Lo que un Berlín dividido sigue enseñándonos hoy

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[De A Theory of Socialism and Capitalism, publicado por primera vez en 1989, poco antes de la caída del Muro de Berlín]

El caso de Alemania Occidental y Oriental es particularmente instructivo. Aquí la historia nos ofrece un ejemplo que llega tan cerca de ese experimento social controlado como uno pueda esperar ver. Una población bastante homogénea, compartiendo en buena parte la misma historia, cultura, estructura de carácter, ética laboral, dividida después de la derrota de la Alemania de Hitler en la Segunda Guerra Mundial.

En Alemania Occidental, más debido a circunstancias afortunadas que a la presión de la opinión pública, se ha adoptado una notable economía de libre mercado, se abolió de un solo golpe el sistema previo de controles de todos los precios y se implantó una libertad casi completa de movimiento, comercio y ocupación. En Alemania Oriental, por el contrario, bajo el dominio de la Rusia soviética, se implantó la socialización de los medios de producción, es decir, una expropiación de los anteriores propietarios privados. Dos marcos institucionales diferentes, dos estructuras diferentes de incentivos han sido aplicados por tanto a la misma población. La diferencia en los resultados es impresionante. Aunque ambos países van bien en sus bloques respectivos, Alemania Occidental tiene el mayor nivel de vida entre las grandes naciones de Europa Occidental y Alemania Oriental se enorgullece de ser el país más rico del bloque oriental.

El nivel de vida en Occidente es tan superior y se ha hecho tan relativamente mayor con el tiempo que, a pesar de la transferencia de considerables cantidades de dinero de oeste a este por el gobierno, así como por ciudadanos privados y de las crecientes políticas socialistas en Occidente, que el visitante que va del oeste al este se ve sencillamente impactado al entrar en un mundo empobrecido casi completamente diferente. Por cierto, que mientras que todos los países de Europa Oriental tienen el problema de la emigración de gente que quiere mudarse al Occidente capitalista más próspero con sus mayores oportunidades y aunque todos hayan establecido gradualmente controles fronterizos más estrictos, convirtiendo a estos países en una especie de gigantescos campos de prisioneros para impedir este salida, el caso de Alemania es el más chocante. Con diferencias idiomáticas, tradicionalmente la barrera natural más importante para los emigrantes, inexistentes, la diferencia en los niveles de vida entre las dos Alemanias resultaba ser tan grande y la emigración del este al oeste tomó tales proporciones, que en 1961 el régimen socialista en Alemania Oriental, en un paso desesperado, finalmente tuvo que cerrar completamente sus fronteras con Alemania Occidental. Para mantener dentro la población, tuvo que construir un sistema nunca visto en el mundo de muros, alambre de espino, vallas electrificadas, campos de minas, armas automáticas, torres de vigilancia, etc., de casi 900 millas de largo, para el único fin de impedir que su gente huyera de las consecuencias del socialismo al estilo ruso.

Aparte de servir de ejemplo, el caso de las dos Alemanias, debido a su carácter similar a un experimento, resulta ser particularmente útil en ilustrar la verdad del resto de las conclusiones deducidas teóricamente. Mirando posiciones sociales comparables, en casi ningún lugar de Alemania occidental se encontrará gente trabajando tan poco, tan lentamente o tan negligentemente (¡aunque las horas de trabajo, más altas en el este, están por supuesto reguladas!) como sus equivalentes orientales. Es verdad que no es debido a ninguna supuesta diferencia en mentalidad o ética laboral, ya que ambas son prácticamente lo mismo históricamente, sino debido a que el incentivo para trabajar se ve reducido considerablemente por un esquema político que cierra en la práctica todos o la mayoría de los espacios a la inversión privada. El trabajo efectivo en Alemania Oriental es más probable que se encuentre en la economía clandestina. Y en respuesta a los diversos desincentivos para trabajar, y en particular para trabajar en la economía “oficialmente” controlada, hay también una tendencia entre los alemanes orientales a alejarse de la vida pública y destacar la importancia de la privacidad, la familia, parientes y amigos y relaciones personales, excediendo significativamente lo que se ve en Occidente.

Hay asimismo amplias evidencias de malas asignaciones, tal y como la teoría llevaría a esperar. Mientras que el fenómeno de factores productivos que no se usan (al menos no continuamente) sino que están simplemente inactivos porque faltan factores complementarios puede observarse por supuesto en Alemania Occidental, en la Oriental (y, repito, en el caso alemán no es indudablemente debido a diferencia en talentos organizativos) se observa en todas partes como una característica permanente de la vida. Y mientras que normalmente en el oeste resulta bastante difícil y requiere un talento empresarial especial, el apuntar cambios en el uso de ciertos medios  de producción para que generen una mejora general en la producción de bienes de consumo, esto es relativamente fácil en los países del bloque del este. Casi todos los que trabajan en Alemania Oriental conocen muchas formas de disponer los medios de producción para usos más urgentes de los que se están apuntando, donde evidentemente se están desperdiciando y causan escasez de otros bienes mucho más demandados. Pero como no son capaces de conseguirlos y deben en su lugar seguir tediosos procedimientos políticos para iniciar cualquier cambio, no puede en realidad hacerse mucho ni se hace.

La experiencia también corrobora lo que se ha dicho acerca de la otra cara de la moneda: la sobreutilización de medios de producción de propiedad pública. En Alemania Occidental esos bienes públicos también existen y, como cabría esperar, están en un relativo mal estado. Pero en Alemania Oriental, no de forma diferente o de hecho incluso peor en otros países de dominio soviético, donde todos los factores de producción de propiedad social, se mantienen insuficientemente, se deterioran, quedan sin reparar, se oxidan, incluso factores de producción, maquinaria y edificios vandalizados están verdaderamente incontrolados. Además, la crisis ecológica es mucho más acusada en el este, a pesar del estado relativamente subdesarrollado de la economía en general, que en el oeste (y todo esto no es, como demuestra claramente el caso de Alemania, porque haya diferencias en la inclinación “natural” de la gente a preocuparse y tener cuidado.

Finalmente, con respecto a los cambios predichos teóricamente en la estructura social y personal, las quejas sobre los superiores son, por supuesto, un fenómeno muy común en todas partes. Pero en los países de socialismo del estilo ruso, donde la asignación de cargos en la jerarquía de encargados es y debe ser un asunto completamente político, es quejas sobre superiores completamente incompetentes, no cualificados y ridículos, aunque no se voceen más alto, sonmás frecuentes, más graves y mejor fundadas y la gente decente se ve arrastrada más a menudo a la desesperación o el cinismo como consecuencia. Y como alguna gente de Alemania Oriental sigue yendo a Alemania Occidental en una edad en la que sigue siendo fuerza laboral, algunos escapando, pero más frecuentemente debido a una especie de rescate que se paga por ellos, existe también suficiente material para ilustrar la conclusión de que a largo plazo una economía socializada reducirá las capacidades productivas de la gente. Entre quienes van al oeste hay un número importante de quienes llevaban vidas productivas normales en el este, pero que, a pesar de la ausencia de cualquier barrera idiomática o cultural, resultan ser incapaces o tienen las mayores dificultades para adaptarse a la sociedad occidental con su mayor demanda de habilidades y espíritus productivos y competitivos.


Publicado el 13 de noviembre de 2014. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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