La peor atrocidad del estado

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“La lámparas se apagan en toda Europa”, es conocido que dijo Sir Edward Grey en vísperas de la Primera Guerra Mundial. “No las volveremos a ver brillar en toda nuestra vida”.

La pasada semana hace 100 años que Austria-Hungría declaró la guerra a Serbia, poniendo en marcha la inexplicable calamidad que sus contemporáneos llamaron la Gran Guerra. Perecieron más de diez millones de personas, y según algunas estimaciones muchas más.

Los números, incluso los impactantes como este, apenas pueden reflejar la anchura y profundidad de la destrucción. La guerra fue una matanza continua de proporciones devastadoras. Decenas de miles perecieron en campañas que movieron el frente solo unos pocos metros. Fue la Primera Guerra Mundial la que nos dio el término “basket case”, refiriéndose a un cuádruple amputado. Otras herramientas de guerra ahora familiares se hicieron de uso común: la ametralladora, el tanque, incluso el gas venenoso. Pocas veces la maquinaria de destrucción sin sentido del estado ha tenido una exposición tan macabra.

El péndulo investigador ha vuelto en dirección a las atrocidades alemanas que realmente se cometieron en Bélgica, aunque quizá no tan repelentes como los relatos de bebés atravesados por bayonetas que se divulgaron a los estadounidenses al principio de la guerra. Por otro lado, un número enormemente mayor de alemanes, que se estima que llegan a los 750.000, murieron como consecuencia del bloqueo británico por hambre que violaba las normas establecidas desde hace mucho de comportamiento internacional, incluso en tiempo de guerra.

La maquinaria de propaganda del estado llegó a niveles nunca vistos. Pueblos enteros fueron sistemáticamente demonizados al servicio de los belicistas. Se abandonó el dinero fuerte para volver brevemente en un una forma restringida durante el periodo de entreguerras.

Es verdad que algunos socialistas se opusieron a la guerra, ya que enfrentaba a las clases trabajadoras del mundo entre sí. Otros, intoxicados por el espíritu del nacionalismo, abandonaron el socialismo (al menos en sus aspectos internacionalistas) y entraron con gusto en la guerra. Entre ellos: Benito Mussolini.

Y aun así, apenas hay una atrocidad que causen los estados que otro estado, en nombre de la paz, no pueda hacer indescriptiblemente peor.

La intervención por parte de Woodrow Wilson, contra los deseos de la mayoría de los estadounidenses (si no hubiera sido así, no habrían sido necesarios ni el reclutamiento obligatorio no la incesante propaganda fue una de las decisiones más catastróficas nunca tomadas por nadie. Puso en marcha una secuencia de acontecimientos cuyas consecuencias se notarían a lo largo del siglo XX.

Se puede hacer un alegato, no solamente factible, sino de hecho bastante convincente, de que en ausencia de la intervención de Wilson, to podría haberse evitado toda la serie de horrores del siglo XX. Sin una paz punitiva, que solo hizo posible la intervención de Wilson, los nazis no habrían tenido un electorado natural ni ninguna vía al poder. La Revolución Bolchevique, que tuvo éxito solo debido a la impopularidad de la guerra, podría no haber ocurrido si la promesa de la llegada de apoyo estadounidense no hubiera mantenido en marcha la guerra.

Incluso George Kennan, un pilar del establishment, admitía en retrospectiva: “Si hoy se ofreciera la posibilidad de volver a la Alemania de 1913, una Alemania gobernada por un pueblo conservador pero relativamente moderado, sin nazis ni comunistas, una Alemania vigorosa, llena de energía y confianza, capaz de desempeñar de nuevo un papel como equilibradora del poder ruso en Europa, en muchos aspectos no sonaría tan mal”.

Entretanto, el colapso turco, escribe Philip Jenkins, llevó a algunos musulmanes a buscar una base distinta sobre la que unificar y eso a su vez ha estimulado las formas más antiliberales del islam.

Vale, pero todos están contra la guerra, ¿no?

Si, más o menos todos hacen el somero asentimiento a la tragedia de la guerra de que la guerra es solo el último recurso y de que todos lamentan sinceramente tener que ir a la guerra.

Pero la guerra ha estado en el corazón de mucha ideología moderna. Durante años, Theodore Roosevelt había estado exultante ante la perspectiva de la guerra. La paz era para los débiles y flácidos. Las penurias de la guerra eran una escuela de disciplina y virilidad, sin la que las naciones degeneran. Los fascistas, a su vez, pedían a sus países que adoptaran el uso nacional de los patrones de la vida militar: reglamentación, limitaciones al disenso, la búsqueda común de un solo objetivo, la reverencia apropiada para El Líder, la subordinación de todas las demás fidelidades a favor de la lealtad al Estado y la prioridad del “interés público” sobre meros intereses privados.

Si la derecha fascista ha sido asociada correctamente con el militarismo, no es porque la izquierda haya estado menos dedicada a la violencia organizada. Robert Nisbet  escribía:

Napoleón fue el ejemplar perfecto de revolución, así como de guerra, no solo en Francia, sino prácticamente en toda Europa e incluso más allá. Marx y Engels fueron ambos agudos estudiosos de la guerra, apreciando profundamente sus propiedades con respecto al cambio institucional a gran escala. Desde Trotsky y su Ejército Rojo, hasta Mao y Chou En-Lai en China hoy, el uniforme del soldado ha sido el uniforme del revolucionario.

Por su parte, aquella gente que asociamos con el progresismo en Estados Unidos, con solo un puñado de excepciones, estaba abrumadoramente a favor de intervenir en la guerra. Estaban a favor no solo por el sentido bipartidista del derecho estadounidense que se remonta hast donde uno quiera mirar, pero también precisamente porque sabían que la guerra significaba un gobierno mayor y más intrusivo. Sabían que esto haría que la gente se acostumbrara a la idea de que podía ser reclamada para llevar a cabo el programa del Estado, fuera el que fuera.

Murray N. Rothbard  redactó la acusación a los progresistas sobre esto. Añadía que la visión habitual de los historiadores de que la Primera Guerra Mundial equivalía al fin del progresismo era exactamente la contraria: la Primera Guerra Mundial, con su planificación económica, el ímpetu que dio al crecimiento del gobierno y su desprecio por la propiedad privada y las preocupaciones mundanas de la vida burguesa, representaba la culminación de todo lo que representaba el movimiento progresista.

Por el contrario, la guerra es la misma negación del credo libertario. Interrumpe la división internacional del trabajo. Trata a los seres humanos como productos desechables al servicio de la ambición del Estado. Socava el comercio, el dinero fuerte y la propiedad privada. Genera un aumento del poder del Estado. Reclama sustituir los intereses privados de individuos libres por el gran esfuerzo nacional. Nos pide que simpaticemos, no con nuestros congéneres en el mundo, sino con el puñado de personas que resultan administrar el aparato estatal que nos gobierno. Se nos anima a agitar las banderas y cantar las canciones de nuestros expropiadores, mientras las pobres almas del otro lado hacen lo mismo.

En manos del comercio y el mercado, los frutos de la civilización capitalista mejoran los niveles de vida y sacan a la gente de la miseria. Pero no puede confiarse en la clase política para estas cosas buenas. El mismo éxito de la economía de mercado ha significado que los belicistas absorban más recursos. Como escribía Ludwig von Mises en Nation, State, and Economy (1919):

La guerra se ha convertido en más temible y destructiva que nunca porque ahora se libra con todos los medios una técnica altamente desarrollada que ha creado la economía libre. La civilización burguesa ha construido ferrocarriles y centrales eléctricas, ha inventado explosivos y aviones para crear riqueza. El imperialismo ha puesto las herramientas de la paz al servicio de la destrucción. Con medios modernos, sería fácil acabar con la humanidad de un solo golpe. En su horrible locura, Calígula deseaba que todo el pueblo romano tuviera una cabeza para poder cortarla. La civilización del siglo XX ha hecho posible para la delirante locura de los imperialistas modernos llevar a cabo sueños sangrientos similares. Presionando un botón, se puede exponer a la destrucción a miles. Era el destino de la civilización que fuera incapaz de mantener los medios externos que había creado fuera de las manos de aquellos que han permanecido extraños a su espíritu. Los tiranos modernos lo tienen mucho más fácil que sus predecesores.

Nada en el mundo es más fácil que oponerse a una guerra que acabó hace mucho. No hace falta valor real para estar en contra de la Guerra de Vietnam en 2014. Lo que requiere coraje es oponerse a una guerra mientras se está librando (cuando la propaganda y la intimidación al público están al máximo) o incluso antes de que estalle en primer lugar. Con la memoria de la catástrofe moral y material de la Primera guerra Mundial ante nosotros 100 años después, roguemos por que el Estado y sus pasatiempos violentos nunca nos vuelvan a engañar y explotar.


Publicado el 7 de agosto de 2014. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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