Adiós, Richard Posner

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3929[A Failure of Capitalism: The Crisis of ’08 and the Descent into Depression • Richard Posner • Harvard UniversityPress (2009) • 368 páginas]

Con su último libro, A Failure of Capitalism, Richard Posner ha estado a la altura de su habitual mala fama como provocador. Viniendo de un hombre que es el fundador del movimiento del análisis económico del derecho y miembro electo de la Sociedad Mont-Pelerin, la sensacional declaración de que el capitalismo ha fracasado sin duda generará arqueos de cejas. Pero las reflexiones de Posner, además de prematuras, a menudo apestan a salidas falsas y grandes mentiras.

Los libertarios deberíamos elogiar a Posner, uno de los pensadores más originales de nuestro tiempo, por su permanente rechazo al pensamiento en grupo y a adecuarse a las ideologías trilladas. Sin embargo también deberíamos despedirle. Este último libro, una media vuelta en su carrera, hará poco para ayudar a los afectados por la crisis. Incluso puede que les haga más daño.

Posner sugiere que, en lugar de andarnos con eufemismos, llamemos espada a una espada: la crisis financiera es una depresión. Insiste en el desagradable término “depresión” porque los problemas actuales exceden con mucho cualquier caída modesta de las recientes décadas y ha producido una intervención gubernamental sin parangón desde la Gran Depresión. Posner probablemente tenga razón en este punto.

También tiene en general tazón en su crítica a la burbuja inmobiliaria, incluso sin llegar a atribuir la culpa real al papel del gobierno en las hipotecas subprime: promocionando exageradamente la propiedad de la vivienda, rebajando drásticamente los tipos de interés, canalizando una demanda artificial hacia el sector de la vivienda, etc. La tesis de Posner (de que la depresión representa un fallo del mercado producido por la desregulación) pivota sobre el mito de que los reguladores realmente regulan en lugar de servir a los intereses de los beneficiarios del Leviatán (es decir, ellos y sus compinches).

En cuanto a este último punto, Posner sí reconoce, entre otras cosas, que la SEC estaba vinculada a agentes del sector de los valores privados a pesar de su obligación de hacer cumplir las leyes federales de valores. De todos modos, no se ocupa correctamente de este problema o siquiera de los problemas relacionados que afectan a empresas patrocinadas por el gobierno (como Fannie, Feddie y similares) que privilegian los intereses de una élite pequeña a costa de la mayoría. En plata, Posner ignora el corporativismo. No tengo tiempo ni especio para ocuparme de este asunto ahora. Para saber más, recomiendo leer Meltdown, de Thomas E. Woods, un libro corto y bien razonado que es accesible para cualquiera (como yo).

La propuesta de Posner de que “necesitamos un gobierno más activo e inteligente para evitar que nuestro modelo de economía capitalista no descarrile” parece como mínimo quijotesca. Porque un gobierno inteligente (si existe algo así) minimizaría en lugar de aumentar las imposiciones estatales en la economía y permitiría a los recursos fluir de los sectores en declive a los que estén en expansión de acuerdo con las fuerzas naturales del mercado.

Cargado de referencias y apoyos implícitos a la economía keynesiana (cuyo poder reside, afirma Posner, en su “lógica sencilla y de sentido común”), este libro es un tour de force estatista. Mario J. Rizzo ha escrito extensamente acerca de la conversión keynesiana de Posner. Basta con decir que Posner argumenta por un lado que el gobierno puede prevenir las depresiones y por el otro que el gobierno ha fracasado en frenar la reciente crisis económica. Esta desconexión genera la pregunta ¿Más burocracia y regulación del gobierno habría ocasionado una respuesta más oportuna y coherente? ¿No es arriesgado poner tanto poder en algo con un historial tan imprevisible?

Posner sostiene que los “conservadores”, un término asombrosamente vago que deja sin definir, argumentan que el gobierno trajo la crisis con “presiones legislativas a los bancos para facilitar la propiedad de la vivienda facilitando los requisitos y condiciones para las hipotecas”. Este verdad que muchos autodenominados conservadores adoptaron esta postura. Pero Posner, aparentemente para calificar a estos “conservadores” como hipócritas, acusa al ex Presidente Bush de promocionar la propiedad de viviendas como parte de la agenda del conservadurismo compasivo.

Que Posner designe al Presidente Bush como el rostro de la “economía conservadora” (una categoría curiosamente equívoca en sí misma) no es sólo revelador, sino también francamente ridículo. Pues Bush (que defendió rescates masivos por parte del gobierno mucho antes que Obama) difícilmente pudo ser conservador en cualquier sentido del pequeño gobierno. Aumento los déficits presupuestarios mucho más que sus predecesores, nos llevó a dos costosas guerras y dobló la deuda nacional. A la luz de estos fracasos del gran gobierno, parece escandaloso que Posner afirme que “el camino estaba abierto para una ideología doctrinaria del libre mercado, pro-empresas y antiregulatoria que dominara el pensamiento económico de la Administración Bush”.

Posner consigue su objetivo de un “examen analítico conciso, constructivo, libre de jerga y acrónimos, no técnico, no sensacionalista y enfocado a la anécdota”, pero su apresurado análisis es totalmente defectuoso. Sorprende poco que este libro haya recibido poca atención. Muy probablemente escrito aprisa y corriendo por tener plazos estrictos, se lee como varios artículos de blog ajustados chapuceramente (Posner admite en el prólogo que ha incorporado varios artículos de blog).

Aunque no podemos reprocharle por las restricciones temporales de su proyecto, podemos y deberíamos apuntar que el prisa se ha cobrado su peaje. Por ejemplo, en un momento Posner afirma que los demócratas se apuntaron un tanto ante el público estadounidense al rescatar la industria del automóvil; poco después afirma que el público estadounidense se opuso al rescate de la industria del automóvil. En momentos como estos, Posner, al guisárselo y comérselo, defrauda una y otra vez.

Flirteando aparentemente con partidarios de ambos partidos políticos mayoritarios, se equivoca ad nauseam explicando un argumento falsamente conservador, un argumento falsamente liberal y luego su propio argumento, una cómoda posición entre ambos. Como otro gesto ante las audiencias masivas, evita las notas a pie de página y critica a la profesión económica (que considera un grupo de élite de académicos y teóricos financieros) por su aparente laxitud e ineptitud. Sin embargo, el populismo recién descubierto de Posner no es convincente.

Incluso los lectores simpatizantes se aburrirán pronto del estilo gallito de Posner. Posner es (por lo que yo sé) una persona magnánima, con una verdadera preocupación por la vidas de millones de estadounidenses, pero su libro, si se le hace caso, sólo empeoraría las condiciones actuales.

La Sociedad Mont Pelerin declara que sus miembros “ven peligrosa la expansión del gobierno”. Si Posner sigue compartiendo esta opinión, tiene una forma divertida de demostrarlo.


Publicado el 21 de diciembre de 2009,  Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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