La política de los acuerdos de “libre” comercio

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Entre las noticas de la prolongada recesión mundial, las nuevas huelgas en el sector aéreo, los intentos de secesión y el cambio climático, el comercio internacional (que en 2008 sufrió la crisis más grande en la historia) ha estado en buena parte fuera del ojo público. Aun así, se nos ha dicho que no temamos: la Organización Mundial del Comercio, el principal cuerpo global de promoción del comercio multilateral, sigue atenta y es optimista en que los esfuerzos por la liberalización den fruto en un futuro cercano.

Tristemente, las esperanzas de la OMC no están justificadas: la Ronda de Doha de negociaciones comerciales empezó en 2001 e, incluso después de trece años, no está a la vista ningún éxito.

Tratando de ocuparse de las preocupaciones de la liberalización de los miembros menos desarrollados de la OMC, la Ronda de Desarrollo de Doha se suponía que culminaría en 2005 con un nuevo acuerdo comercial. El acuerdo previsto afectaba a la reducción de barreras comerciales en materias primas y servicios, así como un nuevo marco internacional para los derechos de propiedad intelectual. Pero al poco de empezar las negociaciones, los gobiernos de los países en desarrollo (India, Brasil, China y Sudáfrica) y las ONG empezaron a preocuparse por que las negociaciones internacionales fueran un obstáculo para la protección pública de sectores en desarrollo y la regulación de los servicios financieros. Después del fracaso de las negociaciones de Cancún en 2004, a los expertos en comercio les preocupaba que Doha no se completara en el plazo original, pero mantenían que las negociaciones continuarían. Sin embargo, las conversaciones llegaron a un punto muerto en 2006, 2009 y 2011, principalmente debido a diferencias en políticas agrícolas. EEUU y la UE incluso retiraron acuerdos previos para reducir el apoyo a las exportaciones y las subvenciones agrícolas, argumentando que no querían debilitar sus posiciones negociadoras tan pronto en la Ronda.

Los intentos de reconciliar desacuerdos entre países desde entonces han sido en buena parte en vano. Pero en diciembre de 2013, nuevos vientos de cola parecían impulsar la Ronda de Doha a orillas más favorables. La Conferencia Ministerial de Bali, que concluyó con la firme de un paquete de acuerdos sobre recaudación de aduanas comerciales y un programa de desarrollo post-Bali, se dijo que “logró lo que muchos creían imposible”: reunir a los 160 miembros de la OMC por primera vez en doce años. Pero aunque el paquete de Bali no tenga mucho que ver con el libre comercio (facilita la recaudación, pro no la reducción, de los tributos de aduana), el acuerdo seguía sin estar firmado por todos los miembros en julio de 2014. Esta vez la India vetó la ratificación para conseguir más poder negociador para el programa del primer ministro Modi de subvenciones a los alimentos nacionales. Reuters informaba de que “los diplomáticos comerciales en Ginebra han dicho que están ‘estupefactos’, ‘atónitos’ y ‘consternados’ y describen la postura de la India como ‘toma de rehenes’ y ‘suicida’”.

Quizá los comentaristas se habrían sorprendido menos si hubieran identificado el punto muerto de la negociación como solo el síntoma de una causa subyacente más importante: el interés nacional (léase: político) de todos los países en la mesa de negociación. El pan y la sal de los estados miembros de la OMC es el grado en que puedan invadir la empresa privada y controlar los mercados, tanto de productos como financieros. Bajo estas circunstancias, comprometerse a abrir sus fronteras al comercio internacional es simplemente palabrería. El libre comercio y la competencia socavarían las ventajas de los grupos nacionales de intereses y destrozarían la estructura de la intervención pública.

Como escribía Ludwig von Mises a Friedrich Hoenig, uno de sus corresponsales, en 1951:

Los representantes de EEUU de vez en cuando se permiten hablar de libre comercio. Es una pura ilusión. Las políticas agrarias de EEUU (precios paritarios, subvenciones, limitación de superficie cultivable) (…) se desplomarían de la noche a la mañana si se permitiera entrar libremente en el país importaciones extranjeras. ¿Se puede imaginar a la actual Inglaterra o a la actual Francia con un régimen de libre comercio? Cuanto más se acerca un país a un control completo de todas las actividades empresariales, más debe cerrarse a países extranjeros.

Cualquiera que lea los acuerdos comerciales actuales no se sorprenderían al descubrir que cada vez se centran menos en reducir los aranceles de importación y más en desarrollar las industrias nacionales, promoviendo exportaciones y asegurando un espacio para las políticas nacionales. Su verdadero propósito, una postura de proteccionismo de tercera vía, se oculta bajo términos vagos como ‘comercio más libre y justo’, ‘liberalización gradual’, ‘concesiones recíprocas’ o ‘paquetes de desarrollo’. Sin embargo, los beneficios del comercio internacional no residen en la moderación y el grado de reciprocidad. El verdadero libre comercio es una política sin barreras comerciales, a establecer unilateralmente por todos y cada uno de los países. Si a los mercados se les librara de la mano dura de los gobiernos, el comercio libre internacional le seguiría de un solo golpe.

La incompatibilidad propia entre el libre comercio y el creciente control público interno continuaría así entorpeciendo los sueños de los defensores de la OMC y el ideal más distante del libre comercia. Tristemente, los días dorados de Richard Cobden (quien, junto con Michel Chevalier, consiguieron persuadir al Parlamento Británico y al Emperador de Francia de gastar dinero en armamentos y buscar un acuerdo de libre comercio) hace tiempo que pasaron. Todo lo que hace falta para que florezca el comercio internacional es un sistema monetario sólido y la libertad de la empresa privada. Sin embargo, en un mundo en el que los estados tienen presupuestos ilimitados para campañas militares y control total de la oferta monetaria, la estructura burocrática en Ginebra solo servirá a intereses políticos.


Publicado el 7 de octubre de 2014. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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