Los muchos errores de David Ricardo

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[Este ensayo es una adaptación de An Austrian Perspective on the History of Economic Thought (1995)]

Aunque Ricardo admitía formalmente que la oferta y la demanda determinan los precios cotidianos, dejó esta idea de lado como si no tuviera consecuencias. (…) Ricardo desechó bruscamente la utilidad como necesaria en último término para la producción, pero sin influencia alguna en el valor o el precio. En la “paradoja del valor” aceptaba el valor del intercambio y abandonaba completamente la utilidad. No solo eso: descartaba franca y audazmente cualquier intento de explicar los precios de los bienes que no son reproducibles, que no podrían aumentar en oferta por el empleo de trabajo. Aquí Ricardo simplemente renuncia a cualquier intento de explicar los precios de bienes como pinturas, que tienen una oferta y no pueden aumentarse. En resumen, Ricardo abandonaba cualquier intento de una explicación general de los precios del consumo. Hemos llegado a la edad adulta de la teoría del valor trabajo ricardiana (y marxista).

El mundo sombrío de Ricardo

Ahora está completo el sistema ricardiano. Los precios de los bienes se determinan por sus costes, es decir, por la cantidad de horas de trabajo que encarnan, trivialmente más la tasa uniforme de beneficio. En concreto, como el precio de cada bien es uniforme, equivaldrá al coste de producción sobre el terreno de cultivo de coste más alto (es decir, con renta cero) o marginal. En resumen, el precio lo determinará el coste, es decir, la cantidad de horas de trabajo sobre el terreno de renta cero usado para trabajar en el producto. Con el paso del tiempo y el aumento de la población, deben ponerse en uso terrenos cada vez peores, así que el coste de producir grano continúa aumentando. Lo hace porque la cantidad de horas de trabajo necesarias para producir grano sigue aumentando, ya que el trabajo debe utilizarse sobre terrenos cada vez más pobres. Como consecuencia, el precio del grano sigue aumentando. Como los salarios se mantienen siempre justamente en el nivel de subsistencia (el coste del grano creciente) por la presión de la población, esto significa que los salarios monetarios deben continuar aumentando con el tiempo para que los salarios reales mantengan el ritmo con el siempre creciente precio del grano. Los salarios deben aumentar con el tiempo y por tanto los beneficios deben mantenerse a la baja hasta que sean tan bajos que se llegue al estado estacionario.

El sistema de Ricardo es al tiempo sombrío y abundante en conflictos de clase supuestamente propios del mercado libre. Primero, hay un conflicto tautológico, porque, dado el total fijo, las participaciones en la renta de un macro-grupo solo pueden aumentar a costa del otro. Pero lo que pasa en el mercado en el mundo real es que la producción generalmente aumenta, así que la tarta total tiende a seguir aumentando. Y, segundo, si nos centramos en factores individuales y en cuánto ganan, como hace la posterior teoría de la productividad marginal (y como hizo J.B. Say), entonces cada factor tiende a ganar su producto marginal y no necesitamos ni siquiera preocuparnos con las supuestas pero inexistentes leyes y conflictos de distribución de renta de marco-clases. Ricardo mantuvo infaliblemente su ojo en el problema (o más bien en los problemas) radicalmente erróneo.

Ricardo lleva a Marx

Pero aquí hay más conflicto de clase incluso que el que implica la macro-aproximación tautológica de Ricardo. Pues si el valor es el producto solamente de las horas de trabajo, entonces es fácil para Marx, que después de todo era un neo-ricardiano, calificar a todos los retornos del capital deducciones explotadoras de todo el producto del ‘trabajo’. La llamada socialista ricardiana a entregar todo el producto del trabajo se deduce directamente del sistema ricardiano, aunque Ricardo y los demás ricardianos ortodoxos no dieron por supuesto ese salto. Ricardo habría contestado que el capital representa trabajo encarnado o paralizado, pero Marx lo aceptaba y simplemente respondía que todos los productores laborales de capital o trabajo paralizado, deberían obtener su completo retorno. De hecho, ninguno tenía razón: si queremos considerar a los bienes de capital como algo paralizado, tendríamos que decir, con el gran austriaco Böhm-Bawerk, que el capital es trabajo y tierra y  tiempo paralizados. Así que el trabajo obtendría salarios, la tierra obtendría renta y el interés (o los beneficios a largo plazo) serían el precio del tiempo.

Los analistas recientes, en un intento de mitigar la crudeza de la mentira de la teoría del valor trabajo de Ricardo, han mantenido, como en el caso de Smith pero incluso en mayor grado, que no estaba intentando tanto explicar la causa del valor y el precio, sino medir los valores a lo largo del tiempo y el trabajo se consideraba una medición invariable del valor. Pero esto apenas mitiga los defectos de Ricardo; por el contrario, añade a las mentiras y vaguedades del sistema ricardiano otra importante: la vana búsqueda de una quimera inexistente de la invariabilidad.

La quimera de la invariabilidad del valor

Pues lo valores siempre fluctúan y no hay una base invariable y fija del valor a partir de la cual puedan medirse otros cambios de valor. Así, al rechazar la definición del valor de un bien como su poder adquisitivo de otros bienes en intercambio, Ricardo buscaba la entidad invariable, el poder inamovible:

Un franco no es una medición del valor de nada, sino de una cantidad del mismo metal del que se hacen los francos, salvo que los francos y lo que ha de medirse, puedan referirse a alguna otra medición que sea común a ambos. Creo que puede ser así, porque ambos son el resultado del trabajo y, por tanto, el trabajo es una medida común, por la que puede estimarse su valor real, así como relativo.

Podría señalarse que ambos productos son el resultado de capital, tierra, ahorro y emprendimiento, así como de trabajo y que, en cualquier caso, sus valores no son comparables, salvo en términos de poder adquisitivo relativo, como había mantenido Say en realidad. (…)

La lucha de clases implícita en la teoría del valor del Ricardo

Una lucha de clases aún más fuerte y más directa que la implícita en la teoría del valor trabajo deriva de la aproximación de Ricardo a los terratenientes y la renta de la tierra. Los terratenientes están obteniendo sencillamente el pago por el poder de la tierra, que al menos en las manos de muchos de los seguidores de Ricardo, significaba un retorno injusto. Además, la visión sombría del futuro de Ricardo sostenía que la mano de obra debía mantenerse al nivel de subsistencia, los capitalistas debían ver sus beneficios cayendo inevitablemente, yéndoles a los dos clases tan mal como siempre (trabajo) o siempre peor (capital), mientras que los terratenientes ociosos e inútiles siguen aumentando inexorablemente su porción de bienes mundanos. Las clases productivas sufren, mientras que los ociosos terratenientes, aprovechando los poderes de la naturaleza, se benefician a costa de los productores. Si Ricardo implica Marx, implica mucho más directamente Henry George. El fantasma de la nacionalización de la tierra o el impuesto único que absorba toda la renta de la tierra derivan directamente de Ricardo.

Ricardo y los terratenientes

Una de las grandes falacias de la teoría ricardiana de la renta es que ignora el hecho de que los terratenientes llevan a cabo una función económica vital: asignan la tierra a su uso mejor y más productivo. La tierra no se asigna a sí misma, debe asignarse y solo quienes obtengan un rédito de dicho servicio tienen el incentivo o la capacidad de asignar diversas parcelas de terreno a sus usos más rentables y por tanto más productivos y económicos.

El propio Ricardo no llegó a la expropiación pública de la renta de la tierra. Su solución a corto plazo fue reclamar la rebaja del arancel sobre el grano o incluso abolir completamente las Leyes del Grano. El arancel del grano mantenía alto el precio de este y aseguraba que se cultivara el terreno cerealista nacional inferior y de alto coste. Abolir las Leyes del Grano permitiría a Inglaterra importar grano barato y posponer así durante un tiempo el uso de terrenos inferiores y de alto coste. Los precios del grano serían inferiores por un tiempo, los salarios monetarios serían por tanto inmediatamente inferiores y los beneficios aumentarían, sumándose a la acumulación de capital. El temido estado estacionario se situaría más lejos en el horizonte. La otra acción anti-terratenientes de Ricardo era política: al entrar en el parlamento uniéndose a Mill y los demás radicales benthamitas en la reclamación de una reforma democrática, Ricardo esperaba pasar el poder político del brazo de la aristocracia, lo que significaba en la práctica la oligarquía terrateniente, a la masa del pueblo.

El resultado lógico del sistema ricardiano: El impuesto a los terrenos

Pero si Ricardo era demasiado individualista o demasiado timorato como para aceptar las consecuencias lógicas completas del sistema ricardiano, James Mill está claro que no. James Mill fue el primer ‘georgista’ eminente, que reclamaba franca y entusiásticamente un solo impuesto sobre la renta de la tierra. En su alto cargo en la Compañía de las Indias Orientales, Mill se sentía capaz de influir en las políticas públicas indias.

Antes de obtener este cargo, Mill había presumido como era habitual en él de haber escrito y publicado una enorme Historia de la India británica (1817) sin haber estado nunca en ese país o saber ningún idioma indio. Empapado de la visión desdeñosa de que India estaba completamente sin civilizar, Mill defendía un único impuesto ‘científico’ sobre la renta de la tierra. Mill estaba convencido como ricardiano de que un impuesto sobre la renta de la tierra no era un impuesto a un coste y por tanto no reduciría el incentivo para proporcionar ningún bien o servicio productivo. Por tanto un impuesto sobre la renta de la tierra no tendría ningún mal efecto en la producción: solo tendría el efecto de eliminar las ganancias injustas de los terratenientes. ¡En la práctica, un impuesto sobre la renta de la tierra no sería ningún impuesto en absoluto! El impuesto sobre la tierra podría llegar e incluir el 100% del producto social causado por la diferencia en fertilidad del suelo. El estado, según Mill, podría entonces usar esta impuesto sin coste para la mejora pública y en buena parte para la función de mantener la ley y el orden en India.

Y aun así Ricardo promovía el laissez-faire

Ahora vemos las perniciosas implicaciones de la visión incorrecta de que cualquier parte del gasto de producción, de alguna forma, desde un punto de vista holístico o social,  no es ‘realmente’ una parte del coste. Pues si un gasto no es parte del coste, en cierto modo no es necesario para la contribución del factor a la producción. Y por tanto esta renta puede confiscarse por parte del gobierno sin efectos adversos. A pesar del profundo pesimismo de Ricardo acerca de la naturaleza y consecuencias del mercado libre, se aferraba extrañamente, y más firmemente que Adam Smith, al laissez-faire. Probablemente la razón fuera su fuerte convicción de que prácticamente cualquier tipo de intervención pública  solo podía empeorar las cosas. Los impuestos deberían ser los mínimos, pues todos obstaculizan la acumulación de capital y lo desvían de sus mejores usos, igual que los aranceles a las importaciones. Las leyes de pobres (sistemas de bienestar) solo empeoran las presiones poblacionales maltusianas sobre los salarios. Y como seguidor de la ley de Say, se oponía a las medidas públicas para estimular el consumo, así como a la deuda pública. En general Ricardo declaraba que lo mejor que puede hacer el gobierno para estimular el máximo desarrollo de la industria era eliminar los obstáculos al crecimiento que había creado el propio gobierno.


Publicado originalmente el 12 de diciembre de 2014. Traducido del inglés por Mariano Bas Urible. El artículo original se encuentra aquí.

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