominio y Pavor y la campaña de desbaazificación desató a las furias.

De hecho, tan pronto como George Bush saltó a la cubierta del Abraham Lincoln proclamando “misión cumplida”, Abu Musab al-Zarqawi, un reclutado por la CIA para la guerra en Afganistán una década antes y especialista menor en toma de rehenes y venenos, abandonó su reducto desconocido en el Kurdistán para aparecer como un flamante agitador en el centro suní entonces vacío.

El fundador del ISIS tuvo éxito en Faluya y la provincia de Anbar, igual que la larga lista de otros líderes terroristas que Washington firma haber exterminado. Es decir, Zarqawi gano su fama y seguidores entre la población de la región de jóvenes menesterosos, brutalizados y humillados gracias a ser más brutal que sus ocupantes.

De hecho, incluso mientras Washington se vanagloriaba de la muerte de Zarqawi, los restos del régimen baazista y los cientos de miles de guardias republicanos desmovilizados estaban integrándose en al-Qaeda en Iraq y sus futuros líderes estaban incubándose en un monstruoso centro cercano de detención llamado Camp Bucca, que albergaba más de 26.000 prisioneros.

Como describiría un exoficial del ejército de EEUU, Mitchell Gray:

“No verás nunca el oído que ves en las caras de estos detenidos”, recuerda Gray de su estancia en 2008. “Cuando digo que nos odian, quiero decir que parece que nos matarían de inmediato si tuvieran la oportunidad. Me dirigí al oficial de permisos con el que estaba y le dije: “Si pudieran, nos arrancarían la cabeza y beberían nuestra sangre”.

Lo que no sabía Gray (pero podía haber esperado) era que no solo estaba viendo a los antiguos enemigos de Estados Unidos, sino también a los futuros. Según los expertos de inteligencia y los registros del Departamento de Defensa, la gran mayoría de los líderes de lo que hoy se conoce como ISIS, incluyendo a su líder, Abu Bakr al-Baghdadi, estuvieron en Camp Bucca.

Y EEUU no solo alimentó, vistió y alojó a estos yihadistas, también desempeñó un papel vital, aunque involuntario, en facilitar su transformación en la fuerza terrorista más formidable de la historia moderna.

Al principio de la existencia de Bucca, los reclusos más extremistas se congregaron en el Complejo 6. No había guardias estadounidenses suficientes para entrar con seguridad en el complejo (y en todo caso, no hablaban árabe). Así que se dejaba solos a los detenidos para predicar entre sí y compartir consejos profesionales asesinos.

(…) Bucca también alojó a Haji Bakr, un excoronel de las fuerzas de defensa aérea de Saddam Hussein. Bakr no era un extremista religioso. Era solo un tipo que perdió su trabajo cuando la Autoridad Provisional de la Coalición disolvió en ejército iraquí e instituyó la desbaazificación, una política de prohibir trabajar en el gobierno a los antiguos partidarios de Saddam.

Según documentos recientemente obtenidos por el periódico alemán Der Spiegel, Bakr era el cerebro de la estructura organizativa del ISIS y también desarrolló las estrategias que favorecieron sus primeros éxitos. Bakr, que murió en combate en 2014, fue encarcelado en Bucca en 2006-08, junto con una docena o más de altos comandantes del ISIS.

Lo que pasa es que el cambio de régimen y la construcción de naciones nunca pueden lograrse por la violencia letal de las fuerzas armadas del siglo XXI y eran una asignación especialmente absurda en el contexto de un territorio con fisuras y animosidades religiosas de trece siglos.

En realidad, el estado tambaleante y sintético de Iraq estaba condenado desde el minuto en que Cheney y su banda sangrienta decidieron liberarlo de la tiranía brutal, pero útil y secular del régimen baazista de Saddam. Era así porque el proceso de elecciones y regla de la mayoría impuesto obligatoriamente por Washington garantizaba elegir un gobierno allegado a la mayoría chií.

Después de décadas de maltrato y de la supresión brutal de Saddam del levantamiento de 1991, ¿tenían estos la revancha en su mente y su ADN comunal? ¿Tenían los kurdos los sueños de un Kurdistán independiente que se les había negado su tribu de 30 millones largos en Versalles y desde entonces?

Sí, lo tenían. Así que los 25.000 millones de dólares gastados en formación y equipamiento de las presuntas fuerzas armadas del Iraq postliberación estaban destinadas a acabar en las manos de milicias sectarias, no en un ejército nacional.

De hecho, cuando los comandantes chiitas abandonar Mosul, dominada por los sunitas, en junio de 2014, transformaron el levantamiento del ISIS contra el gobierno de Bagdad en un nuevo estado brutal de un solo golpe. No fue mediante decapitaciones y feroces sermones yihadistas como esclavizaron a docenas de pueblos y a varios millones de personas en el oeste de Iraq y el valle del Éufrates de Siria.

Sus instrumentos de terror y ocupación fueron las mejores armas que podían comprar los contribuyentes estadounidenses. Estos incluían 2.300 humvees y decenas de miles de armas automáticas, así como grandes arsenales de munición, camiones, cohetes, piezas de artillería e incluso tanques y helicópteros.

Y eso no es ni la mitad. El recién proclamado Estados Islámico también llenó el vacío de poder en Siria creado por su supuesta guerra civil. Pero en realidad fue otro ejercicio de cambio de régimen inspirado y financiado por Washington realizado en connivencia con Qatar y Arabia Saudita.

Estos últimos indudablemente no están interesados en expulsar la tiranía en el vecino: son la encarnación viva de la misma. Por el contrario, la rebelión buscaba eliminar del poder al aliado alauita/chiita de Irán en Damasco y construir gaseoductos hacia Europa a través del valle del alto Éufrates.

En todo caso, el ISIS pronto tuvo un tesoro de armas estadounidenses adicionales. Algunas fueron suministradas a radicales suníes por medio de Qatar y Arabia Saudita. Llegaron más a la llamada “flechaste” de los antiguos arsenales de Gadafi en Bengasi a través de Turquía. Y aún más a través de Jordania de la oposición “moderada” entrenada allí por la CIA, que más a menudo que no las vendía o se pasaba al otro lado.

Así que el que el Estado Islámico era el monstruo de Frankenstein de Washington era evidente desde el momento en que apareció en escena hace 18 meses. Pero ni siquiera entonces el partido de la guerra de Washington pudo resistirse a añadir más leña al fuego, estimulando otra ronda de islamofobia entre el público estadounidense y obligando a la Casa Blanca de Obama a una inútil campaña de bombardeos por tercera vez en un cuarto de siglo.

Pero si los bombardeos realmente funcionaran, el Estado Islámico sería ahora mismo arena y grava. De hecho, como muestra el mapa siguiente, realmente no es mucho más que eso en todo caso.

Kurds PositioningLos pueblos y villas polvorientos, destrozados y empobrecidos a lo largo del río Éufrates y en los distritos bombardeados de la provincia de Anbar no atraen a miles de voluntarios yihadistas de los estados fallidos del Oriente Medio y de los pueblos musulmanes alienados de Europa porque el califato ofrezca prosperidad, salvación o ningún futuro en absoluto.

Lo que los recluta es su ira ante las bombas y drones lanzados contra las comunidades suníes por la Fuerza Aérea de EEUU y por los misiles crucero lanzados desde las entrañas del Mediterráneo, que destruyen casas, tiendas, oficinas y mezquitas conteniendo tantos civiles inocentes como terroristas del ISIS.

La verdad es que el Estado Islámico estaba destinado a una vida corta en todo caso. Era contenido por los kurdos al norte y este y por Turquía con el segundo ejército más grande de la OTAN y por la fuerza aérea en el noroeste. Y estaba rodeado por el creciente chií en las regiones pobladas y económicamente viables de la Baja Siria e Iraq.

Así que sin la campaña descabellada de Washington para derrocar a Assad en Damasco y demonizar a su aliado confesional iraní, no habría habido ningún lugar para los fanáticos asesinos que encontraron en Raqqa una capital improvisada a la que ir. Se habrían quedado sin dinero, reclutas, impulso ni aceptación pública para su horrible gobierno a su debido tiempo.

Pero con la Fuerza Aérea de EEUU funcionando como su brazo reclutador y la política exterior anti-Assad de Francia ayudando a fomentar un espasmo final de anarquía en Siria, las puertas del infierno se han abierto completamente. Lo que han vomitado no es una guerra organizada contra la civilización occidental, como ha proclamado tan histéricamente Hollande en respuesta a la pesadilla del pasado fin de semana.

Solo fueron represalias llevadas a cabo por un número infinitesimalmente pequeño de jóvenes mentalmente deformes a los que se pudo convencer para poner un cinturón suicida.

No hace falta decir que los bombardeos no les detendrán: solo crearán más.

Paradójicamente, lo que puede detenerlos es el gobierno de Assad y las fuerzas de tierra de sus aliados de Hezbolá y la Guardia Republicana Iraní. Es hora de que les dejemos que resuelvan una antigua disputa que de todas formas nunca ha sido asunto de Estados Unidos.

Pero el Washington imperial está tan atrapado en sus mitos, mentiras y estupidez hegemónica que no puede ver lo evidente.

Y por esto un cuarto de siglo después de que terminara la Guerra Fría aún no se ha dado una oportunidad a la paz y es la razón por la que se siguen produciendo acontecimientos terribles como la barbarie del pasado fin de semana en París.


Publicado originalmente el 19 de noviembre de 2015. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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