Guerra y conflicto de clase

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[Adaptado de “ Imperialism and the Logic of War Making”]

Todos los gobiernos pasados y presentes, independientemente de su organización formal, implican el gobierno de muchos por pocos. En otras palabras, todos los gobiernos son fundamentalmente oligárquicos. Hay dos razones. Primero, los gobiernos son organizaciones improductivas y solo pueden subsistir extrayendo bienes y servicios de la clase productiva en su dominio territorial. Así que la clase dirigente debe seguir siendo una minoría de la población si van a extraer continuamente recursos de sus súbditos o ciudadanos. La genuina “regla de la mayoría” es imposible de una manera permanente, porque ocasionaría un colapso, ya que los tributos e impuestos expropiados por los numerosos gobernantes privarían de los recursos necesarios para sostenerse y reproducirse a la minoría dedicada a actividades productivas pacíficas. La regla de mayoría acabaría produciendo un conflicto violento entre facciones de la clase dirigente previa que acabaría con un grupo estableciendo un gobierno oligárquico y explotando económicamente a sus antiguos confederados.

El segundo factor que hace inevitable en la práctica el gobierno oligárquico está relacionado con la ley de la ventaja comparativa. La tendencia hacia la división del trabajo y la especialización, basada en las dotes desiguales de habilidades existe en todos los sectores de la actividad humana. Solo una pequeña parte de la población es apropiada para jugar profesionalmente al fútbol o dar consejos financieros, así que una fracción diminuta de la población tiene a ser excelente en ejercer el poder coactivo. Como resumía un escritor esta Ley de Hierro de la Oligarquía: “[En] todos los grupos humanos de todos los tiempos hay unos pocos que gobiernan y unos muchos que son gobernados”.[1]

La naturaleza inherentemente improductiva y oligárquica del gobierno asegura así que todas las naciones bajo gobierno político se dividen en dos clases: una clase productiva y una clase parasitaria o, en la apropiada terminología del teórico político estadounidense John C. Calhoun, “pagadores de impuestos” y “consumidores de impuestos”.

El rey y su corte, lo políticos electos y sus aliados burocráticos y de intereses especiales, el dictador y sus aparatchiks del partido, estos son históricamente los consumidores de impuestos y, no por coincidencia, los belicistas. La guerra tiene una serie de ventajas para la clase dirigente. Primera y principal, la guerra contra un enemigo extranjero oculta el conflicto de clases que se está produciendo en el interior, en el que la clase gobernante minoritaria absorbe coactivamente los recursos y rebaja los niveles de vida de la mayoría de la población, que produce y paga impuestos. Convencidos de que sus vidas y propiedad se aseguran frente a una amenaza extranjera, los explotados contribuyentes desarrollan una “falsa conciencia” de solidaridad política y económica con sus gobernadores domésticos. Una guerra imperialista contra un estado extranjero débil, por ejemplo, Granda, Panamá, Haití, Iraq, Afganistán, Irán, etc. es especialmente atractiva para la clase dirigente de una nación poderosa como Estados Unidos, porque minimiza el coste de perder la guerra y ser desplazada por una revolución interna o por los dirigentes del estado extranjero victorioso.

Una segunda ventaja de la guerra es que proporciona a la clase dirigente una oportunidad extraordinaria de intensificar su explotación económica de los productores nacionales mediante impuestos de emergencia de guerra, inflación  monetaria, reclutamiento obligatorio y similares. La clase productiva generalmente sucumbe a estas crecientes depredaciones en su renta y riqueza con algunas quejas pero poca resistencia real, porque está convencida de que sus intereses se aúnan con los de los belicistas. Asimismo, al menos a corto plazo, la guerra moderna parece proporcionar prosperidad a mucha de la población civil, porque se financia en buena parte con creación de dinero.

Así llegamos a una verdad universal y praxeológica acerca de la guerra. La guerra fue el resultado de un conflicto de clase propio de la relación policía: la relación entre gobernante y gobernado, parásito y productor, consumidor de impuestos y pagador de impuestos: La clase parasitaria hace la guerra con el fin y la determinación de ocultar e incrementar su explotación de la mucho mayor clase productiva. Puede asimismo recurrir a hacer la guerra para eliminar la creciente disensión entre miembros de la clase productiva (libertarios, anarquistas, etc.), que se han hecho conscientes de la naturaleza esencialmente explotadora de la relación política y se han convertido en una gran amenaza para propagar esta idea a las masas al hacerse más baratos y accesibles los medios de comunicación, por ejemplo, autoedición, radio AM, televisión por cable, Internet, etc. Además, el conflicto entre gobernante y gobernado es una condición permanente. Esta verdad se refleja (quizá medio inconscientemente) en el viejo dicho que iguala muerte e impuestos y las dos características inevitables de la condición humana.

Así que un estado permanente de guerra o de preparación para la guerra es óptimo desde el punto de vista de la élite gobernante, especialmente uno que controle un estado grande y poderoso. Tomemos como ejemplo el actual gobierno de EEUU. Gobierna una economía relativamente populosa, rica y progresista, de la que puede extraer botines de saqueo cada vez mayores sin destruir la clase productiva. Sin embargo, está sometido al temor real y duradero de que antes o después los estadounidenses productivos llegarán a reconocer la carga continuamente creciente de impuestos, inflación y regulación como lo que realmente es: simple explotación. Así que el gobierno de EEUU, el mega-estado más poderoso de la historia, está dirigido por la misma lógica de la relación política en busca de una política de guerra permanente.

Desde “La guerra que hará al mundo seguro para la democracia” a “La guerra para acabar con todas las guerras” a “La guerra Fría” y hasta la actual “Guerra contra el terrorismo”, las guerras libradas por los gobernantes de EEUU en el siglo XX han pasado de guerras episódicas restringidas as teatros y enemigos bien definidos a una guerra sin límites espaciales o temporales contra un enemigo incorpóreo llamado “terrorismo”. Un nombre más apropiado para esta guerra forzada neoconservadora implicaría un simple cambio de preposición a una “Guerra del terrorismo”, porque el estado estadounidense está aterrorizado por que los estadounidenses productivos y cotidianos puedan algún día levantarse y acabar con estas depredaciones masivas a sus vidas y propiedades y quizá con la propia clase dirigente estadounidense.

Entretanto, la Guerra contra el Terrorismo es una guerra imperialista con un final abierto cuyas características no llegaron a soñar los antiguos belicistas infames, desde los patricios roanos a los nacionalsocialistas alemanes. El economista Joseph Schumpeter fue uno de los pocos no marxistas que entendió que el estímulo primario para una guerra imperialista es la inevitable guerra de intereses entre gobernantes y gobernados. Hablando de uno de los primeros mega-estados, la Roma imperial, como ejemplo, Schumpeter escribía:

He aquí el ejemplo clásico (…) de esa política que simula aspirar a la paz pero genera guerra infaliblemente, la política de preparación continua para la guerra, la política del intervencionismo entrometido. No hay rincón del mundo conocido en el que no se alegara que algún interés estaba en peligro o bajo un ataque real. Si los intereses no eran romanos, eran los de los aliados de Roma y si Roma no tenía aliados, se inventaban los aliados. Cuando era completamente imposible inventar ese interés, bueno, entonces era el honor nacional el que se había insultado. La lucha siempre se investía de un aura de legalidad. Roma estaba siempre siendo atacada por vecinos malvados, siempre luchando por un espacio para respirar. Todo el mundo estaba plagado de grupos de enemigos y era evidentemente tarea de Roma defenderse contra sus ideas indudablemente agresivas. Eran enemigos que solo esperaban caer sobre el pueblo romano. [No puede] intentar comprenderse esta guerras de conquista desde el punto de vista de objetivos concretos. (…) Así que solo hay una vía para entenderlas: investigar los intereses internos de clase, la pregunta de quién gana. (…) Debido a su posición peculiar como marioneta democrática de políticos ambiciosos y como portavoz de una voluntad popular inspirada por los gobernantes [el proletariado romano] sí consiguió en beneficio del botín [de guerra]. Mientras hubo una buena razón para mantener la ficción de que la población de Roma constituía el pueblo romano y podía decidir los destinos del imperio, dependía en mucho de su buena disposición. (…) Pero repito, la misma existencia, en esos grandes números de este proletariado, así como de su importancia política, era la consecuencia de un proceso social que también explica la política de conquista. Pues esta era la relación causal: La ocupación de terrenos públicos y el robo de terrenos de campesinos formó la base de un sistema de grandes propiedades, operando extensivamente y con mano de obra esclava. Al mismo tiempo, los campesinos desplazados acabaron en las ciudades y los soldados permanecieron sin tierra, de ahí la política bélica.

Esta larga cita de Schumpeter describe vivamente cómo la expropiación de campesinos por la aristocracia gobernante creó una división de clases permanente e irreparable en la sociedad romana, que llevó a una política imperialismo irrestricto y guerra perpetua. Esta política estaba pensada para sumergir debajo de una marea de gloria nacional y botines de guerra el conflictos profundamente asentado de intereses entre proletarios expropiados y aristocracia territorial.

Democracia y guerra imperialista

El análisis de Schumpeter explica la propensión particularmente fuerte de los estados democráticos a dedicar a hacer guerras imperialistas y por qué la Era de la Democracia ha coincidido con la Era del Imperialismo. El término “democrático” se usa aquí en el sentido amplio que incluye “democracias totalitarias” controladas por “partidos” como el Partido Nacional Socialista de los Trabajadores en Alemania y el Partido Comunista en la Unión Soviética. Estos partidos políticos, en oposición a los movimientos puramente ideológicos, se crearon durante la era de la democracia nacionalista de masas que se inició a finales del siglo XIX.[2]

Como las masas en una política democrática están profundamente imbuidas por la ideología del igualitarismo y el mito del gobierno de la mayoría, las élites dirigentes que controlan y se benefician del estado reconocen la absoluta importancia de ocultar a las masas su naturaleza oligárquica y explotadora. Hacer la guerra continuamente a enemigos extranjeros es una forma perfecta de disfrazar la lucha desnuda de intereses entre las clases de pagadores y consumidores de impuestos.


[1] Arthur Livingston, Prólogo, en Gaetano Mosca, The Ruling Class: Elementi di Scienza Politica, ed. Arthur Livingston, trad. Hannah D. Kahn (Nueva York: McGraw-Hill Book Company, 1939), p. x. Sobre la Ley de Hierro de la Oligarquía, ver tambien Murray N. Rothbard, For a New Liberty: The Libertarian Manifesto, 2ª ed. (San Francisco: Wilkes & Fox, 1996), pp. 45–69.

[2] Sobre el concepto de “democracia totalitaria”, ver J.L. Talmon, The Origins of Totalitarian Democracy (Nueva York: W. W. Norton & Company, Inc., [1951] 1970).Mi concepción de democracia totalitaria difiere  de la de Talmon, porque él aplica el término solo al “totalitarismo de la izquierda”, pero no al “totalitarismo de la derecha” (ibíd., pp. 6-8).


Publicado el 11 de noviembre de 2014. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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