La histeria neomercantilista sobre los déficits comerciales de EEUU

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Uno de los peores efectos de la economía keynesiana moderna es que la aproximación del gasto total (“demanda agregada”) a la producción y el empleo proporciona una justificación pseudo-científica para el error esencial del mercantilismo, un error que se remonta al siglo XVI. Según esta antigua falacia, un déficit en l balanza de pagos de una nación genera una pérdida de demanda, renta y empleos. La doctrina a ha sido demolida una y otra vez por economistas durante los pasados dos siglos y medio. Aun así, la mítica ave fénix del mercantilismo renace de sus cenizas.

Hace unas pocas semanas, el Departamento de Comercio informaba de que el déficit comercial de EEUU aumentó a 47.200 millones de dólares en abril desde los 44.200 del mes anterior.[1] Este aumento de 3.000 millones desató las habituales terribles advertencias de condena económica de neomercantilistas keynesianos. Dean Baker co-director del Center for Economic Policy Research, por ejemplo, escribía:

Para recordar a los que nunca sufrieron un curso [keynesiano] de introducción u olvidaron su sufrimiento, un déficit comercial significa que la demanda generada en Estados Unidos se traslada al extranjero. El dinero gastado por empresas o consumidores está yendo a bienes y servicios producidos en Europa, México y China en lugar de en Estados Unidos. (…) Un mayor déficit comercial tiene las mismas implicaciones para la economía como recorte repentino en gasto de consumo o inversión empresarial. Significa menos demanda y menos empleos.[2]

Baker aprovecha este pequeño repunte en las cifras de la balanza comercial como una oportunidad para regurgitar el dogma mercantilista desacreditado por enésima vez. Utilizando cierta destreza estadística, prevé graves efectos del déficit comercial sobre el mercado laboral de EEUU:

Los datos de un solo me son erráticos, pero el déficit comercial medio a lo largo de los tres meses que van de febrero de abril suponen una tasa anual 85.000 millones de dólares mayor que el déficit comercial de los tres meses anteriores. Esto significa, en igualdad de condiciones, que 85.000 millones de dólares más de demanda generada en Estados Unidos estarían creando crecimiento y empleos en otros países y no en Estados Unidos. (…) Esta pérdida de demanda se traduciría en aproximadamente 700.000 empleaos. Este es el resultado de que consumidores y empresas trasladen su gasto de cosas producidas nacionalmente a bienes y servicios que obtenemos de otros países.[3]

Hay unos pocos problemas con el argumento de Baker. Primero, anualizando y sacando la media de los tres meses, Baker oculta dos hechos: (1) el déficit comercial para febrero-abril realmente solo fue 21.250 millones más alto que los tres meses previos y (2) su afirmación de que un aumento en el déficit de 85.000 millones de dólares se basa en extrapolar arbitrariamente estos datos a nueve meses en el futuro. Además, comparando el tamaño del déficit durante estos tres meses a los tres meses inmediatamente anteriores, Baker está escogiendo cuidadosamente los periodos que está comparando para hacer una proyección que está en desacuerdo con el reciente movimiento histórico en el déficit comercial. De hecho, si tomamos el periodo de dos años desde el fin de 2011 y el fin de 2013, obtenemos una imagen muy distinta: el déficit comercial ha estado cayendo continuamente con una ligera interrupción, de una tasa cuatrimestral de más de 140.000 millones a menos de 120.000 millones, lo que significa que en los pasados dos años de calendario el déficit comercial medio anual ha bajado en realidad en más de 40.000 millones de dólares.[4] La taimada apelación de Baker a las estadísticas está aún más clara cuando consideramos los datos en bruto, que muestran que los déficits comerciales para los años 2011-2013 fueron, respectivamente de 559.880 millones, 537.605 millones y 476.392 millones de dólares, una clara tendencia a la baja.[5] (Cómo siempre destacaba Murray Rothbard, los datos en bruto están siempre más cerca de la realidad que los “datos” que han estado sometidos a técnicas estadísticas de moda, como ajustes estacionales, medias trimestrales de movimiento, ponderación de cadenas, etc.).

Segundo, incluso si se produjera la tendencia proyectada por Baker, en igualdad de condiciones, no causaría ninguna pérdida neta de empleos en absoluto. Los que Baker y sus colegas neomercantilistas no entienden es que todo dólar en exceso de las exportaciones de EEUU que gasten los residentes de EEUU en importaciones de bienes y servicios del extranjero se gasta o bien por extranjeros en la compra de activos de EEUU, es decir, se invierte en acciones de EEUU, bonos, depósitos bancarios, inmuebles, capital físico o bien los usan los extranjeros para pagar intereses y dividendos debidos a residentes de EEUU que poseen activos extranjeros. En otras palabras, ni un solo dólar abandona EEUU como consecuencia del déficit comercial. Las cuentas corrientes en bancos de EEUU simplemente se transfieren de importadores de EEUU a exportadores extranjeros, que pueden venderlas o no en el mercado cambio de moneda. En cualquier caso, estos depósitos en dólares acaban transfiriéndose de vuelta a residentes en EEUU por extranjeros que quieren invertir en activos de EEUU o que tienen deudas con residentes en EEUU.

Tomemos como ejemplo el déficit comercial con China. Los exportadores chinos a EEUU no están interesados en ganar y guardar dólares que ni se usan en su país como medios de pago ni generan un rédito. Si no quieren usar estos dólares para comprar productos estadounidenses (o venderlos en el mercado de cambio de moneda para que lo hagan otros), entonces los usarán para invertir en activos de EEUU que se espera que generen intereses o beneficios. Así, en el pasado año, los inversores chinos han utilizado las ganancias netas de exportación de China para comprar campos de golf en todo EEUU, de California a Carolina del Norte. También han comprado hoteles Sheraton e inmuebles residenciales en la Costa Oeste, así como la cadena de cines AMC. Solo el año pasado, las inversiones chinas en negocios de EEUU se doblaron hasta 14.000 millones de dólares y se estima que han llegado a los 8.000 millones de dólares en los tres primeros meses de este año.[6] Por supuesto, además, los chinos continúan invirtiendo dólares en acumular activos financieros de EEUU que generan intereses y dividendos.

El neomercantilista responde a esto argumentando que las compras extranjeras de activos financieros y activos reales (existentes) de EEUU no reemplaza el gasto disminuido en bienes y servicios actualmente producidos en EEUU que se “esfumaron” con el déficit comercial. Pero esto se basa en la desacreditada doctrina keynesiana de que comprar activos financieros no es necesariamente equivalente a gastar en bienes de capital “real”. Sin embargo, los dólares que invierten los extranjeros en acciones bonos e intermediarios financieros de EEUU, como bancos y fondos mutuos, acaban siendo prestado o invertidos en empresas de EEUU. Estas empresas “gastan” luego estos dólares en pagar salarios o comprar bienes de capital real como materias primas, fábricas y equipos y software. ¿Pero qué pasa con las compras extranjeras de activos reales como campos de golf u hoteles que ya existen? En igualdad de condiciones, incluyendo el “tiempo” nacional o las preferencias de ahorro, estas compras proporcionan los fondos para los vendedores estadounidenses de estos activos para invertir en comenzar nuevos proyectos y empresas que prevén que serán más rentables y que implican gastar en salarios y nuevos bienes de capital.

En resumen, el llamado déficit comercial es exactamente igual en términos de dólares a la inversión extranjera neta en empresas situadas en EEUU (más la renta neta de inversión recibida por residentes de EEUU por sus activos extranjeros). El flujo de gasto en la economía de EEUU no disminuye un centavo por un balance comercial negativo, sino que simplemente se redirige. Consecuentemente, el efecto “real” sobra la economía de EEUU de un déficit comercial es una redirección de trabajo y capital de sus sectores exportadores o sectores que producen bienes de consumo y capital para uso interno, sin pérdida neta de empleo.

Por desgracia, Baker no muestra el más mínimo reconocimiento de este análisis. Está atrapado en el marco keynesiano en que el gasto total dirige mecánicamente la producción y el empleo y los tipos de interés están siempre fijos por encima del nivel necesario para coordinar las decisiones de las familias de “ahorrar” comprando activos financieros y las decisiones independientes de empresas de “invertir” comprando bienes de capital producidos actualmente. Así que para Baker el déficit comercial es una enfermedad a curar por el gobierno en lugar de una etapa necesaria para un proceso continuo en el que el capital se reasigna a sus usos más altamente valorados en la economía global.

Tercero, como neomercantilista ilustrado por la economía keynesiana, Baker huye de defender aranceles, cuotas y otras barreras burdas para remediar el déficit comercial. Considera añadir gasto a la economía a través de déficits públicos para compensar la fuga de gasto exterior mediante el déficit comercial, pero rechaza la idea: “los déficits públicos funcionarían, pero a nuestros políticos no les gustan los déficits públicos”. Por el contrario, argumenta:

El truco para mantener bajo el déficit comercial es un dólar menos avlorado. Esto hace más baratas nuestras exportaciones para los extranjeros, lo que significa que exportamos más. Y hace las importaciones más caras, así que compramos bienes producidos nacionalmente en lugar de importados. (…) La forma de rebajar el dólar es sencilla, la negociamos.[7]

En otras palabras, Baker está proponiendo que el gobierno de EEUU impulse deliberadamente un abaratamiento del dólar en conjura con gobiernos extranjeros. No hace falta decir que hay problemas profundos con esta política. Primero, implica aumentar la tasa de crecimiento de la oferta monetaria de EEUU con respecto a las tasas de crecimiento monetario en países extranjeros, especialmente China y los países de la OCDE. Segundo, la depreciación del dólar solo puede tener éxito en encoger el déficit comercial a corto plazo. Como los tipos de cambio responden habitualmente mucho más rápidamente a la expansión monetaria que los precios de bienes y servicios, la depreciación del dólar rebajaría temporalmente los precios de los productos de EEUU en relación con los extranjeros. Esto haría que las exportaciones de EEUU aumentaran y las importaciones disminuyeran. Pero una vez la tasa de inflación de precios en EEUU se ajustara finalmente a la elevada tasa de expansión monetaria, el efecto del dólar más barato se vería completamente borrado por precios más altos en EEUU. Lo productos y servicios de EEUU no disfrutarían ya de una ventaja en los precios en los mercados globales y reaparecería el déficit comercial, en igualdad de condiciones, salvo que la Fed intensificara de nuevo la tasa de crecimiento monetario.

Además, abaratando deliberadamente el dólar generaría caos en la economía de EEUU y reduciría los niveles de vida de los estadounidenses medios. A corto plazo, podría durar un año o dos, la política empobrecería a la mayoría de las familias de EEUU aumentando los precios que tienen que pagar por bienes importados, como los que hay en las estanterías de Walmart y Best Buy, mientras que forraría los bolsillos de los trabajadores sindicalizados y los capitalistas amigos del gobierno que operan en el sector de la exportación. A largo plazo, estas mismas familias sufrirían los efectos de un auge inflacionista, burbujas de activos en mercados financiero e inmobiliario y las inevitables crisis financieras y recesión.

El problema real no es el déficit comercial y la correspondiente entrada de capital extranjero en EEUU. De hecho esto mejoraría la productividad laboral y los niveles de vida en EEUU si estos fondos se invirtieran en la producción de bienes adicionales de capital y la creación de nuevas empresas. El problema es el déficit del presupuesto federal, que desvía flujos extranjeros (y nacionales) de capital de la inversión productiva en la economía de EEUU a políticos que los usan para financiar guerras, programas sociales corporativos, rescates bancarios par capitalistas compinches y la expansión de agencias públicas derrochadoras y destructivas. Este déficit suprime los niveles de vida actuales de EEUU y obliga a los futuros contribuyentes a pagar la factura.


[1] US Department of Commerce, “US International Trade In Goods And Services April 2014” (4 de junio de 2014).

[2] Dean Baker, “Why Do Coal Mining Jobs Matter So Much More Than Jobs Lost to Trade?Truthout (9 de junio de 2014).

[3] Ibíd.

[4] Federal Reserve Bank of St. Louis, National Economic Trends (Junio de 2014), p. 18.

[5] “US International Trade In Goods And Services April 2014,” p. 1 (ver nota 1) y US Department of Commerce, “US International Trade In Goods And Services November 2013” (Enero de 2014).

[6] E. Scott Reckard, “Chinese Investors Buying Up US Golf Courses”, Los Angeles Times (14 de junio de 2014).

[7] Baker, “Why Do Coal Mining Jobs Matter So Much More Than Jobs Lost to Trade?”


Publicado el 17 de julio de 2014. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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