Cómo la inacción pública acabó con la depresión de 1921

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Mientras tomaba forma la crisis financiera de 2008, las recomendaciones políticas no tardaban en aparecer: vaya, la estabilidad económica y la prosperidad estadounidense reclaman estímulos fiscales y monetarios para devolver a la vida la economía enferma. Y así tuvimos estímulo fiscal, así como un programa de expansión monetaria sin precedentes en la historia de EE. UU.

David Stockman señalaba recientemente que en la práctica hemos tenido quince años continuos de estímulo: no solo los programas de perfil alto, como los 700.000 millones de dólares del TARP y los 800.000 millones del estímulo fiscal, sino también 4 billones de dólares de dinero impreso y 165 de 180 meses en los que los intereses o han estado bajando o se han mantenido a niveles ínfimos. Los resultados han sido abrumadores: el número de trabajos de sostén de familias en EE. UU. sigue siendo dos millones más bajo del que había con Bill Clinton.

Los economistas de la Escuela Austriaca advirtieron que esto podía pasar. Mientras otros economistas discutían sobre si funcionaría el estímulo fiscal o monetario, los austriacos buscaban superar este debate superficial y rechazaban la intervención en todas sus formas.

Los austriacos tienen muy buenas razones teóricas para oponerse a los programas públicos de estímulo, pero esas razones son susceptibles de seguir siendo desconocidas para la persona normal, que raramente estudia economía y que incluso más raramente da oídos justos a la opinión no establecida. Por eso ayuda poder apuntar ejemplos históricos, que son más accesibles para el no especialista que la teoría económica. Si podemos señalar una economía corrigiéndose a sí misma, solo esto anula la afirmación de que la intervención pública sea indispensable.

Posiblemente el ejemplo más llamativo (y olvidado) de precisamente este fenómeno es el caso de la depresión de 1920-21, que se caracterizó por un colapso en la producción el PIB y un repunte en el desempleo hasta cifras en dobles dígitos. Pero para el momento en que el gobierno empezó a considerar la intervención, la crisis se había terminado. Lo que el Secretario de Comercio, Herbert Hoover llamó respetuosamente “La conferencia del presidente sobre desempleo”, una idea que él mismo había diseñado para suavizar el ciclo económico, se convocó durante lo que resultó ser el segundo mes de la recuperación, según el National Bureau of Economic Research (NBER).

De hecho, de acuerdo con el NBER, que anuncia los inicios y fines de las recesiones, la depresión empezó en enero de 1920 y terminó en julio de 1921.

James Grant cuenta la historia en su importante y cautivador nuevo libro The Forgotten Depression — 1921: The Crash That Cured Itself. Unas palabras sobre el autor: Grant se encuentra entre los más brillantes expertos financieros. Además de publicar su muy apreciado boletín, Grant’s Interest Rate Observer, durante más de treinta años, Grant es un comentarista frecuente (y anti-Fed) en televisión y radio, autor de numerosos otros libros y un estupendo conferenciante. He tenido el honor y el placer de presentarle como conferenciante en eventos del Instituto Mises.

¿Cómo les fue exactamente a la Reserva Federal y el gobierno federal durante esos dieciocho meses? La cifras no mienten: la política monetaria fue contraccionista durente el periodo en cuestión. Allan Meltzer, que no es un austriaco, escribió en A History of the Federal Reserve que “los principales agregados monetarios cayeron durante la recesión”. Calcula un declive en el M1 de un 10,9% de marzo de 1920 a enero de 1922 y en la base monetaria de un 6,4% de octubre de 1920 a enero de 1922. “El crecimiento medio trimestral de la base”, continúa, “no se convirtió en positivo hasta el segundo cuarto de 1922, nueve meses después de que pasara, según el NBER”.

La Fed aumentó su tasa de descuento del 4% en 1919 al 7% en 1920 y al 6% en 1921. En 1922, después de que la recuperación ya estuviera en marcha desde hacía mucho, se redujo de nuevo al 4%. Entretanto, el gasto público también cayó radicalmente; mientras la economía salía de la recesión de 1920-21, el presupuesto estaba en proceso de ser reducido de 6.300 millones de dólares en 1920 a 3.200 millones en 1922. Así que se estaba recortando el presupuesto y estaba cayendo la oferta monetaria. “A la luz tanto de la doctrina keynesiana como de la monetarista”, escribe Grant, “no podrían imaginarse políticas más primitivas ni contraproducentes”. Además, la deflación de precios fue más severa durante 1920-21 que en cualquier momento de la Gran Depresión: de mediados de 1920 a mediados de 1921, el Índice de Precios del Consumo cayó un 15,8%. Solo podemos imaginarnos el pánico y los gritos pidiendo una intervención que observaríamos hoy con esos movimientos de precios.

El episodio cayó en el proverbial agujero del olvido y Grant señala que no puede encontrar un ejemplo de un personaje público que haya señalado el ejemplo de 1920-21 como algo que merezca la pena considerar hoy. Pero aunque los keynesianos hoy, ahora que el episodio se discute de nuevo, aseguren a todos que están perfectamente dispuestos a explicarlo, en realidad los historiadores económicos keynesianos en el pasado en realidad admitieron que la rapidez de la recuperación era para ellos un misterio y que la recuperación no había tardado en producirse a pesar de la ausencia de medidas de estímulo.

La política oficial de inacción durante la depresión de 1920-21 se produjo como una combinación de circunstancias e ideología. Woodrow Wilson estaba a favor de un papel más pronunciado del gobierno federal, pero al final de su mandato dos factores hicieron imposible cualquier intento así. Primero, estaba obsesionado con la ratificación del Tratado de Versalles y con conseguir que EE. UU. fuera miembro de la Sociedad de Naciones que él había inspirado. Esta preocupación eclipsaba todo lo demás. Segundo, una serie de golpes debilitadores le dejaron incapaz de hacer mucho en el otoño de 1919, así que cualquier gran iniciativa interior estaba fuera de lugar. Debido a las fechas de los años fiscales, Wilson era de hecho responsable de mucho del recorte presupuestario de posguerra, una porción sustancial del cual se produjo durante la depresión de 1920-21.

Warren Harding, entretanto, estaba filosóficamente inclinado a oponerse a la intervención pública y creía que una recesión de este tipo se arreglaría si no se ponían obstáculos en su camino. Declaraba en su discurso de aceptación en la convención republicana de 1920:

Buscaremos una deflación inteligente y valiente y lucharemos contra los préstamos del gobierno que agrandan el mal y atacaremos los altos costes públicos con toda la energía y habilidad que posee el talento republicano. Prometemos ese socorro que supondrá detener el derroche y la extravagancia y la renovación de la práctica de una economía pública, no solo porque aliviará las caras fiscales, sino porque será un ejemplo para estimular el ahorro y la economía en la vida privada.

Pidamos a todos que ahorren y economicen, renuncia y sacrificio si es necesario, para una campaña en toda la nación contra el despilfarro y el lujo, para recuperar la simplicidad en la vida, para ese prudente y normal plan de vida que es la salud de la república. No ha habido una recuperación del desperdicio y la anormalidad de la guerra desde que se escribió por primera vez en la historia de la humanidad que no sea mediante trabajo y ahorro, mediante labor y renuncia, mientras que el gasto innecesario y el despilfarro negligente han marcado todas las decadencias en la historia de las naciones.

Harding, el menos a la moda de los presidentes estadounidenses, fue igualmente capaz de ver caer los precios con serenidad y sin la histeria actual. Insistía en que la deflación de precios de las materias primas era inevitable y quizá incluso saludable. “Creemos que el encogimiento que ha tenido lugar es algo análogo a lo que ocurre cuando se pincha un globo y escapa el aire”. Además, decía Harding, la depresiones seguían a la inflación “igual que las mareas suben y bajan”, pero gastar el dinero del contribuyente no arreglaba en modo alguno la situación. “El exceso de estímulo de ese origen ha de considerarse una causa de problemas en lugar del origen de una cura”.

Incluso John Skelton Williams, contralor de la moneda con Woodrow Wilson y en modo alguno amigo de Harding, observaba que el deflación de precios era “inevitable” y que en cualquier caso “el país está ahora [en 1921] en muchos aspectos sobre una base económicamente más sólida de lo que ha estado en años”. Y deberíamos esperar al día en que “el ciudadano privado sea capaz de adquirir, gastando 1$ de su dinero duramente ganado, algo parecido a la cantidad y calidad que ese dólar obtenía en tiempos anteriores a la guerra”.

Por suerte para el lector, Grant no solo tiene razón en historia y economía, sino que también escribe con una elegancia literaria que raramente se espera del mundo del comentario financiero. Y aunque tiene todos los hechos y cifras que un lector podría pedir, Grant también es un contador de historias. No una gavilla seca de estadísticas. Está llena de personajes (empresarios, jefes de sindicatos, presidentes, economistas) y relata mucho más que la simple historia de la depresión. Grant nos da una visión experta de las fortunas de la bolsa y de la agricultura e industrias estadounidenses y más. Escribe de forma tan cautivadora que el lector apenas percibe lo difícil que es hacer completamente absorbente un libro sobre un solo episodio económico.

El ejemplo de 1920-21 fue en buena parte olvidado durante muchas décadas, salvo en tratados especializados de historia económica estadounidense. Al cínico se le puede perdonar que sospeche que su incompatibilidad con la sabiduría convencional actual, que reclama una gestión de la demanda por expertos y un mandato siempre en expansión de la Fed, podría tener algo que ver con ello. Sea cual sea la razón, está de vuelta como reproche para los planificadores con sus ecuaciones y los compinches con sus rescates.

The Forgotten Depression ha ocupado su lugar correcto dentro del corpus de la historia revisionista austrolibertaria, esa biblioteca de obras que nos llevan del callejón sin salida de la opinión convencional al aire fresco de la verdad económica e histórica.


Publicado originalmente el 20 de mayo de 2015. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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