La incoherencia intelectual del conservadurismo

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El conservadurismo moderno, en los EE. UU. y Europa, se halla confuso y distorsionado. Bajo la influencia de la democracia representativa y con la transformación de los EE. UU. y Europa en las grandes democracias de masas tras la I Guerra Mundial, el conservadurismo fue transformado a partir de una fuerza aristocrática anti-igualitarista y anti-estatista en un movimiento de conservadores a favor de la cultura de estado: se trata del ala derecha del socialismo y la social democracia.

Muchos de los conservadores autoproclamados se preocupan, tal y como debería ser, por el decaimiento de las familias, el divorcio, la ilegitimidad, la pérdida de autoridad, el multiculturalismo, la desintegración social, el liberalismo sexual y el crimen. Estos consideran este tipo de fenómenos como anormalidades y desviaciones del orden natural de las cosas, o de eso que se considera normal.

Sin embargo, la mayoría de los conservadores contemporáneos (o al menos la mayoría de los portavoces de los poderes conservadores establecidos) o bien no reconocen que su objetivo de restaurar la normalidad requiere de los cambios sociales y anti-estatistas más drásticos, e incluso revolucionarios, o (si lo saben) se dedican a traicionar la agenda cultural conservadora desde dentro para promover otra completamente distinta.

Esto es en gran medida verdadero de los así llamados neo-conservadores y no requiere de mayor explicación. En efecto, en lo que respecta a sus líderes, uno sospecha que la mayoría de ellos caiga dentro del segundo grupo. Estos no se preocupan en verdad sobre aspectos culturales, sino que reconocen la necesidad de hacerse pasar por conservadores al objeto de no perder poder y poder así promover otro objetivo totalmente distinto como el de la democracia social global.[i] El carácter estatista fundamental de los neo-conservadores americanos puede resumirse bien a partir de las palabras emitidas por uno de sus grandes defensores, Irving Kristol:

“El principio básico que se encuentra detrás del programa conservador del estado del bienestar debería ser uno simple: siempre que sea posible, se debe permitir que la gente se guarde su propio dinero-en lugar de ser este transferido en forma de impuestos al Estado-con la condición de que estos lo destinen a una serie de usos definidos.” [Two Cheers for Capitalism, New York: Basic Books, 1978, p. 119].

Este punto de vista no difiere en lo esencial de ese que mantiene el post-marxismo de la social democracia europea. De esta manera, el partido social demócrata aleman (SPD), por ejemplo, en su programa Godesberg de 1959, adoptó como su lema central el eslogan “tanto mercado como sea posible, tanto estado como sea necesario.”

Una segunda rama, aunque de alguna manera más vieja si bien hoy día indistinguible del conservadurismo americano moderno viene representado por el conservadurismo de nuevo cuño (posterior a la II Guerra Mundial) que fue inaugurado y promovido con asistencia de la CIA a manos de William Buckley y su National Review. Mientras que el conservadurismo americano de antaño (anterior a la I Guerra Mundial) había sido caracterizado por políticas decisivamente anti-intervencionistas en el ámbito internacional, la marca del nuevo conservadurismo de Bucley ha consistido en su militarismo furibundo y políticas intervencionistas en el extranjero.

En un artículo, “A Young Republican’s View,” publicado en la Commonweal del 25 de Enero de 1952, tres años antes de que se publicara por primera vez el National Review, Buckley resumió de esta manera lo que se convertiría en el nuevo credo conservador: a la luz de la amenaza impuesta por la Unión Soviética, “nosotros [los nuevos conservadores] tenemos que aceptar el Gran Gobierno mientras dure-pues no podemos librar ni una guerra ofensiva ni una defensiva… a excepción de que ésta se haga de puertas adentro por medio del totalitarismo burocrático.”

Los conservadores, escribió Buckley, se impusieron la obligación de promover “las grandes y productivas leyes impositivas que son necesarias para apoyar una política anti-comunista vigorosa en el extranjero,” así como “los grandes ejércitos y sus fuerzas aéreas, energía nuclear, central de inteligencia, paneles de producción armamentística y la centralización auxiliar de los poderes en Washington.”

No ha de sorprender, ya desde el colapso de la Unión Soviética a finales de los 80, que no haya cambiado nada fundamental dentro de esta filosofía. Hoy, la continuación y preservación del estado del bienestar-guerra simplemente se excusa y promueve de forma similar por los neo-conservadores en referencia a otros enemigos y peligros: China, el fundamentalismo islámico, Saddam Hussein, “los estados pirata,” y la amenaza del “terrorismo global.”

Sin embargo, también es cierto que existen muchos conservadores que se preocupan de verdad por la familia y su desintegración o el declive cultural disfuncional. Aquí se me ocurre pensar de forma particular en el conservadurismo que representa Patrick Buchanan y su movimiento. El conservadurismo de Buchanan no difiere en medida alguna de ese otro conservadurismo del partido republicano tal y como él y sus seguidores se ven a sí mismos. En un aspecto decisivo su rama conservadora se encuentra en total acuerdo con ese de los poderes conservadores fácticos: ambos son estatistas. Estos sólo difieren en lo relativo a eso que se necesita hacer en particular para restaurar la normalidad dentro de los EE. UU., pero estando de acuerdo sobre el hecho de que esta tarea compete al Estado. No se ve traza alguna de una doctrina anti-estatista fundamentada en ninguno de ellos.

Permítaseme ilustrar este punto citando a Samuel Francis,

que fue uno de los principales teóricos y estrategas del movimiento de Buchanan. Tras deplorar la propaganda “anti-blanca” y “anti-occidente,” “el militantismo secular, el egoísmo codicioso, el globalismo político y económico, las avalanchas demográficas y el centralismo estatal sin trabas,” éste se explaya con el nuevo lema de “Primero América,” lo cual “implica no sólo anteponer los intereses nacionales a los de otras naciones y abstracciones como “liderazgo mundial,” “armonía global,” y “Nuevo Orden Mundial,” sino también dando prioridad a la nación por encima de la gratificación individual y los intereses intra-nacionales.”

¿Cómo propone éste arreglar el problema moral de la degeneración y el declive cultural? Aquí no se da un reconocimiento de que el orden natural en la educación implique que el Estado no tenga nada que ver con ella. La educación es por entero un problema familiar y debería de ser producida y distribuida en cooperación con las disposiciones y funciones de una economía de mercado.

Más aún, aquí no se reconoce que la degeneración moral y declive cultural tengan causas más profundas que no se van a resolver sólo porque el Estado imponga su política de cambios o se hagan exhortaciones y declamaciones. Por el contrario, Francis propone que la vuelta de la cultura-la restauración de la normalidad-sólo puede lograrse sin efectuar cambios fundamentales en la estructura del estado moderno del bienestar. En efecto, Buchanan y sus ideólogos defienden de modo explícito las tres instituciones fundamentales del estado del bienestar: la seguridad social, medicare y los subsidios por desempleo. Estos incluso quieren aumentar las responsabilidades “sociales” del Estado por medio de asignarle la tarea de “proteger,” a través de restricciones nacionales a la importación y exportación, los trabajos de los americanos, especialmente en áreas de vital importancia para la industria, y proteger los salarios de los trabajadores frente a la mano de obra extranjera que deberá de trabajar por $1 a la hora o menos.”

De hecho, los buchanitas se consideran libremente como estatistas. Estos detestan y ridiculizan al capitalismo tipo laissez-faire, el libre mercado y el comercio, la riqueza, las élites, la nobleza; y proponen en su lugar un nuevo populismo-en verdad de base proletaria-que amalgama el conservadurismo social y cultural con la economía socialista. Así, prosigue Francis, mientras que la izquierda podría ganarse al americano medio a través de sus medidas económicas, ésta los pierde a través de su radicalismo social y cultural, y mientras que la derecha podría atraer al americano medio por medio de apelar a la ley y el orden y la defensa de la normalidad sexual, las convenciones morales y la religión, las instituciones sociales tradicionales y las invocaciones a los nacionalismos y patriotismos, ésta los pierde cuando pone en práctica sus viejas fórmulas burguesas.

Es así que se hace necesario combinar las políticas económicas de la izquierda, el nacionalismo y el conservadurismo cultural de la derecha para crear una “nueva identidad que sintetice tanto los intereses económicos como las lealtades de la nación-estado de la clase media proletarizada en un movimiento político unificado y separado.”[ii] Por razones obvias esta doctrina no se denomina así, si bien existe un término para este tipo de conservadurismo: se le denomina socialismo nacional o nacional socialismo.

(En lo que respecta a la mayoría de los así llamados cristianos de la derecha y “mayoría moral,” estos sólo desean el reemplazamiento de la élite liberal de izquierdas responsable de la educación hoy día por otra, i.e., ellos mismos. “Empezando con Burke para abajo,” Robert Nisbet ha criticado esta postura, “ésta ha representado el precepto conservador y principio sociológico desde Auguste Compte de que la manera más segura de debilitar a la familia, o a cualquier tipo de grupo vital, es que el gobierno asuma y monopolice las funciones históricas de la familia.” En contraste, mucha de la derecha americana contemporánea “se halla menos interesada en las exenciones burkeanas del poder estatal que en poner todo el poder del gobierno en manos de esos en los que se pueda confiar. Se trata del control del poder, no de una disminución suya, lo que más se valora.”)

No voy a ocuparme aquí de la cuestión de si los conservadores buchanitas puedan atraer al público o si su diagnóstico de la política americana es sociológicamente correcto. Yo dudo que este sea el caso, y no cabe duda de que la suerte de Buchanan durante las primarias de 1995 y 2000 no indica lo contrario. En su lugar, quiero tratar una cuestión más fundamental: asumiendo que este enfoque pueda atraer al público; es decir, asumiendo que el conservadurismo cultural y la economía socialista puedan combinarse desde un punto de vista psicológico (i.e., que el público puede mantener ambas creencias sin acabar en la disonancia cognitiva), ¿podrían éstas combinarse desde un puntos de vista práctico (económico y praxeológico)? ¿Es posible mantener los niveles actuales de socialismo económico (seguridad social, etc.) y alcanzar al mismo tiempo el objetivo de restaurar la normalidad cultural (familias naturales y normas de conducta normales)?

Buchanan y sus teóricos no sienten la necesidad de preguntarse esta cuestión, pues éstos creen que la política sólo se reduce al tema del poder y el empeño. Estos no creen en tales cosas como las leyes económicas. Si la gente quiere algo lo suficiente, y si se otorga a estos los poderes y fuerza para implementarlo, todo puede lograrse. “El difunto economista austriaco” Ludwig von Mises, al cual Buchanan se refirió con desprecio durante su última campaña electoral, caracterizó esta creencia como de “historicista,” la postura intelectual de la Kathedersozialisten alemana, los socialistas académicos de la Silla, que eran los que justificaban las medidas de tipo estatista.

Pero el desdeño e ignorancia historicista de la economía no altera el hecho inexorable de que las leyes económicas existan. Uno no puede guardarse y comerse el pastel al mismo tiempo, por ejemplo. O lo que uno consume ahora no podrá consumirse de nuevo en el futuro. O que producir más de un bien implique producir menos de otros bienes. Ningún tipo de pensamiento, por buen intencionado que sea, puede evitar el hecho de que estas leyes puedan desaparecer. Creer lo contrario sólo puede resultar en el fracaso práctico. “De hecho,” señaló Mises, “la historia de la economía consiste en una larga recolección de políticas de gobierno que fallaron debido a que éstas fueran implementadas desafiando de modo descarado las leyes que gobiernan la economía.”[iii]

A la luz de la leyes elementales e inmutables de la economía, el programa buchanita relativo al nacionalismo social sólo constituye otro desafío descarado, por no decir un sueño imposible. Ningún pensar por bien intencionado que sea podrá alterar el hecho de que mantener las presentes instituciones sociales del estado del bienestar y querer regresar a la familia, normas y conducta tradicionales son objetivos incompatibles. Uno sólo puede tener-el socialismo (del bienestar)-o lo otro-los valores tradicionales-pero no ambos, pues la economía nacional socialista, que es el pilar del sistema actual del estado del bienestar y lo que Buchanan quiere dejar intacto, representa en verdad la causa de todas las anomalías.

Para poder clarificar esto, sólo se hace necesario acordarse de una de las leyes más fundamentales de la economía que dice que toda forma de riqueza obligatoria o distribución de los ingresos, de forma independiente al tipo de criterios en que éstas se basen, implica tomar de unos-los que tienen o poseen algo-para dárselo a otros-lo que no tienen o carecen de algo. De forma acorde, el incentivo para ser un poseedor se reduce, y el incentivo por ser un desposeído aumenta. Lo que el poseedor tiene es algo que se considera como “bueno” de forma característica, y los que no tienen o poseen se considera “malo” o una deficiencia. En efecto, esta es la misma idea que se encuentra en la base de todo sistema de redistribución: algunos poseen mucho mientras que otros no llegan a tanto. El resultado de toda forma de redistribución es que uno podrá a a partir de ahí restar de lo bueno y sumar de lo malo, menos perfección y más deficiencias. Por medio de subsidiar con dinero público (que es dinero robado a otros) a gente que es pobre, se perpetúa esta condición y se crea más pobreza (lo malo). Por medio de subsidiar a gente que no tiene empleo, más desempleo (lo malo) se creará. Por medio de subsidiar a madres no queridas, habrá más de las mismas y más hijos ilegítimos (lo malo), etc.

No cabe duda de que este conocimiento básico se aplica a todo el sistema del así llamado sistema de la seguridad social en Europa occidental (desde 1880) y los EE. UU. (desde 1930): de un sistema obligatorio de “seguros” contra la ancianidad, enfermedad, enfermedad laboral, desempleo, indigencia, etc. En conjunción con ese otro sistema si cabe más antiguo de la educación pública, estas instituciones y prácticas equivalen a un ataque masivo contra estas instituciones de la familia y la responsabilidad personal.

Por medio de eximir a los individuos de la obligación de ocuparse de sus propios ingresos, salud, seguridad, ancianidad, educación de los hijos, se reduce el alcance y horizonte de las medidas privadas, así como el valor del matrimonio, la familia, el cuidado de los niños y la afinidad de la familia. La irresponsabilidad, la falta de visión, la negligencia, la enfermedad e incluso el destruccionismo (lo malo) se promueven, mientras que la responsabilidad, el alcance de miras, la diligencia, la salud y el conservadurismo (lo bueno) se castiga.

El sistema obligatorio de seguros contra la ancianidad en particular, en función del cual los jubilados (los viejos) son subsidiados con dinero de los impuestos que se impone frente a los que poseen ingresos (los jóvenes), ha debilitado de forma sistemática el vínculo natural inter-generacional entre los padres, los abuelos y los hijos. Los mayores ya no tienen porqué depender de la ayuda de los hijos en caso de que estos no se hayan ocupado de tenerlos; y los jóvenes (que de forma tradicional tienen menos capital acumulado) tienen que mantener a los mayores (que tradicionalmente disponen de mayor capital acumulado), en lugar de ser lo contrario, tal y como ocurre de forma típica en toda familia.

De forma consecuente, la gente no sólo quiere tener menos hijos-y es obvio que los índices de natalidad han decrecido desde el comienzo del sistema moderno de políticas sociales del bienestar-sino que también ha disminuido el respeto que los jóvenes han tenido de forma tradicional por los mayores; mientras que todos los indicadores de la desintegración familiar y mal funcionamiento como los actuales índices de divorcio, la ilegitimidad, el abuso infantil, el abuso parental, el abuso conyugal, las madres solteras, la soltería, los estilos de vida alternativos y el aborto han aumentado.

Más aún, con la socialización del sistema de salud a través de instituciones tales como Medicaid y Medicare y el control de la industria de seguros (por medio de restringir el derecho de abstención del asegurado: excluyendo todo riesgo individual como no asegurable, y discriminando de forma libre y acorde con métodos actuariales, entre varios grupos de riesgo) se pone en marcha una maquinaria monstruosa de riqueza y redistribución de los ingresos a expensas de los individuos responsables y grupos de bajo riesgo a favor de sujetos irresponsables y grupos de alto riego. Los subsidios para el enfermo e impedido generan enfermedad e incapacidad y debilitan el deseo por ganarse la vida y vivir vidas saludables. Lo mejor que uno puede hacer es citar al “difunto” economista austriaco Ludwig von Mises una vez más:

estar enfermo no constituye un fenómeno independiente del deseo consciente… La eficiencia de un hombre no representa sólo el resultado de su condición física; ésta depende de su mente y deseo en gran medida… El aspecto destructivo de los seguros de vida y accidentes se sitúa por encima de todos los demás en el hecho de que tales instituciones promueven la enfermedad y los accidentes… Sentirse sano es algo totalmente diferente de estar sano en el sentido médico del término… Por medio de debilitar o destruir por completo el deseo por estar sano y poder trabajar, los seguros sociales crean enfermedad e incapacidad laboral; ello genera el hábito de quejarse-que en sí constituye una neurosis-y neurosis de otros tipos… Como institución social, ésta hace que la gente enferme de cuerpo y mente, o al menos contribuye a multiplicar, alargar e intensificar la enfermedad… Los seguros sociales han hecho de esta manera de la neurosis del asegurado una peligrosa enfermedad pública. Si esta institución se extiende y desarrolla la enfermedad se esparcirá. Ninguna reforma nos puede asistir aquí. No podemos debilitar o destruir el deseo por estar sano sin producir enfermedades.[iv]

No deseo explicar aquí el sinsentido económico de la idea si cabe más absurda de las políticas proteccionistas de Buchanan y sus teóricos (de proteger el salario de los americanos). Si estos tuvieran razón, sus argumentos a favor del proteccionismo económico equivaldrían a una acusación para todo comercio y una defensa de la tesis de que cada familia estaría en mejor situación si nunca hubiera comerciado con nadie. No cabe duda de que, en este caso nadie podría perder su trabajo o temer al desempleo, pues la competencia “desleal” se reduciría a cero.

Sin embargo, tal sociedad carente de desempleo nunca será fuerte o próspera; ésta se compondría de gente (familias) que, a pesar de trabajar de sol a sol, estará condenada a la pobreza y el hambre. El proteccionismo internacional de Buchanana, si bien menos destructivos que una política interpersonal de proteccionismo entre regiones, habría de tener precisamente el mismo efecto. Esto no es conservadurismo (los conservadores quieren que las familias permanezcan fuertes y prósperas). Esto es más bien destructivismo económico.

En cualquier caso, lo que debería quedar ya claro es que la mayoría, sino toda, de la degeneración y declive cultural-que son signos de involución-que nos rodea constituye el resultado inevitable del estado del bienestar y sus principales instituciones. Los conservadores clásicos de viejo cuño ya sabían esto, y se opusieron de forma vigorosa a la educación pública y la seguridad social. Estos sabían que los estados tenían la intención de destruir y descomponer a la familia junto con las instituciones y capas jerárquicas de autoridad que constituyen el desarrollo natural de comunidades de base familiar para poder consolidar y asentar su propio poder. Estos sabía que para poder lograrlo los estados tendrían que tomar ventaja del espíritu de rebeldía natural en los adolescentes (jóvenes) contra la autoridad parental. Así como también sabían que la educación estatal y socialización de la responsabilidad constituían en verdad los medios de lograr este objetivo.

La educación y seguridad social provén al adolescente de una válvula de escape frente a la autoridad parental (no tener que pagar por las consecuencias de los malos comportamientos). Los conservadores de vieja escuela sabían que este tipo de políticas emanciparían a los individuos de las disciplinas impuestas por las familias y los estilos de vida sociales para someterlos al inmediato control del Estado.

Además, estos sabían, o por lo menos intuían, que esto llevaría a la sistemática puerilización de la sociedad-una regresión, emocional y mental, desde la madurez a la adolescencia y la niñez.

En contraste, el conservadurismo proletariado y populista de Buchanan-el nacional socialismo-muestra una completa ignorancia por todo esto. Combinando el conservadurismo cultural y el estado del bienestar estatista es imposible, y por ello, un sinsentido económico. Cualquier forma de estatismo del bienestar genera decadencia moral y declive cultural. De esta manera, si uno tiene en verdad esta preocupación por la decadencia moral americana y quiere restaurar la normalidad en la sociedad y la cultura, uno debe oponerse a todos los aspectos del estado moderno del bienestar. Una vuelta a la normalidad requiere ni más ni menos que una completa eliminación del presente sistema de seguridad social: de seguros de desempleo, seguridad social, Medicare, Medicaid, educación pública, etc.-y así la completa disolución y deconstrucción del aparato y poder del Estado. Si uno fuera a restaurar la normalidad algún día, los fondos de gobierno y el poder han de disminuir o incluso decaer a los niveles del siglo XIX. Es así que los verdaderos conservadores han de ser firmes libertarios (anti-estatistas). El conservadurismo de Buchanan es falso: este quiere restaurar la normalidad pero al mismo tiempo aboga por mantener en sitio las mismas instituciones responsables de la decadencia de la moral tradicional.

La mayoría de conservadores, pues, especialmente entre los queridos de los medios de comunicación, no son conservadores sino socialistas-bien del tipo internacionalista (los nuevos estatistas y neocons del estado del bienestar/guerra y los social demócratas globales) o bien de la variedad nacionalista (los buchanitas populistas). Los conservadores de verdad deben oponerse a ambos. Para poder restaurar las normas sociales y culturales, los verdaderos conservadores sólo pueden ser libertarios radicales, y estos deben de demandar la demolición-por distorsionadora de la economía-de todo el aparato y estructura del intervencionismo estatal.


[i] On contemporary American conservatism see in particular Paul Gottfried, The Conservative Movement, rev. ed. (New York: Twayne Publishers, 1993); George H. Nash, The Conservative Intellectual Movement in America (New York: Basic Books, 1976) Justin Raimondo, Reclaiming the American Right: The Lost Legacy of the Conservative Movement (Burlingame, Calif.: Center for Libertarian Studies, 1993); see further also chap. 11.

[ii] Samuel T. Francis, “From Household to Nation: The Middle American populism of Pat Buchanan,” Chronicles (March 1996): 12-16; ver también idem, Beautiful Losers:Essays on the Failure of American Conservatism (Columbia: University of Missouri Press, 1993); idem, Revolution from the Middle (Raleigh, N.C.: Middle American Press, 1997).

[iii] Ludwig von Mises, Human Action: A Treatise on Economics, Scholar’s Edition (Auburn, Ala.: Ludwig von Mises Institute, 1998), p. 67. “Princes and democratic majorities,” writes Mises, “are drunk with power. They must reluctantly admit that they are subject to the laws of nature. But they reject the very notion of economic law. Are they not the supreme legislators? Don’t they have the power to crush every opponent? No war lord is prone to acknowledge any limits other than those imposed on him by a superior armed force. Servile scribblers are always ready to foster such complacency by expounding the appropriate doctrines. They call their garbled presumptions “historical economics.”

[iv] Ludwig von Mises, Socialism: An Economic and Sociological Analysis (Indianapolis, md.: Liberty Fund, 1981), pp. 43 1-32.


Publicado originalmente el 4 de marzo de 2005. Traducido del inglés por Jorge A. Soler Sanz. El artículo original se encuentra aquí.

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