J.B. Say y el método de la praxeología

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[Este artículo está extraído de Historia del pensamiento económico, vol. 1, El pensamiento económico hasta Adam Smith]

Una característica particularmente destacada del tratado de J.B. Say es que fue el primer economista en pensar profundamente acerca de la metodología apropiada para su disciplina y en basar su trabajo, hasta donde podía, en dicha metodología. De economistas anteriores y de su propio estudio, llegó al método único de la teoría económica, lo que Ludwig von Mises iba a llamar “praxeología” más de un siglo después. La economía, apreciaba Say, no se basaba en una masa de hechos estadísticos concretos desordenados. Se basaba, por el contrario, en hechos muy generales (fait généraux), hechos tan generales y universales y tan profundamente enraizados en la naturaleza del hombre y su mundo, que todos, aprendiéndolos o leyendo sobre ellos, darían su asentimiento. Estos hechos se basaban, por tanto, en la naturaleza de las cosas (la nature des choses) y en la implicaciones deductivas de estos hechos tan ampliamente enraizados en la naturaleza humana y el derecho natural. Como estos hechos generales eran verdaderos, sus implicaciones lógicas debían ser también verdaderas.

En su prólogo al Tratado, que presenta la naturaleza e implicaciones metodológicas de su trabajo, Say empieza siendo crítico con los fisiócratas y con Dugald Stewart por confundir las ciencias de la política y de la economía política. Say veía que si la economía, o la economía política, tenía que progresar, debía mantenerse por sí misma como disciplina sin mezclarse íntimamente desde el principio con la ciencia política, o la ciencia que establece los principios correctos del orden político. La economía política, escribía Say, es la ciencia de la riqueza, su producción, distribución y consumo.

Say continúa mencionando la popularidad del método de Bacon de inducción de una masa de hechos en la formación de una ciencia, pero luego añade que hay dos tipos de hechos, “objetos que existen” y “acontecimientos que tienen lugar”. Está claro que los objetos que existen son lo principal, ya que los acontecimientos que tienen lugar son solo movimientos o interacciones de objetos existentes. Ambas clases de hechos, señalaba Say, constituyen la “naturaleza de las cosas” y “una observación cuidadosa de la naturaleza de las cosas es el único fundamento para toda verdad”.

Los hechos pueden también agruparse en dos tipos: generales o constantes, y particulares o variables. Aproximadamente al mismo tiempo que Stewart, pero mucho más exhaustivamente, Say lanza entonces una brillante crítica del método estadístico y de la diferencia entre este y la economía política. La economía política trata hechos o leyes generales:

La economía política, a partir de hechos siempre observados cuidadosamente, nos hace conocer la naturaleza de la riqueza; del concoimiento de su naturaleza deduce los medios de su creación, desarrolla el orden de su distribución y los fenómenos que se refieren a su destrucción. En otras palabras, es una exposición de los hechos generales observados en relación con este tema. Con respecto a la riqueza, es un conocimiento de los efectos y sus causas. Muestra a qué hechos va unida, de forma que uno es siempre la consecuencia del otro.

Say añadía luego un punto importante, que la economía “no recurre a ninguna explicación adicional para hacer una hipótesis”. En resumen, al contrario que las ciencias físicas, los supuestos de la economía no son hipótesis tentativas  que deban ser, ellas o las deducciones de ellas, probadas por hechos; por el contrario, cada paso en la cadena lógica se basa en hechos generales definitivamente verdaderos, no “hipotéticamente” verdaderos. (Podría añadirse que es precisamente esta diferencia esencial entre el método de la economía y el de las ciencias físicas lo que ha traído tanto desprecio sobre la cabeza de la praxeología durante el siglo XX). En lugar de crear hipótesis, la ciencia económica debe percibir conexiones y regularidades “a partir de la naturaleza de acontecimientos particulares” y “debe conducirnos de una línea a otra, de forma que toda comprensión inteligente pueda entender claramente en qué manera está unida la cadena”. “Es esto”, concluye Say, “lo que constituye la excelencia del método moderno de filosofar”.

Por el contrario, las estadísticas muestran hechos concretos, “de un país concreto en un periodo determinado”. Son “una descripción en detalle. Las estadísticas, añadía Say, “pueden agradar la curiosidad”, pero “nunca pueden producir ventajas” si no indican el “origen y consecuencias” de los hechos recabados y esto solo puede lograrse por la disciplina independiente de la economía política. Es precisamente la confusión de estas dos diciplinas lo que hizo de La riqueza de las naciones de Smith , en palabras perspicaces de Say, una “masa irregular y sin método de especulaciones curiosas y originales y de verdades demostradas conocidas”.

Una diferencia esencial entre estadística y economía, continúa Say, es que los principios generales o “hechos generales” de esta última pueden descubrirse y por tanto conocerse con certeza. Los principios de economía política, cuando se basen en “las deducciones rigurosas de hechos general innegables”, “descansan sobre unos cimientos inamovibles”. Son lo que von Mises llamaría posteriormente “apodícticos”. La economía política, de hecho, “está compuesta por unos pocos principios fundamentales y por una gran cantidad de corolarios o conclusiones, deducidos de estos principios”. Los hechos concretos de las estadísticas, por otro lado, son necesariamente inciertos, incompletos, inapropiados e imperfectos. E incluso cuando son verdaderos, señala correctamente Say, “solo son verdaderos durante un instante”. Otra vez, sobre la estadística: “qué pequeño es el número de hechos concretos que se examinan completamente y qué pocos de ellos se observan bajo todos los aspectos. Y al suponer que están bien analizados, bien observados y bien descritos, cómo muchos de ellos no prueban nada o directamente lo contrario de lo que se pretende establecer por ellos”. Y aun así la gente incauta se ve a menudo deslumbrada por “una muestra de cifras y cálculos (…) como si los cálculos numéricos por sí solos pudiera probar algo y como si pudiera establecerse cualquier regla a partir de la cual pudiera realizarse una inferencia sin la ayuda de un razonamiento sólido”.

Say continúa con una crítica feroz del uso de estadísticas sin teoría:

Por tanto no hay una teoría absurda o una opinión extravagante que no se haya apoyado en una apelación a los hechos; y es también por los hechos por lo que las autoridades públicas se han equivocado tantas veces. Pero un conocimiento de los hechos, sin un conocimiento de sus relaciones mutuas, sin ser capaces de mostrar por qué uno es una causa y el otro una consecuencia, realmente no es mejor que la información en bruto de un oficinista.

Say denuncia a continuación la idea de que una buena teoría no es “práctica” y de que lo “práctico” es de alguna manera superior a lo teórico:

Nada puede ser más inútil que la oposición de teoría y práctica. ¿Qué es la teoría, si no es un conocimiento de las leyes que conectan los efectos con sus causas, los hechos con los hechos? ¿Y quién puede conocer mejor los hechos que el teórico que los analiza bajo todos sus aspectos y comprende su relación entre sí? ¿Y qué es la práctica sin teoría, sino un empleo de medios sin saber cómo o por qué actúan?

Say apunta luego brillantemente por qué es imposible para pueblos o naciones “aprender de la experiencia” y adoptar o descartar teorías correctamente sobre esa base. Desde el principio de la era moderna, señala, riqueza y prosperidad han aumentado en Europa occidental, mientras que al mismo tiempo los estados-nación han agravado las restricciones del comercio y multiplicado la interferencia de los impuestos. La mayoría de la gente concluye entonces superficialmente que lo último causó lo primero, que el comercio y la producción aumentaron como consecuencia de la interferencia del gobierno. Por otro lado, Say y los economistas políticos argumentan lo contrario, que “la prosperidad de los mismos países habría sido mucho mayor, si hubieran estado gobernados por una política más liberal e ilustrada”. ¿Cómo pueden los hechos o la experiencia decidirse entre estas dos interpretaciones enfrentadas? La respuesta es que no pueden, que solo la teoría correcta, la teoría deducible de unos pocos hechos o principios generales universales, puede hacerlo. Y por eso, señala Say, “las naciones pocas veces obtienen ningún beneficio de las lecciones de la experiencia”. Para hacerlo, “debe permitirse a la comunidad en su conjunto entender la relación entre las causas y sus consecuencias, lo que a la vez supone un grado de inteligencia muy alto y una rara capacidad de reflexión”. Así, para llegar a la verdad, solo importa el completo conocimiento de unos pocos hechos generales esenciales, “todo otro conocimiento de hechos, como la erudición de un almanaque, es una mera recopilación, de la que no se genera nada interesante”.

Además, en discusiones sobre políticas públicas, cuando los “hechos” supuestamente van contra el “sistema” de teoría económica, es realmente un “sistema” teórico enfrentado a otro y , otra vez, solo puede prevalecer la refutación teórica. Así, dice Say, si se habla de que el libre comercio entre naciones es ventajoso para todos los participantes, se le acusa de ser un “sistema” al que se le opone la preocupación acerca de los déficits en la balanza comercial, que es un sistema, pero falso. Quienes afirman (como hicieron los fisiócratas) que el lujo alimenta el comercio mientras que el ahorro es ruinoso, están presentando un “sistema” y por tanto, en una prefiguración exacta del multiplicador keynesiano, “alguien afirmará que la circulación enriquece a un estado y que una suma de dinero, pasando por veinte manos diferentes, es equivalente a veinte veces su propio valor”, también un sistema.

En una prefiguración sorprendente y perspicaz de polémicas modernas, Say continúa explicando por qué las deducciones lógicas de teoría económica deberían ser verbales en lugar de matemáticas. Los valores intangibles de las personas, de los que se preocupa la economía política, están sometidos a cambio continuo e impredecible: “sujetos a la influencia de las facultades, las querencias y deseos de la humanidad, no son susceptibles de ninguna apreciación rigurosa y, por tanto, no pueden proporcionar ningún dato para cálculos absolutos”. Los fenómenos del mundo moral, señalaba Say, no están “sujetos a cálculo aritmético estricto”.

Así que podemos saber con seguridad que, en un año concreto, el precio del vino dependerá de la interacción de su oferta, o existencia a vender, con su demanda. Pero para calcular ambas matemáticamente tienen que descomponerse estos dos elementos con precisión en la influencia independiente de cada uno de sus elementos y eso sería tan complicado como para ser imposible. Así:

No solo es necesario determinar cuál será el producto de la cosecha subsiguiente mientras esté todavía expuesta a las vicisitudes del tiempo, sino la calidad que poseerá, la cantidad que queda a mano de la cosecha anterior, la cantidad de capital que estará a disposición de los tratantes y les obliga, más o menos con prontitud a regresar a sus avances. Debemos asimismo valorar la opinión que pueda tenerse como la posibilidad de exportar el artículo, que depende en todo de nuestras impresiones con respecto a la estabilidad de las leyes y el gobierno, que varían de día en día y respecto de lo cual dos personas distintas no estarán de acuerdo. Todos estos datos, y probablemente muchos otros más, deben apreciarse adecuadamente, solo para determinar la cantidad a poner en circulación, que no es sino uno de los elementos del precio. Para determinar la cantidad a demandar, debe conocerse ya el precio al que puede venderse el producto, ya que su demanda aumentará en proporción a su baratura; también debemos conocer las existencias previas a mano y los gustos y medios de los consumidores, tan variados como sus personas. Su capacidad para comprar variará de acuerdo con la condición más o menos próspera de la industria en general y de la suya en particular; sus deseos variarán también en la proporción de medios adicionales a su disposición para sustituir una bebida por otra, como cerveza, sidra, etc. Omito un número infinito de consideraciones menos importantes, que afectan más o menos a la solución del problema.

En resumen, la enorme cantidad de determinantes imprecisos, cambiantes y cuantitativamente desconocidos hace imposible la aplicación del método matemático en la economía. Y por tanto quien

haya pretendido hacerlo, no ha sido capaz de enunciar estas cuestiones en lenguaje analítico, sin desviarlas de su complicación natural, por medio de simplificaciones y supresiones arbitrarias de las cuales las consecuencias, no estimadas adecuadamente, cambian siempre esencialmente la condición del problema y pervierten sus resultados, de forma que ninguna otra influencia puede deducirse a partir de dichos cálculos que no sea de la fórmula arbitrariamente supuesta.

Las matemáticas, aparentemente tan precisas, acaban reduciendo inevitablemente la economía del conocimiento completo de principios generales a fórmulas arbitrarias que alteran y distorsionan los principios y por tanto corrompen las conclusiones.

¿Pero entonces cómo va a aplicar el economista político, conociendo los principios generales con certidumbre, estos principios a problemas concretos, como la condición del mercado del vino? Aquí también Say anticipaba las brillantes conclusiones de Ludwig von Mises sobre la relación apropiada entre teoría e historia, teoría y aplicación concreta. Esa teoría aplicada en economía, indicaba Say es un arte más que una ciencia estricta:

¿Qué debe entonces hacer un investigador curioso en la aclaración de un tema tan complicado? Lo mismo que debería hacer bajo circunstancias igualmente difíciles, que deciden la mayor parte de las acciones de su vida. Examinará los elementos inmediatos del problema propuesto y después de haberlos evaluado con certidumbre (lo que puede hacerse en economía política), valorará aproximadamente sus influencias mutuas con la rapidez intuitiva de una comprensión ilustrada, ella misma solo un instrumento por medio del cual puede estimarse, pero nunca calcularse con exactitud, el resultado principal de un grupo de probabilidades.[1]

J.B. Say relaciona  a continuación las falacias del método matemático en economía con las enseñanzas de su gran mentor el fisiólogo Cabanis. Cita a Cabanis sobre cómo los escritores sobre mecánica distorsionan gravemente los temas cuando tratan problemas de biología y medicina. Citando a Cabanis:

Los términos que empeaban eran correctos, el proceso de razonamiento estrictamente lógico y, sin embargo, todos los resultados eran erróneos (…) es por la aplicación de este método de investigación a sujetos a los que es completamente inaplicable, por lo que se han mantenido los sistemas más caprichosos, falaces y contradictorios.

Say añade luego que sea cual sea lo que se haya apuntado acerca de las falacias de método mecanicista en biología, es a fortiori aplicable a las ciencias morales, razón por la que nos vemos “siempre equivocados en economía política, siempre que hemos sometido estos fenómenos a cálculo matemático. En ese caso, se convierte en la más peligrosa de todas las abstracciones”.

Finalmente, Say señala perspicazmente otro problema que, entonces como ahora, lleva a gente con formación a rechazar los principios y conclusiones de la economía.

Son demasiado propensos a suponer que la verdad absoluta se limita a lo matemático y a los resultados de observación y experimentación cuidadosas en las ciencias físicas, imaginando que las ciencias morales y políticas no contienen hechos invariables o verdades indiscutibles y por tanto no pueden considerarse como ciencias genuinas, sino simplemente sistemas hipotéticos, más o menos ingeniosos, pero puramente arbitrarios.

Para reforzar esta opinión, los críticos de la economía apuntan a las muchas grandes diferencias de opinión en esa disciplina. ¿Pero y qué?, pregunta Say. Después de todo, las ciencias físicas siempre han sido pasto de la polémica, a veces chocando “con tanta violencia y aspereza como en economía política”.

El método matemático no era solo el único sistema de abstracción que sufriría una completa demolición por J.B. Say. Pues Say fue también agudamente crítico con los métodos verbales de lógica que aparecieron en el empíreo con un trabajo continuo ni una verificación repetida en referencia a hechos generales y universales. Eso fue la principal objeción metodológica de Say contra los fisiócratas: “En lugar de observar primero la naturaleza de las cosas o la manera en que tienen lugar, de clasificar estas observaciones y deducir de ellas proposiciones generales”, es decir, en lugar de ser praxeologistas, los fisiócratas

comenzaban estableciendo ciertas proposiciones generales abstractas, a las que calificaban como axiomas, al suponer que contenían evidencias inherentes de su propia verdad. Luego trataban de acomodar los hechos concretos a ellas e inferir de ellas sus leyes, implicándose así ellos mismos en la defensa de máximas evidentemente en oposición al sentido común y la experiencia universal.

En resumen, un sistema de teoría económica no solo debe ser axiomático-deductivo: debe siempre asegurarse de basar esos axiomas en el “sentido común y la experiencia universal”.

En Prólogo a la cuarta edición, Say planteaba objeciones similares contra David Ricardo y su sistema. También Ricardo “a veces razona sobre principios abstractos a los que da una generalización demasiado grande”. Ricardo, acusaba, empieza con observaciones basadas en hechos, pero luego “lleva sus razonamientos hasta sus consecuencias más remotas, sin comparar sus resultados con los de la experiencia real”. Después de cierto punto en el razonamiento, “los hechos difieren mucho de nuestro cálculo” y “desde ese instante, nada en el trabajo del autor se representa como ocurre realmente en la naturaleza”. “No basta”, concluye Say, “con establecer a partir de hechos: deben agruparse, revisarse continuamente, sacarse de ellos las consecuencias comparadas constantemente con los efectos observados”, de forma que

la ciencia de la economía política (…) debe mostrar en qué manera, lo que tiene lugar en la realidad, es consecuencia de otros hechos igualmente ciertos. Debe descubrir la cadena que los une y siempre, a partir de la observación, establecer la existencia de los dos enlaces en su punto de conexión.


[1] Esta distinción entre teoría cierta y su aplicación por una “comprensión ilustrada” se aproxima a la posterior distinción de Mises entre teoría conceptual (“Begreiffen“) y comprensión (“Verstehen“).


Publicado el 3 de mayo de 2012. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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