Defensa del idealismo radical

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[Extraído de For a new liberty]

 

Todo credo “radical” ha estado sometido a la acusación de ser “utópico” y el movimiento libertario no es una excepción. Algunos de los mismos libertarios mantienen que no deberíamos atemorizar a la gente al ser “demasiado radicales” y que por tanto la ideología y el programa libertarios completos deberían quedar escondidos. Esta gente aconseja un programa “Fabiano” de gradualismo, concentrándose únicamente en un gradual alejamiento del poder del Estado. Un ejemplo sería en el campo de los impuestos: En lugar de defender la medida “radical” de derogar todos los impuestos o incluso derogar el impuesto de la renta, deberíamos limitarnos a reclamar mínimas mejoras, digamos un recorte del 2% en el impuesto de la renta.

En el campo del pensamiento estratégico, toca a los libertarios seguir las lecciones de los marxistas, porque estos han estado pensado estrategias para un cambio social radical más tiempo que ningún otro grupo. Así, los marxistas ven dos mentiras estratégicas importantes que “desvían” del camino apropiado: una a la que llaman “sectarismo de izquierdas”, otra desviación opuesta es el “oportunismo de derechas”. Las críticas de los principios “extremistas” libertarios son análogas a las de los “oportunistas de derechas” marxistas.

El principal problema de los oportunistas es que al limitarse estrictamente a programas graduales y “prácticos”, programas que tienen posibilidades de una adopción inmediata, tienen el grave peligro de perder de vista el objetivo final, el objetivo libertario. Quien se limita a reclamar una rebaja del 2% en los impuestos ayuda a enterrar el objetivo final de la abolición completa de los impuestos. Al concentrarse en los medios inmediatos, ayuda a liquidar el objetivo final y por tanto lo principal de ser un libertario. Si los libertarios rechazan mantener en alto el pabellón de los principios puros, del objetivo final ¿quién lo hará? La respuesta es nadie, de ahí que otra gran fuente de defecciones en las filas en años recientes haya sido la errónea vía del oportunismo.

Un caso prominente de defección mediante oportunismo es el de alguien al que llamaremos “Robert”, que se convirtió en un libertario declarado y militante a principios de la década de 1950. Buscando rápidamente activismo y ganancias inmediatas, Robert concluyó que la vía estratégica apropiada era rebajar toda expresión del objetivo libertario y en particular la hostilidad libertaria al gobierno. Su objetivo era destacar solo lo “positivo” y los logros que podría alcanzar la gente mediante la acción voluntaria.

Al avanzar en su carrera, Robert empezó a considerar a los libertarios intransigentes como un estorbo, así que empezó de despedir sistemática de su organización a cualquier al que se considerara “negativo” acerca del gobierno. Robert no tardó mucho en abandonar la ideología libertaria abierta y explícitamente y a reclamar una “asociación” entre gobierno y empresa privada, entre la coacción y lo voluntario, en resumen, a tomar su lugar abiertamente entre el Establishment. Aun así, en sus tazas, Robert, incluso se refiere a sí mismo como un “anarquista”, pero solo en alguna tierra abstracta entre las nubes sin relación con el mundo tal y como es.

El economista de libre mercado F.A. Hayek, en ningún sentido un extremista, ha escrito elocuentemente acerca de la importancia vital para el éxito de la libertad de mantener por encima de todo la ideología pura y “extremista” como un credo que nunca debe olvidarse. Hayek ha escrito que uno de los grandes atractivos del socialismo ha sido siempre la continua insistencia en su objetivo “ideal”, un ideal que impregna, conforma y guía las acciones de todos los que se esfuerzan por alcanzarlo. Hayek añade después:

Debemos de hacer una vez más de la construcción de una sociedad libre una aventura intelectual, un acto de valentía. Lo que nos falta es una utopía liberal, un programa que no parezca ni una mera defensa las cosas como son ni un tipo diluido de socialismo, sino un radicalismo verdaderamente liberal que no evite la susceptibilidad de los poderosos (incluyendo los sindicatos), que no sea demasiado severamente práctico y que no se limite a lo que hoy parezca como políticamente posible. Necesitamos líderes intelectuales que estén dispuestos a resistir los halagos del poder y la influencia y que estén dispuestos a trabajar por un ideal, por muy pequeñas que sean las perspectivas de su consecución inmediata. Deben ser hombres que estén dispuestos a adherirse a principios y a luchar por su completa realización, aunque sea remota. (…) El libre comercio y la libertad de oportunidades son ideales que aún pueden incitar las imaginaciones de una gran cantidad, pero una simple “libertad razonable de comercio” o una mera “relajación de controles” no es ni intelectualmente respetable ni es probable que inspire ningún entusiasmo. La principal lección que debe aprender el verdadero liberal del éxito de los socialistas es que fue su valentía para ser utópicos lo que les hizo ganar el apoyo de los intelectuales y por tanto una influencia sobre la opinión pública que está haciendo posible diariamente lo que recientemente parecía completamente remoto. Los que se han preocupado exclusivamente de lo que parecía practicable en el estado de opinión existente descubrieron que incluso esto se ha convertido rápidamente en políticamente imposible como consecuencia de cambios en una opinión pública para la que no tienen nada con lo que guiar. Si no podemos crear de nuevo los cimientos ideológicos de una sociedad libre como asunto intelectual vivo y hacer de su implantación una tarea que desafíe el ingenio y la imaginación de nuestras mentes más vivaces, las perspectivas de la libertad son verdaderamente oscuras. Pero si podemos recuperar esa creencia en el poder de la ideas que fue la marca distintiva del liberalismo en su mejor momento, la batalla no está perdida.

Hayek está destacando aquí una verdad importante y una razón importante para destacar el objetivo último: el entusiasmo que puede inspirar un sistema lógico coherente. ¿Quién iría por el contrario a las barricadas por una reducción de impuestos del 2%?

He aquí otra razón táctica vital para aferrarse a principios puros. Es verdad que los acontecimientos sociales y políticos cotidianos son resultado de muchas presiones, el resultado a menudo insatisfactorio del tira y afloja de ideologías e intereses en conflicto. Pero si fuera solo por esa razón, es aún más importante para el libertario seguir elevando la apuesta. La reclamación de una reducción de impuestos del 2% puede lograr solo la ligera moderación de un aumento proyectado de impuestos; una reclamación de un recorte drástico de impuestos puede lograr una reducción sustancial. Y, con los años, el papel estratégico del “extremista” es precisamente seguir impulsando la matriz de acciones cotidianas cada vez más y más en su dirección.

Los socialistas han sido especialmente adeptos a esta estrategia. Si miramos al programa socialista presentado hace sesenta o incluso treinta años, será evidente que las medidas consideradas como peligrosamente socialista hace una generación o dos se consideran ahora como parte indispensable de la “ortodoxia” de la herencia estadounidense. De esta manera, el compromiso diario de políticas supuestamente “prácticas” se ve inexorablemente empujado en la dirección colectivista. No hay razón por la que el libertario no pueda lograr el mismo resultado.  De hecho, una de las razones por las que la oposición conservadora al colectivismo ha sido tan débil es que el conservadurismo, por su propia naturaleza, no ofrece una filosofía política coherente, sino solo una defensa “práctica” del status quo existente, consagrada como encarnaciones de la “tradición” estadounidense. Aun así, al crecer y acrecentarse el estatismo, resulta, por definición cada vez más atrincherado y por tanto “tradicional”, por lo que el conservadurismo no puede por tanto encontrar ninguna arma intelectual para lograr su derrocamiento.

Aferrarse a principios significa algo más que mantener en alto y no contradecir el ideal libertario final. También significa luchar por alcanzar ese objetivo final tan rápidamente como sea físicamente posible. En resumen, el libertario nunca debe defender o preferir una aproximación gradual, frente una inmediata y rápida, a su objetivo. Pues al hacerlo rebaja la importancia esencial de sus propios objetivos y principios. Y si él mismo valora sus propios objetivos tan a la ligera, ¿cómo los valorarán otros?

En resumen, para buscar realmente el objetivo de la libertad, los libertarios deben desear que se alcance por los medios disponibles más eficaces y veloces. Fue con este espíritu como el liberal clásico Leonard E. Read, defendiendo la abolición total e inmediata de los controles de precios y salarios tras la Segunda Guerra Mundial, declarara en un discurso: “Si hubiera un botón en este estrado que al apretarlo eliminara instantáneamente todos los controles de salarios y precios, pondría mi dedo sobre él y lo pulsaría”.

Así que el libertario debería ser una persona que pulsaría el botón, si existiera, para la abolición instantánea de todas las invasiones de la libertad. Por supuesto, también abe que ese botón mágico no existe, pero su preferencia fundamental da color y forma a toda su perspectiva estratégica.

Una perspectiva “abolicionista” como esta no significa, repito, que el libertario tenga una evaluación no realista de lo rápido que este objetivo se logrará en la práctica. Así, el abolicionista libertario dela esclavitud, William Lloyd Garrison, no iba a ser “no realista” cuando en la década de 1830 levantó por primera vez el glorioso blasón de la emancipación inmediata de los esclavos. Su objetivo era el apropiado moralmente y su realismo estratégico provenía del hecho de que no esperaba que su objetivo se alcanzara rápidamente. Hemos visto en el capítulo 1 que el propio Garrison distinguía: “Urgir la abolición inmediata tan sinceramente como podamos será ¡ojalá! una abolición gradual al final. Nunca hemos dicho que la esclavitud se eliminara de un solo golpe; tendría que ser así, diremos siempre”. De otra forma, como advertía agudamente Garrison, “El gradualismo en teoría es perpetuidad en la práctica”.

El gradualismo en la teoría recorta en realidad el propio objetivo al conceder que debe estar en segundo o tercer lugar rente a otras consideraciones no libertarias o antilibertarias. Pues una preferencia por el gradualismo implica que estas otras consideraciones son más importantes que la libertad. Así, supongamos que el abolicionista de la esclavitud hubiera dicho. “Defiendo un fin de la esclavitud, pero solo después de diez años”. Pero esto implicaría que la abolición dentro de ocho o nueve años o inmediatamente a fortiori sería errónea y que por tanto es mejor  que la esclavitud continúe por un tiempo. Pero esto significaría que se han abandonado consideraciones de justicia y que el propio objetivo ya no es considerado el superior por el abolicionista (o libertario). De hecho, tanto para el abolicionista como para el libertario esto significaría que están defendiendo la prolongación del delito y la injusticia.

Aunque sea vital para el libertario mantener en alto su ideal final y “extremista”, esto, contra lo que dice Hayek, no hace de él un “utópico”. El verdadero utópico es el que defiende un sistema que es contrario al derecho natural de los seres humanos y del mundo real. Un sistema utópico es aquel que no podría funcionar ni siquiera si se convenciera a todos de tratar de ponerlo en práctica. El sistema utópico podría no funcionar, es decir, no sostenerse al funcionar. El objetivo utópico de la izquierda: el comunismo (la abolición de la especialización y la adopción de la uniformidad) no podría funcionar ni siquiera si todos estuvieran dispuestos a adoptarlo inmediatamente. No podría funcionar porque viola la misma naturaleza del hombre y el mundo, especialmente el carácter único y la individualidad de cada persona, de sus capacidades e intereses y porque significaría un drástico declive en la producción de riqueza, tanto como para condenar a la gran mayoría de la raza rápidamente al hambre y la extinción.

En resumen, el término “utópico” en el habla popular confunde dos tipos de obstáculos en el camino a un programa radicalmente distinto del estatus quo. Uno es que viola la naturaleza del hombre y del mundo por tanto no podría funcionar una vez puesto en práctica. Esa es la utopía del comunismo. El segundo es la dificultad de convencer a gente suficiente de que el programa debería adoptarse. El primero es una mala teoría, porque viola l naturaleza del hombre; el segundo es simplemente un problema de voluntad humana, de convencer a suficiente gente de lo correcto de la doctrina. “Utópico” en su sentido peyorativo común se aplica solo al primero.

En su sentido más profundo, la doctrina libertaria no es por tanto utópica sino eminentemente realista, porque es la única teoría que es realmente coherente con la naturaleza del hombre y del mundo. El libertario no niega la variedad y diversidad del hombre, se vanagloria de ella y busca dar a esa diversidad expresión completa en un mundo de total libertad. Y al hacerlo, también produce un enorme aumento en la productividad y en los niveles de vida de todos, un resultado eminentemente “práctico” generalmente desdeñado por verdaderos utópicos como malvado “materialismo”.

El libertario es también eminentemente realista porque solo él entiende completamente la naturaleza del Estado y su impulso por el poder. Por el contrario, es el aparentemente mucho más realista creyente conservador en el “gobierno limitado” el que es el verdadero utópico no práctico. Este conservador sigue repitiendo la letanía de que el gobierno central debería estar severamente limitado por una constitución. Aun así, el mismo tiempo que clama contra la corrupción de la Constitución original y la ampliación del poder federal desde 1789, el conservador no consigue entender la lección adecuada de esa degeneración.

La idea de un Estado constitucional estrictamente limitado fue un noble experimento que fracasó, incluso bajo las circunstancias más favorables y propicias. Si fracasó entonces, ¿por qué debería un experimento similar funcionar mejor ahora? No, es el conservador de laissez faire, el hombre que pone todas las armas y todo el poder de toma de decisiones en manos del gobierno central y luego dice: “Limítate”; es él quien es el verdadero utópico impracticable.

Hay otro sentido profundo en el que los libertarios menosprecian el amplio utopismo de la izquierda. Los utópicos invariablemente postulan un cambio drástico en la naturaleza del hombre: para la izquierda el hombre no tiene naturaleza. Se supone que el individuo es infinitamente maleable por sus instituciones y por tanto el ideal comunista (o el sistema socialista transicional) se supone que produce el Nuevo Hombre Comunista. El libertario cree que, en el análisis definitivo, todo individuo tiene libre voluntad y se moldea a sí mismo y es por tanto absurdo poner las esperanzas en un cambio uniforme y drástico en la gente, producido por el Nuevo Orden proyectado. Al libertario le gustaría ver una mejora moral en todos, aunque sus objetivos morales apenas coincidan con los de los socialistas. Por ejemplo, estaría encantado de ver todo deseo de agresión de un hombre contra otro desaparecer de la faz de la tierra. Pero es demasiado realista como para confiar en este tipo de cambio. Por el contrario, el sistema libertario es uno que será al tiempo mucho más moral y funcionará mucho mejor que cualquier otro, suponiendo cualquier valor actitud humana existente. Por supuesto, cuanto más desaparezca el deseo de agresión, mejor funcionará cualquier sistema social, incluyendo el libertario; por ejemplo, habrá menos necesidad de recurrir a policía o tribunales. Pero el sistema libertario no pone ninguna confianza es ningún cambio así.

Así que si el libertario debe defender alcanzar de inmediato la libertad y la abolición del estatismo y si el gradualismo en teoría es contradictorio con este fin superior, ¿qué otra postura estratégica puede seguir un libertario en el mundo actual? ¿Debe necesariamente limitarse a confinarse a defender una abolición inmediata? ¿Son las “demandas transicionales” pasos hacia la libertad  en la práctica, necesariamente ilegítimas? No, pues esto caería en la otra trampa estratégica autodestructiva de “sectarismo de izquierdas”. Pues aunque los libertarios han sido demasiadas veces oportunistas que pierden de vista o rebajan su objetivo final, algunos han errado en la dirección opuesta: temiendo y condenando cualquier avance hacia la idea como una venta necesaria del propio objetivo. La tragedia es que estos sectarios, al condenar todos los avances que no lleguen al objetivo, hacen que resulte vano y fútil el propio objetivo pretendido. Pues aunque casi todos nosotros estaríamos entusiasmados si se llegara a la libertad total de un solo golpe, las perspectivas realistas  de un salto tan poderoso son limitadas. Si el cambio social no es siempre diminuto y gradual, tampoco ocurre usualmente de un solo salto. Al rechazar cualquier aproximación transaccional al objetivo, entonces estos libertarios sectarios hacen imposible que el propio objetivo se alcance nunca. Así que los sectarios pueden acabar siendo tan completamente “liquidacionistas” del puro objetivo como los propios oportunistas.

Es curioso que a veces la misma persona sufra alteraciones de uno de estos errores opuestos al otro, en ambos casos burlándose del camino estratégico apropiado. Así, desesperado después de años de fútil reiteración de su pureza sin conseguir avances en el mundo real, el sectario de izquierdas puede saltar a los estimulantes matorrales del oportunismo de derechas en busca de algún avance a corto plazo, incluso a costa de su objetivo final. O el oportunista de derechas, al irse disgustando ante el compromiso de sus colegas de su integridad intelectual y sus objetivos finales, puede saltar al sectarismo de izquierdas y oponerse a cualquier establecimiento de prioridades estratégicas hacia esos objetivos. De esta manera, los dos desviaciones opuestas se alimentan y refuerzan entre sí y ambas son destructivas de la gran tarea de alcanzar efectivamente el objetivo libertario.

¿Cómo podemos entonces saber si cualquier medida intermedia o demanda transicional debería alabarse como un paso adelante o condenada como una traición oportunista? Hay dos criterios vitalmente importantes para responder a esta pregunta crucial: (1) que, sean cuales sean las demandas transicionales, el objetivo final de la libertad debe quedar siempre por encima como objetivo deseado y (2) que ningún paso o medio contradiga nunca explícita o implícitamente el objetivo final. Una demanda corto plazo puede no llegar tan lejos como nos gustaría, pero debe ser siempre coherente con el fin definitivo: si no, el objetivo a corto plazo funcionará en contra de propósito a largo plazo y se habrá producido la liquidación oportunista del principio libertario.

Un ejemplo de esa estrategia contraproducente y oportunista puede tomarse del sistema fiscal. El libertario ansía llegar a la abolición de los impuestos. Es perfectamente legítimo, como medida estratégica en esa dirección deseada, impulsar una reducción drástica o la derogación del impuesto de la renta. Pero el libertario no debe nunca apoyar ningún impuesto nuevo o aumento en el impuesto. Por ejemplo, no debe al tiempo que defiende un gran recorte en los impuestos de la renta reclamar su sustitución por un impuesto a las ventas o de otro tipo.  La reducción o, mejor, la abolición de un impuesto es siempre una reducción no contradictoria del poder del estado y un paso importante hacia la libertad, pero su sustitución por un impuesto nuevo o aumentado en otro lugar hace justamente lo opuesto, pues significa una imposición nueva o adicional del Estado en algún otro frente. La imposición de un impuesto nuevo o mayor contradice y recorta lisa y llanamente el propio objetivo libertario.

Una tentación particularmente peligrosa de practicar el oportunismo es la tendencia de algunos libertario, especialmente en el Partido Libertario, de parecer “responsables” y “realistas” llegando a algún tipo de “plan a cuatro años” para la desestatización.  Lo importante aquí no es el número de años del plan, sino la idea de establecer algún tipo de programa completo y planificado de transición hacia el objetivo de la libertad total. Por ejemplo: que en el año 1, debería derogarse la lay B, modificarse la ley B, recortarse el impuesto C en un 10%, etc.; en el año 2, debería derogarse la ley D, recortarse el impuesto C otro 10%, etc. El grave problema con ese plan, la grave contradicción con el principio libertario, es que implica claramente, por ejemplo, que la ley D no debería derogarse hasta el segundo año del programa planificado. Entonces se caería en la trampa del gradualismo en teoría a escala masiva. Los supuestos libertarios planificadores habrían caído en una posición de parecer oponerse a cualquier ritmo superior hacia la libertad que el que abarque su plan. Y de hecho no hay razón legítima para un ritmo más lento que para uno más rápido, sino todo lo contrario.

Hay otro grave defecto en la misma idea de un programa planificado completo hacia la libertad. Pues el ritmo muy cuidadoso y estudiado, la misma naturaleza exhaustiva del programa implica que el Estado no es realmente el enemigo común de la humanidad, que es posible y deseable usar el Estado para seguir un ritmo planificado y mesurado hacia la libertad. La idea de que el Estado es el gran enemigo de la humanidad, por otro lado, lleva a una visión estratégica muy distinta: a que los libertarios deban impulsar y aceptar con celeridad cualquier reducción del poder o la actividad del estado en cualquier frente. Cualquier reducción como esa en cualquier momento debería ser una disminución bienvenida del crimen y la agresión. Por tanto, la preocupación libertaria no debería ser usar el Estado para dedicarse a un ejercicio mesurado de desestatización, sino más bien de despedazar todas y cada una de las manifestaciones de estatismo dondequiera y donde sea que pueda. (…)

Así que el libertario nunca debe permitirse verse atrapado en ningún tipo de propuesta de acción pública “positiva”: en su perspectiva, el papel del gobierno solo debería ser desaparecer de todas las esferas de la sociedad tan rápidamente como pueda presionársele para hacerlo.

Tampoco debería haber contradicciones retóricas. El libertario no debería permitirse ninguna retórica, no digamos recomendaciones políticas, que actúen contra el objetivo final. Así, supongamos que a un libertario se le pide que dé sus opiniones sobre un recorte fiscal concreto. Aunque no crea que puede en ese momento reclamar estentóreamente la abolición de los impuestos, lo que no debe hacer es añadir a su apoyo a un recorte fiscal una retórica tan falta de principios como: “Bueno, por supuesto, algún impuesto es esencial pero…”, etc. Solo puede lograrse daño para el objetivo final mediante florituras retóricas que confunden a la gente y contradicen y violan los principios.


Publicado originalmente el 3 de enero de 2005. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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